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DEBUT

Christina Rosenvinge  

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Fragmento

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imagenos años tranquilos se olvidan. Los días sin sobresaltos, donde el tibio discurrir de las horas es un murmullo inapreciable, pasan de largo con elegancia y se van amontonando uno sobre otro. La memoria se ocupa de entresacar con pinzas lo que resalta, lo extraordinario —sobre todo lo doloroso—, y lo enmarca para la posteridad. Así estamos hechos.

Olvidarás miles de mañanas de tu infancia con zumitos de naranja primorosamente exprimidos por mamá, y recordarás solo una, esa en la que tuviste la fantástica ocurrencia de meter el tenedor en el enchufe y sentiste por primera vez el látigo feroz de la electricidad. Cientos de desayunos reconfortantes con bollitos de mantequilla y amor incondicional se esfumarán sin remedio. Solo quedará la sacudida de 220 voltios que recorrió tu cuerpecito de azúcar bajo el uniforme planchado, aunque, en realidad, eso pasó solo una vez. Y es que la función de la memoria no es que seas feliz, sino que vivas muchas décadas sin electrocutarte. No es una máquina perfecta.

También yo he olvidado años enteros de dulce quietud, y con ellos he olvidado caras, conversaciones, cuerpos, lugares… y mira que me da rabia. Se han ido amontonando como hojas doradas y crujientes que abonan la tierra fértil donde crece muy derechito este presente tan ajetreado.

Hay quien se desespera con mi enorme capacidad de olvido, con mi alegre predisposición a vaciar los bolsillos para llenarlos de nuevo. He olvidado cosas que eran muy importantes para ellos, y posiblemente para mí.

Si evito conscientemente el ejercicio de recordar, es porque creo que la nostalgia destruye el presente, pero hacerlo de vez en cuando me divierte. Es parecido a sentarse a ver una película que ya he visto, pero como no soy la misma que la vio la última vez, me sorprende en cada visionado con matices distintos. La cámara cambia de ángulo y se detiene en personajes que antes estaban en segundo plano, el sentido de las frases cambia, el guion se complica, hasta el tono general puede dar un vuelco drástico, la tragedia se magnifica, el drama se torna comedia. A veces me pongo triste por algo que me parecía normal entonces y que desde el presente me parece una monstruosidad. A veces me río como loca por algo que pasó hace mucho porque de repente pillo el chiste.

No sé por qué entre las pocas estampas cotidianas que mi memoria guarda intactas están aquellas en las que surgió una canción. Recuerdo si estaba en la calle o estaba en casa. Recuerdo la habitación y todos sus detalles. Recuerdo si era día o noche, la mesa, el color de la pared, la temperatura de la habitación, si había alguien alrededor y qué había ocurrido justo antes. Recuerdo el instante exacto de sucumbir bajo el hechizo de una melodía incipiente, zambullirme tras ella, y emerger horas después con la pieza, reluciente y prometedora, coleando entre mis dientes, y entonces tocarla una y otra vez hasta hacerla mía.

¿Por qué mi cerebro ha decidido que vale la pena preservar tantos detalles de esas escenas inocuas, en las que casi siempre estoy sola, y no otras conectadas a momentos vitales de mucha más importancia? ¿De qué forma está entretejida la música con mi supervivencia como animal?

Mientras alguien me responde, me voy a entretener tirando del hilo de algunas canciones a ver adónde me llevan. A veces es al momento exacto en que la escribí, y a veces es al día en que la grabé con las circunstancias que rodearon esa grabación. Guardo algunos cuadernos de trabajo para completar la reconstrucción.

Lo que ocurre una vez grabada la canción se desdibuja. Una vez que se edita, la canción deja de ser mía —la carga evocativa está completa para mí— y pasa a ser de los demás, que vienen a contarme años después que tal o cual canción está entretejida a un momento determinado de su vida. Me produce una enorme satisfacción saber que esas canciones se han enredado a ellos también.

Por poner un ejemplo, «¡Chas! y aparezco a tu lado» es una canción de verano para mucha gente. Para mí, en cambio, es una canción de invierno. Hacía mucho frío la mañana que la escribí. No quería salir de la cama y además estaba enganchada a un libro muy entretenido: Doña Flor y sus dos maridos, del escritor brasileño Jorge Amado. En la novela, el marido de Doña Flor, un canalla guapetón que no da más que disgustos, se muere de pronto. La joven viudita encuentra el cobijo y la tranquilidad que nunca tuvo casándose con un respetable farmacéutico. Su vida mejora en todos los sentidos menos en uno, justo en el que su difunto era un campeón. Doña Flor echa tanto de menos los polvos de su primer marido, que el espectro vuelve del más allá en forma semisólida para consolarla cada noche. Al final de la historia, Doña Flor consigue lo mejor de los dos mundos, vaya.

El fantasma de Vadinho es capaz de atravesar paredes, ¡qué menos! Así que también atraviesa las tapas del libro y se instala en la letra que tengo encima de la mesa. Por el camino cambia de sexo y se hace chica.

Alex y yo acabamos de fichar por Warner después de cinco años de pasear maquetas por compañías de discos. Ese es nuestro segundo single. Para la sesión de fotos me llevo todo lo que encuentro en el armario: un sombrero de copa, un tutú de ballet, una chaquetilla de torero y unas medias que agujereo con tijeras. Lo siguiente será un verano, el del 87, en que la canción llega al número uno en las listas y suena por toda la geografía española. Y lo que vendrá después es la sensación de que la cosa se me ha ido de las manos, de que no pertenezco al mundo de la radio fórmula donde estamos metidos, y de que tengo que volver a empezar sola.

El caso es que «¡Chas!», para mí, no es ese verano en el que la cosa explotó, sino el invierno anterior. «¡Chas!» es una mañana en

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