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AUGUSTO

Esteban Valenti  

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Fragmento

I

Ese mes de agosto en Montevideo hizo mucho frío y la madrugada en que Augusto vino al mundo la lluvia era intensa. Fue un parto difícil, en el sanatorio mutual de la avenida Garibaldi. Pero al fin nació un niño bastante gordito, con sus cuatro kilos cincuenta gramos; un poco cabezón, pero nada extraordinario.

Ni su madre, tampoco su padre —que como lo había hecho en los nacimientos de dos hijos anteriores, se rehusó a estar presente en el parto— ni los profesionales que atendieron el alumbramiento podían suponer, ni lejanamente, que el niño que había llegado al mundo, en unos años, lo cambiaría de raíz.

El bebé, como si hubiera salido de un forcejeo interminable y quisiera anunciar su irrupción terrena, sin necesidad de ninguna palmadita lanzó un fuerte grito y se puso a llorar con envidiable energía. Ninguno de los presentes sabía entonces que aquel bebito chillón venía dotado de ciento cincuenta millones de neuronas, casi el doble que los normales ochenta y seis millones que tienen los comunes mortales.

En ese momento tampoco se supo que sería capaz de utilizar, simultáneamente, mucho más que el diez por ciento requerido y rotativo de células nerviosas empleadas por el Homo sapiens, lo que han venido haciendo desde siempre los de esta especie. Menos aún se podía nadie imaginar que Augusto tendría en pocos años un coeficiente intelectual de quinientos, el más elevado desde que se tiene memoria, y un registro superior, incluso, al del matemático computacional Adragon De Mello, que tiene cuatrocientos.

La noche del nacimiento y los días subsiguientes transcurrieron con normalidad. Cuando unas cuantas mañanas después les dieron el alta del sanatorio y se aprontaban para regresar a casa, le intentaron colocar una de las gorritas heredadas de su hermano; se suscitó entonces un ligero inconveniente, pero al final la cabecita de Augusto entró en el gorro de lana amarilla, porque la lana tejida puede ser muy elástica.

El nombre lo había elegido el padre, luego de muchas discusiones con Lidia, la mamá; pero considerando que ella había elegido los nombres de sus dos hijos mayores, el progenitor logró su objetivo y le pusieron Augusto.

Así nomás, un único nombre pelado, no como su homónimo remoto, el gran emperador romano que se llamaba, en realidad, Gaius Octavius Turinus, Gaius Iulius Caesar Octavianus, Imperator Caesar, Divi filius, Augustus. Al bebé solo le quedó el final: Augusto.

No lo precedía ningún linaje imperial. Lidia, la madre, era enfermera titulada, nieta de emigrantes gallegos. Su abuelo había trabajado cuarenta años en una compañía de transporte urbano, hasta que conquistó la respetable condición de dueño de un ómnibus entero, un viejo y rendidor Leyland que alcanzó a recorrer la venerable distancia de un millón trescientos mil kilómetros. El padre de Augusto, Marcelo, era maestro de escuela.

Los parientes italianos se remontaban a cuatro generaciones. La primera pareja que llegó al país, proveniente de Génova, estaba ya casada antes de venir y tenía contactos en Uruguay, lo que le permitió instalarse y prosperar rápido. Es decir, llegar a tener una sastrería de ropa de medida para hombre en la Ciudad Vieja de Montevideo.

Los Alfieri López eran, pues, descendientes de emigrantes españoles e italianos, como más del ochenta por ciento de la población uruguaya. Por fortuna para el bebé, su padre y su madre gozaban de buena sensibilidad para la lectura, y habían acumulado y heredado una discreta biblioteca. Por otra parte, su abuelo paterno era amante de la ópera y les había legado una vitrola y muchos discos del bel canto. Los libros y los discos se amontonaban en tres ambientes de la casita, situada en el balneario El Pinar de la llamada Costa de Oro, en el departamento de Canelones. Allí vivían desde que se casaron. Había varios muebles que consistían en bibliotecas y discotecas totalmente desordenadas, cuyo sistema básico de almacenamiento era por orden de llegada o de caída.

Al final de su vida, cuando Augusto se preguntó con extremo rigor si no hubiera preferido utilizar sus muchas habilidades en algo más provechoso para sí mismo y su familia, en lugar de haber hecho tanto esfuerzo por cambiar radicalmente al mundo provocando zarandeos del carajo, se repitió la respuesta que había pensado desde hacía más de seis décadas, al igual que su admirado Florentino Ariza, el protagonista de El amor en tiempos del cólera, su novela preferida de García Márquez: Lo volvería a hacer, en todas las vidas.

Gracias al ahorro de muchos años, la familia Alfieri López había logrado comprar un Fiat 600 usado, y unos días después de que naciera Augusto, emprendieron el viaje en el autito desde el sanatorio hasta su domicilio. Por suerte, por ser domingo el tráfico era bastante escaso. No llovió y era una buena señal; la suerte o los dioses los amparaban, porque el limpiaparabrisas izquierdo estaba roto y hubiera sido un inconveniente desplazarse sin ver bien la ruta. En el viaje, Amelia y Fernando, los dos hermanitos de tres y seis años respectivamente, se encargaron de agregar diversión y música propia al recorrido. Lo normal.

A partir de aquellos días memorables todo sucedió con cierto vértigo. A los seis meses, Augusto no solo caminaba sino que hablaba con la misma cantidad de palabras que su hermano mayor, y era evidente que asimilaba vocablos nuevos todos los días. Los padres, divertidos, hablaban entre ellos apelando a todos sus conocimientos del lenguaje, y el bebé incorporaba los términos que oía a su léxico, comprendiendo a la perfección el significado de cada frase.

Cuando le festejaron el primer cumpleaños en una reunión con los parientes más cercanos, todos celebraron los prodigios de ese niño que, si bien había salido algo cabezón, no era aquel un detalle que no se pudiera resolver con una gorra adecuada. Todos se divertían con su parloteo y sus ocurrencias, y sus hermanitos, que al principio estaban bastante celosos de toda la atención que recibía el menor de ellos, ya se habían acostumbrado. Pero esto no ocurrió por iniciativa de los hermanos, sino porque Augusto enseguida percibió que debía conquistarlos. Y lo hizo: los tenía absolutamente de su lado, ya que les enseñó diversas monerías para que se lucieran también ellos.

Los padres ya habían comenzado a averiguar dónde podían enviar a estudiar al hijo prodigio, luego de la primera incursión al médico, cuando abrumaron al niño con preguntas y le reclamaron que demostrara sus capacidades excepcionales. Aunque la demostración no fue tan fácil. En presencia de extraños el bebé se «normalizaba», dejaba de lado sus discursos y sus complicados razonamientos, y actuaba como un niño de su edad. Al principio los padres se sorprendieron, pero lentamente la situación entró a formar parte de la cotidianidad de la familia. Más que nada porque Augusto no solo hablaba empleando un léxico de adulto sino porque además razonaba, en muchos casos, con una madurez superior a la de sus padres. Les dijo bien claro que él iría a los diferentes tipos de escuelas normales, compartiría su aprendizaje con niños de su edad, y que no quería ni hablar de pisar una escuela para niños superdotados. Fin del asunto.

Luego de cursar el preescolar, donde pasó sus tres primeros años sin sobresaltos y sin llamar la atención —bueno, sí lo hizo un poco al comienzo, hasta que conoció cuál era el nivel promedio y se adaptó con soltura—, entró a la escuela y tuvo buenas notas en todas las materias, aunque no fueron para nada llamativas. Al cumplir doce años fue al liceo público de la zona, donde tuvo una escolaridad y calificaciones muy buenas pero nada especiales. Fue promovido todos los años con un promedio de once. Como si él mismo lo programara.

Lo diferente era que ya con diez años de edad había leído prácticamente toda la biblioteca de su casa y organizado su temario; había también completado diversos cursos por Internet, inscribiéndose siempre con nombres y edades falsos. Así, al cumplir once años era un avanzado matemático especializado en computación; pero también había estudiado ocho idiomas, cada uno camuflado bajo seudónimos diferentes. Así que, además de leer y escribir en español con suficiencia, con idéntica habilidad manejaba el inglés, el chino, el francés, el árabe, el hebreo y el ruso. Como una distracción estudiaba latín y griego, pero no con la misma constancia.

A pesar de su verdadera devoción por las matemáticas —en sus niveles más complejos e incluida su historia, ya que consideraba a esas ciencias exactas como la base de la civilización—, era también un aplicado estudiante permanente de historia universal. Pero elegía con gran precisión los períodos históricos y no seguía un orden cronológico. Tenía, sí, un prolijo esquema de la evolución de las diversas corrientes civilizatorias y evitaba con tenacidad seguir la línea de las occidentales. Buscaba integrar esa cronología general a todas las grandes civilizaciones, incluidas las del oriente, del medio oriente y las africanas. Leía a una velocidad tres y cuatro veces superior a la media, y para evitar que esa actividad, que le insumía desde los seis años varias horas del día, le afectara la vista, había conseguido determinado tipo de lentes. Por otra parte, a diario hacía sus ejercicios físicos para mantenerse en forma. No era un buen deportista y nunca quiso serlo, pero pronto pasó a ser un imbatible jugador de ajedrez; lo consideraba un ejercicio lógico-matemático imprescindible, pleno de ingenio, de trampas y de audacia. Competía por Internet con lejanos adversarios de mucho prestigio. Cuando él quería, se dejaba ganar. No participaba en torneos.

Entre sus ejercicios y sus juegos electrónicos figuraban diversas disciplinas de defensa y ataque; se había concentrado en el Karate, el Kung-fu y el Krav magá. A los once años, con un peso de cincuenta kilos, una altura de un metro cincuenta y ocho centímetros y una cabeza algo grandecita, ya era un combatiente formidable. Casi nunca utilizó esos conocimientos en la escuela o contra ninguno de sus amigos del vecindario. Sin embargo, estaba seguro de que alguna vez tendría que hacer uso de esas disciplinas a lo largo de su vida. Practicaba organizadamente aquellas artes marciales y estudiaba su filosofía y su profundo sentido, hasta en la más reciente de todas ellas, la que utilizan las fuerzas especiales israelíes.

Adoptó la costumbre de realizar largas caminatas por su barrio y corría cada mañana, sin importarle el clima. Con sol, frío, calor o en una tormentosa jornada de lluvia, él recorría calles invariablemente durante sesenta minutos, siete días por semana. Aprovechaba ese tiempo para pensar, y entre los árboles de El Pinar surgieron algunos de sus planes más osados.

Era un lector incansable de la prensa a través de Internet, y desde los ocho años, cuando incorporó esa costumbre, no dejó un solo día de revisar los principales medios noticiosos digitales o de seguir algunos canales de televisión de diversos países a través de la red.

A los doce años, decidió que la complicada situación económica de su familia debía cambiar. Los sueldos de sus dos padres apenas alcanzaban para cubrir los gastos de la casa y de una vida austera. Para los planes que venía trazando desde hacía varios meses, tenía claro que el dinero era algo no solo necesario sino imprescindible. Ese no podía ser su límite.

Con la única tarjeta de crédito de su padre, que había sacado para viajar a Buenos Aires, se inscribió en un torneo de póker en Internet. Luego se lo explicaría a su progenitor. Lo cierto es que al final del mes la tarjeta registraba un crédito de once mil seiscientos dólares: una fortuna para los Alfieri López. Habló pausadamente con Marcelo, su padre, y le explicó que necesitaba acumular un pequeño capital para poner en marcha una empresita familiar que les permitiera resolver sus continuos apremios económicos.

Con esos primeros once mil seiscientos dólares, realizó una serie de inversiones en la bolsa electrónica, siempre con mucho cuidado. Su constante preocupación era no llamar la atención. Esa fue su obsesión. Lo cierto es que en seis meses sus ganancias habían superado los doscientos cincuenta mil dólares. Y se detuvo.

Un domingo salió con su padre a comprar pan y algunos bizcochos a pocas cuadras de su casita, en un negocio situado en la avenida Giannattasio. Resultaba notorio que la Panadería y Confitería El Hornero no estaba siendo muy próspera. Había pocos clientes, los productos eran de escasa calidad. Cuando volvían a su casa, situada a seis cuadras, Augusto le propuso al padre que compraran esa panadería.

En las tratativas previas a la compra participaron ambos. El que lleva

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