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¡CUIDADO CON EL PAVO REAL!

Isabel Bogdan  

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Fragmento

 

Uno de los pavos reales se había vuelto loco. O a lo mejor se le había estropeado la vista, pero el caso es que de repente empezó a considerar que cualquier cosa azul y brillante era su rival.

Por suerte, en el pequeño valle a los pies de las Highlands escocesas apenas había nada que fuera azul y brillante. Había praderas y pastos y árboles, todo muy verde, y había brezales. Y muchísimas ovejas. La única cosa azul brillante que aparecía por allí de vez en cuando eran los coches de los visitantes. Lord y lady McIntosh habían transformado en cottages para huéspedes los edificios auxiliares, los graneros y cualquier cosa perteneciente a su mansión que se prestara a ello, con el fin de que el viejo caserón contribuyera a recuperar al menos en parte el dineral que les costaba. Las zonas más antiguas de la casa señorial probablemente se remontaban al siglo XVII, y en los siglos siguientes el edificio había experimentado diversos añadidos y ampliaciones. No siempre había presupuesto para las continuas modernizaciones, y así seguía siendo hoy en día. La casa costaba dinero. Primero se desconchaba la fachada y había que arreglarla, luego estallaba una cañería, y después había que renovar el tejado. De casi toda la instalación eléctrica se ocupaba la propia lady McIntosh porque ya apenas quedaban electricistas que se manejaran con ciento diez voltios y que conocieran los viejos fusibles. Las facturas de la calefacción provocaban sudores al matrimonio, pero en absoluto se podía decir lo mismo de la temperatura de la casa. El suelo de la planta baja era de losas de piedra y no se templaba ni en los veranos más calurosos… y los veranos cálidos eran bien escasos. En invierno el frío era tremendo. Había una calefacción central que no merecía tal nombre, ya que la mayoría de las habitaciones permanecían directamente frías. Solo la cocina tenía siempre una temperatura agradable gracias a un fuego que ardía sin cesar en el gran fogón Aga de hierro fundido. Lord y lady McIntosh se sentaban todas las tardes del año frente a la chimenea de la biblioteca, donde leían, trabajaban o veían películas en DVD. En invierno, a veces se iban a la cama con gorros de lana. No les importaba, estaban acostumbrados. Cuando se quedaban helados, se metían en la bañera o en el jacuzzi exterior, instalado en un extremo de la gran explanada de césped.

A veces el lord decía en broma que podría intentar aislar la casa con billetes de banco. Era filólogo clásico y no entendía mucho de construcción. Lady McIntosh era ingeniera y entendía algo más, aunque trabajaba en una empresa de energía eólica. Los dos manejaban la aritmética básica: pobres no eran, para vivir les daba de sobra, pero no para meterse en una reforma a fondo de la vieja mansión.

Los cottages solo eran ligeramente más modernos, estaban algo mejor aislados y tenían suelos de moqueta y techos bajos, de modo que resultaban mucho más fáciles de calentar. Y, por supuesto, había mantas eléctricas en todas las camas. Se estaba muy a gusto en la antigua casa del guarda, situada a la entrada, a unos dos kilómetros de la casa señorial; también en la del jardinero, al otro lado del arroyo; en la lavandería, unos ochocientos metros valle arriba; en el antiguo establo, detrás del bosquecillo, y lo mismo en los otros cottages que se hallaban diseminados por el valle, junto a pistas de grava o al final de caminos sin asfaltar. Para visitar a los vecinos más cercanos había que ir en coche, y estar borracho al volver a casa no era demasiado problema porque no había ni tráfico ni co

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