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CUENTOS COMPLETOS

Jorge Asís  

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Fragmento

Sobre todo un acto de sinceramiento literario legitima la aceptación de publicar estos Cuentos completos. Implica asumir, desde la estética, un periplo considerable de treinta y cinco años de literatura. Que son, en realidad, cuarenta.

Sin ambiciones módicas, el itinerario representa una suerte de epopeya personal. La ilustración literaria de una vocación definitoria, que se inicia a mediados de la década, justamente mitificada, del ’60. Que disto conscientemente de evocar, desde la impunidad de un prólogo, con los arrebatos, previsiblemente pautados, de la nostalgia.

Prefiero, en cambio, inclinarme por intentar la unificación de diversas instancias escenográficas. Las que tuvieron cierta lícita influencia entre los altibajos del oficio.

Trátase entonces de un oficio que me produjo el reconocimiento del premio mayor, el de los lectores. Y las sistemáticas negaciones con las que, en el fondo, convivo. Sin grandes esfuerzos por no agrietarme.

Cuentos completos representa, asimismo, la emblematización de un viaje.

Desde la intuición implícita en aquella potencia expresiva, con las casi conmovedoras ganas de contar que de alguna manera se mantienen, hasta las manías aproximativas del experimentado narrador de hoy.

Un viaje desde aquella estruendosa Remington con cintas litigiosas, hasta la dimensión silenciosa de la notebook. O, lo que es lo mismo, un viaje de permanente ida, desde aquellos iniciales cuentos de La manifestación, oportunamente editados por don Boris Spivacow en 1971, hasta los cuentos que pueden leerse con sólo acceder, en la web, a mi portal.

Al releer las últimas pruebas de imprenta, puedo atreverme a evocar, con franca distancia especulativa, que cuando escribí, por ejemplo, “Minga”, en 1968, era vendedor domiciliario de retratos al óleo. Que cuando escribí “La romana”, en el ’79, en pleno Proceso militar, era un altivo periodista de Clarín. Que cuando compuse “Nobleza a la carta”, en 1993, trataba de definir mi difusa identidad como embajador en París. Y que ahora, mientras escribo cotidianamente, en mi web, me defino como un monotributista. Una especie de empresario unipersonal de la comunicación. Un profesional, como siempre, de la artesanía de la palabra.

Cuentos completos, en definitiva, se postula como el testimonio, convertido en objeto, de una trayectoria que aún se anima, a pesar de la caravana de obstáculos, a apostar por la persistencia, sin diluirse entre los rigores del probable objetivo del olvido. Significa la aventura literaria de un recorrido con explicables cambios de intensidad. Que ayudaron a gestar los equívocos, la diversidad de pliegues, la intercalación de juegos, de trampas e imposturas del personaje que, lo sé, soy. Convertido, en el fondo, en la máxima adversidad para la valoración objetiva de mi obra.

Para terminar la irritación de la autorreferencia, Cuentos completos se impone como el emblema del desfile de los distintos escenarios, perfectamente mitificables, del imaginario personal. Desfila entonces aquel joven desesperadamente pícaro que suponía ser de izquierda y golpeaba puertas. Y aquel treintañero escéptico que solía teclear las crónicas de Oberdán Rocamora a cambio de un sueldo. Y aquel diplomático precipitado que pude ser en la frontera de los cincuenta años.

Entre las imposturas escenográficas de semejantes instancias sólo persiste el hilo conductor de un instrumento común, el del lenguaje. La asunción de la palabra como distrito. Y como destino. Inexorable para interpretar. Interesante, al menos, para describir.

Aún no pienso cesar. Por lo tanto, estos Cuentos completos plantean también una imposibilidad. Porque, en cuanto se publiquen, dejarán de serlo. Completos, digo, precisamente. Intuyo que queda bastante aún para completar.

LA MANIFESTACIÓN

1971

LA MANIFESTACIÓN

I

Había que ir, qué bien, claro que tenemos que ir, Daniel, no falles, lo habían comunicado el jueves, ayer, hay que ir obligatoriamente, Daniel, en serio, a no esquivar el bulto, y lo único que en realidad sabían era que la cosa iba a ser en el centro. Venite, Daniel. Por qué había que ir, se preguntaba Rodolfo, dudaba, no tenía razones suficientes, si con lo del sábado no arreglaremos nada, Daniel, Buenos Aires no es Córdoba. Pensaba que era absurdo, un riesgo inútil, es al cohete, Daniel, y si caemos por eso es una ridiculez, no vale la pena, no tiene sentido, contrasentido. Pero eso no se lo dijo a Daniel, lo que le dijo fue: A no fallar, a no arrugarse, la cosa se pone buena. Daniel con el último informe, la crisis, turco, la olla salta, Levingston lo quiere destituir a Lanusse, mar de fondo, por lo de Córdoba, sabés, después te explico, venite a las reuniones y dejate de joder, no te hagas el exquisito. Pero nunca te dije lo que pensaba, lo que me machacaba, Daniel, judío errante, local, bonachón, nunca te dije que me daba muchas vueltas la cosa, que Rodolfo se cuestionaba diariamente y se le distorsionaban los caminos, que a veces llegaba a la conclusión de que no la iban a hacer más, ni en tres siglos, ni por cansancio, así Daniel hace añazos que andamos, yo no tengo tanta paciencia, me parece que la cosa tiene que ser más efectiva, más directa, me despeloto, Daniel, cuando me parece eso ni sé cómo me llamo, me doy bronca, Daniel. Pero no pudo, nunca se animó; siempre quiso decírselo a alguien para dejar de decírselo toda su muerte. Puntual, Daniel, a no faltar, a las siete en el Ramos, vas a debutar en una, la primera vez que estarás presente en algo. No sé, Daniel, no sé, no sé si soy revolucionario, no soy revolucionario, claro que lo soy. Qué sé yo, debe de ser todo, debe de ser este ambiente intelectual con pinzas de mierda, debe de ser este aire podrido que estoy respirando, debés de ser vos, soviético zonzo, bárbaro, tragamonedas. Pero mañana tenés que ir, Daniel, no seas cagueta, vení y debutá, mirá que la movilización es general, Daniel, es absurdo, si vamos en cana no nos saca ni la liga ni Dios. Che, siete en el Ramos, sí, vienen todos, avisale a la gorda, Daniel, está de más, yo estoy viviendo de yapa, yo no creo que aguante hasta la edad del Rolo Ghioldi, ni hasta la edad de quien no nació, siento que la revolución se me está escapando, atámela, se va, solita, es el ambiente, Daniel, no otra cosa. Pena de muerte ahora, macho, a cuidarse, ya no es sólo la diecisietecuatrocientosuno; además estoy cansado de que me carguen como yo te cargo a vos, contrarrevolucionario, soviético obediente, gil, es una etapa necesaria la tuya, todos empezamos ahí, después progresamos, todavía sos rescatable, pero cómo voy a contarte lo que me pasa a vos, Daniel, a vos que sos enepé caminando, cómo me gustaría imitarte, león, sabés, perdoname, yo sé que te jodo, nada tenés que perdonarme, que te subestimo, que no te tomo en serio. Aparentemente, Daniel. Si llegás a fallar mañana no te saludo más, que por favor no pase como en la de Martins que fallaste, sin excusas. Siempre repito lo que te escucho decir a vos, Daniel, utilizo tus gestos, tus palabras, tu misma cara de estúpido. Daniel, se remos los primeros que haremos algo en Buenos Aires en apoyo de Córdoba. Ni los troskos, ni los chinos, ni la fracción, ni los peronistas, nosotros, Daniel. Qué sería vivir en Córdoba, allí sí que es otra cosa, conciencia revolucionaria, no se canta, no se aplauden discursos, no se guitarrea tanto, están en otra, Daniel, una mano más brava, pesada, a ver contame, argumentá, arriba enepé, que después voy a contarlo en otro lado, pero permitime sobrarte mientras hablás, pero mi admiración no la vas a saber nunca, te digo comprador de buzones y afines, te digo panfletario, sectario, dogmático, ortodoxo, pero cómo me gustaría hablar con tu seguridad, fumar con tu seguridad, contame, venga, venga.

Y Daniel le dijo que la CGT no está entregada como en Buenos Aires, que la clase obrera está mucho más politizada, que los estudiantes, que allá el doparti está trabajando bien, muy bien. Pero no me hagás reír, fanático, cómico, vas a decir que allá tenemos la manija nosotros, no seas religioso. Sé que te enojás, Daniel, se te hinchan las venas como para es caparte, te gustaría pegarme, qué bien me vendría una trompada, pegámela, dale, estoy esperándola, qué te cuesta. Che, qué sectario que sos, qué traba, decí la verdad, admitilo, en Córdoba cazaron la manija los peronistas en serio, dejate de joder.

—No, turco, no, ni lo vivaban a Perón, es más, ni se hablaba de Perón, fue otra cosa, otra cosa, el fotógrafo de Propósitos me... No me hagas reír que ando paspado, Daniel, no seas cómico (las venas, la bronca, Daniel), decime que también tiene la manija el Encuentro de los Argentinos así te grabo, lo escribo, y después lo hago publicar por Marcucci como libro de humor (las venas, Daniel, se te escapan, pega me una piña, dale). Bueno, está bien, viejo, me convenciste, no lo conocen a Perón en Córdoba, lo confunden con un cantante de tangos, con un centroforward. Mañana digo lo que me dijiste vos, gracias, nunca te lo voy a agradecer, sabés, los ultras me preguntan lo mismo que yo voy a preguntarte ahora, esto, Daniel:

—¿Te permite coger el último informe?

(Las venas, Daniel, mi sonrisa, Daniel, tu jeta, mi carcajada.) Mañana antes de las siete ya estoy en el Ramos, puntuales, eh, se pondrá buena la cosa. De repente fue el chau, turco, de Daniel, el chau pensativo de Daniel que más tarde Rodolfo recordaba en la cama, solo, con los ojos desesperadamente abiertos, adivinando el dibujo de los muebles en la oscuridad, muy solo, Daniel, lo de mañana es al cohete Daniel, debutarás en una manifestación, Daniel. ¿Será una manifestación? Pensaba en ese mañana, en la noche de ese mañana, preguntándose qué iban a hacer, si gritarían, si volantearían, si tirarían molotovs, piedras, si morirían, si…

II

Pero no se dormía.

No soy revolucionario, Daniel, sería un caradura si pretendiera ser lo, lo único que tengo son algunas causas y tan comunes, soy revolucionario, Daniel, quiero serlo más todavía, ya no sé si me importa tanto la revolución, no creo que me importe, claro que me importa mucho, Daniel, es ante todo un estado, nuestra manera de vivir, de yapa, Daniel. Mañana voy a ir a la noche, vos sabés que voy a ir. Qué será, relámpagos, manifestación, la cosa está muy jodida, hay Neptunos, perros, canas, en todas las baldosas del centro. Cuánta cana, Daniel, la puta que te parió, compañeros, la puta madre que los parió, tengo ganas de largar todo al demonio. No se dormía, no se durmió en toda la noche, sentía escalofríos, sabía a qué atribuirlos pero no los quería admitir, primero no los quise admitir, ahora sí. Lo rodeaba el escalo frío, se apoderaba de su cuerpo precipitadamente, lo hacía dar vueltas y vueltas y la cabeza debajo de la almo hada, se tapaba y des, se moría por cinco minutos, peleaba con tres policías a la vez, resucitaba definiéndose revolucionario. Se pensaba corriendo, con volantes bajo el brazo, se pensaba encerrado, fajado, con unas manos heladas en los testículos, apretándoselos, se pensaba con una picana, en un tubo, pero no iba a cantar, aunque lo matasen no iba a cantar. Se imaginaba actos, manifiestos pidiendo su libertad, su cuerpo, se daba vuelta otra vez y otra y otras más diciéndose que tenía que sentar cabeza de una buena vez, que tenía que dedicarse a hacer mucha guita como sus parientes, a dejarse de joder y laburar más, que debía dejar la revolución para los otros. Siempre deben existir otros, Daniel, existen otros, con claridad y huevos, ya sé lo que me decís, deber histórico, también lo digo, optimismo histórico, como dice el poema de Tuñón, claro, Tuñón, también lo digo, pero el fato no es como lo digo. Mañana tal vez iremos en cana, debutarás y en cana, no vamos a hacer la brava con eso, ni se darán cuenta, ni saldremos en los diarios a lo mejor, ni cinco de pelota, Daniel, aunque mañana seamos veintemil tipos no saldremos ni en sociales, aunque nos amasijen o nos hagan desaparecer como a Martins, o Vallese, aunque te maten a vos y ojalá te maten carajo así no escucho más tus informes de memoria, qué te creés, y me creo, y

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