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CóMO SUPRIMIR LAS PREOCUPACIONES Y DISFRUTAR DE LA VIDA

Dale Carnegie  

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Fragmento

PREFACIO
CÓMO Y POR QUÉ FUE ESCRITO ESTE LIBRO

En 1909, yo era uno de los jóvenes más desgraciados de Nueva York. Me ganaba la vida vendiendo camiones. No sabía qué era lo que hacía andar a un camión. Y esto no era todo: tampoco quería saberlo. Despreciaba mi oficio. Despreciaba mi barata habitación amueblada de la Calle 58 Oeste, una habitación llena de cucarachas. Recuerdo todavía que tenía una serie de corbatas colgando de la pared y que, cuando tomaba una de ellas por las mañanas, las cucarachas huían en todas direcciones. Me deprimía tener que comer en restaurantes baratos y sucios que probablemente también estaban infestados de cucarachas.

Volvía todas las noches a mi solitaria habitación con un terrible dolor de cabeza, un dolor de cabeza que era producto de la decepción, la preocupación, la amargura y la rebeldía. Me rebelaba porque los sueños que había alimentado en mis tiempos de estudiante se habían convertido en pesadillas. ¿Era esto la vida? ¿Era esto la aventura que había esperado con tanto afán? ¿Era esto lo que la vida significaría siempre para mí: trabajar en un oficio que desdeñaba, vivir con las cucarachas, alimentarme con pésimas comidas, sin esperanzas para el futuro? Ansiaba tener ocios para leer y para escribir los libros que había soñado escribir en mis tiempos de estudiante.

Sabía que tenía mucho que ganar y nada que perder si abandonaba el oficio que despreciaba. No me interesaba hacer mucho dinero sino vivir intensamente. En pocas palabras: había llegado al Rubicón, al momento de la decisión que enfrentan la mayoría de los jóvenes cuando se inician en la vida. En consecuencia, tomé una decisión, una decisión que cambió completamente mi futuro. Hizo mis últimos treinta y cinco años más felices y compensadores que en mis aspiraciones más utópicas.

Mi decisión fue ésta: abandonaría el trabajo que odiaba y, como había pasado cuatro años en el Colegio Normal del Estado de Warrensburg, Missouri, preparándome para la enseñanza, me ganaría la vida enseñando en las clases de adultos de las escuelas nocturnas. De este modo tendría mis días libres para leer libros, preparar conferencias y escribir novelas y cuentos. Quería “vivir para escribir y escribir para vivir”.

¿Qué tema enseñaría a los adultos por las noches? Al recordar y evaluar mi preparación universitaria, vi que el adiestramiento y la experiencia que tenía como orador me habían servido en los negocios —y en la vida— más que el conjunto de todas las demás cosas que había estudiado. ¿Por qué? Porque habían eliminado mi timidez y mi falta de confianza en mí mismo y me habían procurado valor y aplomo para tratar con la gente. También me habían hecho ver que el mando corresponde por lo general a la gente que puede ponerse de pie y decir lo que piensa.

Solicité un cargo de profesor de oratoria en los cursos nocturnos de ampliación de las Universidades de Columbia y Nueva York, pero las dos decidieron que podían arreglarse sin mi ayuda.

Quedé entonces decepcionado, pero ahora doy gracias a Dios de que me rechazaran, porque comencé a enseñar en las escuelas nocturnas de la Asociación Cristiana de Jóvenes, donde tenía que obtener resultados concretos y obtenerlos rápidamente. ¡Cómo me vi puesto a prueba! Estos adultos no venían a mis clases en busca de títulos universitarios o de prestigio social. Venían por una sola razón: querían resolver sus problemas. Querían ser capaces de ponerse de pie y decir unas cuantas palabras en una reunión de negocios sin desmayarse de miedo. Los vendedores querían poder visitar a un cliente difícil sin tener que dar tres vueltas a la cuadra concentrando valor. Querían desarrollar el aplomo y la confianza en sí mismos. Querían progresar en sus negocios. Querían disponer de más dinero para sus familias. Y como pagaban su instrucción a plazos —dejaban de pagar si no obtenían resultados—, y a mí se me pagaba sólo un porcentaje de los beneficios, tenía que ser práctico si quería comer.

En aquel tiempo me dije que estaba enseñando en condiciones desfavorables, pero ahora comprendo que obtenía un adiestramiento magnífico. Tenía que motivar a mis alumnos. Tenía que ayudarlos a resolver sus problemas. Tenía que hacer cada sesión tan interesante que provocara en ellos el deseo de continuar.

Era un trabajo que me entusiasmaba y que me gustaba. Quedé atónito al ver cuán rápidamente estos profesionales del comercio adquirían confianza en sí mismos y se aseguraban en muchos casos ascensos y aumentos de remuneración. Las clases iban constituyendo un triunfo que excedía de mis esperanzas más optimistas. Al cabo de tres sesiones, la Asociación Cristiana de Jóvenes que me había negado un salario de cinco dólares por noche, me estaba pagando treinta dólares por noche de acuerdo con el porcentaje. En un principio enseñé sólo oratoria, pero con el correr de los años vi que estos adultos también necesitaban la habilidad de ganar amigos e influir en las personas. Como no podía encontrar un texto adecuado sobre las relaciones humanas, lo escribí yo mismo. Fue escrito… Pero no, no fue escrito al modo habitual: surgió de las experiencias de los adultos en estas clases. Lo llamé Cómo ganar amigos e influir sobre las personas.

Como fue escrito únicamente como un libro de texto para mis propias clases de adultos, y como ya había escrito otros cuatro libros de los que nadie ha oído hablar jamás, nunca soñé que éste tendría una venta considerable; soy quizás uno de los autores más asombrados que actualmente existen.

A medida que corrían los años, fui comprendiendo que otro de los grandes problemas de estos adultos era la preocupación. Una gran mayoría de mis alumnos estaban dedicados a los negocios, como gerentes, vendedores, ingenieros, contadores; constituían una sección transversal de todos los oficios y profesiones. ¡Y casi todos tenían sus problemas! Había mujeres en las clases: profesionales y amas de casa. ¡Y también tenían sus problemas! Era manifiesto que necesitaba un libro de texto sobre el modo de imponerse a la preocupación; por lo tanto, traté de encontrar uno. Fui a la gran Biblioteca pública neoyorquina de la Quinta Avenida y la Calle 42 y descubrí con asombro que este centro sólo tenía veintidós libros bajo el rubro PREOCUPACIÓN. También advertí, muy divertido, que tenía ciento ochenta y nueve libros bajo el rubro de GUSANOS. ¡Había casi nueve veces más libros sobre gusanos que sobre preocupaciones! Asombroso, ¿no es así? Como la preocupación es uno de los mayores problemas que encara la humanidad, cabría suponer que todos los centros de enseñanza secundaria y universitaria del país darían un curso sobre “Cómo librarse de la preocupación”. Sin embargo, si es que hay un curso así en una universidad cualquiera del país, nunca he oído hablar de él. No es extraño que David Seabury dijera en su libro Cómo preocuparse eficazmente (How to Worry Successfully): “Llegamos a la madurez con tan poca preparación para las presiones de la experiencia como un gusano de libro al que se le pidiera un ballet”.

¿El resultado? Más de la mitad de las camas de los hospitales están ocupadas por personas con enfermedades nerviosas o emocionales.

Hojeé esos veintidós libros sobre preocupaciones que descansaban en los estantes de la Biblioteca Pública de Nueva York. Además, adquirí todos los libros sobre el tema que pude encontrar. Sin embargo, no pude descubrir ninguno utilizable como texto en mi curso para adultos. Fue así como decidí escribir uno yo mismo.

Comencé a prepararme para escribir este libro hace siete años. ¿Cómo? Leyendo lo que filósofos de todas las épocas habían escrito acerca de la preocupación. También leí cientos de biografías, desde Confucio a Churchill. También tuve entrevistas con docenas de personas destacadas en todos los campos de la vida, como Jack Dempsey, el general Omar Bradley, el general Mark Clark, Henry Ford, Eleanor Roosevelt y Dorothy Dix. Esto fue sólo el comienzo.

Pero también hice algo que era más importante que las entrevistas y las lecturas. Trabajé durante cinco años en un laboratorio para librarse de las preocupaciones, un laboratorio que funcionaba en nuestras propias clases de adultos. Que yo sepa, es el primero y único laboratorio de su clase en el mundo. Lo que hicimos es esto: dimos a los alumnos una serie de normas sobre cómo dejar de preocuparse y les pedimos que aplicaran estas normas a sus propias vidas y dijeran después a la clase los resultados obtenidos. Otros dieron cuenta de las técnicas que habían utilizado en el pasado.

Como resultado de esta experiencia, creo haber escuchado más conversaciones acerca de “Cómo me libré de la preocupación” que cualquier otro individuo que haya pasado jamás por este mundo. Además, leí cientos de otras declaraciones sobre “Cómo me libré de la preocupación”; eran declaraciones que se me enviaban por correo, declaraciones que ganaron premios en nuestras clases, organizadas en todo el mundo. Por tanto, este libro no ha salido de una torre de marfil. Tampoco es una prédica académica sobre el modo en que la preocupación podría ser vencida. Por el co

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