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AUNQUE ELLA ESTé

Cecilia Curbelo  

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Fragmento

Es consciente de su mala fama. Morgana sabe que hablan de ella sin descanso.

Que la juzgan. 

Que la critican. 

Que opinan que es una cualquiera.

Que usa demasiado maquillaje o que se levanta el short hasta la cintura para mostrar el trasero.

«Das vergüenza ajena», le escriben algunas chicas en las redes.

Sus fotografías circulan, se pasan de muro a muro, se comparten en grupos en los celulares, se multiplican, se divulgan sin control de a decenas, de a cientos…

«Fácil», «Zorra», «Regaladita», comentan en ellas las envidiosas. Están celosas, por supuesto. Y creen poder herirla.

Pero no. Ella no va a dejar que los agravios la destruyan. Tiene que ser fuerte. Estar por encima de quienes la insultan y centrarse en aquellas palabras reconfortantes que le escriben sus fieles seguidores, que la aman y la idolatran. Que le piden conocerla en persona. Que la llaman «Hermosa», «Diosa», «Única». Que le mandan privados con emoticones cargados de corazones, mariposas y amor puro.

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Ellos la hacen sentirse querida. Especial.

Lo increíble, piensa, es que absolutamente todos los que opinan de sus fotos o sus videos creen conocerla. Están convencidos de que las palabras que usan describiéndola, que hablan del largo de sus piernas, del tamaño de sus pechos o de su abundante cabellera castaña, representan su ser y su esencia.

Con solo mirar fotografías, concluyen —además— que es una chica fácil, altanera o interesada. Que es feliz, segura o superficial. Que le gusta la cumbia, la noche o el rock.

¡Dicen tanto pero saben tan poco!

Porque lo cierto es que ni siquiera Morgana conoce quién es en realidad, ni mucho menos hacia dónde va su existencia. Ni lo que quiere de la vida.

A veces, no sabe ni lo que busca, más allá de los halagos fáciles que obtiene por internet. Porque eso la llena por un rato, es cierto, pero luego… Luego necesita más.

Es desesperante. 

No culpa a quienes la juzgan, ni los detiene.

Y por eso sigue subiendo fotografías de sí misma en las redes sociales: con bikinis diminutos sentada en el alféizar de la ventana de su dormitorio.

Con el cabello revuelto cubriéndole apenas sus pechos que, turgentes, parecen luchar por escapar del top ajustado.

Con las piernas desnudas contra la pared, y los pies enfundados en sandalias de tacos altísimos.

Con el par de Converse y un microshort de jean que marca la redondez de sus nalgas perfectas.

Luego se sienta, con el celular en la mano, a esperar las respuestas. Las de odio las pasa por alto, y se detiene en los mensajes de cariño. Esos por los que sigue adelante y la hacen sentir que vale, que cuenta, que es pensada.

A veces, en la oscuridad de la noche, en ese instante en el que alguna lágrima se quiere asomar, se cuestiona si toda esa gente tiene razón al describirla de maneras tan viles.

Cuesta conciliar el sueño cuando el corazón está sangrando de soledad y el vacío que carga en su interior se hace infinito.

Cuesta pensar en despertar al día siguiente y simular que los gritos de su madre o los golpes que retumbaron en las paredes hasta la madrugada no se escucharon debajo de las sábanas y mantas. En ese refugio improvisado que ideó hace años.

Entonces se vuelve a preguntar sobre sí misma. 

Pero no tiene ninguna opinión.

Sigue sin conocerse. 

Lo único certero que sabe es que está cansada. 

Muy, muy cansada de estar triste.

Las personas que se victimizan y se quejan la cansan. Como Tamara, su madre. Morgana creció escuchándola quejarse de su padre, «Un reverendo inútil», de lo que engordó durante el embarazo, «Quedé como una vaquillona», del trabajo en la peluquería, «Barrés y pelos, barrés y pelos», de las humedades de la casa, «Esta pocilga da asco», de los hombres en general, «Toditos iguales a tu progenitor», del país, «Acá nunca se sale adelante», de la familia que la abandonó de recién nacida, «Manga de perros asquerosos»…

Tamara es como una bolsa cargada de resentimiento que va dejando escapar aire contaminado con cada palabra que sale de su boca.

Morgana siente que se intoxica lentamente. Espera no ser así de grande. Por eso actúa diferente: no se queja aunque sienta una rabia que la quema por dentro, aunque le gane la impotencia o experimente dolor. Se incorpora cada vez que flaquea, porque aprendió a convivir aceptando su realidad. Y porque sabe que nadie estará para levantarla si tropieza.

¿Era diferente su vida cuando era una bebé? ¿O siempre, siempre fue así su realidad? ¿Cuándo, exactamente, tomó conciencia de su soledad?

Suspira, y revuelve el último cajón de la cómoda de su dormitorio. Ahí guarda varias fotografías de cuando era pequeña. Se las quitó a su madre una de las noches difíciles, cuando —bajo los efectos de litros de cerveza y la depresión de una ruptura con su pareja de ese momento— se le dio por quemar los cuadernos escolares que Morgana guardaba de recuerdo.

Pasa una a una cada fotografía y se asombra. ¡Aparece sonriendo en tantas!

¿De verdad era capaz de sonreír? ¿Significa eso que en algún momento fue feliz? ¿Pudo experimentar ese sentimiento? ¿O es que todos los bebés sonríen por instinto?

Ordena las fotos, las deposita con cuidado otra vez en el cajón, y lo cierra. Que se queden ahí, como testigo mudo de un período que no puede recordar. De un tiempo que no reconoce, que le es ajeno. De un rostro de bebé que su madre afirma es ella: Morgana Segovia.

Internet está lleno de artículos de psicólogos que afirman que un bebé feliz será un adulto feliz. ¡Qué estupidez más grande!

Porque de ser así ¿es ella la excepción a la regla? ¿Es la única chica que de bebé sonreía —supuestamente contenta— y ahora de adolescente en lo único que se centra es en intentar contener la angustia que le oprime el pecho noche tras noche? ¿En aliviar con movimientos circulares los músculos tensos del cuello? ¿En respirar lentamente para que el sofoco de la amargura no le gane?

Se tira sobre la cama, a lo largo, y cruza las piernas. Coloca las manos bajo la cabeza y cierra los ojos. Exhala despacio en un vano intento de deshacer ese nudo que no se va, que la aprieta por dentro, que parece estrangularla. De alejar esa sensación de desamparo, de desprotección, de que ya nada importa y de que el mundo no cambiaría sin ella: los ómnibus seguirían haciendo el mismo recorrido, la publicidad de champú continuaría prometiendo terminar con la caída de cabello, la emisora radial mantendría el ránking de los temas más escuchados… Simples bobadas que hacen al día a día tal como lo conocemos. Con o sin ella.

El planeta sigue girando estés o no estés ahí, razona.

Este pensamiento la hace tiritar unas milésimas de segundo, en los que es consciente, de verdad consciente, de su poca relevancia.

Se gira en la cama y cambia de posición, incómoda. Tiene frío, pero sabe que si se abriga, si cubre esas necesidades básicas de su cuerpo, la mente se vuelve más poderosa. Cuando estás abrigado y sin hambre, pensás más y más inteligentemente.

Ella no quiere pensar. No quiere teorizar y llegar a conclusiones que la atormenten.

En cambio, si uno se niega a cubrir las necesidades básicas del organismo, tiene un poder extra sobre el pensamiento. Es decir, si tenés mucho calor o mucho frío, la mente solo se centrará en encontrar una solución a aliviar el exceso de calor o de frío. A regular la temperatura corporal. La mente se centrará en hallar una solución a lo básico de la existencia. A lo más primitivo. ¿Calor? Abrigo. ¿Hambre? Alimento. Un ciclo que no falla a la hora de evitar pensar.

Aprieta los dientes y resiste. 

Ella puede hacerlo. Es dura. 

Sí. Es dura la mayoría de las veces. Otras, es una completa cobarde.

Y aunque se conoce poco, o es lo que cree, sí sabe algo más aparte de estar cansada de la soledad: sabe cuándo está por sumirse en el abismo.

En este instante está al borde. 

Lo nota en su propia respiración. 

Lo exuda cada poro de su piel.

Un olor particular se instala en la atmósfera cuando está por sucumbir a la angustia.

Debe actuar. Ponerse en marcha para evitarlo. 

Esta vez, soportar el frío no está funcionando.

Se levanta y se mira al espejo. Está hecha un desastre. El cabello enmarañado. La vista vidriada. Ojeras. La piel de gallina por el frío.

Pero también observa su vientre plano, las caderas bien formadas, los pechos firmes… y si se coloca de costado, las suaves curvas de sus muslos.

Toma el labial rojo. El más rojo que tiene. Se pinta los labios con trazos firmes. Con cuidado. Respetando el contorno de su boca carnosa.

Hace muecas frente al espejo. Se pone bizca. Frunce los labios. Arruga la nariz…

Pasa en segundos de mujer a niña. De niña a mujer. 

No hay un límite claro. Es difuso: ahora es chica, ahora es grande…

Se coloca una base más clara que la del tono de su piel y disimula la oscuridad bajo sus ojos grandes, redondos. Los delinea de negro con rayas largas, pronunciadas, llevadas hasta los extremos de los párpados.

Falta máscara de pestañas. Sí. También dos capas gruesas. 

Y rubor. Mucho rubor a las mejillas pálidas.

Enchufa el secador de pelo y toma el cepillo. Lo desliza por su cabello y le da forma fácilmente. Aprendió de tantas horas que pasó en las diferentes peluquerías donde su madre trabajó.

En un minuto su pelo brilla con un movimiento increíblemente natural.

Se vuelve a mirar en el espejo, y asiente. Está presentable. Al fin parece quien no es. Pudo, por enésima vez, esconder la realidad y lucir despreocupada.

Hurga en el tercer cajón de su cómoda y encuentra lo que busca: aquel bikini turquesa que usó en verano. Ese, de tiritas en los costados.

Le entra más frío de solo pensar en quitarse la ropa…, pero no hay alternativa.

Salta unos segundos para entrar en calor. 

Se desviste y se pone el bikini.

Acomoda el corpiño, que no logra cubrir del todo sus generosos pechos, y posa frente al espejo.

Conforme con lo que observa, toma el celular y se saca una foto. 

Dos. Tres. Cinco.

Clic. Clic. Clic. 

Cambia de pose. 

Clic. Clic. Clic. 

Arquea la espalda. 

Clic. Clic. Clic.

Se sienta en la cama y estudia cada fotografía detenidamente, por un largo rato.

Elige la que considera mejor: la que está de perfil con el rostro girado hacia la cámara. Esa que parece estar enviando un beso con los ojos semicerrados.

La sube a su Instagram, donde la siguen más de doce mil personas.

—¡Morgana! —grita Tamara desde la cocina.

Escucha a su madre como si la tuviese al lado. La pared que separa la cocina del dormitorio es de yeso, así que los sonidos la atraviesan sin dificultad. Se la instaló José, cuando vivía con ellas. Morgana lo quería mucho. Fue él quien se ofreció a cambiarle la pared de corcho, que ya estaba arqueada por el tiempo, la humedad y la mala colocación, por esa de yeso, más firme y duradera.

José fue la pareja que más tiempo estuvo con Tamara, y muchas veces lo extraña. Más ahora, que el novio de su madre es ese repugnante de Román.

—¡Voooy! —le contesta, mientras se viste a toda velocidad, dejándose el bikini turquesa debajo.

No es que quiera ocultarle a su mamá lo que hace: está segura de que no le importaría. Pero no quiere ni seguir pasando frío ni —sobre todo— correr el riesgo de que el novio de Tamara la vea, si es que está en la casa. ¡A veces es tan sigiloso!

Se asoma a la cocina y advierte, aliviada, que su madre está sola. De espaldas a ella, la observa: una mujer joven, de calzas imitación jean rasgado que no le había visto antes y que sería una prenda más acorde para ella que para su madre. El cabello por los hombros le cae en mechones desparejos, decolorados en las puntas…, el porte algo encorvado, la cintura pequeña, las caderas anchas.

A pesar de que Tamara se vive quejando de su cuerpo, de que tiene grasa, de que ya no es la de antes, de que le están saliendo arrugas alrededor de los ojos, de esto y lo otro, Morgana la ve muy linda.

El penetrante olor a tabaco se le mete por las fosas nasales en un segundo. El cenicero, al lado de su mamá, rebosa de colillas.

Cuando Tamara se da vuelta, con un cigarro en la boca que se quita para exhalar, el brillo del piercing en la nariz acapara la mirada de la hija, que vuelve a pensar en la belleza de ese rostro de mandíbula firme y rasgos armoniosos.

—¿Cuándo me puedo hacer uno yo?

Tamara arquea las cejas y vuelve a inhalar de su cigarro, ahuecando las mejillas. Luego pregunta, con esa voz ronca que la caracteriza, dejando salir el humo de su boca por un costado:

—¿De qué hablás?

Morgana señala el piercing de su madre. Tamara se encoge de hombros.

—Esa no es una respuesta —protesta. 

Su madre se acoda a la mesada, y cruza una pierna delante de la otra:

—No es asunto mío. Es de tu padre.

Se da la vuelta hacia la pileta de la cocina, y agrega dándole la espalda a su hija:

—Es él el botón, no yo.

—¿Y si me lo hago igual?

—Te dijo que no te pagaba más la tarjeta del celular, ¿no? —pregunta, girando levemente la cabeza para mirar a su hija—. Así que por mí hacé lo que quieras. Si no querés tener celular…

—¡Es injusto! ¡Todavía me faltan cuatro años para cumplir los dieciocho!

Entonces Tamara se enfrenta a Morgana, girando todo su cuerpo y apuntándola con el cigarrillo a medio consumir, como si fuese una varita, remarcando cada palabra con movimientos de la mano.

—Es un manipulador, que es distinto. Un prepotente que quiere manejarte como hizo conmigo.

—Pero…

—Pero vos caés siempre en defenderlo, así que a llorar al cuartito. 

Morgana aprieta los labios. No quiere seguir hablando de su papá.

—¿Para qué me llamaste? —pregunta, con voz crispada.

Los ojos chispeantes de su mamá y el tono de burla con el que dijo las siguientes palabras, la alertaron de una posible pelea.

—¿Qué? ¿No puedo decir nada de tu papito que cambiás de tema? 

Decide no enfrentarla.

—Mamá, estoy cansada de escuchar lo mismo… Es mi padre.

—Cuando le conviene es tu padre, sí.

—Bueno, está bien. Lo que digas. ¿Para qué me llamaste?

Tamara apaga el cigarro en el cenicero. Se toma un tiempo antes de decir:

—Estaba pensando en salir esta noche. 

Morgana levanta las cejas, interrogativa:

—¿Y? Es viernes. Salís todos los viernes, y los sábados. ¿Qué hay de distinto?

—No hay nada de distinto. Bueno, sí. Necesito tener algo de… privacidad hoy. Vos te vas recién mañana a lo de tu padre.

—No te sigo, mamá.

—Salgo con Román.

—Hace semanas que salís con él. Dos o tres, por lo menos, ¿no? ¿Y qué?

Tamara hace un gesto con los brazos:

—Esta casa es tan chica que… No sé si está bueno que así, al inicio de una relación, estemos conviviendo tanto los tres.

—No estamos conviviendo.

—Vos siempre andás en la vuelta. Para una pareja es difícil, sobre todo al principio… Él no tiene por qué lidiar con mis responsabilidades —dijo Tamara, despeinándose la nuca en un gesto nervioso.

Su hija asesta el golpe, que le duele como tantos otros, pero no demuestra nada. Es directa:

—¿Te referís a mí?

—Bueno, sí, Morgana. ¡Me refiero a vos! Tengo derecho a hacer mi vida, ¿no? Digo, fui yo la que te crio sola y…

Morgana aprieta los puños, cargada de furia:

—¡Porque no dejaste que papá se acercara más que lo imprescindible! ¡No te quejes ahora!

—¿Estás de su lado, vos?

—¡No estoy de ningún la…!

—¡Malagradecida! —la corta Tamara, colérica, tirando un repasador al suelo.

Morgana cierra los ojos unos segundos y respira hondo. Después, habla pausado:

—A ver, mamá… ¿Me estás diciendo que busque dónde dormir hoy? 

Tamara no contesta.

—¿Es eso? ¿Qué pasó? Hasta ahora se arreglaron bien afuera… ¿Estás pensando en que el tipo ese venga a casa a pasar dos noches seguidas? ¿Va en serio la cosa?

—¿Cómo «el tipo ese»? ¡No le faltes el respeto! ¡Es mi pareja!

—No me gusta. 

Ella ríe, con sorna.

—No te tiene que gustar a vos. Me tiene que gustar a mí —afirma, apuntándose el pecho con el dedo pulgar—. Y además, no te pregunté nada.

—Tiene una mirada rara. 

Tamara pone los ojos en blanco:

—Vos siempre, pero siempre coartando mi felicidad, ¿no? Desde que me embaracé, ¡chau!

Morgana hace un último esfuerzo por mantener la paz:

—Quedate tranquila. Voy a llamar a papá, a ver si puedo ir con él. Si es que él no tiene planes, claro. Y si no…, ya veré.

—Uy, la pobrecita… Mirá que la sacrificada acá soy yo, que laburo todo el santo día para que no te falte nada, porque la miseria que pasa tu papi no da ni para…

Morgana levanta las palmas de las manos, y dice, con firmeza, antes de dar la vuelta y salir de la cocina viciada de humo:

—Gracias por todo lo que hacés por mí. En serio.

Tamara vio alejarse a su hija. ¡Lo que daría ella por tener ese cuerpazo otra vez! El embarazo la había destrozado. Su esencia verdadera se escondía detrás de esos pequeños pero insistentes rollos de grasa que se acumulaban en sus caderas.

Cuando conoció a Sergio, el padre de Morgana, sabía que lo tenía en la palma de una mano. En ese entonces, tenía el poder de seducir con la mirada y el cuerpo. Nadie se lo había enseñado, por supuesto. Bueno, eso no era del todo cierto. En el orfanato compartió la niñez y la adolescencia con otras chicas. Algunas entraron de más grandes y venían con experiencias, que compartían a la noche, cuando las luces se apagaban.

Contaban historias de amores prohibidos y Tamara escuchaba con atención desde su cama con sábanas casi transparentes de tanto uso. Se acomodaba el camisón heredado de alguien y se acodaba en la almohada a escuchar y soñar con la vida fuera de esas paredes que la contuvieron hasta entonces.

Odiaba la ropa heredada. Odiaba esas bolsas gigantes de prendas y zapatos que la gente, en su afán de expiar culpas, donaban a la institución. Ropa vieja y fea. Gastadísima. A veces, incluso sin lavar siquiera.

A varios de esos los vio, claro. Y a otros no. Los donantes anónimos, les llamaban. Se los imaginaba bien vestidos, con la cabeza gacha, en un gesto de falsa modestia diciéndoles a sus amigos: «Es lo mínimo que podemos hacer, ayudar a esas desgraciadas», «Son cosas que si bien no son caras tienen un significado para nosotros, pero ellas las necesitan más», «Mis hijos crecen tan rápido que es una pena que alguien no aproveche estas prendas que están tan sanas».

Y se suponía que ellas, las destinatarias, debían estar agradecidas. Besar los pies de los atentos colaboradores que se habían apartado una hora de su valioso tiempo para «sacrificar» las sobras y enviarlas al orfanato. ¡Gracias, gracias!

También se tenían que bancar a otra gente de ese tipo, con grandes necesidades de seguir expiando culpas, en fechas clave: el Día del Niño o en la Navidad, se aparecían con regalos que, a simple vista, todos sabían que eran juguetes usados. Y además hacían un chocolate o una merienda compartida para sacarse fotos y mostrarlas en los trabajos o a sus familias como el gran acto de sus espíritus bondadosos. Daban asco.

Algunas de sus compañeras soñaban con familias perfectas. A muchas las adoptaron. Nadie nunca la quiso a ella. Así que el interés de Tamara fue variando. A medida que se hacía mayor, más soñaba con vivir la vida, y eso para ella significaba salir a bailar, divertirse, comprarse ropa y estrenarla. ¿Qué se sentiría ...