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DESEOS ROJOS

Isabelle Ronin  

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Fragmento

1

Kara

Estaba a punto de cometer un terrible error.

No iba a ser la primera vez que sucedía ni tampoco sería la última. Sabía por qué no debía seguir adelante, lo sabía muy bien. Conocía perfectamente el dolor de las consecuencias de lo que me disponía a hacer, pero eso no me detuvo.

Cerré los ojos, conté hasta tres en silencio e inspiré profunda y pausadamente. Y entonces me llevé a la boca un pedazo de la lasaña vegetariana con queso que servían una vez a la semana en la cafetería de la universidad.

—Aaah... —suspiré, extasiada, mientras paladeaba el sabroso y adictivo queso cremoso y las esponjosas láminas de pasta. Era mi recompensa: esa semana había sido una buena ciudadana y me merecía...

—Pero ¿qué haces?

Abrí los ojos de golpe. Mi mejor amiga, Tala, con su poco más de metro y medio de estatura, estaba de pie ante mí con un gesto de decepción en su bonito rostro. Dejó sus libros sobre la mesa, tiró su mochila en el suelo, apartó una silla y se sentó.

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Le sonreí con malicia y me llevé otro bocado de lasaña a la boca.

—Te recuerdo que eres intolerante a la lactosa —puntualizó mientras me observaba masticar extasiada.

Pero su advertencia fue inútil. Me lamí el queso caliente de los labios, di otro bocado y gemí de placer.

—He tenido una mañana horrible en el trabajo. Me merecía esta maravilla llena de queso.

—Ahora estás muy contenta —continuó. Abrió su mochila y sacó una fiambrera cuadrada de color rosa cubierta de imágenes de gatitos. Cuando la abrió, el aroma de las especias inundó el aire—. Pero ¿te acuerdas de lo que pasó la última vez, en el seminario del profesor Balajadia?

Hice una mueca.

—Me he tomado las pastillas.

Ella negó con la cabeza, sacó una servilleta de papel de su mochila y la desdobló. Dentro tenía una cuchara y un tenedor; siempre usaba ambos cubiertos para comer.

—Ya sabes que no te funcionan.

La fulminé con la mirada.

—Me estás estropeando el momento. ¿No vas a calentarlo en el microondas? —Señalé su fiambrera con el tenedor. Ese día tocaba carne en adobo con arroz.

Me miró avergonzada.

—¿Para que me denuncien? No, gracias.

Puse los ojos en blanco. Para demostrarle lo mucho que la quería, pospuse mi cita romántica con la lasaña, cogí su fiambrera y me fui directa hacia el microondas. Solo había tres personas en la cola. Bingo.

La madre de Tala siempre le preparaba la comida, que normalmente consistía en arroz y carne. Cuando la calentaba en el microondas, despedía un olor tan penetrante que impregnaba toda la sala. La primera vez que había utilizado el microondas de la cafetería del campus la gente se había quejado de que el olor de su comida se les quedaba pegado a la ropa. Nunca lo volvió a utilizar.

Pero, al fin y al cabo, estábamos en la cafetería. ¿Dónde iba a calentarse la comida si no? ¿Bajo el sol? No quería que se sintiera mal. La gente tendría que aguantarse.

Había conocido a Tala durante el primer año de universidad. Estábamos en la misma clase de contabilidad. Una de nuestras compañeras hizo un comentario desagradable sobre el sobrepeso de Tala y yo... reaccioné en consecuencia. De eso ya hacía dos años y todavía éramos amigas, así que debía de ser una amistad verdadera. Ella era una de las mejores personas del planeta Tierra.

Cuando llegó mi turno, metí su comida en el microondas durante dos minutos. Treinta segundos más tarde, el aroma penetrante de las especias y la carne flotaba en el ambiente. Podía oír las quejas de la gente detrás de mí, así que los fulminé con la mirada, desafiándolos a decirme algo.

Como nadie se atrevió a decir nada, me volví y me quedé mirando el microondas. Cuando faltaban dos segundos para que terminase, lo abrí de golpe, como si me fuera la vida en ello. Odiaba los pitidos que emitía cuando el contador marcaba cero.

¿Por qué no podía ser un único pitido? ¿O una canción pegadiza?

Apreté el botón para dejar el contador a cero, me bajé las mangas para taparme las manos y no quemarme con la fiambrera y volví a la mesa.

—No es tu querido Gaspard Ulliel, pero bueno —bromeé. Estaba obsesionada con ese actor francés—. Que lo disfrutes.

Ella se rio.

—No pasa nada, estás perdonada. —Abrió su fiambrera con cuidado—. ¿Te acuerdas de aquel estudiante de arquitectura tan mono del que te hablé? Esta mañana hemos compartido un momento especial. ¡Me ha mirado! —dijo con entusiasmo—. Creo que le dejaría hacerme un bebé.

—¿En serio? —Alcé una ceja—. ¿Como al estudiante de enfermería con el que quieres casarte en Las Vegas? Serás adúltera...

Se echó a reír y me tiró un poco de arroz.

La cafetería se estaba llenando con rapidez. Algunos estudiantes nos miraban, calculando el tiempo que tardaríamos en comer para poder ocupar nuestro sitio en cuanto nos levantáramos. Mi mirada se cruzó con la de uno de ellos y esbocé una sonrisa que decía: «Te entiendo».

—Con la indecente cantidad de dinero que tenemos que pagar para la matrícula, podrían permitirse construir una nave espacial como cafetería, ¿no crees? —dije, mirando la mesa coja y las sillas de plástico naranja con desdén.

—Pues sí. Y no te olvides de unos alienígenas muy sexis como camareros. —Se metió una cucharada de arroz en la boca—. Ya sabes, ¿no? Naves espaciales, alienígenas... Pero alienígenas muy sexis —añadió entre risas. Antes solía ofrecerme comida, hasta que le dije que no comía carne—. ¿Cómo te va, ahora que has vuelto a la universidad?

—Bien —respondí.

En casa el dinero siempre había sido un problema, y lo seguía siendo, así que había dejado de ir a la universidad durante un año para ayudar a mi padre con los gastos. Mi amor eterno por la ropa y el maquillaje no contribuía a mejorar la situación, pero tenía claras mis prioridades.

Tenía dos trabajos de media jornada —era dependienta en el taller mecánico de mi padre, en el que trabajaban mi hermano y él, y cajera en una cafetería los fines de semana— y uno de jornada completa en un asilo. Había tenido que dejar ese último trabajo al volver a la universidad.

—Me ha costado un poco aclimatarme —añadí con sinceridad mientras me debatía entre lamer el plato o no—. Pero ya me acostumbraré. Voy a una de las optativas de nivel avanzado que ofrecen para estudiantes de segundo y tercer curso.

El trimestre apenas había comenzado, pero ya sentía que tenía mucho que hacer para ponerme al día. No me molestaba ir a la universidad, pero tampoco era lo que más me gustaba en el mundo. Hay gente que sabe desde el principio lo que quiere hacer con su vida. Pues ¡felicidades! No me caéis bien.

Y, si tengo que ser sincera, os haría una reverencia.

Yo no tenía ni idea de lo que quería hacer con mi vida... todavía. Así que, como cualquier futuro universitario pragmático e indeciso, me había apuntado a Empresariales. Cuando me graduase, tendría muchas oportunidades para trabajar en cualquier campo.

—Eso es genial, genial —respondió mi amiga, mordiéndose el labio.

La observé durante unos segundos. Ya sabía lo que iba a pasar a continuación. Tala aseguraba ser vidente.

Yo no creía en esas cosas, pero tampoco era totalmente escéptica. Lo que sí creía era que yo no era un ser humano muy paciente, así que le pregunté:

—¿Qué pasa?

Dejó la cuchara y el tenedor sobre la mesa. «Uf. Debe de ser grave.»

—¿Has...? ¿Has conocido a alguien hoy?

—¿Quieres decir a alguien que no sea estúpido? —«A la mierda. Solo se vive una vez», pensé y lamí el plato—. Pues no.

—¡Kar! —se rio.

Satisfecha, me limpié la boca con la servilleta con tanta elegancia como pude, me recosté en la silla y acaricié el bebé de comida que tenía en la barriga.

—¿Voy a ganar la lotería? —pregunté secamente.

—Hum... —respondió.

Por mucho que me debatiera entre creer o no en sus habilidades como vidente —si es que las tenía—, no me pude resistir a preguntarle, ante la posibilidad de que fuese algo emocionante. Hasta entonces, mi vida había sido tan activa y excitante como mi cuenta corriente vacía.

Ni siquiera había tenido un novio nunca.

Era parte del Club de las Solteras de Nacimiento. ¡Viva!

—Te encontrará —dijo al cabo de unos instantes.

—Me estás dando un poco de yuyu. ¿Quién me encontrará?

Tenía la mirada perdida, como si estuviese viendo una película en su mente.

—Tú lo encontrarás. O él a ti. No estoy segura.

—¿El tipo al que le debo dinero? —Estaba bromeando, pero se me habían puesto los pelos de punta. Y el corazón me dio un vuelco dentro del pecho. El muy traidor.

—Ya lo verás —fue lo único que dijo antes de recoger sus cosas y marcharse a su siguiente clase.

No podía darle mucha credibilidad a lo que había dicho. A veces acertaba y a veces no. Era como preguntarle a una estríper en la calle si la semana siguiente iba a llover o no. Su predicción era tan válida como podía serlo la mía.

Decidí olvidar lo que me había dicho y limpié la mesa rápidamente antes de coger mi mochila para marcharme. Por supuesto, dos chicas ocuparon nuestros asientos de inmediato. Las miré y levanté el pulgar.

Quedaba más o menos una hora hasta mi siguiente clase, así que decidí ir a la sala común de mi departamento a matar el tiempo. A un lado del pasillo había una pared repleta de taquillas de color rojo. Al otro lado unos enormes ventanales se extendían desde el suelo hasta el techo y permitían que entrase la luz del sol. Los estudiantes estaban sentados en el suelo o apoyados en sus taquillas, charlando sobre la primera semana de clases o sobre el último modelo de iPhone. En una ocasión, un estudiante de intercambio me comentó que en las universidades de su país no había taquillas. En la Universidad Esther Falls de Manitoba, Canadá, sí que las había. Así que podía considerarme una chica con suerte.

Me detuve en seco al recordar que para entrar en la sala común del departamento necesitaba un carnet de identidad. Me quité la mochila, me agaché y empecé a hurgar entre mis cosas, buscándolo. De repente, levanté la vista.

Tenía el pelo tan negro como el alma de Lucifer.

Se le rizaba bajo la mandíbula y coqueteaba con el cuello de su camiseta.

Mi cerebro dejó de funcionar. Lo único que podía pensar era: «¿Están rodando una peli en el campus? ¿Quién es ese tío?».

Él siguió andando sin enterarse de nada. O eso, o le daba todo igual. Caminaba con mucha seguridad, como si fuese el dueño del lugar. Espalda ancha, piernas largas.

Una cara digna de un arcángel oscuro.

Todo en él era negro: camiseta negra, vaqueros negros, botas militares negras, mochila negra. Todo era tan negro que cuando le miré a los ojos recibí un impacto tan grande como si me hubiesen dado un puñetazo en el estómago.

Eran de un azul penetrante.

Nuestras miradas se encontraron durante un momento fugaz.

Pero lo supe.

El peor error de mi vida no iba a ser aquella lasaña.

Iba a ser él.

2

Cameron

—Mierda.

Levanté la vista hacia el cielo despejado de la mañana y cerré los ojos, sintiendo el calor del sol en los párpados. Intenté tranquilizarme y conté hasta cinco, pero no me sirvió de nada. Cerré la mano en un puño y me mordí los nudillos.

Había un boquete enorme en el guardabarros de mi moto.

Tras una breve inspección, encontré más arañazos en la parte lateral del carenado y descubrí que la cubierta del motor estaba totalmente rota. «Le han dado un golpe y se han dado a la fuga», pensé, apretando los dientes. Sin duda, algo o alguien había chocado con mi moto y quienquiera que hubiese sido se había molestado en volver a ponerla de pie antes de largarse.

«Pues muchas gracias, hijo de puta.»

Me agaché frente a ella y acaricié la superficie llena de golpes que una vez había sido lisa. Había tenido esa moto durante tanto tiempo que la sentía como una extensión de mi propio cuerpo. Era como una hija para mí.

El responsable lo iba a pagar muy caro.

Me puse de pie despacio, lleno de ira, al límite. Cuando me sonó el teléfono, lo agarré con tanta fuerza como si fuese un cabo salvavidas.

—¿Sí?

—Hola, Cam.

Era Caleb.

—Dime.

Me tragué la ira e intenté concentrarme en la conversación.

—Se me ha olvidado por completo —empezó a decir. Parecía que acabara de despertarse—. Hoy no es sábado, ¿no?

Froté las tapas llenas de arañazos sin poder evitarlo, deseando que desapareciesen.

—Eres un genio.

—Me lo dicen siempre. —Al cabo de unos segundos añadió—: ¿Me llevas a la uni?

—¿Te estás muriendo?

—Diría que no.

Suspiré al descubrir un corte en el asiento de cuero.

—Entonces, no. No te llevo a la uni.

—Tengo la moto en el taller.

El mismo lugar donde pronto iba a estar la mía.

Se aclaró la garganta.

—Y anoche dejé el coche en la disco. Esta mañana he cogido un taxi.

Parecía sentirse culpable. Eso significaba que había dormido otra vez en casa de alguna chica, que había vuelto a su casa en taxi y que no se había molestado en ir a buscar su coche.

—He cambiado de opinión —repuso, arrastrando las palabras—. Sí me estoy muriendo y...

Lo que fuera que estaba diciendo fue interrumpido por una serie de bocinazos atronadores que resonaron detrás de mí. Me volví justo a tiempo para ver un Honda Civic destartalado que se acercaba a mí como alma que lleva el diablo.

Grité y salté hacia atrás para que no me diese, pero me golpeé el pie contra la moto, que cayó al suelo con un gran estrépito. No pude evitar gritar de nuevo al verlo.

Un ruido de metal golpeando la piedra sonó justo a mi derecha.

Era el retrovisor.

Abrí la boca horrorizado, pero no emití ningún sonido.

Lo único que pude hacer fue observar cómo el Civic se detenía por completo, mientras los frenos emitían un chirrido infernal, dos casas más allá de la mía. Se quedó allí unos segundos antes de retroceder a toda velocidad hasta la casa de enfrente.

Noté cómo mi cuerpo se preparaba para un enfrentamiento; casi podía saborear la rabia.

Una chica morena, alta y esbelta, que parecía preparada para la guerra, salió del coche. Llevaba una especie de uniforme: una camisa verde y unos pantalones del mismo color. El pelo castaño claro como la miel le caía suelto sobre la espalda. La chica se dirigía hacia la puerta principal con decisión, como si pretendiera soltarle a alguien una charla persuasiva para traerlo al camino de Jesús.

Llamó al timbre de forma incesante y, tras unos segundos, al ver que nadie respondía, empezó a aporrear la puerta con los puños.

«Qué fiera —pensé—. Es un volcán.»

Hacía ya un par de años que vivía en esa casa, pero me ocupaba de mis asuntos y me mantenía especialmente alejado de mis vecinos. La gente no me interesaba. ¿Para qué complicarse la vida? No tenía ni idea de quién vivía allí, pero no me cabía duda de que aquella chica quería pulverizarlo y zampárselo para desayunar.

Finalmente, la puerta se abrió y asomó un débil anciano con un bastón al que parecía que se lo fuese a llevar el viento. Llevaba una camisa de cuadros con unos tirantes por encima y unos calzoncillos, como si se hubiese olvidado de ponerse los pantalones antes de abrir la puerta. No me sorprendió, porque todavía era muy temprano.

Pero ¿qué narices podría tener que ver ella con aquel pobre viejo?

Me di cuenta de que la chica no se esperaba que la puerta la abriese él. Dio un paso atrás, vacilante. No pude oír lo que decían, pero me dio la impresión de que ella se estaba disculpando. Y luego el hombre señaló la casa de al lado.

Supuse que se había equivocado de casa, y no pude evitar reírme.

La chica se marchó con la cabeza gacha y aspecto arrepentido. Pero, cuando volvió a levantarla, su mirada ya no mostraba arrepentimiento, sino llamaradas de fuego. «Interesante», pensé.

Era alta y desgarbada, su cuerpo no tenía curvas. No podía distinguir sus facciones con nitidez, pero, por lo poco que veía, no tenían nada de especial: ojos anodinos, nariz pequeña y recta, y labios pálidos. Pero su melena era algo de otro mundo, gruesa y brillante y, a la luz del sol, mechas doradas como la miel se mezclaban con el color castaño.

No era mi tipo, de eso estaba seguro. Pero, entonces ¿por qué estaba tan completa e irremediablemente fascinado con ella?

Apretó los puños como si tuviera ganas de darle un puñetazo a alguien. Caminaba con decisión, con la intención de intimidar deliberadamente al pobre desgraciado que fuese objeto de su ira.

Tal vez no tuviese una belleza clásica, pero era difícil discernirlo desde tan lejos. Lo único que sabía era que llamaba tanto la atención como un grupo de monjas en una huelga de hambre.

No pude evitar que se me dibujara una sonrisa en los labios. No me lo quería perder.

Sus ojos se encontraron brevemente con los míos, y juro por Dios que sentí un espasmo en todo el cuerpo. Supe que no me olvidaría de aquel momento en toda mi vida. Me quedé completamente paralizado; temía moverme y descubrir que todo había sido un sueño.

Antes de que pudiera tocar al timbre, alguien la llamó desde un lado de la casa. Se quedó quieta y luego empezó a volverse con una lentitud insoportable hacia la persona que la había llamado y a la que yo todavía no había sido capaz de mirar. No podía despegar la mirada de aquel volcán. Era tan cautivadora y terrorífica como un maremoto que se forma en medio del océano, justo donde tu bote salvavidas flota en paz. Podría aparecer de la nada, engullirte y hacer desaparecer de la faz de la tierra cualquier rastro de tu existencia.

Esa chica reclamaba mi atención de una forma poderosa. Movió la boca, curvando el labio inferior en una mueca feroz. Gritó algo ininteligible y me entraron ganas de ver más, de oír más. Mi mente guiaba mi cuerpo y sin ser consciente de ello me había acercado más a ella. Nunca había entrado en trance, pero pensé que era eso lo que debía de sentirse.

No tuve que alejarme mucho de mi casa, porque ella empezó a caminar por la carretera hacia su objetivo, gritando y moviendo las manos con furia.

«¿En serio he pensado que no tenía nada de especial?», me dije mientras la contemplaba descaradamente.

Era magnífica, fuerte y poderosa.

Le brillaban los ojos como brasas ardientes; resplandecían como dagas mortales.

—Tú, sabandija de los cojones —gruñó. Aparté la vista de ella rápidamente para ver a quién pretendía cortar en pedacitos, y me quedé paralizado al darme cuenta de quién —o qué— era. Era un monstruo. El tipo era tan ancho como una casa, con el cuello tan grueso como el tronco. Era tan alto y peludo como Chewbacca.

«Pero ¿qué cojones hace? —pensé—. ¿Es que tiene impulsos suicidas?»

Me dispuse a ir a ayudarla, mientras me preguntaba cómo narices me iba yo a enfrentar a aquel cabrón. Era muy pesado, así que se movería con lentitud y yo podría usar su propio peso en su contra. Probablemente iba a acabar el día con la nariz rota y un par de dientes menos.

Ella le clavó un dedo en el pecho y le gritó a la cara.

—¿Te acuerdas del chico al que has intimidado antes, el que ha venido a cobrar la reparación de tu coche? ¡Pues era mi hermano, retrasado Pelopolla!

Pues no parecía necesitar mi ayuda. El tipo dio un paso atrás y levantó las manos para defenderse. Tenía pinta de estar dispuesto a aguantar la bronca solo para poder hacerle un buen repaso.

Apreté los dientes. ¿Debía interrumpir? No parecía que ella estuviera en peligro. Me apoyé en un coche aparcado en la calle de enfrente, sin dejar de observarlos, alerta. No tardaría más de cinco segundos en intervenir si era necesario.

—Mira, tetitas, es tu hermano quien me debe dinero. ¡No me vas a sacar ni un duro!

Ella lo miró con los ojos entornados, como si quisiera aplastarlo como a un insecto.

—Escúchame bien, cara pan, porque no te lo pienso repetir. Las historias que tengas con mi hermano no tienen nada que ver con el dinero que debes a nuestro establecimiento. Vas a tener que rascarte el bolsillo y darme algo de pasta ahora mismo, o no te gustarán las consecuencias.

Él resopló e hinchó el pecho.

—¿De verdad crees que una raquítica como tú me puede asustar?

Sentí cómo mi cuerpo se ponía en alerta y me aparté del coche, dispuesto a defenderla si a ese tipo se le ocurría levantarle la mano. En ese momento él se percató de mi presencia. Me metí las manos en los bolsillos y me lo quedé mirando. Él apartó la vista.

—Pues probablemente no —le espetó ella—. Pero seguro que la poli sí te asusta. —Le meneó el móvil delante de la cara—. No sé si tu cerebro tendrá la capacidad de reconocer que esto es un teléfono. ¿Sí? Entonces, deja que te explique lo que voy a hacer con este reluciente aparatito. Voy a llamar a la policía ahora mismo y les voy a contar que se te entregó un vehículo en perfecto estado y que tú te negaste a pagar la reparación. ¿Qué le parece eso, señor Pelopolla?

Al señor Pelopolla eso no le gustó nada. Su rostro adquirió un feo color rojo y empezó a palpitarle el ojo izquierdo. Abrió la boca, se detuvo y me echó otro vistazo.

—¡Sal ahora mismo de mi propiedad! —le gruñó—. Esto es allanamiento.

Se dio la vuelta y volvió pesadamente hacia su casa. Cerró de un portazo.

Enderecé el cuerpo, esperando que ella se volviera y me viera al fin. Pero se quedó allí, apretando con fuerza los puños. Podía sentir su ira y su frustración.

Iba a decir algo, pero ella se dio la vuelta sobre sus talones y se metió corriendo en su coche. Salté y me coloqué detrás del coche frente al que estaba, por si acaso se le ocurría alguna idea peligrosa.

Derrapando, se salió de la carretera y arrolló a los dos gnomos de jardín que asomaban felizmente por una esquina del patio delantero. Se oyó un ruido seco desde debajo de los neumáticos, que aullaban mientras ella volvía a meter primera.

Observé cómo la cabeza rota de una de las figuras de porcelana rebotaba por la calle y rodaba hasta detenerse a mis pies. Levanté la vista y clavé la mirada en el pequeño Honda, que se alejó por la carretera a toda velocidad y dobló la esquina, desapareciendo de mi vista.

«Guau. Simplemente... Guau.»

Tenía que volver a verla. De lo contrario, me moriría.

Pero primero tenía que encargarme de otra cosa. Llamé al timbre y esperé en el porche de Pelopolla. El tipo me abrió la puerta con cara de malas pulgas, pero su expresión se suavizó al verme.

Seguramente esperaba que fuese ella otra vez. Reprimí una sonrisa.

—Eh —dijo, cerrándome el paso.

No lo culpé. Normalmente, la gente desconfiaba de mí. Mi amigo Caleb decía que era por mi estatura. Le sacaba una cabeza a casi todo el mundo. Estaba delgado, pero entrenaba en el gimnasio y trabajaba haciendo demoliciones para un amigo, así que tenía un cuerpo musculado. Caleb me había dicho en una ocasión: «A veces, cuando te enfadas y te quedas callado, tienes una mirada que asusta. Miras a la gente como si los estuvieses evaluando y como si supieses lo que piensan. No tienes miedo y eso te hace impredecible. Y eso asusta. Pero mola. Eres como Batman, tío».

La verdad era que yo sabía lo cruel y mala que puede llegar a ser la gente tras las máscaras que muestran al resto del mundo. Y también sabía ser como ellos cuando era necesario. Y lo despreciaba. Quizá por eso me había sentido tan atraído por esa chica. No escondía nada. Era tan... auténtica.

—Tú eres el tío que vive ahí enfrente, ¿no? El que tiene ese pedazo de moto.

—Sí.

—Mira, tío, no quiero problemas —dijo mientras se rascaba la cabeza.

Asentí e intenté parecer amable.

—Ya me lo imaginaba. ¿Ves mi moto? —Señalé por encima de mi hombro.

Él miró a donde le señalaba y puso unos ojos como platos al verla.

—¡Qué putada! ¿Qué ha pasado?

La miré con toda la tristeza que fui capaz de expresar.

—¿Que qué ha pasado? ¡Ella!

Se quedó boquiabierto.

—¿Quieres decir que eso lo ha hecho ella?

Lo miré con solemnidad. No dije ni que sí ni que no. En realidad, técnicamente lo había hecho ella.

—Puede que me olvidase de pagar la factura —dijo al tiempo que suspiraba y se rascaba la barba—. Pero solo eran ciento treinta pavos, tío.

Me encogí de hombros. «Menudo cabrón», pensé.

—La mía era solo de cincuenta.

—¡Joder! —Podía visualizar cómo trabajaba el engranaje de su cerebro—. De verdad que no quiero problemas. Mi piba vuelve mañana.

—Me han contado que otro tipo le debía dinero y empezó a llamar a todas horas a su trabajo, a sus padres, a sus abuelos, a su novia y a sus vecinos. Lo persiguió por todas partes hasta que no pudo más y pagó.

Parecía horrorizado.

—¡Joder! —Ladeó la cabeza—. Supongo que más me vale pagar la factura.

Había estado tan ocupado pensando en ella que no fue hasta mucho más tarde, de camino al gimnasio, cuando caí en la cuenta de que no tenía ni idea de dónde trabajaba. Se lo podía preguntar a Pelopolla, pero entonces mi mentira quedaría al descubierto y quizá no le pagase.

Qué putada. ¿Cómo narices la iba a encontrar?

Mientras guardaba mis cosas en la taquilla del gimnasio mi teléfono vibró. Era mi padre. De forma automática, como si mi cerebro ya estuviese condicionado para ello, mi cuerpo se puso en guardia, preparándose para una pelea. El resentimiento se me agolpó en el pecho. ¿Qué narices quería ahora? Lo ignoré y cerré la taquilla de un portazo. No sé cuánto rato me pasé ahí, lamentándome en silencio, de nuevo inmerso en el odio, antes de sacudir la cabeza para aclararme las ideas. Me dirigí a la piscina.

Todavía era temprano, así que tenía la piscina para mí solo. Tal y como me gustaba a mí. A solas.

Me puse las gafas de nadar, levanté los brazos y estiré bien los músculos antes de sumergirme. En cuanto estuve rodeado por el agua, que amortiguaba el sonido de todo lo demás, empecé a relajarme.

Me desplacé bajo el agua y la imagen de esa chica se me cruzó por la mente. Sonreí.

Tenía los ojos un poco rasgados. De repente, lamenté no haber estado lo suficientemente cerca de ella para ver de qué color eran. El sol brillaba demasiado y no se distinguía el color. Podrían haber sido verdes o marrones, no estaba seguro.

Y esas piernas... Dios. Esa chica tenía unas piernas larguísimas. Me pregunté qué aspecto tendrían si llevase falda. O unos vaqueros ajustados.

Era audaz, y una inconsciente por haberse enfrentado a un hombre que era cuatro veces más grande que ella. Me impulsé con los pies en la pared de la piscina para nadar otro largo. Sonreí al recordar cómo había arrollado los gnomos del jardín y me atraganté con el agua de la piscina.

Cuando recuperé el resuello seguí nadando.

¿Era realmente una sorpresa que me sintiese atraído por ella? Casi todas las personas que conocía se tragaban todos sus sentimientos, hasta que sus rencores y sus decepciones empezaban a desbordarse, envenenando todo lo que los rodeaba. Durante la mayor parte de mi existencia había vivido así, hasta que eso se había convertido en lo único que conocía. Hasta que una parte de mí se había vuelto exactamente así. Lo despreciaba.

Y también me despreciaba a mí mismo.

Llegué a la pared, me impulsé y nadé otro largo. Y otro. Y otro más.

Tras una ducha rápida, me puse los pantalones y la camiseta negros en un santiamén y me calcé las botas. Me eché la mochila a la espalda, cogí el móvil y me dirigí al aparcamiento del gimnasio.

—Eh, guapo —oí que me gritaba una chica. Seguí andando.

—Mierda —mascullé entre dientes al ver que la búsqueda en Google de talleres mecánicos en Esther Falls daba más de cien resultados. ¿Cómo la iba a encontrar?

Filtré los resultados para ver solo los negocios que había en mi zona y se redujeron considerablemente. La ajusté un poco más buscando solo los negocios familiares. Pensé que, como había ido personalmente a cobrar la factura de Pelopolla, el negocio debía de regentarlo su familia. Tal vez sí o tal vez no.

Tenía que llevar la moto a reparar de todos modos, así que mataba dos pájaros de un tiro. Estaba siendo práctico. No estaba haciendo nada del otro mundo.

Pensar en mi moto estropeada estaba empezando a cabrearme. Todavía tenía que averiguar quién había sido. «Quienquiera que sea se va a enterar», pensé mientras me metía en el coche para ir a la universidad.

Las temperaturas habían descendido un poco, así que bajé la ventanilla para que entrase aire fresco. Encendí la radio y subí el volumen.

Me pregunté cómo sería tenerla en el coche junto a mí. Me la imaginé asomando por el techo solar. Seguramente parecía un estúpido con esa sonrisa en la cara, pero me daba igual.

Aparqué el coche y barajé la posibilidad de quedarme dentro unos minutos, hasta que acabara la pausa para comer. No me gustaban las multitudes, y las evitaba como si fuesen una plaga, pero estaba sediento después de entrenar y necesitaba hidratarme.

Subí las escaleras de dos en dos y doblé la esquina hacia la cafetería para buscar algo para beber. Al ver a la gente en el pasillo, ralenticé mis pasos sin molestarme en disimular mi fastidio. Habría preferido estar en otra parte.

Busqué mis auriculares en la mochila y, como me costó mucho dar con ellos, me rendí y seguí andando. Me pregunté si Caleb estaría por allí. Yo no había ido a recogerlo a su casa, pero a ese chaval no le habría costado nada conseguir que una de sus chicas lo fuese a buscar. Solía estar en los pasillos junto al equipo o en una de las salas comunes rodeado de chicas.

Miré a mi alrededor, buscándolo. Y entonces me quedé de piedra. ¡Era ella! ¡El volcán! Estaba a punto de hacerle otro repaso cuando alguien intentó bajarme los pantalones por detrás. Los cogí de la cintura justo a tiempo y me di la vuelta de golpe.

—¡Serás gilipollas! —le grité a Caleb, mientras él se partía de risa.

Le di un puñetazo amistoso en el brazo y me volví de nuevo. Pero ya no estaba.

Habría jurado que era ella.

—Rata —dijo Caleb—. Gracias por no venir a buscarme. Te lo agradezco, tío.

¿Era ella de verdad o mi mente me había jugado una mala pasada? Madre mía, me había dado fuerte. Exhalé un suspiro y sacudí la cabeza ante lo ridícula que era la situación.

—¿A quién buscas? —preguntó Caleb. Se metió las manos en los bolsillos y se apoyó en la taquilla. Ladeó la cabeza y me observó. Solía hacerlo cuando intentaba descubrir qué me pasaba.

Me encogí de hombros.

—Hum... Le doy un ocho —dijo, apreciando con la mirada a una rubia que pasó por su lado y le sonrió. A Caleb le gustaban las rubias.

Solíamos matar el tiempo puntuando a las chicas, pero aquel día yo no estaba de humor. No podía hacerlo mientras ella siguiera en mi cabeza.

Pero ¿qué narices me estaba pasando?

—Necesito beber algo. Ahora vuelv... —Me interrumpí cuando me sonó el teléfono. Era mi padre. Otra vez. Suspiré.

Caleb me miró con aire comprensivo.

—¿Tu padre?

Asentí con el semblante sombrío, mirando el teléfono fijamente.

—¿No vas a contestar?

Apreté el puño y me mordí los nudillos. «A la mierda», pensé.

—¿Qué? —respondí.

Mi padre tardó unos segundos en hablar.

—Quizá deberías responder al teléfono con un poco más de educación, o la gente pensará que tu madre no te ha educado bien.

Su voz estaba colmada de decepción. Como de costumbre.

—Es que no me ha educado bien —contesté.

Él resopló.

—¿Cómo le va a tu amigo Rick? —preguntó con condescendencia—. ¿Sigue rogándole a la gente que le dé dinero?

Ambos sabíamos que estaba intentando provocarme. Sabía lo mucho que me afectaba que hablase de mi amigo en ese tono. Rick me había ayudado cuando todos los demás me habían abandonado.

—¿No tienes nada que decir?

Apreté los dientes y, con toda la tranquilidad posible, le dije:

—¿Por qué no me dices para qué has llamado? —«Y así los dos podremos seguir con nuestras vidas», pensé.

—Solo quería saber cómo estabas y qué tal te va con los estudios.

—No te comportes como un padre a estas alturas. No va contigo.

Se rio, pero no de forma amable, sino con superioridad. Como un padre que hablaba con un hijo descarriado.

—Tu madre ha vuelto a la ciudad. Me ha llamado. Necesito que la vuelvas a ver y la tranquilices para que deje de acosarme.

—No.

Colgué, cerré los ojos y me los tapé con fuerza con las manos. No me acordaba de cuándo había visto a mi madre por última vez, pero sí de que no había ido bien. Mi padre no quería lidiar con ella y siempre me endosaba a mí el problema.

Podía sentir cómo mi mente empezaba a cerrarse, cómo la rabia se adueñaba de mí. Necesitaba caminar para calmarme, hacer algo para no estallar.

—Hola, Cameron —me saludó alguien con voz coqueta.

Abrí los ojos y me encontré a Lydia delante de mí.

—¿Estás libre esta noche, Cam? —preguntó, aleteando las pestañas de forma sugerente—. Mis padres no estarán en casa, y...

La cogí de la muñeca.

—Estoy libre ahora —contesté—. Vamos.

3

Kara

Conocerle fue un error.

Un error precioso.

La marcada curva de su mandíbula

su cuello

la forma de su boca

¡su boca!

la larga línea de sus brazos

¡su boca!

Tenía ojos felinos, penetrantes y con gruesos párpados; el tipo de ojos que pueden hacer que se te acelere el corazón solo con mirarte un segundo. O romperlo y hacerlo sangrar si te rechaza.

Pensé que aquellos ojos azules y penetrantes carecían de compasión, que eran indiferentes a todo lo que había a su alrededor. Pero, de alguna manera, eran tristes.

Y esa tristeza hacía que quisiera mirarlos durante más tiempo, hacía que mi corazón avaricioso quisiera más.

«Quiero saber por qué está triste.»

«Quiero que quiera contármelo.»

«Quiero ser lo suficientemente guapa para estar con él.»

Y ese último pensamiento hizo que dejase de soñar despierta, me despertó con tanta brusquedad como si me hubiesen tirado agua hirviendo. Vi cómo su amigo se acercaba a él con sigilo y le bajaba los pantalones.

En cuanto se dio la vuelta me puse la capucha, con la cara ardiendo, y corrí en la dirección opuesta.

Pero ¿qué narices? ¿Lo suficientemente guapa para estar con él?

Antes muerta que dejar que las inseguridades que tenía de pequeña se adueñaran de mí otra vez. Las caras bonitas no me afectaban.

Bueno... La verdad era que sí.

Pero no tanto. No como para desear ser otra persona. Otra vez no.

Entonces ¿qué me pasaba con él?

Decidí que no me gustaba.

En realidad, deseé no volver a verlo nunca. No me servía de nada pensar en un chico que de todos modos no se fijaría en mí y en quien, en circunstancias normales, yo tampoco me habría fijado.

Estaba segura de que su radar ni siquiera me había detectado.

Una chica con la que me crucé en el pasillo me evitó y me miró nerviosa antes de doblar la esquina.

Puse los ojos en blanco. Estaba ocupada con mis pensamientos.

Debían de haberle puesto algo a la lasaña.

Y en ese preciso instante empecé a sentir retortijones en el estómago.

«Oh, no, mierda.»

Algo estaba intentando salir de mi cuerpo a borbotones.

Y por los sonidos inhumanos que provenían de mi estómago, supe que iba a sufrir, a sufrir de verdad.

Lo sabía. Joder, ¡lo sabía! Y en mi fuero interno también sabía que me lo merecía, por ser una cerda glotona.

La cola del baño llegaba hasta más allá de la puerta. Quedaban cinco minutos para el comienzo de las clases y todo el mundo quería hacer sus necesidades en el último momento. Qué gilipollas. Eran todos unos gilipollas. Cerraría con llave todos los baños cinco minutos antes del fin del mundo para que nadie los pudiera usar. Más tarde me reiría de esa ocurrencia tan ridícula, pero en ese momento lo pensé totalmente en serio.

No me quedaba otro remedio. Tenía que ir al baño de la tercera planta. Mejor dicho, el «folladero» de la tercera planta.

Los estudiantes lo habían apodado así porque era el lugar donde las parejas iban... Bueno, a follar. Tenías que subir tres pisos por las escaleras y recorrer la planta entera para llegar hasta él, ya que estaba al final del pasillo. Nadie en su sano juicio que tuviera ganas de mear caminaría tanto para llegar a un baño.

Nadie excepto yo.

—Ah, ¡mierda!

Me dio un retortijón tan agudo que lo sentí hasta en el alma. Me agarré al pasamanos de las escaleras y apoyé la frente sudada en los brazos, jadeando.

—Tú puedes. De acero, tía. Estás hecha de acero.

Me aparté del pasamanos, apreté bien las nalgas y eché a correr. Podía oír el ruido de mis pasos, que reverberaban en las paredes de las escaleras, mientras sentía un sudor frío por todo el cuerpo.

Cuando llegué a la puerta del lavabo estaba resollando; tenía tanta prisa por sentar el culo en la taza del váter que a punto estuve de resbalarme. Abrí de golpe la puerta del retrete que tenía más a mano y me liberé.

¿Alguna vez te has tenido que agarrar a los lados del baño mientras cierras los ojos todo lo que puedes, gimes como un cerdo y empujas con todas tus fuerzas para que, al final, no salga más que aire?

Pues sí, en esas me vi yo.

Estaba haciendo justo eso cuando oí que se abría la puerta del baño y luego unos gemidos y el ruido de la ropa que se estaban quitando. Parecía que alguien se disponía a hacer marranadas en el mismísimo suelo del baño.

—Me encanta, Cam —oí que ronroneaba una seductora voz femenina.

¡PRRRRRRRRF!

Esa fui yo tirándome un pedo. Ventoseándome. Soltando gas. Como una locomotora el día de Navidad.

Se hizo el silencio.

Entonces oí otra vez el ruido de la ropa, como si se la estuvieran volviendo a poner, y la puerta que se abría y se cerraba.

Joder, menos mal que se habían ido.

Terminé con lo mío rápidamente y eché un poco de perfume en el baño para que el pobre que viniera después no tuviera que aguantar mi peste. Me lavé las manos a conciencia, me retoqué el pintalabios, abrí la puerta y al salir al pasillo me quedé paralizada.

Ahí estaba él, con sus ojos azules y su pelo negro de Lucifer, apoyado en la pared de enfrente del baño.

Estaba buenísimo y era aún más peligroso. Tenía los brazos cruzado ...