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¡BERNABé, BERNABé!

Tomas De Mattos  

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Fragmento

PRÓLOGO

JOSEFINA PÉGUY O´DOJHERTY (1835-1912)

En los escritos que dejó Josefina Péguy y que he podido leer (cartas, novelas, poemas, curiosos ensayos semidomésticos sobre literatura, historia y política) no siempre se advierte el acierto sostenido que caracteriza los trabajos pacientemente pensados. Pero sí puede constatarse la insistencia en seis o siete preocupaciones primordiales, bastante ajenas a las convencionales de su tiempo que, a la par que vertebran su obra, le confieren el encanto de la originalidad y la pasión de la rebeldía.

Debió ser una personalidad descollante en los diversos medios en los que actuó; puede decirse que también a ella le tocó vivir el destino de toda mujer de su tiempo: primero fue la hija de Máximo Péguy y luego la esposa, o la viuda, de Juan Pedro Narbondo. En los cerrados círculos en los que vivió se la solía estimar, pero no puede decirse que se la comprendiera. Según palabras de su tío Gustavo, tres años menor que ella, Josefina Péguy fue una mujer en permanente búsqueda de un centro que, al menos, afirmase sus ideas. Por ello, sus amistades coincidieron en calificarla como excéntrica. No creo que el juicio sea justo y acertado.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Nació en un hogar peculiar: el conformado, con aparentemente envidiable armonía, por un liberal enérgico, más práctico que brillante, don Máximo Péguy, y una católica mansa y tenaz, doña Regina O’Dojherty. Su padre llegó a la cuenca del Plata en 1816, pero recién prosperó cuando se dedicó a negocios de exportación e importación; y su fortuna se hizo definitivamente sólida cuando formó parte de la Sociedad de Compradores de los Derechos de Aduana del Gobierno de la Defensa. El relativo descalabro de su patrimonio como consecuencia de desafortunadas incursiones financieras, casi no rozó a la hija, quien en 1856 había contraído matrimonio con Juan Pedro Narbondo, un abogado hábil y estudioso que prefirió el cuantioso lucro que le deparaba el ejercicio privado de su profesión, a la notoriedad de la cátedra, la magistratura o la carrera política.

Por cuna y por matrimonio, Josefina Péguy de Narbondo dispuso durante su vida de inmensas posibilidades económicas pero, con la única excepción de los viajes y de los libros, en las casas de las que Josefina fue ama nunca hubo ostentación de riqueza.

En cambio, llamaba la atención la exuberante presencia de plantas pendiendo de las paredes o convirtiendo a rincones, rellanos y balcones en pequeñas florestas. Lo que se advertía en el interior de la casa constituía una mera anticipación de lo que deslumbraba apenas se llegaba al jardín posterior. A su juicio, la más humilde materia viva era incomparablemente más valiosa que la más cara materia inerte.

Su padrino, el célebre Amado Bonpland, quien se alojaba en casa de su padre cada vez que bajaba a Montevideo para cobrar la pensión que le concediera Napoleón, no le legó solo el nombre, escogido por él en homenaje a su querida emperatriz, sino que le contagió, además, una entrañable pasión por el mundo vegetal. Con sus esporádicas visitas y su frecuente correspondencia se transformó en el gran mentor de su infancia y adolescencia. Ella siempre dijo que Bonpland le empequeñeció el mundo, haciéndole estar en cualquier punto que se le antojase rememorar y, al mismo tiempo, le desmesuró el más pequeño objeto del universo: “Fomentó mi curiosidad hasta condenarme a la dispersión. Todo merece ser conocido; nada puede conocerse enteramente”. O también solía acudir, cuando comenzó a ver cercana su propia muerte, a una idea que consoló a su padrino al asaltarlo la vejez.

Gustaba don Amado sostener que se reconforta mucho quien adquiera la conciencia cabal de que somos una partícula mínima y vulnerable de un universo tan magnífico como incomprensible, y quien goce del mérito de sentirse, a la hora de la despedida, no tan lejano de la persona que quiso ser.

Luego de citarlo comentaba Josefina:

—Lo primero te hace más fácil amar la vida en todas sus manifestaciones, y lo segundo te ayuda a extremar la vigilia. Porque... —y aquí los suyos sabían, sin que ella lo aclarara, que empezaba a citar textualmente uno de los tantos aforismos de Bonpland— “Todo es redimible, pero también todo es degradable. Nada es estable, todo es precario, hasta que la muerte ponga su sello”.

Lo que dejó escrito su ahijada registra, sin deterioro de la hondura de sus afectos, una crónica disconformidad con los valores predominantes en su entorno familiar y gira en torno a una pesquisa incesante y múltiple de sentidos: en textos ajenos, en otras obras artísticas (sobre todo, la pintura), en historias individuales, en cuestiones sociales y, obviamente, en la posible razón última de nuestra presencia en el mundo. Toda su improvisada obra procura ser, a la vez, con sus naturales altibajos, crónica y parábola; y si muchas veces se topa con contradicciones irresolubles, hay ocasiones en que tantea las puertas de la paradoja.

Su tío Gustavo, quien ha sido mi predecesor en esta suerte de albaceazgo del archivo Narbondo-Péguy y la fuente más habitual de las precedentes informaciones, me ha asegurado que Josefina vivió como escribió.

—Resistiendo; resistiendo como su madre, mi cuñada, pero con una gran diferencia: nunca fue mansa, jamás se calló y tampoco podía callarse porque sus ojos hablaban por ella.

Me contó que, detestando la incoherencia, la complacía en grado sumo recordar vergüenzas que sus interlocutores creían haber sepultado para siempre o desempolvar opiniones o actitudes que servían para denunciar flagrantes contradicciones con manifestaciones que se acababan de formular. Sus recuerdos inoportunos constituían la principal arma que utilizaba para que Juan Pedro Narbondo, por temor a filosas incursiones en su pasado próximo o remoto, midiese muy bien ante ella sus palabras y dijese exactamente lo que pensaba. No demasiado paciente, carecía de toda tolerancia con los pedantes y los hipócritas, por lo que su tío Gustavo concluyó la evocación, diciéndome:

—No se extrañe, entonces, que tuviese muy pocas amistades verdaderas.

He revisado todos sus escritos. La letra, de trazo recto, rápido e impetuoso, donde las tildes y las comas parecen acometer las palabras con largos y curvos sablazos y donde la tinta evidencia terminarse demasiado pronto para el impaciente afán de la mano, duplica ante ojos observadores su función de signo del contenido de sus ficciones y de sus ensayos. El arrebato pasional generalmente le alborota la inteligencia. Una incesante asociación de ideas le enreda, a veces, el discurso y lo precipita en digresiones arborescentes y en conceptos no siempre compartibles. Aunque, a modo de compensación, al alejarlo de estereotipos y prejuicios, nos ubica, en más de una ocasión, en estratos fermentales de la realidad. Pero, en el acierto o en el error, nunca ha dejado de parecerme envidiablemente auténtica.

Por supuesto, lo que más abunda son las cartas y, curiosamente, casi todas sus narraciones se esconden en este género, cuyas convenciones son violadas sin escrúpulos, comenzando por la de su extensión.

Sin embargo, sus dos primeros conatos narrativos no dejaron de tener un destinatario real: Herman Melville, el gran narrador estadounidense sumido por entonces en el olvido, y Federico J. Silva, el director de un oscuro periódico montevideano, de nombre infeliz: El Indiscreto. El primer texto, lo he publicado con el título que ella misma escogiera: La fragata de las máscaras; el segundo, que fue el primero en darse a conocer y que ahora se reedita, lo llamé ¡Bernabé, Bernabé! asumiendo la responsabilidad de remplazar a la autora en un cometido que no consideró necesario cumplir. Es un título que, remedando un espejo, subraya la perspectiva desde la cual Josefina leyó su carta mientras la escribía: usando la vida de Bernabé para contemplar su propio rostro y sondear sus abismos personales. También se parece al clamor de David cuando halló el cadáver de su hijo, para quien reservaba la herencia del reino, con los cabellos enredados en el frondoso follaje de un árbol: “¡Absalón, Absalón!”. Ese hallazgo lo golpeó al pequeño rey trayéndole abruptamente la conciencia del extravío definitivo de uno de los destinos que él creía que mejor estaba cuidando. Esas dos resonancias han tenido, al menos en mí, los clamores de diverso signo que cierran varios capítulos de la novela y que,en un salvaje contrapunto de solista y coro, es posible que haya casi clausurado la propia vida real del protagonista.

Estas dos cartas-novelas fueron concluidas en lo que puede considerarse la última etapa de su vida (1885-1912), abierta por la muerte de su marido a consecuencia de un infarto y cerrada por su propio fallecimiento (no despertó el 20 de mayo, por causa que se desconoce). La carta a Melville comenzó a ser escrita, sin duda, en vida de Juan Pedro Narbondo, pero permaneció mucho tiempo inconclusa. La carta a Silva fue escrita rápidamente.

Fechada el 5 de setiembre de 1885, responde exhaustivamente a un requerimiento del 14 de agosto. No me sorprende. El propio texto revela que, en el transcurso de varios años, el matrimonio había discutido ardorosamente sobre los detalles de la Campaña de 1831 y que el marido había recopilado una copiosa documentación histórica. Para aportar los datos que permitieron la publicación de un artículo sobre la vida del coronel Bernabé Rivera en El Indiscreto, Josefina solo tuvo que hurgar en su memoria y en los ordenados legajos de su marido. Y, también, perder la mirada en su propio jardín.

Gustavo Péguy encontró entre los papeles dejados por el matrimonio, un grueso cuaderno que guarda ostensible relación con el encargo de Silva, pero no sé si es su borrador, una copia ulterior o, como tiendo a suponer, el propio texto que se le enviara al amigo periodista y que luego este devolviera, conjuntamente con el retrato del coronel al que se hace referencia en la carta como incluido en la encomienda y que luego ocupara la portada del ejemplar Nº 75, datado el 5 de noviembre de 1885, de su periódico. Ese retrato y la miniatura de Secundino O’Dojherty, también aludida en el texto, fueron inventariados entre las pertenencias que don Gustavo Péguy dejó a su muerte.

Quienes han estudiado la época de don Frutos y ya conocían los detalles del confuso episodio de Yacaré-Cururú me han informado que el manuscrito de Josefina aporta algunos datos hasta ahora desconocidos y que, por lo menos, ninguna de sus informaciones añade nuevas contradicciones a las ya establecidas entre las fuentes preexistentes. Incluso el episodio de Durazno, en donde el pueblo festeja una absurda “resurrección” de Bernabé, a muy escasos días de la noticia de lo acaecido en Yacaré-Cururú, se encuentra corroborado por un suelto incluido en El Universal, el 3 de julio de 1832, cuyo texto me fuera exhibido por el vecino de esta zona, don Ramón P. González, y que luego publicara en su libro Tacuarembó.

La principal revelación del manuscrito (la identidad del matador de Bernabé) puede aceptarse con la misma prudencia con la que la narra Josefina: es una posibilidad que merece el rango de hipótesis, tendida hacia el futuro, en espera de eventuales corroboraciones.

Pese a este perceptible respeto por la verdad histórica, juzgo conveniente subrayar que, a mi juicio, sus afanes fueron bastante más allá que los de un mero cronista. Trascendiendo, para bien o para mal, la relación de los hechos y la indagación de sus causas, hay una tendencia constante a tratar los episodios como si hubieran sido vividos, aun a costa de la utilización, a veces no confesa, de elementos ficticios: la emoción de un indiecito aturdido por los primeros festejos de la victoria de Sarandí, la imaginada apariencia del vaquero Lorenzo González y las últimas y antagónicas visiones con las que la vida acaso despidió o expulsó a Sepé y Bernabé, son tres ejemplos que valoro como pertinentes, pero no únicos.

No obstante, es el abordaje de la figura de Bernabé el signo más claro de que la memoria de Josefina no estaba orientada por un propósito primordialmente biográfico. De lo contrario, habría en su narración más de un vacío imperdonable. En efecto, de la vida de su malogrado Coronel escoge tan solo dos tramos.

El primero, desde 1811 a 1826, abarca la gesta artiguista, la sucesiva sujeción de la Banda Oriental a los imperios lusitano y brasileño y la Cruzada Libertadora encabezada por Juan Antonio Lavalleja. En esos dieciséis años, que fueron la fragua de nuestro destino, Josefina Péguy realiza apenas cinco calas, de muy diferente extensión y profundidad: la incorporación de Bernabé, siendo aún un niño, a las fuerzas revolucionarias; su cautiverio en Río de Janeiro; su maduración militar, al influjo de los oficiales portugueses con destino en Montevideo; su decisiva participación en la batalla del Sarandí; y, finalmente, su retiro del ejército emancipador, ya al mando del porteño Alvear, solidarizándose con su tío.

Más que como una historiadora, procede como si fuera una novelista, seleccionando, entre los antecedentes de su protagonista, aquellos episodios que considera imprescindibles para delinear el carácter que afrontará las circunstancias que conforman el núcleo central de su narración.

Osaría añadir que más que la peripecia realmente verificada, le atrae lo que ella esconde: lo que perdura, no el accidente; lo próximo, no lo remoto; el sino propio o compartido, no el ajeno. No juzga, compadece; no lapida, procura su catarsis personal.

El segundo tramo escogido está conformado por tan solo dos años: 1831, que entre enero y agosto trajo consigo la campaña contra los charrúas, con las matanzas verificadas en la Cueva del Tigre y la desembocadura del Tia Tucura en el Salsipuedes, en la estancia de Bonifacio Benítez y en Mataojo; y el también nefasto 1832, que hizo culminar la fulminante represión de la sublevación de los misioneros de Bella Unión con la muerte del Coronel en Yacaré-Cururú a manos de los indios charrúas, que nada habían tenido que ver con la insurrección.

Es significativo que desde 1826 se salte sin más a 1831. Quedan por el camino no solo cinco años capitales en la vida de la República, porque en ellos se procesó la doble frustración de su separación de las Provincias Unidas y de la mutilación del territorio en el que su soberanía debió ejercerse, sino también los días más gloriosos de los Rivera, quienes en una campaña que fue más un relámpago incontenible de adhesiones populares que una sucesión de éxitos militares, liberaron y reincorporaron las Misiones Orientales a las Provincias Unidas, a la cabeza de su inconsulto, informal y heterodoxo Ejército del Norte.

Fueron precisamente esos días los que precipitaron sobre los Rivera su mayor responsabilidad histórica. Estipulada la devolución de las Misiones Orientales al Brasil, el retiro del Ejército del Norte se colmó de gloria con la espontánea compañía de ocho mil civiles, que prefirieron el abandono masivo de sus hogares y de sus propiedades, para cobijarse en la republicana libertad de nuestro Estado, en cuya frontera se fundó un poblado: Santa Rosa del Cuareim, al cual el uso le dio el nombre, más simbólico y mucho más irónico, de Bella Unión. Sin embargo, ese acto colectivo de confianza incondicional no tuvo una condigna reciprocidad.

Vamos a ver que don Máximo Péguy no dudaba en incluir, entre los dones de don Frutos que más admiraba, el de “no defraudar”. Seguramente, cuando emitía tal juicio, no mentaba ni a los charrúas que acudieron a su convocatoria en el Potrero de Salsipuedes ni a los misioneros, quienes apenas entraron a nuestro país fueron despojados de sus bienes más valiosos, en concepto de “botín de guerra”, y sumidos desde entonces en un abandono contumaz.

Yo quisiera que Josefina se hubiera ocupado de este período, pero comprendo las razones de su omisión. Su manuscrito, aunque pueda valer como novela, nunca respondió, al menos conscientemente, a tal propósito: en parte, es una carta; en parte, es una crónica y, sobre todo, más allá de la guerra y de la paz, nunca deja de ser —a tientas— la pesquisa de sentidos a la que ya me referí. Pues bien, ni a ella ni a su concreto interlocutor, Federico Silva, les interesaba demorarse en estos tiempos. Al lector, porque son los más conocidos —aunque no suficientemente— de Bernabé. A la autora, porque solo quería aportarle a su amigo datos casi secretos y una perspectiva crítica que rompiese el cántico exaltatorio de nuestra historia oficial.

Novela histórica o historia novelada u otro género próximo pero más inasible, este primer paso de Josefina Péguy en la narrativa plantea nítidamente los dos aspectos que encontraremos en cada uno de sus cuentos o novelas: primero, un núcleo casi invariado de dilemas éticos; segundo, un intrincado entrecruzamiento de lo real y de lo ficticio, porque no abundan las evidencias flagrantes y, en cambio, no son escasas las meras conjeturas que nunca terminan de esclarecer la realidad y que son más o menos ratificadas o desmentidas por testimonios que aportan datos equívocos, parciales y acotados a la subjetividad de quienes testifican.

He escogido ¡Bernabé, Bernabé! como punta de lanza (ojalá que no resulte hecha con un sable roto) de la publicación del Archivo Narbondo-Péguy, no porque lo prefiera a los demás escritos, o porque juzgue conveniente seguir un azaroso orden cronológico, sino porque me parece un texto muy cercano a estos tiempos todavía signados por las revelaciones de Nuremberg.

Que Josefina se haya abstenido de juzgar, opción recomendable para todo narrador aunque piense en un único destinatario, no puede interpretarse como que recomiende a los lectores que asuman la misma actitud. Muy por el contrario, pienso que ante cualquier texto retenemos nuestra libertad de juicio, acaso bajo la única advertencia que formulara Josefina acerca de la imposibilidad de ponerse “en la piel de los otros” cuando se valora sus actos en la serenidad que suscita el estar desprendidos de las fuerzas que pujaron en las situaciones concretas.

Permítaseme, pues, el atrevimiento de arriesgar algunas reflexiones. No me mueve el impulso de persuadir o proponer, sino tan solo de incitarte a ti, lector o lectora, para que aceptes y cumplas ese cometido que te corresponde.

Soy de la poco escuchada opinión de que nosotros, los complacidos ciudadanos de un país chiquito pero pacífico, no gozamos del amparo de un abismo tan vasto como un océano, para separarnos y distinguirnos de los perpetradores de los crímenes que hoy repudiamos y cuyo castigo tanto congratula a muchas personas de buena voluntad. ¿En todas las latitudes y en todas las ideologías no dormitan acaso caminos que, si no los demoran las curvas que solo puede proporcionar la duda, desembocan rectamente en la atrocidad?

Josefina Péguy y Federico Silva coincidirán muy pronto, en las primeras líneas de la carta a la que ya dejo lugar, categorizando a Bernabé Rivera como un héroe de estirpe homérica. Permítaseme acotar que yo optaría por convocar al espíritu más compasivo de Sófocles. La culpa del sobrino de don Fructuoso me parece tan intelectiva como la de Edipo, aunque su delito, como tantos del presente, no sea un parricidio, sino un fratricidio y no obedezca a un mal uso de su inteligencia, sino a su desuso.

Llego, en efecto, al extremo de preguntarme si, a diferencia de otros responsables, Bernabé tan solo cayó en la atrocidad por factores que le son algo —no demasiado— peculiares, por ejemplo, el sometimiento irreflexivo de los dictados de su conciencia a una sobrevaloración del deber y del prestigio profesional y a un incauto afán por emular modelos equívocos.

También me pregunto si no se dejó llevar por el vértigo de las circunstancias. Por lo menos, no dudo en responderme que fue hombre que no pudo desembarazarse del eterno espejismo en que nos sume y extravía toda certeza a la que acojamos como tal.

Un último atrevimiento: al leer esta novela, ¿no convendrá desplazar nuestra atención de los círculos iluminados por los focos hacia el vasto fondo en penumbras y tentar, incluso, entrever o presumir los sutiles movimientos manipulados desde la tramoya?

La tragedia de Bernabé parece una ópera. Si así fuera, ¿no deberíamos atender a cada uno de los instrumentos que, a su turno, resuenan en esta orquesta tan vasta como nuestra pequeña sociedad? Miremos hacia el foso, tratemos de ver quién o quiénes mueven la batuta.

La historia, cada vez que un grupo necesita tierras que otros ocupan, ¿no encumbra siempre a civilizadores convencidos o fingidos que tienden a inducir en otros la perpetración de las atrocidades necesarias para la imposición de sus ideas o apetencias?

Yo me inclino por responder que sí y añadiría que a esos civilizadores, entre los que figuran enardecidos educadores como Sarmiento o Catalá, o intelectuales cultivados como Mitre o Juan Carlos Gómez, o gobernantes corruptos y codiciosos —tuyos han de ser los ejemplos—, jamás les ha temblado el pulso cuando han firmado el decreto exterminatorio, la carta y el libelo incitatorios o el parte de guerra que informa lacónicamente la cruenta e inhumana victoria alcanzada. Pero nunca tomaron el sable o la lanza, el fusil o la bayoneta. Jamás estuvieron en la primera línea de combate.

También en su espejo deberíamos mirarnos. Por más que nos resulte más difícil comprenderlos —o reconocernos— en ellos.

M.M.R.

Tacuarembó, 12 de octubre de 1946

¡BERNABÉ, BERNABÉ!

San Fructuoso, Septiembre 5 de 1885

Estimado Federico:

No he querido demorarme en discernir qué propósitos trajeron hasta mí, después de un intervalo de tantos años, una carta tuya, sorprendentemente tan concisa y circunscrita a pedirme algún material sobre Bernabé Rivera.

Si me atuviera a mis recelos estarías recibiendo de mí la tercera negativa de tu vida; y me duele suponer que acaso la lamentarías un poco más que las precedentes. Pero ocurre que también a mí, por encima de todo escrúpulo y de toda objeción, la figura de Bernabé me atrae aunque mis razones difieran de las tuyas.

Un pasaje de tu carta, aquel que dice “el homérico hermano de don Frutos”, bien puede servir de nudo a unas disquisiciones que no me parecen tan previas. Paradojalmente, de tu frase hay que desechar el sustantivo y retener el adjetivo.

Admito en tu descargo que hoy somos cada vez menos los que recordamos que Bernabé era sobrino y no hermano de don Frutos. Ambos son culpables de la difusión del error porque siempre se trataban de “hermanos y compadres”.

En realidad, Bernabé —“Bernabelito”— era hijo natural de María Luisa, una hermana también ilegítima de Fructuoso quien, recién salida de la adolescencia, vivió un romance de novela con un aventurero, de padre francés, cuyo nombre no puedo informarte con exactitud porque no lo conservo escrito. Creo que se llamaba Alejandro Duval. Lo mataron allá por 1820, en un episodio que no mejoró su prestigio. Por entonces, ya estaba casado con una Bauzá. La María Luisa, callada sobreviviente de su hijo —a quien llegó a conocer mi tía Emilia— ya estaba muy lejos del ardor de aquellas medianoches apuradas entre gallos y ratas, al cobijo de galpones o parrales, y nadie apostaría que su consumido vientre había parido a un héroe. Era fea, enteca, mal vestida y melancólica; mujer que solo habría servido para leer poemas de amor y estásimas de tragedia, si tuviera más letras. Toda la viril belleza de Bernabé, con su ondulada melena castaña y sus ojazos bretones, se le atribuía, con fácil unanimidad, a su poco recomendable padre. Que te quede claro, pues: pifiaste en el parentesco. Supongo que cubrirás con discreto manto los detalles que te he suministrado pero confío que, por lo menos, en homenaje a la verdad histórica, informarás a los lectores de El Indiscreto que Bernabé era sobrino de don Frutos.

Tu adjetivo, en cambio, aunque enfático, es boleadora que termina enredándose en la estaca. Dudo que fundemos nuestra coincidencia en los mismos motivos. Te veo reo de un afán de superlativización que a mí, por cierto, no me anima. Si bien estimo que ni Agamenón ni Menelao ni Aquiles fueron más dignos de paladear dulces vinos y engullir pingües carnes, proferir aladas palabras, blandir espadas y lanzas y jinetear resignadas o embelesadas doncellas que el malogrado Bernabé, tal equiparación no me sabe a exaltación. El esplendor de los versos de Homero nunca me ha enceguecido. No olvido quiénes eran, en realidad, los aqueos: bestias depredadoras. Siempre los vi con los ojos de Andrómaca. Pero es ley que la poesía nazca, como la vida, de polvo de muertos y de humores cuya acritud sólo el instinto soslaya. También la espada sabe escribir historias de cruenta hermosura.

Lamento que ni tú ni yo ni ninguno de tus colaboradores seamos dignos de atarle las sandalias al ciego: estoy segura de que sus sueños no los labró con marfiles o cuernos que fueran mejores. Aquí estoy, sin embargo, desvelada, cooperando contigo, excediéndome a tus pedidos, como si estuvieses embarcado en un capricho de ocioso caballero o en una desinteresada evocación para escapar de las mezquindades del presente. ¿Por qué lo hago? No puedo explicarlo y me irrita; ni yo misma me entiendo. Estoy segura —y tú también— de que no está en nosotros la causa; tampoco en Bernabé o en Sepé. Tan solo sé que me asedia un impulso idéntico al que una tarde me ató a un ch ...