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AUNQUE éL NO ESTé

Cecilia Curbelo  

5


Fragmento

Hacía tiempo que venía meditando la idea de escapar de su casa. No estaba loco, no. Bruno había sopesado pros y contras porque huir de su familia, de lo que hasta ahora conocía, iba a traer consecuencias para todos, no solo para él. Lo tenía claro. Y a él le importaba su familia. Le importaba su madre y le importaba su hermano. Así que no podía ser algo al azar o por impulso. Además, era consciente de que, con catorce años, le sería más complicado arreglárselas por su cuenta. Sin embargo, pensaba, ya no podía seguir soportando esa angustia que crecía y crecía.

Apoyó sus antebrazos en las piernas y, desde el sillón, miró cómo la lluvia formaba cientos de figuras en el ventanal del apartamento del noveno piso. El lugar donde siempre vivió. Donde aprendió a caminar, a hablar. Bajó la cabeza y se la tomó con ambas manos. Sus dedos despeinaron su cabello negro, lacio y cortado más alto arriba que en los costados. Se masajeó las cejas, tupidas, juntas y gruesas, en un gesto de desolación. Era otro fin de semana de los tantos que pasaba solo, absolutamente solo en su casa. Sus ojos marrones claros, idénticos a los de Guillermo, su hermano, se posaron en el sofá vacío de su padre y sintió que algo se encogía en su interior.

En él se sentaba cada día luego del trabajo. Se llamaba Ramiro, era profesor de Educación Física y trabajaba en la misma escuela a la que asistían con Guille, así que iban y volvían caminando a casa los tres juntos. Su padre acostumbraba tararear y llevar una pelota de vóleibol bajo el brazo, que complementaba a la perfección su eterno atuendo de ropa deportiva. Si el tiempo estaba lindo, a la vuelta se desviaban del camino y paraban en un parque a jugar a la pasadita.

Bruno esbozó una sonrisa al recordar el pacto entre ellos: para evitar comentarios y burlas ninguno admitiría ante nadie que no les gustaba el fútbol. Por eso, cada vez que se encontraban en lugares con mucha gente, como la feria, una kermesse o un cumpleaños, y hablaban del partido de tal contra tal, o del golazo que había metido Mengano, él guiñaba un ojo a sus hijos y seguía el hilo de la charla agregando frases que no aportaban pero daban a entender que estaba al tanto de la discusión y bien informado: «¡Pero fue terrible golazo! ¿No viste cómo la metió?», «Un partido difícil, un rival bravo, que sorprende. ¡Nunca sabés cómo va a rendir!», «Las posibilidades de ganar siempre están, hay que salir a pelearla nomás, meter garra…», «El técnico no eligió bien. ¿Vieron lo que era ese banco de suplentes?», «¡Las condiciones de la cancha eran terribles! ¿Se fijaron?»…

Al llegar a casa los mandaba a bañarse, preparaba la merienda, hacía sándwiches y café con leche y, finalmente, esperaba a mamá recostado en ese sofá verde oliva, escuchando música. La que más le gustaba. El cedé sonaba con Cat Stevens, Freddy Mercury, A-Ha, Guns N’ Roses, Sting, Aerosmith, Pink Floyd, Take That… Un compilado que se había hecho especialmente.

De baja estatura, musculoso, atlético y risueño, llevaba el cabello oscuro, grandes entradas en las sienes, la coronilla casi pelada y un lunar, pequeño y abultado, en su mejilla derecha.

A Bruno se le hinchaba el pecho de orgullo cuando salía con él. 

Se lucía frente a sus amigos y compañeros.

Su padre era su ídolo.

A un costado del sofá verde oliva, el papá de Bruno apoyaba su gran tesoro: un ukelele, que guardaba en su estuche rígido, de interior aterciopelado, para que no se rayase. Lo tomaba cada tanto e intentaba copiar los acordes de sus temas preferidos. No tenía un gran talento para la música y desafinaba bastante, pero le ponía ganas y pasión, y finalmente lo lograba. A fuerza de repetición, ese y los demás temas que escuchaba Ramiro quedaron grabados a fuego en ese hijo menor que se sentaba a sus pies a acompañarlo.

Bruno recuerda que él tendría unos cinco o seis años, y su padre y él escuchaban el disco por tercera vez. Su padre cerró los ojos.

—¿Te estás durmiendo, papi? —le preguntó.

Él lo miró y sonrió.

—No, Bruno. Es que si cerrás los ojos y te dejás llevar por la música, volás.

—¿Cómo que volás? Si no tenés alas… ¡Los pájaros vuelan! No las personas —refutó, seguro de su respuesta.

—Volás con la mente, Bruno. Estás acá en casa, pero oyendo con el corazón, sos capaz de viajar muy lejos. Tan lejos que podés llegar a otros mundos —dijo, haciendo un movimiento con el brazo extendido que abarcaba el comedor—. ¡A otras épocas de tu vida! —Suspiró—. Cuando seas grande vas a entender. 

Lo upó y ambos se quedaron enroscados. 

En ese entonces era chiquito para comprender esas palabras, pero hoy entiende, porque él también vuela lejos escuchando música. Siente como si se despegase de su propio cuerpo y se elevara hacia ese otro mundo donde ahora está su padre desde que murió. Un lugar sin tiempos ni espacios. Él sabe que ambos se conectan a través de las melodías, pero no se lo dice a nadie. Lo creerían delirante, fantasioso.

Tampoco le contó a nadie aquel sueño que tuvo una vez, poco tiempo después de que Ramiro muriese. Recuerda que, aparentemente dormido, su padre y él tuvieron una conversación. Estaban en su dormitorio, Bruno acostado y Ramiro a los pies de la cama:

—¿Por qué siempre cantás lo mismo, pa?

—¿Father and son? ¿Esa canción de Cat Stevens? —preguntó él, sonriendo.

—No sé, esa que cantás…

Su padre la tarareó.

—¡Esa! ¡Esa misma! —contestó Bruno, incorporándose de golpe.

—Porque me llega acá —dijo, golpeándose el corazó

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