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COMO EL VIENTO ENTRE LOS ALMENDROS

Michelle Cohen Corasanti  

0


Fragmento

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Agradecimientos

PRIMERA PARTE: 1955

1

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SEGUNDA PARTE: 1966

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TERCERA PARTE: 1974

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CUARTA PARTE: 2009

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Recibe antes que nadie historias como ésta

A Sarah y Jo-Robert

«No hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti. Este es el único significado de la Torá; el resto son comentarios. [Y ahora] vete a estudiar.»

Rabino Hillel (30 a.C.-10 d.C.),
uno de los rabinos más importantes
del periodo talmúdico

A Joe, quien me ha dado el valor de aceptar lo que habría preferido enterrar.

Agradecimientos

Las semillas de esta historia fueron sembradas hace más de veinte años. Aún estaba en el instituto cuando me marché al extranjero en busca de diversiones, aventuras y libertad lejos de mis padres. Mi primera intención había sido ir a París, pero mis padres rechazaron la idea y me enviaron a Israel a pasar el verano con la hija del rabino. En aquel entonces yo estaba tan desinformada con respecto a la situación imperante en la región que creía que palestino era sinónimo de israelí. Siete años después, cuando retorné a Estados Unidos, estaba más informada de lo que hubiera deseado.

Yo era una idealista y quería ayudar a instaurar la paz en Oriente Próximo. Al cabo de algunos años de estudio en una facultad de derecho de Estados Unidos, decidí que lo único que quería era salvarme. Cuando conocí a mi esposo y le conté mis experiencias, me dijo que yo tenía una historia y que debía escribirla. Como no estaba preparada, la enterré. Pero el pasado se las ingenia para salir a la superficie. Prefiero creer que yo necesitaba la perspectiva que me dieron esos veinte años para escribir esta historia.

Quiero dar las gracias a Joe, mi esposo, por ayudarme con la documentación y a escribir este libro, y a mis hijos, Jon-Robert y Sarah, por despertar en mí el deseo de hacer de este mundo un lugar mejor para todos. Quiero agradecer también a mis estupendos correctores de estilo, quienes me enseñaron a expresar con palabras mi historia: el diligente Mark Spencer; la erudita Masha Hamilton; la competente Marcy Dermansky; mi suegra Connie, que corrigió cada una de las distintas versiones; la eficiente Teresa Merritt y la talentosa Pamela Lane.

Mi especial agradecimiento a Les Edgerton, que revisó el manuscrito y ayudó a que este libro se convirtiera en realidad. Mi gratitud a Caitlin Dosch y Christopher Greco por brindarme su ayuda con los problemas de ciencias y de matemáticas. Mi agradecimiento también a Nathan Stock y al Centro Carter por su colaboración y su competencia, especialmente en todo lo relacionado con Gaza. Muchas gracias a Marina Penalva, mi agente, y a Pontas Literary & Film Agency, así como a Garnet Publishing, en particular a Sam y Stephen, quienes ayudaron a resolver todas las dificultades, y a los correctores Felicity Radford y Nick Fawcett por el trabajo minucioso que realizaron con el manuscrito. Muchas gracias, también, a Paddy O’Callaghan, Abdullah Khan y Yawar Khan por su constante apoyo. Por último, gracias a Moe Diab y a su inteligencia, quien dio vida a mi protagonista. Deseo agradecer asimismo a mis editores internacionales por su pasión y dedicación.

PRIMERA PARTE

1955

1

Mamá siempre decía que Amal era traviesa. Y toda la familia repetía en broma que mi hermana, con sus escasos años y sus piernitas endebles y regordetas, tenía más energía vital que mi hermano menor Abbas y yo juntos. Por eso, cuando fui a ver cómo estaba y observé que no estaba en su cuna, se me heló el corazón y un miedo tenaz se apoderó de mí.

Era verano y la casa respiraba lentamente a causa del calor. Solo en su habitación, aguardé un instante a que el silencio me dijera dónde se habría metido. La brisa movió la cortina blanca. La ventana estaba abierta de par en par. Me precipité al alféizar, rogando que, cuando me asomara, ella no estuviera abajo, que no se hubiera lastimado. Me daba miedo mirar, pero miré igual, pues no saber era peor. «Dios, por favor, por favor, Dios mío...»

Abajo no había nada, salvo el jardín de mamá: la misma brisa agitaba las flores de vivos colores.

En la planta baja, el aire estaba impregnado de aromas deliciosos y la mesa grande repleta de comida riquísima. A Baba y a mí nos gustaban muchísimo los dulces y mamá estaba preparando un montón para la fiesta navideña de esa noche.

—¿Dónde está Amal?

Cogí dos galletas de dátiles y, cuando se volvió, me metí una en cada bolsillo. Una para mí y otra para Abbas.

—Está durmiendo la siesta.

Mamá vertió el almíbar sobre el baklava.

—No, mamá, no está en su cuna.

—Entonces, ¿dónde está?

Mamá llevó la sartén caliente al fregadero y la enfrió con agua, que se transformó en vapor.

—¿Escondida?

Mamá salió disparada hacia la escalera rozándome con sus túnicas negras. Sin decir nada, fui tras ella con la intención de encontrarla yo antes y así ganarme las golosinas que llevaba en los bolsillos.

—Necesito ayuda.

Vi a Abbas de pie en lo alto de la escalera, con la camisa de­sabotonada.

Lo miré de mala manera: tenía que hacerle entender que yo estaba ayudando a mamá a resolver un problema serio.

Abbas y yo seguimos a mamá hasta el dormitorio de Baba y de ella. Amal no estaba debajo de la cama grande. Descorrí la cortina que tapaba el sitio donde mis padres guardaban su ropa esperando encontrar a Amal en cuclillas y con una gran sonrisa. Pero no estaba. Me daba cuenta de que mamá estaba realmente asustada. Sus ojos negros fulguraban de tal manera que también yo me asusté.

—No te preocupes, mamá —dijo Abbas—. Ichmad y yo te ayudaremos a encontrarla.

Mamá cruzó el dedo índice sobre sus labios para pedirnos a Abba y a mí que nos calláramos cuando pasamos por el vestíbulo rumbo al cuarto de nuestros hermanos menores. Como dormían, ella entró de puntillas y con un gesto nos indicó que nos quedáramos fuera. Mamá sabía cómo no hacer ruido mejor que Abbas y yo. Pero Amal no estaba allí.

Abbas me miró asustado y yo le di una palmada en la espalda.

Bajamos las escaleras. Mamá llamó a Amal una y otra vez, registró de arriba abajo el salón y el comedor, revolviéndolo todo y estropeando sus preparativos para la cena de Navidad con el tío Kamal y su familia.

Mamá corrió a la terraza cubierta y Abbas y yo fuimos tras ella. La puerta del patio estaba abierta. Mamá ahogó un grito.

Desde el ventanal vimos a Amal, en camisón, que bajaba el prado corriendo en dirección al campo.

Mamá llegó al patio en pocos segundos. Atravesó el jardín pisoteando sus rosales y desgarrándose la túnica con las espinas. Abbas y yo la seguíamos pisándole los talones.

—¡Amal! —gritó mamá—. ¡No sigas!

Sentía un dolor en el costado de tanto correr, pero seguí. Mamá se detuvo tan de golpe delante del «letrero» que Abbas y yo chocamos con ella. Amal estaba en el campo. Se me cortó la respiración.

—¡Detente! —gritó mamá—. ¡No te muevas!

Amal corría a la caza de una gran mariposa roja y su negra cabellera ondulada se agitaba al viento. Se volvió y nos miró.

—La tengo —dijo entre risas, señalando la mariposa.

—¡No, Amal! —le gritó mamá con severidad—. No te muevas.

Amal se quedó completamente quieta y mamá soltó un profundo suspiro.

Aliviado, Abbas cayó de rodillas. Nunca, jamás, bajo ningún concepto, debíamos ir más allá del cartel. Aquello era el campo del diablo.

La bonita mariposa se posó a unos cuatro metros de distancia, justo delante de Amal.

—¡No! —gritó mamá.

Abbas y yo alzamos la vista.

Amal miró a mamá con sus ojos traviesos y corrió hacia la mariposa.

Lo que ocurrió a continuación se desarrolló en cámara lenta. Como si alguien la hubiera lanzado al aire. Humo y fuego por debajo de Amal y la sonrisa desapareció. El ruido nos golpeó —nos golpeó realmente— y caímos hacia atrás. Cuando volví a mirar, Amal había desaparecido. Desaparecida. Y yo no oía nada.

Entonces me llegaron los gritos. Primero la voz de mamá, después la de Baba, desde alguna parte detrás de nosotros. Y me di cuenta de que Amal no había desaparecido. Podía ver algo. Podía ver su brazo. Era su brazo, pero ya no estaba pegado a su cuerpo. Me restregué los ojos. Amal estaba destrozada, como su muñeca cuando nuestro perro la había despedazado. Abrí la boca y grité, tan fuerte que sentí como si me fuera a partir en dos.

Baba y el tío Kamal corrieron, jadeando, hacia el cartel. Mamá no los miraba, pero cuando llegaron al lugar empezó a gemir:

—Mi bebé, mi bebé...

Entonces Baba vio a Amal del otro lado del letrero que rezaba «Zona de acceso prohibido». Se abalanzó sobre ella, las lágrimas corrían por su rostro. El tío Kamal lo agarró por detrás con las manos.

—No...

Lo sujetaba con fuerza.

Baba trató de zafarse, pero el tío Kamal era más fuerte. Forcejeando, Baba se volvió hacia su hermano y gritó:

—¡No puedo abandonarla!

—Es demasiado tarde —dijo el tío Kamal con voz firme.

—¡Yo sé dónde entierran las minas! —le grité a Baba.

—Guíame, Ichmad —dijo sin mirarme.

—¿Vas a poner tu vida en manos de un niño? —El tío Kamal hizo una mueca de disgusto.

—No es un niño de siete años común y corriente —repuso Baba.

Dejé a Abbas con mamá y di un paso en dirección a los hombres. Abbas y mamá lloraban.

—Las sembraron con sus propias manos y yo hice un mapa.

—Ve a buscarlo —ordenó Baba, y dirigiéndose a Amal añadió algo que no conseguí entender porque volvió el rostro hacia el campo del diablo.

Corrí, pues, tan velozmente como pude, cogí el mapa, que tenía escondido en la galería, di varias vueltas buscando el bastón de Baba y regresé corriendo junto a mi familia. Mamá siempre me decía que no corriera con el bastón de Baba en la mano pues podía hacerme daño. Pero se trataba de una emergencia.

Baba cogió el palo y dio unos golpecitos en el suelo mientras yo trataba de tomar aliento.

—A partir del letrero, sigue recto —le indiqué. Las lágrimas me cegaban y me hacían escocer los ojos, pero no aparté la mirada.

Antes de dar un paso, Baba pinchaba la tierra delante de él. Avanzó unos tres metros y se detuvo. La cabeza de Amal se hallaba a un metro de distancia aproximadamente. Su cabello ondulado había desaparecido. De las quemaduras supuraba algo blanco. Como Baba no tenía los brazos lo bastante largos para alcanzarla, se acuclilló y volvió a intentarlo. Mamá ahogó un grito. Yo quería decirle que usara su bastón, pero no me atrevía, no fuese a ser que él no quisiera tratar así a Amal.

—¡Regresa! —suplicó el tío Kamal—. Es muy peligroso.

—¡Los niños! —gritó mamá. Baba a punto estuvo de caer, pero recuperó el equilibrio—. Están solos en la casa.

—Iré yo —dijo el tío Kamal—. Me quedaré con ellos. —Y se marchó.

Me alegré, porque con sus comentarios no hacía más que empeorar las cosas.

—¡No los traigas! —le gritó Baba—. No deben ver a Amal en este estado. Y no dejes que venga Nadia.

—¡Nadia! —repitió mamá, como si fuera la primera vez que oía el nombre de su hija mayor—. Nadia está en tu casa, Kamal, con tus hijos.

El tío Kamal asintió y se marchó.

Mamá estaba en el suelo, con Abbas. Las lágrimas le corrían por la cara. Como si le hubieran echado una maldición y lo hubieran congelado en su sitio, Abbas tenía la mirada fija en lo que quedaba de Amal.

—¿Ahora por dónde, Ichmad? —preguntó Baba.

Según mi mapa, a unos dos metros de distancia de la cabeza de Amal había una mina. El sol quemaba, pero yo tenía frío. Dios, por favor, haz que mi mapa sea exacto. De lo que sí estaba seguro era de que no había patrones previsibles de su ubicación, que habían sembrado las minas al azar y que sin un mapa nadie podía localizarlas.

—Camina un metro a la izquierda —indiqué— y tiende el brazo.

Yo contenía la respiración sin darme cuenta. Cuando Baba cogió la cabeza de Amal, solté todo el aire que tenía acumulado. A continuación Baba se quitó la kufiyya y envolvió la cabecita de Amal, que estaba muy desfigurada.

Baba intentó coger el brazo de Amal, pero estaba demasiado lejos. Era difícil saber si la mano seguía pegada al brazo.

De acuerdo con mi mapa, entre él y el brazo de mi hermana había otra mina, y de mí dependía guiarlo para evitarla. Baba confiaba en mí y hacía exactamente lo que yo le decía. Lo guie lo más cerca posible y Baba recogió con delicadeza el brazo de Amal por el hueso y lo envolvió en su kufiyya. Todo lo que quedaba de ella era la cintura, pero se encontraba mucho más lejos.

—No avances —le advertí—. Hay una mina. Da un paso a la izquierda.

Baba llevaba a Amal abrazada contra su pecho. Antes de pisar, pinchó la tierra levemente. Lo guie. Debía recorrer como mínimo unos doce metros. Después, tuve de guiarlo para que pudiera regresar.

—A partir del cartel, todo recto, no hay minas. Pero hay dos entre donde tú estás y esa línea recta.

Le indiqué que diera un paso adelante y luego otro al costado. Me corrían gotas de sudor por la cara; cuando me pasé la mano, vi que era sangre. Sabía que era la sangre de Amal. Me la limpié una y otra vez, pero no se iba.

Hebras de cabello negro se despegaban del rostro de Baba como movidas por el viento. Su kufiyya blanca, que ya no lo cubría, chorreaba sangre. Su túnica blanca se había teñido de rojo. Cargaba a Amal en brazos como cuando ella se dormía en su regazo y él la subía a su cuarto. Trayéndonos a Amal de vuelta del campo, Baba semejaba el ángel de un cuento. Los fuertes hombros le temblaban y tenía las pestañas humedecidas.

Mamá seguía en el suelo, llorando. Abbas la abrazaba, pero no tenía más lágrimas que verter. Velaba por ella como un hombrecito.

—Baba la sanará —le aseguraba—. Es capaz de arreglar cualquier cosa.

—Baba cuidará de ella.

Puse mi mano sobre el hombro de Abbas.

Baba se arrodilló junto a mamá. Acunaba a Amal con dulzura. Mamá se recostó contra él.

—No te asustes —le dijo Baba a Amal—. Dios te protegerá.

Nos quedamos así, consolando a Amal, durante largo rato.

—El toque de queda comienza en cinco minutos —anunció un soldado por el megáfono de su jeep militar—. Toda persona que sea vista fuera de su casa será arrestada o fusilada.

Baba nos dijo que era demasiado tarde para conseguir un permiso para sepultar a Amal. De manera que la llevamos a casa.

2

Abbas y yo fuimos los primeros en oír los gritos. Baba estaba inspeccionando nuestras naranjas. Él era así. Su familia había sido dueña de los naranjales durante generaciones y él decía que lo llevaba en la sangre.

—Baba.

Tiré de su túnica e interrumpí su trance. Dejó caer las naranjas que tenía en los brazos y corrió hacia el lugar de donde procedían los gritos. Abbas y yo lo seguimos.

—¡Abu Ichmad!

Los árboles traían los ecos de los gritos de mamá. Al nacer yo, ellos trocaron sus nombres por los de Abu Ichmad y Um Ichmad para incluir el mío, el de su primogénito, en el de ellos. Era la tradición de nuestro pueblo.

Mamá corría hacia nosotros con Sara, nuestra hermanita, que era un bebé, en brazos.

—¡Ven! —Mamá resollaba—. ¡Están en la casa!

Me asusté mucho. Desde hacía dos años, creyendo que Abbas y yo dormíamos, mis padres hablaban de ellos, decían que vendrían a quitarnos la tierra. La primera vez que los oí fue la noche en que Amal murió. Discutieron porque mamá quería enterrar a Amal en nuestra tierra, para que estuviese cerca de nosotros y no tuviera miedo, pero Baba se opuso, dijo que si venían a robarnos la tierra, entonces tendríamos que desenterrarla o dejarla ahí con ellos.

Baba cogió a la pequeña Sara y fuimos corriendo a casa.

Había más de una docena de soldados rodeando con alambre de espino nuestra tierra y nuestra casa. Mi hermana Nadia, de cuclillas debajo del olivo, sujetaba a mis hermanos, Fadi y Hani, que lloraban. Nadia era menor que yo y que Abbas, pero mayor que los otros dos. Mamá siempre decía que iba a ser toda una madraza con sus niños.

—¿En qué puedo servirle? —preguntó Baba, agotado y sin aliento, a un soldado.

—¿Mahmud Hamid?

—Soy yo —respondió Baba.

El soldado entregó a Baba un documento.

Baba se puso blanco como la leche. Sacudió la cabeza mientras lo rodeaban soldados con fusiles, cascos de acero, trajes de faena verdes y pesadas botas negras.

Mamá nos apretaba a Abbas y a mí contra su cuerpo y yo sentía palpitar su corazón a través de la tela de su túnica.

—Tiene treinta minutos para reunir sus pertenencias —dijo el soldado, que tenía la cara cubierta de granos.

—Por favor —dijo Baba—. Es nuestro hogar.

—Ya me ha oído —insistió el soldado—. ¡Venga!

—Quédate aquí con los pequeños —le indicó Baba a mamá, que se echó a llorar.

—¡Silencio! —ordenó el soldado.

Abbas y yo ayudamos a Baba a envolver y sacar de la casa los ciento cuatro retratos que había dibujado a lo largo de los últimos quince años; sus libros de arte, los de los grandes maestros de la pintura: Monet, Van Gogh, Picasso, Rembrandt; el dinero que guardaba en la funda de su almohada; el oud que su padre había hecho para él; el juego de té de plata que le habían regalado a mi madre sus padres; nuestra vajilla, los cubiertos, las cazuelas y las sartenes; la ropa y el traje de boda de mamá.

—Se acabó el tiempo —dijo el soldado—. Os trasladamos a otra parte. ¡En marcha!

—Una aventura.

Baba tenía los ojos húmedos y brillantes. Abrazó a mamá, que no paraba de sollozar.

Cargamos nuestras pertenencias en el carro. Los soldados abrieron un hueco en la alambrada para que pudiéramos pasar. Baba dirigía el caballo mientras subíamos la colina detrás de los soldados. Los aldeanos desaparecían a nuestro paso. Miré hacia atrás: habían cercado nuestra casa y los naranjales con alambre de espino, y alcancé a ver que estaban haciendo lo mismo un poco más lejos, al otro lado de la casa del tío Kamal. Clavaron un cartel con un martillo: «¡No entrar! Zona de acceso prohibido.» Lo mismo que rezaba el letrero plantado a la entrada del campo minado donde mi hermanita Amal había muerto.

Viajé todo el rato abrazando a Abbas porque lloraba mucho, lo mismo que mamá. Yo también lloraba. Baba no se merecía aquello. Era una buena persona, valía más que diez de ellos. Y más: cien, mil, todos ellos juntos.

Nos condujeron a la cima de la colina a través de matorrales que me rasguñaban las piernas. Finalmente llegamos a una casucha de ladrillos de adobe más pequeña que nuestro gallinero. Delante había un jardín infestado de maleza, y eso debió de poner mala a mamá, que detestaba la maleza. Los postigos estaban cerrados y cubiertos de polvo. El soldado reventó la cerradura con un cortapernos y abrió la puerta de hojalata de un empujón. La casa tenía una sola habitación y el suelo era de tierra. Descargamos nuestras cosas y los soldados se marcharon llevándose nuestro carro con el caballo.

Apiladas en un rincón, vimos varias esteras con pieles de cabra dobladas encima. En el hogar había un hervidor, platos en la alacena y ropa en el armario. Todo estaba cubierto por una gruesa capa de polvo.

En la pared colgaba el retrato de un matrimonio y sus seis niños sonrientes. Estaban en nuestro patio, delante del jardín de mamá.

—Lo dibujaste tú —le dije a Baba.

—Es Abu Ali, con su familia —contestó.

—¿Dónde viven ahora?

—Con mi madre y mis hermanos, y con la familia de mamá —respondió—. Si Dios quiere, un día volverán, pero hasta entonces tendremos que guardar sus pertenencias en nuestro arcón.

—¿Y este quién es? —pregunté señalando el retrato de un chico de mi edad que tenía una cicatriz roja en la frente.

—Es Ali —repuso Baba—. Le encantaban los caballos. La primera vez que montó uno, el animal corcoveó y Ali se cayó. Estuvo varios días inconsciente, pero cuando despertó lo primero que hizo fue montarlo de nuevo.

Baba, Abbas y yo dispusimos nuestros retratos de cumpleaños como un gráfico de barras en la pared del fondo. En la parte superior, Baba escribió los años, empezando en 1948 hasta 1957, que era el año en que estábamos. El único retrato de 1948 era el mío. Luego, debajo de cada año, en orden de llegada, añadimos los de los niños. Yo estaba arriba de todo, y después venían Abbas en 1949, Nadia en 1950, Fadi en 1951, Hani en 1951, Amal en 1954 y Sara en 1955. Pero solo había dos retratos de Amal.

En las paredes laterales, Baba, Abbas y yo colgamos los retratos de miembros de nuestra familia ya fallecidos: el padre y los abuelos de Baba. Junto a ellos, los de quienes habían partido al exilio: la madre de Baba abrazando a sus diez hijos delante del magnífico jardín que mamá había creado, antes de casarse, en la casa de la familia de él, cuando sus padres, que eran inmigrantes, trabajaban en los naranjales de la familia. Cuando Baba, que estudiaba en la escuela de arte de Nazaret, regresó a su casa y vio a mamá cuidando de su jardín, decidió hacerla su esposa. Baba colgó retratos de él con sus hermanos: en el puerto de Haifa, supervisando la carga de sus naranjas a bordo de un barco; en Acre, comiendo en un restaurante; en el mercado de Jerusalén; probando las naranjas de Jaffa; en Gaza, de vacaciones en un balneario.

Reservamos la pared del frente para la familia directa. Baba había dibujado muchos autorretratos en la escuela de arte de Nazaret. Y también nos había retratado a nosotros: haciendo un picnic en nuestro naranjal; mi primer día de clase; Abbas y yo en la plaza de la aldea mirando por los agujeros de la caja las imágenes en movimiento mientras Abu Hussein hacía girar la manivela, y mamá en su jardín. Este último, Baba lo había pintado a la acuarela, y era distinto de los otros, hechos con carboncillo.

—¿Dónde están nuestros dormitorios? —preguntó Abbas, recorriendo la habitación con la mirada.

—Tenemos suerte de que nos hayan dado una casa con una hermosa vista —dijo Baba—. Ichmad, ve fuera con él.

Baba me dio el telescopio que yo me había fabricado con dos lentes de aumento y un tubo de cartón. Era el mismo que me había servido para observar a los soldados cuando sembraban de minas el campo del diablo. Detrás de la casa, Abbas y yo nos encaramamos a un hermoso almendro desde el cual dominábamos la aldea.

Nos turnamos para observar, con mi telescopio, a los recién llegados, vestidos con pantalones cortos y camisas sin mangas, que estaban cogiendo las naranjas de nuestros árboles. Por la ventana de nuestro antiguo dormitorio, Abbas y yo habíamos presenciado cómo se expandían sus tierras a medida que ellos se tragaban nuestra aldea. Trajeron árboles extraños y los plantaron en el pantano. Y los vimos crecer, altos y fuertes, gracias a los fétidos jugos que bebían. El pantano desapareció y en su lugar afloró una capa de tierra negra.

Vi sus piscinas. Desplacé mi telescopio hacia la izquierda y divisé el otro lado de la frontera jordana. Había miles de tiendas de campaña, marcadas con las letras UN, dispersas en el desierto. Le pasé el telescopio a Abbas para que él también mirase. Tenía la esperanza de conseguir un día lentes más potentes para ver los rostros de los refugiados. Pero había que esperar. Hacía nueve años que Baba no podía vender sus naranjas fuera de la aldea, de manera que nuestro mercado se había reducido mucho: de Oriente Próximo y Europa a 5.024 aldeanos pobres. En otra época habíamos sido muy ricos, pero ya no lo éramos. Baba tendría que conseguir un trabajo, y no era tarea fácil. Me preguntaba si no estaría preocupado por eso.

En los dos años que vivimos en nuestra nueva casa, Abbas y yo pasamos muchas horas subidos a lo alto del almendro observando el moshav. Veíamos cosas que nunca antes habíamos visto. Chicos y chicas, mayores y menores que yo, con las piernas y los brazos desnudos, se tomaban de la mano, formaban círculos y bailaban y cantaban. Tenían electricidad y jardines con césped, columpios y toboganes. Y una piscina en la que nadaban chicos y chicas y hombres y mujeres de todas las edades, que llevaban puesta una prenda que parecía su ropa interior.

Los aldeanos se quejaban porque los recién llegados desviaban nuestra agua cavando pozos más profundos. Nosotros no estábamos autorizados a abrir pozos tan hondos como los de ellos. Nos irritaba ver que mientras que nosotros apenas teníamos agua para beber, ellos la usaban para nadar. Pero la piscina de aquella gente me fascinaba. Desde nuestro almendro, atisbaba al saltador y pensaba en la energía que debía de estar acumulando ahí de pie sobre la plataforma y en el modo en que esa energía se transformaba en energía cinética durante el salto. Sabía que el calor y la energía de las olas de la piscina no podían hacer retroceder al saltador y devolverlo al trampolín, de modo que me puse a reflexionar en cuáles serían las leyes físicas que lo impedían. Las olas me intrigaban tanto como a Abbas lo fascinaban los niños que chapoteaban en ellas.

De pequeño yo ya sabía que no era como los demás niños de la aldea. Abbas era muy sociable y tenía un montón de amigos. Cuando se reunían en casa, hablaban de su héroe, Gamal Abdel Nasser, el presidente de Egipto, que había hecho frente a Israel durante la Crisis del Canal de Suez, en 1956, y era un defensor del nacionalismo árabe y de la causa palestina. Yo idolatraba a Albert Einstein.

Los israelíes supervisaban nuestros programas de estudio y nos proporcionaban muchos libros sobre los logros de los judíos famosos. Yo leía todos los libros en los que podía encontrar algo sobre Einstein. Una vez que hube comprendido cabalmente la genialidad de su ecuación E = mc2, pensé en cómo se le había ocurrido y quedé atónito: ¿de veras había visto a un hombre caer de un edificio?, ¿o se lo imaginó sentado a su escritorio en la Oficina de Patentes donde trabajaba?

Ese día yo me disponía a medir la altura del árbol. El día anterior había clavado una estaca en la tierra y la había cortado a la altura de mis ojos. Tumbado en el suelo, con los pies apoyados contra la estaca, podía ver la copa del árbol por encima de la punta de aquella. La estaca y yo formábamos un triángulo rectángulo. Yo era la base, la estaca era la perpendicular y la línea de visión era la hipotenusa del triángulo. Antes de que tuviera tiempo de calcular las medidas, oí pasos.

—¡Hijo! —llamó Baba—. ¿Te encuentras bien?

Me puse en pie. Baba debía de haber regresado del trabajo. Trabajaba como albañil en la construcción de viviendas para los colonos judíos. Ninguno de los otros padres trabajaba en eso, en parte porque se negaban a edificar casas para los judíos en las aldeas palestinas previamente arrasadas y en parte por la política de los israelíes de «mano de obra hebrea»: los judíos solo contrataban a judíos. En el colegio, muchos niños mayores hablaban mal de Baba porque trabajaba para los judíos.

—Ven conmigo al patio. Me han contado unos chistes muy buenos en el trabajo —me dijo Baba, y se alejó caminando hacia la casa.

Volví a subirme al almendro y contemplé la tierra yerma que se extendía entre nuestra aldea y el moshav. Cinco años atrás la poblaban los olivares. Ahora estaba infestada de minas terrestres. Minas como la que había matado a mi hermanita Amal.

—¡Ichmad, baja ya! —gritó Baba.

Me bajé apoyándome en las ramas.

Sacó una rosquilla de una bolsa arrugada de papel color marrón que tenía en la mano.

—Me la dio Gadi en el trabajo. —Sonrió—. La he guardado todo el día para ti.

La jalea roja chorreaba por un costado.

Entorné los ojos y pregunté:

—¿Es veneno lo que sale de ahí?

—¿Por qué? ¿Porque es judío? Gadi es mi amigo. Hay toda clase de israelíes.

Sentí que se me cerraba el estómago.

—Todo el mundo asegura que los israelíes nos quieren ver muertos —dije.

—Cuando me torcí el tobillo en el trabajo, fue Gadi quien me trajo a casa en su coche. Perdió medio día de jornal por ayudarme. —Me acercó la rosquilla a la boca—. La hizo su esposa.

Me crucé de brazos.

—No, gracias.

Baba se encogió de hombros y le dio un mordisco. Cerró los ojos. Masticó lentamente. Luego se lamió las partículas de azúcar que habían quedado adheridas a su labio superior. Abrió un ojo y me miró. Después mordió otro trocito y lo saboreó de la misma forma.

Me rugió el estómago y Baba se echó a reír. Me convidó otra vez, diciéndome:

—No se puede vivir siempre enfadado, hijo.

Abrí la boca y dejé que me diera a probar un trozo. Era delicioso. Una imagen de Amal surgió espontáneamente en mi mente y de pronto me embargó un sentimiento de culpabilidad por el sabor que tenía en la boca. Pero seguí comiendo.

3

Una bandeja de cobre con sus vasos de té de distinto color dispersaba igual que un prisma la luz del sol que entraba a raudales por la ventana. Los azules, los dorados y los verdes rebotaban en las túnicas raídas de un grupo de ancianos con kufiyyas blancas sujetadas con un cordón negro. Los hombres del clan de Abu Ibrahim estaban sentados con las piernas cruzadas sobre cojines dispuestos en el suelo en torno a la mesa baja, con sus bebidas humeantes en la mano. En otra época habían sido ellos los dueños de todos los olivares de nuestra aldea. Los sábados se reunían allí, y apenas intercambiaban alguna que otra palabra o un saludo en aquella sala abarrotada de gente. Venían a la casa de té para escuchar a Um Kalsum, la «Estrella de Oriente», por la radio.

Abbas y yo esperábamos toda la semana para oírla cantar. Um Kalsum era conocida por su registro de contralto, su aptitud para producir aproximadamente catorce mil vibraciones por segundo con sus cuerdas vocales, su capacidad para cantar cada una de las escalas en árabe, y porque para ella era muy importante el sentido de sus canciones cuando las interpretaba. Muchas de ellas duraban horas. Por su inmenso talento los hombres se congregaban a escucharla en torno a la única radio que había en la aldea.

Mohamed, el maestro, se enjugó las gotas de sudor que le corrían por la nariz y quedaban suspendidas en la punta, sobre el tablero. Ambos sabíamos que no había forma de que consiguiera ganarme, pero nunca abandonaba, y yo admiraba esa cualidad suya. Uno de los hombres reunidos en torno al tablero de backgammon le dijo en broma:

—Bueno, maestro Mohamed, al parecer tu alumno te ha vuelto a ganar. ¡Anda, reconócelo! ¡Concede a otro la oportunidad de desafiar al campeón de la aldea!

—Un hombre nunca abandona hasta no haber terminado.

El maestro Mohamed liberó una ficha.

Con mi lanzamiento obtuve 6-6 y levanté mi última ficha del tablero. Miré a Abbas con el rabillo del ojo y vi que me estaba observando.

Una sonrisa asomó al rostro de Baba, que se apresuró a beber un sorbo de su té de menta: presumir no era lo suyo. A Abbas, en cambio, no le importaba, y ni se molestó en disimular que sonreía.

El maestro Mohamed me tendió una mano sudorosa.

—Me di cuenta de que lo tenía difícil cuando saliste con ese 5-6.

Su apretón de manos era firme. Después de haber obtenido una combinación tan alta con mi lanzamiento inicial, había recurrido a la estrategia del escape para ganarle.

—Mi padre me enseñó todo lo que sé. —Miré a Baba.

—El maestro es importante, pero es la velocidad de tu mente lo que hace de ti un campeón con apenas once años —dijo el maestro Mohamed con una sonrisa.

—¡Casi doce! —exclamé—. ¡Mañana!

—¡Dadle cinco minutos! —dijo Baba a los hombres que se agrupaban alrededor de nosotros con la esperanza de jugar conmigo y ganarme—. Aún no ha bebido su té.

Aquellas palabras me reconfortaron. Me hacía feliz que se ...