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CARTAGENA

Claudia Amengual  

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Fragmento

I

Mejor fuego que gusanos.

Fue lo último que Rossi dijo antes de convencerse. El escribano no había llegado y se dio esos minutos para pensarlo. Pero no había en qué pensar. La decisión estaba tomada. Si la familia no se hubiera opuesto con esa ridícula obstinación, no habría sido necesario darle tanta vuelta y demorar meses en hacer el trámite.

Ahora se encontraba en la sala de espera de la sección necrópolis, tan solo como siempre y un poco más. Se enfrentaba a la soledad definitiva de la que nadie regresa. Y, sin embargo, no tenía miedo. Miedo le daba el aislamiento que tantas veces lo había rondado hasta casi llevarlo a cortar todos los lazos. Ese día, aunque pareciera extraño, no había aislamiento, sino un careo con la angustia que siempre sobreviene ante las grandes decisiones.

Separó un poco las piernas y apoyó los codos. En los codos, la cabeza. Así, con la mirada clavada en las baldosas amarillentas, se dejó ir concentrado en las vetas de humedad y polvo, un mapita de mugre que a nadie importaba y que fue para él la entrada a un territorio de calles y caminos íntimos, secretos. No pensó, no podía hacerlo, pero supo de algún modo que había logrado abstraerse del lugar y que ahuyentaba así cualquier posibilidad de tristeza.

Encorvado, prescindente de un par de viejas que también esperaban su turno casi felices, con avidez de urracas hambrientas –esas viejas oscuras que solo sirven para recordar la muerte–, Rossi dejó la mirada en blanco, viendo sin ver, y alcanzó a reconocer un fogonazo de la memoria. Apenas una luz que no llegó a cargarse de palabras, pero que desató una sucesión de imágenes. Un instante que se enlazó con otro hasta que surgió el relato. Entonces sí recordó. La tarde en que se lo había anunciado a la familia… una tarde antes de la cena.

***

–Quiero que me cremen –les dijo.

El hijo mayor soltó un eructo. El menor suspiró. El padre lo mandó a la mierda. A Rossi no le extrañaron las reacciones.

El mayor era un bruto sin remedio. A duras penas había terminado la secundaria. A los dieciocho se fue a vivir al monte, donde se ganaba la vida como guía de caza. Llevaba turistas y les indicaba dónde acampar, cuál era la mejor munición o cómo distinguir a una hembra preñada. Casi siempre, para evitar que terminara despanzurrada por algún perdigón, pero en algunos casos para marcarla entre las demás y luego fingir que había sido un accidente o un error de puntería. Desde una perspectiva urbana era extraña su relación con los animales. Podía estar una noche sin dormir cuidando a un perro herido y al otro día reventarlo de una patada. Se emocionaba con la hermosura de una buena pieza, pero no le temblaba el pulso al apretar el gatillo. Si había que degollar, degollaba, y no le hacía asco a desangrar ni a preparar las pieles para que los cazadores se llevaran su trofeo. Era un trabajo y le pagaban. Punto. Se lo veía siempre solo, a lo sumo saliendo del quilombo del pueblo. Volvía a la ciudad en invierno cuando el río se desbordaba y desaparecían los turistas. Lo llamaban Baqui.

El menor era un romántico. Imposible pensar en dos hijos más distintos. A los cuarenta y tres años seguía viviendo con su padre. Con su padre y también de él, porque el menor no trabajaba. Demasiada vulgaridad para un espíritu tan fino. No hubiera soportado el rigor de los horarios, comer de vianda o las órdenes de cualquier jefe. No, lo suyo eran las letras y a ellas se dedicaba desde todos los ángulos posibles. En especial desde el sueño, porque decía que se inspiraba durmiendo. Dormía mucho, sí. Ese año cumpliría sus bodas de plata con la universidad. Tenía tres licenciaturas en curso. Una de ellas con un solo examen pendiente que no quería rendir para no perder la magia bohemia del estudiante eterno. Se llamaba Raúl, Raúl Rossi como un actor argentino, pero le decían Ra. Al principio no le gustaba, hasta que alguien le comentó lo del dios egipcio y fue como una revelación. Supo que había nacido para llevar ese nombre porque Ra era el dios del Sol y todo lo vinculado a la creación se le atribuía. Algunas mañanas, tumbado en su cama en la disyuntiva de levantarse o meditar hasta que volviera a vencerlo el sueño, llegó a pensar si no sería una viva reencarnación del dios.

Rossi sabía que el menor era un vago y, cada tanto, se proponía poner punto final a aquella rutina que empezaba a parecerse a un circo montado con el solo motivo de no trabajar. Pero entonces recordaba a su mujer. La voz de su mujer. Decía algo en inglés. Algo que estaba allí y punzaba como una esqu

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