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DE LAS ARMAS, LAS URNAS Y LAS LETRAS

Alfonso Lessa  

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Fragmento

PRÓLOGO

Este libro recoge 23 entrevistas realizadas a lo largo de 40 años ininterrumpidos de periodismo. Los entrevistados son protagonistas diversos de la política, de la cultura —entre ellos tres Nobel de Literatura—, guerrilleros, militares y dos premios Nobel de la Paz, uno en medio de la dictadura Argentina y otro en Polonia, en medio de la caída del régimen comunista. Las que forman parte de este libro fueron escogidas entre la gran cantidad que hice en estas cuatro décadas, las primeras publicadas en 1979, un año después de empezar mi trabajo en las redacciones y seis años más tarde de mi primera experiencia en los medios, en la vieja radio Sur.

Algunas se hicieron en dictadura y otras en democracia, a personajes uruguayos y a extranjeros, en Montevideo, Punta del Este, Buenos Aires, Guadalajara y La Habana. Casi todas fueron publicadas en Uruguay, pero también algunas en medios del exterior. Se redactaron en viejas y ruidosas máquinas de escribir y en modernas computadoras, se realizaron en los finales de la épica etapa del plomo o se editaron con las más modernas técnicas de impresión. Y en algunos casos fueron audiovisuales, realizadas para radio y televisión.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Este libro busca, además, acompañar cada diálogo con los contextos en los que se desarrollaron, describir a los personajes y transmitir el tipo de vínculo desarrollado entre el periodista y el entrevistado como resultado de una o dos entrevistas puntuales, o de consultas y conversaciones extendidas a lo largo del tiempo. Estos textos dejan traslucir, sin pretenderlo, la evolución operada en aquel joven reportero que tanto cubría notas de información general o los partidos de la divisional C, como se lanzaba a entrevistar a personajes tan complejos e inasibles como Jorge Luis Borges, hasta el periodista más experimentado que, consciente de lo que implicaba, lograba que el exdictador Juan María Bordaberry expusiera por primera vez en muchos años su defensa del golpe de Estado y su repudio total a la democracia.

Las entrevistas publicadas aquí cuentan con un enorme valor agregado: las ilustraciones de Oscar Larroca, un artista de extraordinario talento cuya generosidad nos entrega una interpretación única de cada figura retratada.

La entrevista es un género fundamental del periodismo, pero también una herramienta esencial para los reporteros. Como género, permite mostrar a un personaje, analizar su pensamiento y reacciones, indagar en sus ideas y experiencias, y aun en los aspectos más personales e íntimos. Es un instrumento clave en la búsqueda de información y el armado de investigaciones e informes. Como género, la entrevista permite acercarnos a las personas debajo del personaje, descubrir facetas desconocidas y pensamientos no expresados públicamente, construir relatos de vida personal y familiar. Esto suele deparar sorpresas agradables y desagradables; a menudo nos encontramos con alguien diferente al personaje que encarnan o que esperábamos encontrar. Así me pasó, por ejemplo, con Borges, simpático y sencillo, muy lejos del hombre hosco que se había mostrado en muchas oportunidades.

Entrevistar no es fácil ni en su génesis, ni en su desarrollo, ni en su presentación al público. Convencer a determinados actores de la vida pública de que se sometan a ser entrevistados puede implicar mucho trabajo; ganarse su confianza, lograr que bajen las defensas y se abran a contar lo que incluso no quieren contar es una tarea ardua. Se requiere, además, conciencia de que para lograr una entrevista productiva es necesario dejar de lado sentimientos o puntos de vista personales; y convicción de que el protagonista es el entrevistado y no quien hace las preguntas. Por tanto, lo mejor es dejar que el interlocutor hable; no es necesaria la calificación ni la descalificación, ni la agresividad ni la pose. Basta con que el entrevistado diga lo que piensa. Y cuanto más diga mejor, empujado, por supuesto, por las preguntas y repreguntas del periodista que debe conocer a quien tiene enfrente y haberse preparado para enfrentarlo.

Hace más de 400 años, el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha pronunciaba un discurso sobre la alternativa entre el camino de las letras o de las armas, enlazando reflexiones sobre ambos rumbos y su verdadera trascendencia en la sociedad.

[…] dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de cosarios […]

Este libro da cuenta de experiencias de entrevistados que se transformaron en protagonistas al elegir uno u otro de esos rumbos, y varios incluso alternando entre ambos. Podría llegar a decirse que el ejercicio de la política, y sobre todo del gobierno, en un sentido laxo, es en cierta forma una síntesis de los dos.

La selección de estas entrevistas implicó dejar por el camino muchas que bien pudieron haber formado parte de este libro. Unas son mucho más extensas que otras, incluso producto de la fusión de más de un diálogo; pero aun las más breves me parecieron oportunas por la relevancia del personaje, o por las circunstancias en que se realizaron.

Este libro es la concreción de un proyecto largamente deseado y varias veces postergado por urgencias laborales. Implicó un trabajo casi arqueológico de búsqueda en archivos y colecciones de diarios, revistas y semanarios, o en textos originales en sus respectivas cuartillas que yo había conservado. También implicó volver a escuchar viejos casetes, celosamente guardados incluso por décadas, e intactos en su gran mayoría. Hubo entonces que digitalizarlos para emplear los audios sin temor a dañar el soporte. Así recuperé diálogos más amplios que las entrevistas que en su momento se publicaron, en general por las habituales razones de espacio y pertinencia. En algún caso, el recorte fue resultado de la cautela que aconsejaba limitar ciertas expresiones, sin dejar de decir lo esencial, ante las reiteradas clausuras del régimen militar a medios como la revista Opción en 1982.

Similar proceso de búsqueda requirieron las entrevistas realizadas para televisión y radio, aunque en general con un respaldo de audio propio. Casi todas ellas fueron parcialmente divulgadas —algunas muy parcialmente—, sobre todo las que tenían como fin formar parte de informes y documentales. También hay entrevistas realizadas expresamente para mis libros, algunas publicadas in extenso y otras solo en parte como insumos para establecer determinados asuntos.

Volver a escuchar a los personajes de este libro fue reencontrarme con sus voces, con sus historias de vida y también con mi pasado. Uno de los momentos que más me conmovió fue escuchar al gran poeta Carlos Sabat Ercasty y a su esposa preguntarme por mi edad y oír mi voz joven contestando «21 años».

El periodismo me dio la posibilidad de conocer gente y lugares a los que de otra manera no hubiera accedido. Cuando hoy miro en perspectiva estos 40 años de profesión, no puedo menos que asombrarme y sentirme feliz de los encuentros con Borges, Piazzolla o García Márquez, Vargas Llosa, Saramago o Benedetti, por nombrar a algunos. O de haber conocido tan estrechamente al general Seregni, uno de los políticos que hicieron historia en Uruguay, o de entrevistar a Lech Walesa, o a Daniel Ortega. Y también de haber asumido la decisión de entrevistar a Bordaberry. No se agota aquí, sin embargo, la lista de los 23 entrevistados en este libro.

A lo largo de mi carrera pude conocer y conversar unas cuantas veces con personalidades a las que sin embargo nunca, por diversas circunstancias, realicé una entrevista, algo que siempre lamenté. Es el caso de Wilson Ferreira Aldunate, sobre quien hice varias coberturas, incluida la impresionante travesía en barco al regreso de su exilio desde Buenos Aires. En esos casos todavía hay bastante para contar, aunque no en un libro de entrevistas como este.

Debo agradecer muy especialmente a Fernando Butazzoni, amigo, gran escritor y periodista, que no dudó un instante cuando le conté que quería incluir en este libro la entrevista que hicimos juntos a José Saramago. Es la única publicada aquí que tuvo dos entrevistadores.

Las entrevistas que van a leer implican un viaje en el tiempo y, como siempre, lo más difícil es imaginar las cosas en su contexto.

Para mí también constituyen un viaje por las oportunidades y las distintas estaciones que recorrí en esta profesión. Fue pasar por la vieja redacción de La Mañana y en especial la de El Diario en la calle Bartolomé Mitre, con su irrepetible olor a papel y tinta, su armado en plomo y sus rotativas, sus personajes y enormes profesionales de los que puede aprender; con sus prácticas en la redacción y las trabajosas coberturas iniciales de las divisionales B y C del fútbol uruguayo, para las que el único medio de reportar los datos con el que contaba era el teléfono del bar más cercano. Aprendí mucho de esos tiempos en los que pasé por tareas tan variadas como el periodismo propiamente dicho, la corrección de páginas o los controles al pie de la rotativa.

Fue también volver a los muy difíciles y ricos tiempos de Opción y Aquí, abundantes en clausuras, controles y persecución, en los que había que aguzar la imaginación para contar lo que no se podía contar; a las coberturas de la agencia internacional DPA en las que se podía decir todo lo que estaba vedado en el país, por lo que su oficina era un centro de encuentro para mucha gente en busca de lo que no lograba obtener en otro lado; a la compleja tarea de informar sobre el período de la transición en Búsqueda, un momento fundamental de la historia reciente del país; a la redacción, ya muy distinta, de El Observador. Fue volver a los tiempos de la radio y la televisión, en especial en canal 12 y también en TV Ciudad, donde pude dedicarme a desarrollar trabajos documentales, y revivir las trabajosas y al mismo tiempo disfrutables investigaciones de mis libros anteriores.

Son 23 personajes. Pudieron haber sido otros. Pero esta es la selección.

JORGE LUIS BORGES
EL ÚLTIMO PASEO POR MONTEVIDEO

(1983, El Diario, 1987, libro Jorge Luis Borges: el último laberinto)

Cuando María Kodama se preparaba para llamar a un taxímetro para ir con Jorge Luis Borges1 al Prado, le dije: «Yo tengo un auto y los puedo llevar, pero no creo que sea el adecuado para ustedes». Lo quiso ver. Salió a la puerta del hotel London y, para mi enorme sorpresa, lo aprobó de inmediato. «Está bien, es un auto muy divertido», dijo la mujer que con mucho empeño y afecto acompañó durante buena parte de su vida al gran escritor argentino, refiriéndose a la Mehari roja que estaba estacionada.

Yo no lo podía creer. Después de dos días de entrevistas con Borges, siempre acompañado por Kodama, iba a hacer de improvisado chofer de los dos, en lo que para Borges era una experiencia vital muy sensible: el retorno al lugar donde pasó muchos veranos de infancia. «Muchas gracias. He vuelto al Prado después de 60 años», me diría algunas horas después, cuando finalizaba aquella mañana un tanto surrealista.

Era un domingo de marzo de 1983 y el olor a pólvora y los ecos de la guerra de las Malvinas todavía estaban muy cercanos («la guerra más misteriosa de toda la historia», según Borges). La BBC filmaba una película documental sobre la vida del escritor argentino, que había empezado a rodarse en París y debía terminar en Buenos Aires. Pero la locación final debió trasladarse a Montevideo, por la tensión y el clima extremadamente adversos que había en Argentina hacia los británicos.

En Uruguay la guerra también se había vivido con gran pasión, dividiendo a una sociedad que estaba mayoritariamente del lado de los argentinos. Las radios a veces trasmitían el conflicto casi como si se tratara de un partido de fútbol. Como suele suceder en estos casos, la guerra se había trasladado también al campo de la información, mucha de la cual, en particular aquella que planteaba asombrosas victorias argentinas, resultaría falsa. Había una mayoría amplia que acompañaba la indignación de los argentinos y era solidaria con los jóvenes enviados a luchar a las lejanas islas del sur: querían que Argentina ganara la guerra. Otros, una minoría, pensaban que un triunfo argentino aseguraría la permanencia de la dictadura en ese país por un largo rato. Y de paso, probablemente, ayudaría a sobrevivir a la uruguaya. Montevideo se había transformado en un punto clave: a su puerto llegaban los presos, heridos y mutilados de ambos bandos. Me tocó cubrir varias veces ese penoso espectáculo. En el puerto se reunían hombres muy importantes de las dictaduras de los dos países del Plata y autoridades del Reino Unido. El entonces Hotel Carrasco y el Hospital Británico eran los centros de operaciones y atención de aquellos que habían realizado una larga travesía para reconquistar las islas. Y Montevideo volvía a ser, como en décadas pasadas, un centro de espionaje, en el que jugaba un papel muy importante la embajada de Estados Unidos.

Esa Montevideo era el escenario en el que se rodaba la etapa final del documental sobre Borges. Había presenciado varias escenas en la hermosa casona de la familia Echegaray en la Avenida Uruguay, y aproveché esas ocasiones para acercarme al escritor, a María Kodama y a los miembros del equipo de la BBC. En la recreación de las escenas del pasado un niño uruguayo, Berni Dardel, interpretaba al Borges infantil; y el actor Roberto Jones era el Borges joven. El propio escritor, a sus ochenta, era el actor estelar.

Después de aquellas experiencias concerté las entrevistas en el hotel London, que se desarrollaron en el lobby y en su habitación. Y me encontré a un hombre cordial y tranquilo, muy lejano al escritor huraño y malhumorado que pintaban algunas crónicas. Kodama siempre acompañándolo y no se quedaba atrás en la amabilidad y el buen trato. Borges volvía de Europa, donde fue recibido con honores y condecorado por gobiernos y universidades. En Uruguay, la dictadura ni siquiera se preocupó de poner un auto a su disposición, lo que para mí resultó un hecho afortunado, ya que me permitió ser el conductor de la ruidosa camioneta que los paseó por Montevideo. El paseo sirvió para seguir conversando. Borges iba en el asiento de acompañante y Kodama atrás, contándole lo que veíamos y contestando sus preguntas, vinculadas a los recuerdos de las diferentes zonas que transitábamos y en particular al Prado. El ruido de la Mehari no facilitaba el diálogo y menos aún la grabación, que en esta parte del paseo resultó casi ininteligible, sobre todo al escucharla 35 años después.

El diálogo se extendió informal, mientras Borges vivía un momentáneo retorno al pasado. Partimos del centro, pasando por el Palacio Legislativo. Borges volvió a transitar por calles y lugares que ya no podía ver, pero sí presentir y tal vez reconocer en base a otros sentidos y a la continua descripción de quienes lo acompañaban. Pude comprobar que, de alguna manera, veía a través de los ojos de Kodama.

Borges iba preguntando cómo eran los lugares por los que transitábamos, mientras recordaba el viejo hotel, los arroyos Miguelete y Quitacalzones, su niñez, las calles arboladas, algún viaje a Piriápolis y otros temas. Pretendimos infructuosamente encontrar la quinta de la calle Lucas Obes; hicimos una parada frente a un puente sobre el arroyo Miguelete y Kodama tomó varias fotografías, mientras Borges seguía haciendo preguntas sobre el lugar. Estuvimos también frente al antiguo Hotel del Prado, donde Kodama tomó más fotografías, y el escritor quiso saber si, tal como creía recordar, todo se parecía a Palermo.

Poca gente transitaba por el Prado ese domingo de mañana, pero todos los que pasaban por allí indefectiblemente lo reconocían, se acercaban sorprendidos, lo miraban sonrientes y lo saludaban. «Mirá, está Borges...». Y él comentó: «La gente me quiere y no sé por qué».

Cuando transitábamos por la ciudad, con María Kodama aislada en cierto modo por el ruido del motor, Borges mantuvo una conversación animada. Preguntó cómo eran los gurkhas, la brigada de soldados nepaleses del Ejército británico que combatió en Malvinas, se refirió al drama de la locura cuando pasamos frente al hospital Vilardebó, hizo algunos chistes y siguió recordando tiempos pasados.

«Borges quiere decir burgués, hombre de la ciudad. Es el apellido más común en Lisboa. Yo busqué parientes cuando estuve en Lisboa —porque mi bisabuelo era portugués, vivió aquí en Montevideo, era oriental— y encontré tantos que no tenía ninguno. Eran tres o cuatro páginas de Borges... en Brasil no sé por qué, pero pronuncian «Boryis», con una «i» en lugar de la «e», pero es Boryes.»

Mostró una lucidez y memoria asombrosas para los 84 años que se aprestaba a cumplir. Y ahí estaba, sentado en mi ruidosa Mehari, enfundado en un traje marrón con corbata al tono y siempre aferrado a su rústico bastón.

Yo siempre pienso cuando vengo a Uruguay, que más bien vuelvo al Uruguay, ya que buena parte de mi niñez la pasé aquí, en los largos veraneos de antes, de dos o tres meses. De modo que yo he vivido en la calle Buenos Aires, en la Ciudad Vieja, en casa de mi tío Luis Melián Lafinur, el historiador; me llamo Luis por él. O si no, en casa de otro tío mío, Francisco Haedo, calle Lucas Obes 129, barrio del Paso Molino. Había un arroyo, Quitacalzones, un arroyo entubado, y el otro el Miguelete, que sin dudas ahí está.

Una memoria bastante prodigiosa...

No, no, no… es que tengo tantos recuerdos de Montevideo. Puedo decirle otra cosa... yo recuerdo una especie de barranca y un arco iris. Es un recuerdo muy claro, por supuesto que sin antes ni después, pero es una imagen muy clara, quizás una de las más antiguas de mi memoria. Yo no sé si esta imagen quedaba en esta banda del río o en la otra. Puede haber sido Palermo, puede haber sido Adrogué, en la República Argentina, o puede haber sido el Paso del Molino, aquí en Montevideo. En todo caso recuerdo eso: la barranca y el arco iris.

Un algo común...

Sí, desde luego. Por ambos lados yo tengo sangre uruguaya. Por el lado de mi abuelo, el coronel Francisco Borges, que nació en este Montevideo. Él era artillero, inició su carrera militar a los 14 años durante el sitio y después se batió en la división oriental de César Díaz en la batalla de Caseros; era un joven veterano de 16 años (sonríe). Después participó en la guerra del Paraguay, en las guerras civiles, en lo que llamamos la conquista del desierto.

En Montevideo se divulgaron unas declaraciones atribuidas a usted que expresaban que Uruguay era una estancia argentina y Asunción un arrabal de Buenos Aires, ¿qué hay de cierto?

Eso es totalmente falso. Sarmiento dijo que el Uruguay era una estancia y yo he citado esa frase, pero yo no he dicho eso. Y al contrario, le puedo contar una anécdota. Estaba con un grupo de escritores, hará (duda) 40 años, oíamos un tango en una confitería y yo dije ¡qué lindo tango! Y alguien me respondió: «Sí, Naipe Marcado, es un tango de Montevideo», y como advirtiéndome: «usted no tiene derecho». «Bueno», dije yo, «pero como Buenos Aires es un barrio de Montevideo, todo da lo mismo» —y rio—. De modo que yo tengo sangre uruguaya por ambos lados: por mi padre, Borges y Melián Lafinur, y por mi madre, los Haedo. Esther Haedo, mi prima, que se casó con Enrique Amorim, tiene exactamente mi edad, creo...

¿Qué edad tiene usted?

La de Esther Haedo de Amorim, 83 años. Siento decirlo, uno se distrae y pasa el tiempo... sobre todo me aterra, porque pienso que mi madre murió a los 99 años, con el temor de llegar a los 100. Recuerdo que una vez hablaban delante de ella y alguien dijo: «Bueno, es una señora grande», porque ahora dicen grande en lugar de decir mayor, ¿no? Mi madre dijo: «¿Qué edad tiene?» «Y 80 años», le dijeron. Y entonces mi madre con nostalgia comentó: «¡Quién tuviera 80 años!» Claro, le parecía la juventud, ella ya tenía 95. Y los de 70 me parecen gente joven. Se sienten más los años en números redondos. Cuando cumplí 80 me pareció terrible, cuando cumplí 70 también. Y ahora, este año, no sé si duraré o no, voy a cumplir 84, más o menos como 76. Claro, los 90 deben ser terribles, ¿no? Como una lápida. ¿Y por qué es esto? Por el sistema métrico decimal.

¿Cómo se siente con esta edad?

En estos momentos estoy muy contento, porque estoy en Montevideo, porque vuelvo a Montevideo. Yo era muy amigo... pero claro, han muerto... de Emilio Oribe, de Melo, de Fernán Silva Valdés y de Pedro Leandro Ipuche. Fui a buscar los libros de él esta mañana y no los encontré, pero voy a encontrarlos. Y también de Susana Soca, de Mauricio Platero y tengo algún pariente por aquí... Urta Lafinur... sí.

Como usted dice uruguayos y argentinos están muy interrelacionados en...

Sí, salvo que en mi tiempo se decía orientales. Hay unos versos muy lindos del poeta gauchesco cordobés Hilario Ascasubi para celebrar la victoria de Cagancha sobre los entrerrianos. Yo recuerdo los versos, que son así:

Querelos, mi vida, —a los Orientales 

que son domadores— sin dificultades.

¡Que viva Rivera! ¡Que viva Lavalle!

Tenémelo a Rosas... que no se desmaye.

Los de Cagancha

se le animan al diablo

 en cualquier cancha.

Qué lindos versos, qué lindo entusiasmo. Y qué bien que empieza: «Querelos, mi vida, a los orientales, que son domadores sin dificultades».

Borges, volviendo al presente, ¿qué piensa de lo que está ocurriendo políticamente en Argentina?

Me siento muy triste, porque quiero mucho a mi patria. Creo que mi deber, que nuestro deber, es la esperanza, pero resulta muy difícil ahora. Con todo, espero el llamado a elecciones. El resultado no sé cuál será, pero al menos conviene que tengamos una apariencia de libertad. Tengo una esperanza, una escasa esperanza, en las elecciones. Por lo pronto, nos darán Congreso, partidos, cierta libertad para discutir, en fin, para conversar. Pero me siento realmente muy abatido, como todos. Espero que las cosas anden mejor aquí.

Los dos países se encuentran en situaciones muy parecidas...

Mucha gente dice que hemos tocado fondo. Yo creo que no, creo que el espacio es infinito y no vamos a seguir barranca abajo indefinidamente.

¿Confía en los partidos políticos?

Yo no estoy afiliado a ningún partido. Yo soy teóricamente anarquista en el sentido spenceriano, es decir, que descreo de los Estados, descreo de los Gobiernos, no estoy afiliado a ningún partido. Pero, si tengo que votar, haré lo posible para que no triunfe el peronismo. Sin embargo creo que las estadísticas prueban que triunfará.

¿Lo posible para que no triunfen?

Sí, yo haría lo posible para que no triunfen.

¿Votaría a los radicales?

Los radicales, en todo caso, serían un mal menor, de igual modo que las elecciones son un mal menor que un Gobierno arbitrario e irresponsable como el que padecemos. Es un Gobierno que hace seis años subió con el apoyo de todo el país, sin excluir a los peronistas, y parece que no hay error que no haya cometido. Y error es una palabra muy mansa, un eufemismo, podríamos usar otras palabras también.

Si usted quiere evitar que triunfe el peronismo y los radicales le parecen solo un mal menor, ¿votaría algún otro sector en especial?

Bueno, es que yo creo que si uno vota, va a tratar de que no se pierda el voto. No sé si éticamente ese es un concepto justo. Uno debería pensar en las consecuencias de un acto. Pero tampoco votar a los radicales es un delito; creo que no.

¿Tiene preferencia por alguien?

No, no. Tengo más aversiones que preferencias; o mejor dicho, tengo aversiones y no tengo preferencias en este caso. No estoy afiliado a ningún partido, pero he sido, como todo el mundo, comunista, he sido socialista, conservador, radical y ahora trato de ser un individuo libre. Pero ni siquiera sé si lo libre verdadero existe. Puede ser una ilusión también.

Lo suyo parece una continua búsqueda...

Sí, sí. ¡Y al cabo de 83 años uno ha sido tantas personas y ha tenido tantas opiniones! Pero creo que, en lo que respecta a la literatura, lo que menos interesa son las opiniones de un escritor. Yo trato de intervenir lo menos posible en lo que escribo. Dejo que la obra se escriba más o menos sola, que fluya.

Dejar libre la imaginación...

Sí, y trato de que mis opiniones no intervengan, ya que las opiniones son superficiales, la emoción no. Y la emoción es lo más importante en arte, no las opiniones, ciertamente. Escribir sin emoción sería reducir la literatura a un juego de palabras, sería muy triste. Espero que sea algo más. Creo que es imposible escribir sin emociones.

Ha llamado la atención que, luego de un conflicto como el de las islas Malvinas, la BBC de Londres se haya interesado en filmar la vida de un escritor argentino...

Bueno... quiere decir que mi país es muy generoso conmigo, Inglaterra también lo es y el Uruguay también, ¿por qué no? La gente me quiere y yo no sé por qué. A mí no me gusta lo que yo escribo.

¿No le gusta lo que usted escribe?

No, pero me he resignado. ¿Qué puedo hacer? Al cabo de 80 años uno conoce sus límites. Cuando yo era joven trataba de ser Lugones, de ser Quevedo, de ser Chesterton. Ahora no, ahora me he resignado a ser Borges. Es mi destino, el único verosímil, el único sincero que me queda. Y la gente me estimula a seguir siendo Borges, aunque a mí no me guste lo que yo escriba.

El Nobel no llega. ¿Cuándo llegará?

No va a llegar nunca. Son gente muy sensata los suecos. Son gente muy sensata —dijo riendo.

¿Qué le ha dejado como experiencia la filmación de su propia vida y su obra? ¿Qué ha sentido con esto, que culmina con usted mismo actuando en la película?

Fue muy grato todo. Además tenía la impresión de estar en Montevideo y de estar en París a un tiempo, porque como este diálogo empezó en París, en el hotel L’Hotel, en el que murió Oscar Wilde, en ese momento se llamaba d’Alsace, en el último año del siglo XIX, en 1900. El diálogo empezó en un sótano de ese hotel en París y con lo surgido aquí teníamos la impresión de que era el mismo diálogo: que estábamos en París, en Montevideo o en ambos lugares a un tiempo.

¿Así comenzó la idea o comenzó ya la filmación?

No, no. La filmación empezó así. Pero lo que empezó fue la parte de este diálogo. Yo conversé con este señor inglés David —dijo, en referencia al director David Whestley—, empezamos conversando allí y esa parte fue en inglés. Y aquello duró un par de días, luego nos llevó a Buenos Aires y nos encontramos ahora en Montevideo. Pero, no sé, una tercera parte de la filmación, la parte del diálogo se hizo en París.

La filmación de su vida por parte de los británicos refleja un reconocimiento muy particular. Pero no deja de llamar la atención cuando el recuerdo de la guerra de las Malvinas está tan cercano. ¿No le parece?

Son circunstancias políticas. Me parece que sería absurdo que las islas intervinieran —rio—. No sé si la opinión de las islas es importante. Sé que han obrado muy generosamente conmigo. Además, como tampoco se habló de la pasada guerra, en fin, omitiendo ese tema, nos cabe el resto del universo, que es bastante considerable.

Borges es argentino, pero siempre se ha manifestado como un hombre universal.

Yo sí... Creo que el antiguo sueño de los estoicos de ser cosmopolitas tendrá que realizarse algún día. En Grecia la gente se definía por la ciudad: Heráclito de Éfeso, Zenón de Lea; así que cuando los estoicos dijeron que eran cosmopolitas, ciudadanos del cosmos, esa idea tiene que haber sido asombrosa. Y aun ahora parece que no somos dignos de esa idea, ya que insistimos en ser, no diré de tal ciudad, pero sí de tal país, lo que es bastante artificial. Porque una ciudad puede ser real, pero un país es un concepto... no sé...

¿Un concepto artificial?

Sí, son artificiales. Yo, por ejemplo, soy porteño, aunque tengo ascendencia cordobesa y uruguaya y porteña también. Y desde luego creo que un porteño tiene que sentirse más cerca de un montevideano, a pesar de los colores de los mapas y de las diferencias, que de un salteño, que es bastante distinto, o de un mendocino, que son muy distintos. Recuerdo que cuando fui a Mendoza, en el año… y me hicieron doctor honoris causa de la Universidad de Cuyo, un grupo de escritores mendocinos vino a verme. Y me dijeron: «Tenemos mucho gusto en saludarlo, pero nos interesa más la obra de (Pablo) Neruda que la obra de Borges». «Ah, bueno», les dije yo, «a mí también me interesa más la ob ...