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DOñA CáNDIDA SARAVIA

Diego Fischer  

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Fragmento

Prólogo


Cándida, mucho más que la mujer de Aparicio

Hay mujeres que la historia olvidó. A veces deliberadamente, en otras ocasiones fueron escasas o nulas las huellas que dejaron, o siempre estuvieron relegadas y sometidas a la voluntad de los hombres. Tal vez, a los ojos de los que escribieron la historia, se mimetizaron a tal punto con sus maridos que pasaron a ser una misma vida vivida por dos personas. Quizá consideraron que no valía la pena detenerse en ellas, que poco aportaban, que carecían de interés, minimizaron su rol… ¡Qué error!

Este parece haber sido el caso de Cándida Díaz de Saravia. Son decenas y decenas los libros escritos sobre Aparicio Saravia y otros tantos los que cuentan, analizan y retratan el tiempo en que el caudillo blanco se levantaba en armas contra los gobiernos colorados o gobernaba a medio país desde El Cordobés, su estancia en Cerro Largo. Son historias épicas, en las que el coraje de sus protagonistas, sus ideales de libertad y sus sueños de justicia bien podrían ser el argumento de una novela del romanticismo, aunque muy lejos están esos hechos de ser relatos de ficción. Constituyen la historia más cercana que sigue cautivando a quienes la descubren o vuelven a ella, tratando de encontrar claves para entender el presente y, por qué no, imaginar el futuro.

En esos textos, algunos muy bien escritos, Cándida es mencionada al pasar o —cuando mucho— se le dedica un párrafo en el que se dicen y se repiten datos erróneos que alguien escribió quién sabe cuándo. Y siempre, siempre es la mujer del general Aparicio Saravia.

“¿Sabés que tengo unas cartas que su mujer le escribió a Aparicio?”, me dijo una amiga hace un par de años. Para esta persona, Cándida no tenía nombre propio, era la esposa de Saravia. No fue una excepción; a mucha gente que a lo largo de todo este tiempo me preguntaba qué estaba escribiendo, yo deliberadamente contestaba: “Sobre Cándida Díaz”. Sabía que la pregunta siguiente sería indefectiblemente: “¿Quién es?”. “La mujer de Aparicio Saravia”, respondía.

Cuando leí por primera vez las cartas, no podía creer lo que tenía en mis manos. Esas hojas amarillentas, escritas a pluma con una caligrafía irregular y errores de sintaxis, tienen un valor histórico extraordinario. En un lenguaje sencillo, muestran a una mujer que vivía pendiente de los avatares de las revoluciones y guerras en las que luchaban primero su marido y luego su marido y sus seis hijos. Dan una visión diferente de la Revolución de 1897 y de la Guerra de 1904 y, sobre todo, retratan un tiempo y un Uruguay en el que muchos hombres entregaban hasta la vida por sus ideales. Una época en la que algunas mujeres, en silencio pero sin que les temblara el pulso, asumían las responsabilidades que sus hombres tenían en tiempos de paz.

Un libro no se hace solo con una decena de cartas. Ellas fueron el disparador de esta historia, que se prolongó en un largo tiempo de investigación, de lecturas y análisis. Afortunadamente se preserva en buenas condiciones el Archivo Aparicio Saravia y es voluminosa la documentación sobre la mujer de Saravia que existe en el Archivo General de la Nación, así como también en el Museo Histórico Nacional. Para hacer este trabajo fue imprescindible viajar a Santa Clara, hurgar en los registros parroquiales y familiarizarse con el paisaje de El Cordobés. Descendientes del caudillo blanco aportaron, además, materiales y las historias de tradición oral que, justo es decirlo, en la mayoría de los casos se compadecen con los documentos.

En la investigación hubo sorpresas, hallazgos que, si bien no cambian la historia, le aportan precisión. Aparicio Saravia no nació en 1856. Llegó a este mundo el 16 de agosto de 1857, un año después de lo que se ha escrito y afirmado en todas sus biografías. La fe de bautismo —o sea, su partida de nacimiento— así lo consigna. También su casamiento tuvo un matiz no menor que surge del libro de matrimonios de la iglesia San Francisco de Asís de Santa Clara. El lector deberá descubrirlo en las páginas que siguen.

Esta investigación reveló que la señora de Saravia fue una mujer con ideas propias, carácter y fuerte personalidad. Una ferviente católica que supo que su deber no solo era estar junto a su marido, aun a la distancia, cuando él guerreaba, y educar a sus seis hijos, sino que también aprendió a administrar El Cordobés y los otros campos de la familia, a dar órdenes a los peones y controlar que cumplieran sus tareas, a dirigir su hogar. Fue consciente de que al regreso de las revoluciones Aparicio necesitaba un espacio donde descansar; lo entendió desde un principio. Para Aparicio Saravia la guerra era su obligación moral, su trabajo. Los tiempos de paz y El Cordobés, su remanso, aunque allí se dedicara por entero a las labores del campo.

Esas tareas no le impidieron a Cándida ser una mujer coqueta, a la que le gustaba vestir a la moda de París y usar cosméticos importados de Francia que mandaba comprar a Montevideo o Buenos Aires. Supo hacer caridad, verdadera caridad; se ocupó de sus padres siempre y se hizo responsable de ellos cuando envejecieron y se enfermaron. Se esforzó por ser coherente con la religión que

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