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ECONOMíA Y FELICIDAD

Alejandro De Barbieri  

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Fragmento

Una de las tareas de la literatura es dejar ver una posibilidad más allá de la realidad, la posibilidad de cambiarla, de transformarla […]. Si el escritor no es capaz de inmunizar al lector contra la desesperación, entonces tiene que abstenerse al menos de «infectarlo» de ella.

VIKTOR FRANKL

Uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes. No importa lo que diga, no importa con qué palabras y con qué argumentos trate de defenderse. Al final, al final de todo, uno responde a todas las preguntas con los hechos de su vida: a las preguntas que el mundo le ha hecho una y otra vez. Las preguntas son estas: ¿Quién eres?… ¿Qué has querido de verdad?… ¿Qué has sabido de verdad?… ¿A qué has sido fiel o infiel?… ¿Con qué y con quién te has comportado con valentía o con cobardía?… Estas son las preguntas. Uno responde como puede, diciendo la verdad o mintiendo: eso no importa. Lo que sí importa es que uno al final responde con su vida entera.1

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1. Márai, Sándor. El último encuentro. Barcelona: Ed. Salamandra, 1999.

PRÓLOGO
Una lectura feliz

Por Sergio Sinay

He sido feliz leyendo este libro. Mi prólogo podría finalizar aquí y, tras la lectura de las páginas que siguen, al lector le resultará muy fácil entender lo que digo. He sido feliz porque encontré palabras preñadas de sentido, palabras que celebran con fundamentos la importancia de vivir y que orientan, con firmeza y con afecto, con rigurosidad y empatía, a caminar la vida por el camino central, sin tentarse con atajos y cortadas que, al cabo, lejos de llevarnos a un punto de comprensión y valoración de nuestra propia existencia, nos conducirán al filo del vacío. Esos atajos se nos ofrecen a diario y por docenas, se nos dice que por ellos se llega al paraíso y así no solo se nos empuja por la pendiente de la angustia existencial, sino que se nos priva de ejercer algo que Alejandro De Barbieri propone y pregona en cada párrafo: el coraje de vivir.

He sido feliz durante la lectura porque resoné empáticamente con cada una de las ricas ideas que aquí se despliegan y porque accedí al encuentro enriquecedor y estimulante que es cada experiencia compartida con Alejandro. He visto trabajar a Alejandro, lo he visto vivir (su profesión, su amor de padre, su amor de esposo, su amor de hijo, su amor de hermano, su amor de hincha carbonero, su generosa y afectuosa actitud de amigo, su amor por cada autor que se suma a su nutrida y nutriente biblioteca, su amor por cada persona que abre ante él un capital tan sagrado como es el de los propios dolores, temores, necesidades y esperanzas). Porque he visto y compartido todo eso es que estas páginas resonaron en mí tan  henchidas de verdad. Lo que aquí van a leer no es un refinado y estéril producto de laboratorio. Es el fruto de una experiencia profesional, intelectual y vivencial asumida con responsabilidad. Alejandro nos habla de la felicidad en vivo y en directo, sin complacencia inconducente, con coraje y con certezas.

 Aquí no hay fórmulas (y frente a este libro los vendedores de fórmulas quedan tan desnudos como aquel rey del cuento) pero sí hay mapas. Un mapa, sabemos, no es el territorio. Un mapa nos orienta, pero no nos exime del viaje y es en el territorio, transitándolo (en este caso, en la vida real de cada día), donde se conocen los paisajes, se superan los imponderables, se descubren accidentes geográficos inesperados, se decide ante las situaciones inesperadas. Un mapa puede ser igual para todo viajero, pero cada quien es el responsable de su propio periplo. Como un baqueano, Alejandro De Barbieri entrega su voz sabia, clara y confiable en varios puntos del camino. Con esa voz nos alentará a continuar, a completar el tránsito. Porque, como se sostiene a lo largo de este libro, son los procesos y no los sucesos los que dan sentido al viaje entero. Y los procesos llevan tiempo, compromiso, presencia  y responsabilidad.

Personalmente he trabajado y trabajo en el tema de la felicidad como uno de los rayos en la rueda del sentido existencial. Eso me ha llevado a estar en permanente contacto con variados trabajos, estudios, análisis y propuestas sobre el tema. Con alegría digo aquí que el libro de Alejandro De Barbieri es acaso el más vivo y vibrante, el más sólido y fundamentado de aquellos con los que me he encontrado. Estas palabras no son producto del cariño que siento por Alejandro. Es al revés, la lectura de este libro me ha llenado de agradecimiento por su autor y ha engrandecido mi afecto por él. Si no lo conociera, me hubiera gustado conocer a quien escribió estas páginas. Pero lo conozco, afortunadamente, y sé que este libro no solo está escrito, sino que además está vivido. Por esa razón, seguramente, el estilo es nítido, sólido, puro músculo, sin una gota de grasa. Las palabras salen así cuando nombran lo que existe, lo que se ha vivido, cuando transmiten ideas claras, fundamentos consistentes.

Estoy convencido (vivencialmente convencido) de que la felicidad es el producto de una manera de vivir. No elegimos ser felices, elegimos vivir responsablemente, es decir respondiendo con acciones a las preguntas que la vida nos plantea a cada momento con situaciones. Somos responsables de nuestras acciones e inacciones, de nuestras palabras y nuestros silencios y de los efectos que todo eso produce en los otros, en el mundo que habitamos y compartimos, y de cómo respondemos a tales efectos. La suma y combinación de esas respuestas da como resultado momentos felices. Cada momento feliz, entendido como huella de nuestros pasos, es un momento de sentido. Y un momento de sentido ilumina una vida. No hay sentido ni felicidad en donde el otro (el prójimo, el semejante) está ausente. Del mismo modo un libro completa su sentido cuando el otro, el lector, está presente. Estoy seguro de que  ese  punto de encuentro en el que la escritura y la lectura crean para ambos, escritor y lector, un momento de sentido, una huella profunda de felicidad, que es lo que viví en la lectura (y seguramente se repetirá en mi relectura del libro ya impreso), se multiplicará por cada lector de estas páginas tan necesarias como bienvenidas.

El sentido del libro

Hola, Alejandro, tu libro llegó a mi vida de una manera muy particular; me encanta leer y tengo la suerte de trabajar en una imprenta donde se hacen muchos libros y, además, de trabajar en la imprenta donde se imprimió tu libro. Muchos libros por mes son los que tengo en mis manos y el tuyo en particular me atrajo por la portada y el título, no le encontraba sentido. Traté de conseguir un ejemplar terminado para poder ojearlo, pero no encontré, ya se habían entregado todos, así que me dediqué a juntar las hojas sueltas, página por página, que son las que sobran después de todo el proceso que lleva confeccionar un libro, ¡agotador! pero reconfortante porque con cada página que iba leyendo iba encontrando el sentido del libro. Nunca me había pasado algo así con un libro, llegó a mi vida en el momento justo, estoy haciendo terapia hace casi un año y «tu mensaje», como me dijo mi psicóloga, llegó para reforzar un montón de sentidos que tiene mi vida y te puedo decir con propiedad que yo también «fui feliz leyendo tu libro». Finalmente me pude hacer de un ejemplar ¡encuadernado con tapa y todo! Prestado, obvio, pero sirve igual, ya lo estoy leyendo por segunda vez y estoy por convencer que lo haga mi esposa. Quizás me quede corto en darte las gracias, pero ¡¡GRACIAS!!

Esteban

Esta historia me sigue emocionando hasta hoy, pasaron ya seis años desde que Economía y Felicidad salió a las librerías… y un día me llega este mail de alguien de adentro, de la cocina, de la imprenta, con una vivencia de felicidad que es lo que uno humildemente sueña cuando escribe, pero que no sabe si pasará o cómo pasará. Todos los libros nos curan en algún sentido, nos brindan reflexiones, pensamientos, evocan sentimientos que nos ayudan a creer y crecer. Que una persona se haya tomado el trabajo de ir «armando» hoja a hoja el libro como un cuaderno quiere decir que estas palabras eran lo que él precisaba para seguir viviendo con sentido. Ojalá que tú, nuevo lector, te acerques también a este libro y lo vayas «armando» según el ritmo de tus necesidades y de tu corazón.

Esta nueva edición cuenta con dos capítulos nuevos. Quisimos con el editor conservar la esencia del escrito en el 2012.

Un médico con dos títulos

«A mí me gustan los médicos que tienen dos títulos», me dijo la vecina… Yo venía de comprar la comida cerca del consultorio y la vecina estaba afuera de su casa. Dos por tres charlamos, pero no mucho, yo apurado por salir o por llegar o por algo y ella siempre ahí tranquila, con tiempo para perder el tiempo. Esta vez la saludé y —como en otras ocasiones— me detuve para charlar un rato.

—¿Cómo anda? —pregunté.

—Muy bien —respondió.

—Me alegra.

—Te voy a decir algo —me dice—, yo cuando voy a un médico pido que tenga dos títulos. El de médico y el de humanidad, si no, no sirve… El otro día fui a un médico, de estos de dos títulos, me atendió muy bien y cuando salí de la consulta, me quedé afuera esperando un rato. Entonces veo que entró una madre con su hijo y al rato salieron sonrientes de la consulta, y la madre le dice al hijo: «¿Anotaste el nombre del médico? ¡Anotalo!». Yo dije, ese es mi médico, el de los dos títulos…

Que nunca falte el otro título, el de la humanidad, que se reconoce en esos gestos simples de la señora, conversando conmigo y contándome la dulzura de su edad, del paso del tiempo y la sabiduría para rescatar lo profesional y lo humano, sobre todo lo humano, que se capta en ese gesto hermoso de la madre que le pide por favor, anotá el nombre del médico, a este tenemos que volver, no importa cuántos grados tenga, pero ¡por favor que tenga dos títulos!

Brindo por que la vida nos dé la paciencia para encontrarnos cada día con nuestra vocación de servir y ayudar y nuestro segundo título, el de seres humanos que acompañamos a personas en búsqueda de un sentido a su sufrimiento.

El título de humanidad alivia el dolor, aminora la pena y nos devuelve la esperanza de ser consolados.

La gente no quiere técnicos que reparen aparatos descompuestos, al decir de Frankl, sino personas que acompañen a personas.

Esta segunda historia me parece una buena introducción a esta temática. Cuando compartí este relato en redes sociales, muchas personas me escribieron diciendo que no solo en la medicina se precisan dos títulos, sino que en cualquier profesión, vocación y tarea, además del conocimiento y la habilidad, se precisa una actitud que refleje nuestra humanidad, es decir, los valores que llevamos adelante en nuestras acciones.

Quizás las palabras economía y felicidad parezcan estar en las antípodas, o ser enemigas. Algunos pensarán que es imposible que vayan juntas, dudarán de si este es un libro de economía o de psicología.

La raíz etimológica de la palabra economía está formada por ‘oikos’ (casa, patrimonio) y ‘nomos’ (ley, administración). Siendo así, economía quiere decir, pues, administración del patrimonio. En estas páginas nos referiremos no solo al patrimonio económico, sino también al patrimonio que, hoy en día, más se precisa saber administrar: el patrimonio espiritual, que incluye las normas en casa, los valores, la ética, el tiempo para dedicar a los hijos y para el cuidado de uno mismo y de los demás. Aquí abordaremos cómo, en esta época aparentemente sin sentido, vale la pena luchar por la esperanza y por un proyecto de vida.

Vivimos en una época de vacío existencial, como afirma Viktor Frankl, el sinsentido hoy se manifiesta de diversas formas: en vidas compulsivas presas de pulsiones internas o presas de presiones externas, un mundo individualista donde cada uno quiere ganar su dinero para «hacer lo que quiere» aunque no sepa qué es eso que quiere.

En este abordaje hablaremos de vida espiritual como apertura, sin entrar en lo religioso, porque todos somos espirituales seamos personas creyentes o no. Se puede decir que este libro es de ayuda, pero no quiero que quede solo en ti, sino que sirva para que puedas ir al encuentro del otro.

Viktor Frankl, creador de la logoterapia, afirma en sus libros que hoy en día se padecen cuatro neurosis colectivas: la vida provisional, el fatalismo, el fanatismo y la vida en masa.

Cuando crece el sinsentido uno se refugia en estas neurosis: se lleva una vida banal, sin profundidad; o no nos sentimos libres, nos escudamos en nuestros padres, en nuestra historia, poniendo la culpa afuera para no enfrentar la responsabilidad de cambiar: el faltalismo. El tercer «refugio» es el fanatismo, el defender nuestra postura sin escuchar al otro y creer que solo la nuestra es la c ...