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¡BERNABé, BERNABé!

Tomas De Mattos  

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Fragmento

PRÓLOGO

JOSEFINA PÉGUY O´DOJHERTY (1835-1912)

En los escritos que dejó Josefina Péguy y que he podido leer (cartas, novelas, poemas, curiosos ensayos semidomésticos sobre literatura, historia y política) no siempre se advierte el acierto sostenido que caracteriza los trabajos pacientemente pensados. Pero sí puede constatarse la insistencia en seis o siete preocupaciones primordiales, bastante ajenas a las convencionales de su tiempo que, a la par que vertebran su obra, le confieren el encanto de la originalidad y la pasión de la rebeldía.

Debió ser una personalidad descollante en los diversos medios en los que actuó; puede decirse que también a ella le tocó vivir el destino de toda mujer de su tiempo: primero fue la hija de Máximo Péguy y luego la esposa, o la viuda, de Juan Pedro Narbondo. En los cerrados círculos en los que vivió se la solía estimar, pero no puede decirse que se la comprendiera. Según palabras de su tío Gustavo, tres años menor que ella, Josefina Péguy fue una mujer en permanente búsqueda de un centro que, al menos, afirmase sus ideas. Por ello, sus amistades coincidieron en calificarla como excéntrica. No creo que el juicio sea justo y acertado.

Nació en un hogar peculiar: el conformado, con aparentemente envidiable armonía, por un liberal enérgico, más práctico que brillante, don Máximo Péguy, y una católica mansa y tenaz, doña Regina O’Dojherty. Su padre llegó a la cuenca del Plata en 1816, pero recién prosperó cuando se dedicó a negocios de exportación e importación; y su fortuna se hizo definitivamente sólida cuando formó parte de la Sociedad de Compradores de los Derechos de Aduana del Gobierno de la Defensa. El relativo descalabro de su patrimonio como consecuencia de desafortunadas incursiones financieras, casi no rozó a la hija, quien en 1856 había contraído matrimonio con Juan Pedro Narbondo, un abogado hábil y estudioso que prefirió el cuantioso lucro que le deparaba el ejercicio privado de su profesión, a la notoriedad de la cátedra, la magistratura o la carrera política.

Por cuna y por matrimonio, Josefina Péguy de Narbondo dispuso durante su vida de inmensas posibilidades económicas pero, con la única excepción de los viajes y de los libros, en las casas de las que Josefina fue ama nunca hubo ostentación de riqueza.

En cambio, llamaba la atención la exuberante presencia de plantas pendiendo de las paredes o convirtiendo a rincones, rellanos y balcones en pequeñas florestas. Lo que se advertía en el interior de la casa constituía una mera anticipación de lo que deslumbraba apenas se llegaba al jardín posterior. A su juicio, la más humilde materia viva era incomparablemente más valiosa que la más cara materia inerte.

Su padrino, el célebre Amado Bonpland, quien se alojaba en casa de su padre cada vez que bajaba a Montevideo para cobrar la pensión que le concediera Napoleón, no le legó solo el nombre, escogido por él en homenaje a su querida emperatriz, sino que le contagió, además, una entrañable pasión por el mundo vegetal. Con sus esporádicas visitas y su frecuente correspondencia se transformó en el gran mentor de su infancia y adolescencia. Ella siempre dijo que Bonpland le empequeñeció el mundo, haciéndole estar en cualquier punto que se le antojase rememorar y, al mismo tiempo, le desmesuró el más pequeño objeto del universo: “Fomentó mi curiosidad hasta condenarme a la dispersión. Todo merece ser conocido; nada puede conocerse enteramente”. O también solía acudir, cuando comenzó a ver cercana su propia muerte, a una idea que consoló a su padrino al asaltarlo la vejez.

Gustaba don Amado sostener que se reconforta mucho quien adquiera la conciencia cabal de que somos una partícula mínima y vulnerable de un universo tan magnífico como incomprensible, y quien goce del mérito de sentirse, a la hora de la despedida, no tan lejano de la persona que quiso ser.

Luego de citarlo comentaba Josefina:

—Lo primero te hace más fácil amar la vida en todas sus manifestaciones, y lo segundo te ayuda a extremar la vigilia. Porque... —y aquí los suyos sabían, sin que ella lo aclarara, que empezaba a citar textualmente uno de los tantos aforismos de Bonpland— “Todo es redimible, pero también todo es degradable. Nada es estable, todo es precario, hasta que la muerte ponga su sello”.

Lo que dejó escrito su ahijada registra, sin deterioro de la hondura de sus afectos, una crónica disconformidad con los valores predominantes en su entorno familiar y gira en torno a una pesquisa incesante y múltiple de sentidos: en textos ajenos, en otras obras artísticas (sobre todo, la pintura), en historias individuales, en cuestiones sociales y, obviamente, en la posible razón última de nuestra presencia en el mundo. Toda su improvisada obra procura ser, a la vez, con sus naturales altibajos, crónica y parábola; y si muchas veces se topa con contradicciones irresolubles, hay ocasiones en que tantea las puertas de la paradoja.

Su tío Gustavo, quien ha sido mi predecesor en esta suerte de albaceazgo del archivo Narbondo-Péguy y la fuente más habitual de las precedentes informaciones, me ha asegurado que Josefina vivió como escribió.

—Resistiendo; resistiendo como su madre, mi cuñada, pero con una gran diferencia: nunca fue mansa, jamás se calló y tampoco podía callarse porque sus ojos hablaban por ella.

Me contó que, detestando la incoherencia, la complacía en grado sumo recordar vergüenzas que sus interlocutores creían haber sepultado para siempre o desempolvar opiniones o actitudes que servían para denunciar flagrantes contradicciones con manifestaciones que se acababan de formular. Sus recuerdos inoportunos constituían la principal arma que utilizaba para que Juan Pedro Narbondo, por temor a filosas incursiones en su pasado próximo o remoto, midiese muy bien ante ella sus palabras y dijese exactamente lo que pensaba. No demasiado paciente, carecía de toda tolerancia con los pedantes y los hipócritas, por lo que su tío Gustavo concluyó la evocación, diciéndome:

—No se extrañe, entonces, que tuviese muy pocas amistades verdaderas.

He revisado todos sus escritos. La letra, de trazo recto, rápido e impetuoso, donde las tildes y las comas parecen acometer las palabras con largos y curvos sablazos y donde la tinta evidencia terminarse demasiado pronto para el impaciente afán de la mano, duplica

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