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CHOQUE DE REYES (CANCIóN DE HIELO Y FUEGO 2)

George R.R. Martin  

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Fragmento

Prólogo

La cola del cometa rasgaba el amanecer; era una brecha roja que sangraba sobre los riscos de Rocadragón como una herida en el cielo rosado y violáceo.

El maestre estaba de pie en el balcón de sus aposentos, azotado por el viento. Allí era adonde llegaban los cuervos tras un largo vuelo. Sus excrementos salpicaban las gárgolas de tres varas que se alzaban a ambos lados del hombre, un sabueso infernal y un guiverno, dos entre varios millares que vigilaban desde los muros de la antigua fortaleza. Cuando llegó a Rocadragón, el ejército de seres de piedra lo ponía nervioso, pero con los años se había acostumbrado a él. En aquel momento los consideraba viejos amigos. Los tres juntos observaron el cielo como si fuera un mal presagio.

El maestre no creía en las profecías. Aun así, pese a su avanzada edad, Cressen nunca había visto un cometa ni la mitad de brillante que aquel, ni de aquel color, aquel color espantoso: el color de la sangre, las llamas, los ocasos... Se preguntó si sus gárgolas habrían visto alguna vez uno semejante. Llevaban allí mucho más tiempo que él, y allí seguirían mucho después de que muriera. Si las lenguas de piedra pudieran hablar...

«Qué tontería. —Se apoyó en la barandilla, vio el mar batir abajo y sintió la piedra negra, dura y áspera bajo los dedos—. Gárgolas que hablan y profecías en el cielo. Soy un viejo idiota que empieza a pensar como un niño.» ¿Acaso toda la sabiduría adquirida con tanto trabajo a lo largo de una vida lo estaba abandonando, igual que la salud y las fuerzas? Era un maestre; había aprendido en la gran Ciudadela de Antigua; allí había obtenido su cadena. ¿A qué se vería reducido si las supersticiones lo dominaban como a cualquier campesino ignorante?

Aun así... aun así... El cometa se divisaba ya incluso durante el día, mientras de las fumarolas de Montedragón, tras el castillo, se alzaban columnas de vapor color gris claro, y el día anterior, un cuervo blanco había llegado de la Ciudadela con un mensaje, una noticia ya anticipada pero no por ello menos temible: el anuncio del fin del verano. Presagios; todo eran presagios. Demasiados para negarlos. «¿Qué significa todo esto?», habría querido gritar.

—Maestre Cressen, tenemos visita. —Pylos hablaba en voz baja, como si no quisiera molestar a Cressen en su solemne meditación. Si supiera las tonterías que poblaban la cabeza del maestre, habría hablado a gritos—. La princesa quiere ver el cuervo blanco. —Pylos, correcto como siempre, la llamaba princesa, ahora que su señor padre era rey. Rey de una roca humeante en medio del gran mar salado, pero rey al fin y al cabo—. Insiste en ver el cuervo. La acompaña su bufón.

El anciano apartó la vista del amanecer y dio media vuelta, apoyándose con una mano sobre su guiverno.

—Acompáñame a mi silla y hazlos pasar.

Pylos lo tomó por un brazo y lo ayudó a volver al interior. En su juventud, Cressen había caminado con paso vivo, pero ya no faltaba mucho para su octogésimo día del nombre, y tenía las piernas frágiles e inseguras. Dos años atrás se había roto la cadera en una caída, y los huesos no se habían soldado bien. Hacía un año, cuando cayó enfermo, la Ciudadela envió a Pylos desde Antigua, apenas días antes de que Lord Stannis cerrase la isla. Decían que lo enviaban para ayudarlo en su trabajo, pero Cressen sabía que no era así. Pylos estaba allí para reemplazarlo cuando muriera. No le importaba. Alguien tenía que ocupar su lugar, y sería antes de lo que le gustaría...

Dejó que el joven lo acomodara tras los montones de libros y papeles.

—Hazla pasar. No está bien hacer esperar a una dama.

Hizo con la mano un gesto débil para indicarle que se apresurara; él, que ya no podía darse prisa en nada. Tenía la piel arrugada y llena de manchas, fina como el papel, tanto que se veían el entramado de venas y la forma de los huesos. Y cómo temblaban aquellas manos suyas, que otrora fueron tan firmes y hábiles...

Pylos regresó con la niña, tan tímida como siempre. Tras ella, con su característico andar, arrastrando los pies y dando saltitos, iba su bufón. Llevaba cencerros colgados, y en la cabeza, un cubo viejo de latón a modo de yelmo, con unas astas de ciervo pegadas. Los cencerros resonaban a cada paso, todos con sonidos diferentes: clang-a-dang, bong-dong, ring-a-ling, clong, clong, clong.

—¿Quién nos visita tan temprano, Pylos? —preguntó Cressen.

—Somos Manchas y yo, maestre. —Los candorosos ojos azules se clavaron en él. Por desgracia, el rostro en el que brillaban no era precisamente hermoso. La niña había heredado la mandíbula cuadrada y prominente de su padre, y las desafortunadas orejas de su madre; además contaba con una desfiguración propia, legado del brote de psoriagrís que casi se la había llevado a la tumba cuando aún no era más que un bebé. La mitad de una mejilla y buena parte del cuello eran de carne rígida y muerta, con la piel agrietada y escamosa, moteada de negro y gris, con tacto como de piedra—. Pylos dice que podemos ver el cuervo blanco.

—Por supuesto, por supuesto —respondió Cressen. Nunca había podido negarle nada. Ya se le habían negado demasiadas cosas en su breve vida. Se llamaba Shireen. Cumpliría diez años en su siguiente día del nombre, y era la niña más triste que el maestre Cressen había conocido jamás. «Su tristeza es mi vergüenza —pensó el anciano—, otra prueba de mi fracaso»—. Maestre Pylos, hazme el favor de traer esa ave de la pajarera para que la vea Lady Shireen.

—Será para mí un placer.

Pylos era un joven muy educado; no tendría más allá de veinticinco años, pero su solemnidad correspondía más bien a un hombre de sesenta. Solo le faltaba tener más humor, más vida. Eran lo que más escaseaba en aquel lugar. En los lugares sombríos se necesita un toque de ligereza, no de solemnidad, y Rocadragón era uno de los lugares más sombríos que nadie pudiera imaginar, una ciudadela solitaria en un desierto de agua, azotada por las tormentas y la sal, con la sombra humeante de la montaña a su espalda. Un maestre tiene que ir allí adonde lo envían, de manera que Cressen había llegado allí, con su señor, hacía ya doce años. Lo había servido bien, pero jamás había sentido que aquel sitio fuera su hogar. En los últimos tiempos, cuando despertaba de algún sueño inquieto en el que siempre estaba presente la mujer roja, le costaba recordar dónde se encontraba.

El bufón volvió la cabeza a manchas para ver como Pylos subía por las escaleras de hierro que llevaban a la pajarera. Los cencerros sonaron al ritmo del movimiento.

—Bajo el mar, los pájaros tienen escamas en vez de plumas —dijo. Clang, clang—. Lo sé, lo sé, je, je, je.

Caramanchada resultaba lastimero hasta para ser un bufón. Quizá en algún tiempo fue capaz de provocar carcajadas con una réplica ingeniosa, pero el mar le había arrebatado aquel poder, junto con la mitad de los sesos y todos los recuerdos. Era blando y obeso, padecía estremecimientos y temblores, y a menudo era incoherente. La niña era la única que seguía riendo con sus bromas, la única a la que le importaba.

«Una niña fea, un bufón triste y un maestre... Eso sí que es una historia para llorar.»

—Siéntate conmigo, pequeña. —Cressen le hizo un gesto para que se acercara—. Es muy temprano para hacer visitas; acaba de amanecer. Deberías estar abrigadita en la cama.

—He tenido sueños malos —respondió Shireen—. Eran sobre los dragones. Venían a comerme.

—Este tema ya lo hemos hablado —le dijo con voz amable el maestre Cressen; no recordaba un tiempo en que la niña no hubiera sufrido pesadillas—. Los dragones no pueden cobrar vida. Están tallados en piedra, pequeña. En tiempos ya muy lejanos, nuestra isla era el fortín más occidental del gran Feudo Franco de Valyria. Los valyrios erigieron esta ciudadela, y conocían formas de tallar la piedra que nosotros ya hemos olvidado. Todo castillo debe tener una torre allí donde se encuentran dos muros; es necesario para defenderlo. Los valyrios les dieron forma de dragones a esas torres para que la fortaleza pareciera aún más temible, y también por eso coronaron los muros con un millar de gárgolas, y no con simples almenas. —Tomó una manita rosada entre las suyas, frágiles y llenas de manchas, y la apretó con cariño—. Así que ya ves: no hay nada que temer.

—Y la cosa del cielo, ¿qué? —Shireen no estaba nada convencida—. Dalla y Matrice estaban hablando junto al pozo, y Dalla ha dicho que la mujer roja le había dicho a mi madre que eso era aliento de dragón. Si los dragones tienen aliento, ¿no es porque están cobrando vida?

«La mujer roja —pensó el maestre Cressen con amargura—. Por si no fuera bastante malo que haya llenado de locuras la cabeza de la madre, ahora está envenenando los sueños de la hija.» Tendría que hablar seriamente con Dalla para que no fuera difundiendo semejantes tonterías.

—Eso del cielo, pequeña, es un cometa. Una estrella con cola que se ha perdido. Pronto desaparecerá, y no volveremos a verla. Te lo prometo.

Shireen asintió con valentía.

—Mi madre dice que el cuervo blanco significa que ya no es verano.

—Eso es cierto, mi señora. Los cuervos blancos vienen solo de la Ciudadela. —Cressen se llevó los dedos a la cadena que lucía en torno al cuello. Cada uno de los eslabones estaba forjado en un metal distinto, para simbolizar el dominio de las diferentes ramas del saber. El collar del maestre, el símbolo de su orden. En el orgullo de la juventud lo había llevado con facilidad, pero ya le parecía pesado, y sentía el metal frío contra la piel—. Son más grandes que los otros cuervos, y más listos; los crían para llevar los mensajes más importantes. Este lo enviaron para decirnos que el Cónclave se ha reunido, ha estudiado los informes y mediciones que han hecho maestres de todo el reino, y ha declarado que este largo verano termina ya. Ha durado diez años, dos ciclos y dieciséis días; ha sido el verano más largo que se recuerda.

—¿Y ahora hará frío? —Shireen era una niña del verano; nunca había conocido el auténtico frío.

—A su debido tiempo —respondió Cressen—. Si los dioses son bondadosos, nos otorgarán un otoño cálido y buenas cosechas, y así podremos prepararnos para el invierno que se avecina.

La gente sencilla decía que un verano largo siempre iba seguido de un invierno más largo aún, pero al maestre no le pareció oportuno asustar a la niña con cuentos como aquellos.

—Bajo el mar siempre es verano —canturreó Caramanchada haciendo sonar sus cencerros—. Las señoras sirenas llevan «anenimonas» en el pelo, y tejen túnicas con algas de plata. Lo sé, lo sé, je, je, je.

—Me gustaría tener una túnica de algas de plata —dijo Shireen dejando escapar una risita.

—Bajo el mar, nieva hacia arriba —dijo el bufón—, y la lluvia es seca como un hueso viejo. Lo sé, lo sé, je, je, je.

—¿Es verdad que nevará? —preguntó la niña.

—Sí —asintió Cressen. «Pero espero que no sea hasta dentro de unos años y que la nieve no dure demasiado tiempo»—. Ah, ahí viene Pylos con el pájaro.

Shireen lanzó una exclamación de alegría. Hasta Cressen tuvo que reconocer que aquella ave resultaba impresionante. Era blanca como la nieve, más grande que un halcón, con los brillantes ojos negros que indicaban que no era un simple cuervo albino, sino un auténtico cuervo blanco, de pura raza de la Ciudadela.

—Ven —llamó.

El cuervo extendió las alas, emprendió el vuelo y surcó la habitación con sonoros aleteos para ir a posarse en la mesa, junto a él.

—Iré a traer vuestro desayuno —anunció Pylos.

Cressen asintió.

—Te presento a Lady Shireen —le dijo al cuervo.

El pájaro movió arriba y abajo la cabeza blanca, como si asintiera.

—Lady —graznó—. Lady.

La niña se quedó boquiabierta.

—¡Sabe hablar!

—Sí, sabe unas cuantas palabras. Ya te lo he dicho: son unos pájaros muy listos.

—Pájaro listo, hombre listo, bufón muy muy listo —dijo Caramanchada al tiempo que hacía sonar los cencerros. Empezó a canturrear—: Las sombras vienen a bailar, mi señor; bailar, mi señor; bailar, mi señor —entonó saltando a la pata coja, primero con un pie, luego con otro—. Las sombras se van a quedar, mi señor; quedar, mi señor; quedar, mi señor. —Con cada palabra sacudía la cabeza, y los cencerros de las astas resonaban con estrépito.

El cuervo blanco graznó, alzó el vuelo y revoloteó para ir a posarse en la barandilla de hierro de las escaleras que llevaban a la pajarera. Shireen pareció encogerse.

—No para de cantar eso. Le he dicho que lo deje, pero no me hace caso. Me da miedo. Dile que no lo cante.

«¿Y cómo voy a convencerlo? —se preguntó el anciano—. Hace unos años podría haberlo hecho callar para siempre, pero ahora...»

Habían acogido a Caramanchada cuando este era apenas un muchachito. El recordado Lord Steffon lo había encontrado en Volantis, al otro lado del mar Angosto. El rey (el viejo rey, Aerys II Targaryen, que en aquellos tiempos no estaba aún tan loco) lo había enviado a buscar una novia para el príncipe Rhaegar, que no tenía hermanas con las que pudiera contraer matrimonio. «Hemos visto a un bufón espléndido —le escribió a Cressen, quince días antes de la fecha prevista para su regreso de la infructífera misión—. No es más que un niño, pero es ágil como un mono y tan ingenioso como una docena de cortesanos. Sabe hacer juegos malabares, acertijos y trucos mágicos, y canta maravillosamente en cuatro idiomas. Hemos comprado su libertad y esperamos llevarlo a casa con nosotros. A Robert le encantará, y quizá hasta enseñe a reír a Stannis.»

Cressen se entristecía cada vez que recordaba aquella carta. Nadie enseñó nunca a Stannis a reír, y desde luego, no el pequeño Caramanchada. La tormenta se desencadenó de repente, con un viento huracanado, y la bahía de los Naufragios hizo honor a su nombre. La galera de dos mástiles del señor, la Orgullo del Viento, se hundió a la vista del castillo. Desde las almenas, los dos hijos mayores observaron como el barco de su padre se destrozaba contra las rocas antes de que lo engulleran las olas. Un centenar de remeros y marineros se hundieron con Lord Steffon Baratheon y su señora esposa, y durante días, cada marea dejaba una nueva cosecha de cadáveres hinchados en la costa, bajo Bastión de Tormentas.

El chico llegó a la orilla el tercer día. El maestre Cressen había bajado con los demás para ayudar a identificar los cadáveres. Encontraron al bufón desnudo, con la piel blanca, arrugada y cubierta de arena húmeda. Cressen habría jurado que estaba muerto, pero cuando Jommy lo agarró por los tobillos para arrastrarlo hasta el carro funerario, el niño empezó a toser, escupió agua y se sentó. Hasta el día en que murió, Jommy siguió diciendo que la carne de Caramanchada estaba fría y viscosa.

Nadie pudo explicar jamás los dos días que el bufón había pasado perdido en el mar. Los pescadores decían que, a cambio de su semilla, una sirena lo había enseñado a respirar agua. Caramanchada nunca dijo nada. El muchacho listo e ingenioso del que Lord Steffon había hablado en su carta no llegó a Bastión de Tormentas; el niño que encontraron apenas si podía hablar, y lo que decía carecía por completo de ingenio. Pero el rostro del bufón no permitía albergar dudas sobre su identidad. En la Ciudad Libre de Volantis tenían la costumbre de tatuarles el rostro a los esclavos y criados, y la piel del cuello y el cuero cabelludo del niño lucían el dibujo imborrable de cuadrados rojos y verdes.

—Ese desdichado está loco, sufre y no le sirve de nada a nadie, ni siquiera a sí mismo —declaró el viejo Ser Harbert, castellano de Bastión de Tormentas en aquellos tiempos—. Lo más misericordioso sería llenarle la copa con la leche de la amapola. Todo acabaría con un sueño sin dolor. Si él tuviera cerebro, os daría las gracias.

Pero Cressen se había negado a hacerlo, y al final su opinión prevaleció. Pese a los años transcurridos, nunca había llegado a saber si su victoria había supuesto una victoria también para Caramanchada.

—Las sombras vienen a bailar, mi señor; bailar, mi señor; bailar, mi señor —siguió cantando el bufón, al tiempo que movía la cabeza y hacía sonar los cencerros: bong dong, ring-a-ling, bong dong.

—Señor —chilló el cuervo blanco—. Señor, señor, señor.

—Los bufones cantan lo que quieren —le dijo el maestre a su nerviosa princesa—. No te tomes en serio lo que dice. Puede que mañana se acuerde de otra canción y no vuelvas a oír esta nunca más. —«Canta maravillosamente en cuatro idiomas», había escrito Lord Steffon...

—Maestre, con permiso —dijo Pylos, que acababa de regresar a la estancia.

—Te has olvidado de las gachas —señaló Cressen con una sonrisa. Aquello era impropio de Pylos.

—Maestre, Ser Davos regresó anoche. Lo estaban comentando en la cocina. He pensado que querríais saberlo lo antes posible.

—Davos... ¿anoche? ¿Y dónde está?

—Con el Rey. Se han pasado hablando buena parte de la noche.

En otros tiempos, Lord Stannis lo habría despertado, fuera la hora que fuera, para pedirle consejo.

—Deberían habérmelo dicho —se quejó Cressen—. Deberían haberme despertado. —Desentrelazó sus dedos de los de Shireen—. Perdóname, mi señora, pero tengo que ir a hablar con tu señor padre. Pylos, deja que me apoye en tu brazo. En este castillo hay demasiados escalones. Me parece que cada noche ponen unos pocos más solo para fastidiarme.

Shireen y Caramanchada salieron con ellos, pero la niña no tardó en cansarse del paso lento del anciano y lo adelantó. El bufón la siguió, sacudiendo los cencerros que resonaban como locos.

Cressen era muy consciente de que un castillo no era el lugar más adecuado para una persona frágil, y lo fue más todavía al bajar por la escalera circular de la Torre del Dragón Marino. Lord Stannis estaría sin duda en la Cámara de la Mesa Pintada, en la parte más alta del Tambor de Piedra, el torreón central de Rocadragón, llamado así porque sus muros milenarios rugían y retumbaban durante las tormentas. Para llegar allí tenían que cruzar la galería, atravesar la muralla intermedia y la interior con sus gárgolas guardianas y sus puertas de hierro negro, y subir tantas escaleras que Cressen prefería no pensar en ello. Los jóvenes subían los peldaños de dos en dos; para los ancianos con caderas lastimadas, cada uno representaba una tortura. Pero a Lord Stannis jamás se le ocurriría ir a verlo, de manera que el maestre se resignó a padecer aquel tormento. Al menos contaba con la ayuda de Pylos, cosa por la que se sentía muy agradecido.

Atravesaron la galería a paso cansino, pasando ante una hilera de ventanales altos en forma de arco, desde los que se divisaba el imponente panorama de la muralla defensiva, la muralla exterior y la aldea de pescadores que había más allá. En el patio, los arqueros practicaban al grito de «tensar, apuntar, disparar». El sonido de las flechas era como el de una bandada de pájaros que emprendieran el vuelo. Los guardias patrullaban por los adarves y vigilaban entre las gárgolas a las huestes acampadas en el exterior. El humo de las hogueras poblaba el aire de la mañana; tres mil hombres se aprestaban a desayunar sentados bajo los estandartes de sus señores. Más allá, el fondeadero estaba abarrotado de barcos. En los seis últimos meses no se había permitido partir a ninguna nave que se hubiera acercado a Rocadragón. La Furia de Lord Stannis, una galera de tres cubiertas y trescientos remos, casi parecía pequeña al lado de las panzudas carracas y cocas que la rodeaban.

Los hombres que montaban guardia en el exterior del Tambor de Piedra conocían de vista a los maestres y los dejaron pasar.

—Espera aquí —dijo Cressen a Pylos una vez en el interior—. Lo mejor será que vaya a verlo yo solo.

—Maestre, hay muchas escaleras.

—No creas que no lo sé. —Cressen sonrió—. He subido por estos peldaños tantas veces que conozco cada uno por su nombre.

Pero a medio camino ya lamentaba la decisión. Se había detenido para recuperar el aliento y calmar el dolor de la cadera cuando oyó el sonido de unas botas contra la piedra, y se encontró cara a cara con Ser Davos Seaworth, que bajaba en aquel momento.

Davos era un hombre menudo, que llevaba la baja estirpe escrita claramente en el rostro. Se cubría los hombros con una capa verde muy usada, manchada de salitre y descolorida por el sol, y llevaba un jubón y unos calzones color marrón, a juego con su pelo y sus ojos castaños. Tenía la barbita corta salpicada de hebras blancas, y ocultaba la mano izquierda mutilada con un guante de cuero. Se detuvo al ver a Cressen.

—Ser Davos, ¿cuándo habéis vuelto? —saludó el maestre.

—En lo más oscuro de la noche. Mi hora favorita.

Se decía que nadie jamás había pilotado un barco de noche ni la mitad de bien que Davos Manicorto. Antes de que Lord Stannis lo nombrara caballero, había sido el contrabandista más famoso y escurridizo de los Siete Reinos.

—¿Noticias?

—Ha sido tal como vos le dijisteis —contestó el caballero meneando la cabeza—. No se alzarán por su causa, maestre. No sienten ningún afecto por él.

«No —pensó Cressen—. Ni lo sentirán jamás. Es fuerte, competente, justo... Sí, y sabio quizá en exceso..., pero con eso no basta. Con eso no ha bastado nunca.»

—¿Hablasteis con todos?

—¿Con todos? No. Solo con los que quisieron recibirme. Por mí tampoco sienten afecto esos nobles. Para ellos siempre seré el Caballero de la Cebolla. —Apretó la mano izquierda, cerrando los muñones de los dedos en un puño. Stannis le había hecho cortar la última articulación de todos excepto del pulgar—. Comí con Gulian Swann y con el viejo Penrose, y los Tarth accedieron a reunirse conmigo a medianoche en un bosque. Los demás... Bueno, Beric Dondarrion ha desaparecido, se dice que ha muerto, y Lord Caron está con Renly. Ahora es Bryce el Naranja, de la Guardia Arcoiris.

—¿La Guardia Arcoiris?

—Renly ha creado una Guardia Real —explicó el antiguo contrabandista—, pero sus siete hombres no van de blanco. Cada uno tiene un color. Loras Tyrell es el Lord Comandante.

Aquello era muy propio de Renly Baratheon, muy acorde con sus gustos: una nueva orden de caballeros, espléndida, con ropajes nuevos que todo el mundo admiraría. Ya de niño le habían gustado los colores vivos y los tejidos de calidad, tanto como los juegos. «¡Miradme todos! —gritaba mientras corría, riendo, por los pasillos de Bastión de Tormentas—. ¡Miradme todos, soy un dragón!», o bien: «¡Miradme todos, soy un mago!», o bien: «¡Miradme, miradme, soy el dios de la lluvia!».

El muchachito osado de pelo negro indómito y ojos llenos de alegría era ya un hombre adulto de veintiún años, y aún seguía jugando. «“¡Miradme todos, soy un rey!” —pensó Cressen con tristeza—. Oh, Renly, Renly, mi niño querido, ¿sabes qué estás haciendo? Y si lo sabes, ¿te importa? ¿Es que soy el único que se preocupa por él?»

—¿Qué razones os dieron los señores para sus negativas? —preguntó a Ser Davos.

—Algunos, buenas palabras; otros, palabras rudas; unos me dieron excusas, otros hicieron promesas y unos cuantos se limitaron a mentir.

—Se encogió de hombros—. Al final, todo son palabras, y las palabras se las lleva el viento.

—¿No habéis podido traerle ninguna esperanza?

—Solo falsa, y yo no hago esas cosas —replicó Davos—. Le he dicho la verdad.

El maestre Cressen recordó el día en que Davos fue nombrado caballero, tras el asedio de Bastión de Tormentas. Lord Stannis había defendido el castillo durante casi un año con una reducida guarnición contra las numerosas huestes de Lord Tyrell y Lord Redwyne. Hasta el mar les estaba vedado, vigilado día y noche por las galeras de Redwyne, con los estandartes color borgoña del Rejo. En el interior de Bastión de Tormentas hacía ya tiempo que se habían comido los caballos, no quedaban gatos ni perros, y la guarnición solo podía comer raíces y ratas. Entonces llegó una noche de luna nueva, en la que las nubes ocultaron las estrellas. Al abrigo de la oscuridad, Davos el contrabandista burló el cordón de Redwyne y las rocas de la bahía de los Naufragios. Su pequeño barco tenía casco negro, velas negras, remos negros, y la bodega abarrotada de cebollas y pescado en salazón. No era gran cosa, pero sí lo suficiente para mantener con vida a la guarnición el tiempo necesario para que Eddard Stark llegara a Bastión de Tormentas y rompiera el sitio.

Lord Stannis recompensó a Davos con las mejores tierras del cabo de la Ira, un pequeño fuerte y el rango de caballero... pero también decretó que le cortaran la última falange de cuatro dedos de la mano izquierda, como castigo por sus años de contrabando. Davos lo aceptó con la condición de que fuera el propio Stannis quien esgrimiera el cuchillo. El señor utilizó un hachuela de carnicero para que el corte fuera rápido y limpio. Después de aquello, Davos eligió para su casa el nombre de Seaworth, y como blasón, un barco negro sobre campo gris claro... con una cebolla en las velas. El antiguo contrabandista solía decir que Lord Stannis le había hecho un favor, ya que tenía que limpiarse y cortarse cuatro uñas menos.

«No —pensó Cressen—; un hombre como aquel no daría falsas esperanzas, ni suavizaría una dura verdad.»

—La verdad puede ser un trago amargo hasta para alguien como Lord Stannis, Ser Davos. Solo piensa en volver a Desembarco del Rey en la plenitud de su poder, para acabar con sus enemigos y recuperar lo que le corresponde por derecho. En cambio, ahora...

—Si lleva un ejército tan escaso como este a Desembarco del Rey, será para morir. No tiene suficientes hombres. Es lo que le he dicho, pero ya sabéis cómo es de orgulloso. —Davos alzó la mano enguantada—. Antes de que le entre en la cabeza un poco de sentido común, a mí me crecerán otra vez los dedos.

—Habéis hecho todo lo posible. —El anciano suspiró—. Ahora me corresponde a mí sumar mi voz a la vuestra.

El refugio de Lord Stannis Baratheon era una gran habitación redonda con muros desnudos de piedra negra y cuatro ventanas altas y estrechas, cada una en dirección a uno de los puntos cardinales. En el centro de la cámara había una gran mesa que le daba su nombre, una inmensa tabla de madera tallada por orden de Aegon Targaryen en los días anteriores a la Conquista. La Mesa Pintada tenía más de veinte varas de largo y la mitad de ancho en uno de los extremos, pero apenas unos codos en el otro. Los carpinteros de Aegon le habían dado la forma de la tierra de Poniente, trazando con las sierras todas las bahías y penínsulas, de manera que la mesa no tenía ni un borde liso. En la superficie, oscurecida por casi trescientos años de barnices, estaban pintados los Siete Reinos tal como eran en tiempos de Aegon: ríos y montañas, castillos y ciudades, lagos y bosques...

En toda la estancia no había más que una silla, situada con precisión en el punto exacto que ocupaba Rocadragón ante la costa de Poniente, y elevada sobre una plataforma con peldaños para proporcionar una buena vista de toda la superficie de la mesa. La silla la ocupaba un hombre vestido con un chaleco de cuero ajustado y calzones de lana marrón. Al oír entrar al maestre Cressen alzó la vista.

—Sabía que vendríais, anciano, tanto si os llamaba como si no. —Su voz estaba desprovista de toda calidez. Como de costumbre.

Stannis Baratheon, señor de Rocadragón y, por la gracia de los dioses, heredero legítimo del Trono de Hierro de los Siete Reinos de Poniente, tenía hombros anchos y miembros nervudos, y carnes y rostro tan tensos que parecían de cuero secado al sol hasta endurecerse como el acero. La palabra que más se utilizaba para definir a Stannis era duro, y duro era, ciertamente. Aún no había cumplido treinta y cinco años, pero solo le quedaba una franja estrecha de fino pelo negro que le pasaba por detrás de las orejas, como la sombra de una corona. Su hermano, el difunto rey Robert, se había dejado crecer la barba en sus últimos años de vida. El maestre Cressen no lo había visto, pero se decía que era una barba salvaje, espesa, fiera. Casi como respuesta, Stannis mantenía las patillas y los bigotes bien cortos. Eran como una sombra de un color negro azulado que le cruzaba la mandíbula cuadrada y las hondonadas huesudas de las mejillas. Sus ojos eran como heridas abiertas bajo unas cejas gruesas, tan azules y oscuros como el mar en la noche. Su boca habría sido la desesperación del más gracioso de los bufones; era una boca creada para los bufidos, las reprimendas y las órdenes cortantes, de labios finos y músculos tensos, una boca que había olvidado cómo sonreír y nunca había sabido abrirse en una carcajada. En ocasiones, cuando todo estaba tranquilo y silencioso en medio de la noche, al maestre Cressen le parecía que podía oír a Lord Stannis rechinando los dientes al otro lado del castillo.

—En otros tiempos me habríais despertado —dijo el anciano.

—En otros tiempos erais joven. Ahora sois viejo, estáis enfermo y os hace falta dormir. —Stannis jamás había aprendido a suavizar las palabras para fingir o adular. Decía lo que pensaba, sin que le importara lo más mínimo cómo afectaba aquello a los demás—. Sabía que os enteraríais pronto del mensaje de Davos. Como de costumbre, ¿no?

—De lo contrario, no os sería de ninguna ayuda —respondió Cressen—. Me he encontrado a Davos en la escalera.

—Y supongo que os lo habrá contado todo. Tendría que haberle cortado la lengua, además de los dedos.

—Entonces no os habría sido muy útil como mensajero.

—Con lengua tampoco me ha sido útil como mensajero. Los señores de la tormenta no se alzarán por mí. Por lo visto no les gusto, y el hecho de que mi causa sea justa no significa nada para ellos. Los más cobardes se quedarán sentados tras sus murallas, a la espera de ver hacia dónde soplan los vientos y quién obtiene próxima la victoria. Los valientes se han aliado con Renly. ¡Con Renly! —Escupió el nombre como si fuera un veneno para la lengua.

—Vuestro hermano es el señor de Bastión de Tormentas desde hace trece años. Esos señores son sus vasallos juramentados...

—Sus vasallos —lo interrumpió Stannis—, cuando por derecho deberían ser los míos. Nunca pedí Rocadragón. Nunca lo quise. Lo tomé porque los enemigos de Robert estaban aquí y él me condenó a erradicarlos. Construí su flota, hice su trabajo, obediente como debía ser un hermano pequeño con su hermano mayor, como debería ser Renly conmigo. ¿Y cómo me lo agradece Robert? Me nombra señor de Rocadragón, y le entrega Bastión de Tormentas y todas sus rentas a Renly. Bastión de Tormentas perteneció a la Casa Baratheon durante trescientos años. Debería haber pasado a mí por derecho cuando Robert subió al Trono de Hierro.

Era una afrenta antigua y dolorosa, en aquel momento más que nunca. Aquel era el punto débil de su señor. Porque, aunque Rocadragón era antiguo y fuerte, solo contaba con la alianza de unos cuantos señores menores, cuyas fortalezas en islas pedregosas no tenían suficiente población para crear el ejército que Stannis necesitaba. Ni siquiera los mercenarios que había llevado de la otra orilla del mar Angosto, de las Ciudades Libres de Myr y Lys, bastaban para que el ejército acampado al otro lado de los muros fuera suficiente para acabar con el poder de la Casa Lannister.

—Robert cometió una injusticia con vos —dijo el

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