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DON CANDINHO O LAS DOCE OREJAS

Tomas De Mattos  

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Fragmento

Advertencia preliminar

Casi todos los hechos de los que se ocupa este libro sucedieron realmente entre fines del siglo XIX y principios del XX en los lugares donde son ubicados: norte del Uruguay y sur del Brasil. Muchos de los personajes también existieron y mataron o murieron según se narra. Hoy, esos sucesos y esos hombres y mujeres forman parte de la leyenda oral de Caraguatá.

Hubo, pues, un asalto a un almacén rural. Los responsables fueron, al parecer, unos diecisiete malandros, de los cuales tres habrían muerto en la escaramuza previa. Los catorce sobrevivientes asesinaron al almacenero y violaron, todos y cada uno, a su mujer. El suegro del almacenero ya no estaba en condiciones físicas de vengar a su yerno y a su hija. Encargó entonces a su primogénito, Candinho Dos Santos Cuadro, que investigara, individualizara a los culpables, los matara y les arrancara una oreja, que debía llevarle como prueba de cada ajusticiamiento.

De las vicisitudes de doce ejecuciones, que se consumaron en estricto cumplimiento de este mandato paterno, trata este libro que, sin embargo, no es una crónica sino una novela escrita con la amplia libertad de las ficciones. Pero, para permanecer anclada en la realidad se siguió de cerca, para acatarlas o acomodarlas, las evocaciones escritas por Alejandrino Castro, hijo del almacenero asesinado, en un folleto que solo ha visto la luz en una versión a mimeógrafo. Como también se atendieron las varias versiones orales circulantes y los testimonios de la tradición familiar que pueden aportar algunos de sus descendientes, el libro, tras el velo de lo inventado, nunca llega a ser una novela enteramente imaginada.

EL AUTOR

1. LAS RAÍCES

Aunque voy a contar la historia de Candinho y no la mía, es oportuno que empiece diciendo quién soy, para que se sepa qué busco u ofrezco tras estos hechos.

Me llamo Eusebio Morales y soy maestro titulado y ya jubilado. Nací en la Unión, pero desde 1887 —hace pues cuarenta y cinco años— vine a dar a la escuela de Las Toscas, un paraje central de Caraguatá, departamento de Tacuarembó. La historia que empiezo a compartir, con sus sucesivas quince o más muertes, es sangrienta hasta lo inverosímil, pero los que por acá andamos, si no la supiéramos porque sucedió ante nuestros ojos, igual la creeríamos porque así correspondía sobrevivir —y acaso todavía corresponda— en lo que, hasta hace muy pocos años, fue recóndita parte del Desierto. La hemorroides del Desierto, a decir de uno de nuestros más respetados vecinos, el doctor Teófilo Saturno Gurméndez, porque ni siquiera le alcanza para ser un culo sano.

Además de ser maestro, tengo otros desordenados estudios y lecturas adicionales, hasta el punto de que se me puede considerar bastante letrado. Aunque nacido y crecido en Montevideo, hoy pienso que no desentono en Caraguatá. La prueba está en que, ya liberado de toda carga laboral, no he regresado a la capital.

Por cargar con una muerte, de la que fui absuelto por la Justicia, en la que se consideró que se había configurado la legítima defensa, vine a dar a estos lares. Me vi en la circunstancia de apuñalar a un celoso pretendiente de una viuda que había comenzado a recibirme en su casa. No sé qué fue lo que el magisterio nacional me censuró más: si esa escandalosa muerte que alborotó al barrio o si la captación de los dulces favores de una hermosa vecina, todavía en flor, madre viuda de dos de mis alumnos. Se entendió que ese regalo de la vida lo había cosechado con injustificable apartamiento de la imagen que debe guardar un maestro, prudentemente distanciado no solo de sus alumnos sino también de sus progenitoras, aunque viviesen en muy aflictiva soledad.

Tal vez este cargo de Las Toscas estuviera vacante desde hacía demasiado tiempo y mis superiores aprovecharon la oportunidad, exagerando la gravedad de lo que se me imputaba. Lo cierto es que en la Inspección Nacional se me lo ofreció como la única posibilidad de la que yo disponía para seguir revistando como uno de sus maestros. De negarme, la sanción no sería el traslado sino una destitución lisa y llana.

No mucho después de llegado acostumbré a cargar, como todo vecino de mala o buena calaña, revólver y facón, apenas montara en mi caballo y me alejara de la escuela. No me agrada la violencia, pero sé defenderme. No nos es posible vivir como se desea, sino como cuadra. Con todo, prefiero frecuentar a la gente que porfía por ser Abel y no se resigna a que la obliguen a ser Caín.

Tres veces tuve la oportunidad de gozar de un traslado, pero otras tantas veces lo rechacé. Mi mujer, Eduvigis Romero, no conoce del mundo otra parte que esta y aquí tiene a su familia y un pedacito de tierra —por supuesto, heredado— muy fértil. Que nuestros hijos Melitón y Amanda labren su propia vida. Nosotros, más que humanos, somos ya una pareja de arraigados árboles de Caraguatá.

* * *

Y voy ya a lo nuestro. Cuando se me impuso el traslado, Candinho tendría unos quince años y ya no era alumno de la escuela. Pero venía con frecuencia, cuando sustituía a Ignacio, un liberto que era encariñado capataz de su familia, a traer a sus hermanitas. Entre ellas, les pido que presten especial atención a esa rubiecita pecosa y diminuta, muy tímida y arisca, tanto que parece pretenciosa. No se sorprendan por que les diga que se llama Leonidas. Tuvo la desgracia de nacer un 22 de abril, fecha en la que en el Santoral se conmemora a un santo varón, con su nombre casi terminado en “a”. De ese macho, la gurisa no solo heredó indebidamente el nombre. También el coraje y un insospechado e inmerecido destino de mártir.

Pero hizo todo lo posible por sacárselo de encima. Mujer que sería de fuerte carácter, desde niña apenas crecida se hizo llamar Nilda y, al menos en el seno de su familia, lo consiguió plenamente. Uno de sus sobrinos, Alejandrino, varón predominante en su generación, cuando habla conmigo y se refiere a ella con muy perceptible cariño, siempre la nombra como “tía Nida”, sin la ele, a pesar de que llegó a ser su madrastra. Esa variante del nombre con que la trataron los niños la cautivó: se imaginaba que apuntaba a presentarla como la versión femenina del nido.

La familia de Candinho era una familia bravía. Su padre, Francisco José Dos Santos, por todos conocido como don Paco, era un acaudalado hacendado brasilero cuya fortuna estaba leudando, a pesar de que nunca le interesó aprender a leer o escribir. Ya había adquirido a otros terratenientes brasileros, a quienes nunca vimos, dos campos, uno en Yaguarí y otro en Turupí, que había empezado arrendándoles. Había bajado de Camacuá, en pos de paz y mejor fortuna, en compañía de un amigo íntimo, don Pedro Brizolara. Sus familias confraternizaban, en cerrado portugués, casi sin dejar pasar un domingo. A nosotros se nos solía invitar a esas festicholas con largas y pródigas mesas, colmadas de las más variadas guarniciones para acompañar la bien adobada terneza del mejor borrego o ternera que pastara en el campo del anfitrión de turno. Ambos eran austeros, pero ya les sobraba la riqueza.

A medida que crecía nuestra hija, mi mujer acogía la esperanza de que algún Dos Santos o Brizolara se fijara en Amanda. Pero eso roza el margen de nuestra historia. Pudo darse antes y, sobre todo, después de lo sucedido. Lo menciono solo para que dispongan del dato de que siempre permanecí bastante próximo a Candinho, a sus hermanas Alejandrina y Leonidas, y al pobre gallego Pepe Castro. Yo era casi amigo de don Paco, quien muchas veces acudía a mí para que le cerrara balances y le organizara un archivo con pocos documentos y abrumadoras anotaciones de acuerdos de palabra que nunca permitió —o consintió— que los llevara el viento.

Ya dije que los Dos Santos eran una familia bravía. Al abuelo de Candinho, quien también se llamaba Francisco pero Francisco a secas, nunca lo vi. Lo apodaban Yico o Yicuta. Ya había muerto cuando conocí al hijo y a los nietos.

Tuvo, en la Camacuá que nunca abandonó,

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