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ASí HABLó EL CAMBISTA

Juan E. Gruber  

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Fragmento

AGRADECIMIENTO

Diego Arocena (hijo) colaboró en la creación de esta novela aun antes de haber sido empezada. Sin su estímulo y sin su palabra de aliento, posiblemente yo no la hubiera escrito o hubiera esperado (¿algo?… ¿qué?), vaya uno a saber durante cuánto tiempo todavía. Hice caso también a su insistencia en publicarla antes de otras que ya tenía escritas y él conocía muy bien.

A medida que mi trabajo adelantaba, D. Arocena no solo corregía el manuscrito de Así habló el cambista, sino que también insinuaba anécdotas, aconsejaba cortes y narraba sus propias experiencias de hijo de este país y de esta ciudad. Nuestro diálogo permitió que aquel “pillaje sistemático” de la vida uruguaya y argentina se enriqueciera con relatos de acontecimientos reales, confundidos en la trama para dar mayor verosimilitud a mi ficción. Él estuvo siempre presente con un comentario sagaz y palabra feliz. Sus ironías y hasta algún sarcasmo señalaron frecuentemente los límites de tolerancia que un autor puede esperar de sus lectores. Complementó además generosamente su aprecio por esta obra, al hacerse cargo en forma personal del meticuloso control de los originales, respetando en todas sus intervenciones mi manera de pensar y de escribir. En todo caso, lo bueno, lo regular y lo malo que aquí queda impreso corre en forma exclusiva por mi cuenta. Debo agradecerle, muy especialmente, que a lo largo de casi un año de colaboración jamás intentó inmiscuirse en lo que era estrictamente mío. Tuvo, para mí, el gran mérito de haber sabido dejar las cosas tal como yo las pienso y las manifiesto. De allí arranca el íntimo sentido de este reconocimiento.

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EL AUTOR

PRIMERA
PARTE

CAPÍTULO I

Pese a ser yo alguien que tiene que recorrer el mundo, o por lo menos hacer repetidos viajes a determinadas y lejanas ciudades, tengo que admitir que prefiero quedarme en la mía propia, lugar este al que sin embargo tanto critico: Montevideo.

Nunca ha dejado de sorprenderme cuántas personas conocen o por lo menos saben algo de Uruguay. Me refiero a quienes por alguna razón han estado aquí, tienen un amigo en el país o un pariente en el interior, tienen dinero depositado aquí, nos venden o nos compran algo, trabajan en un banco que presta dinero a nuestro gobierno, tienen un empleado uruguayo, trabajan para una línea de aviación que hace escala en el Aeropuerto de Carrasco, coleccionan nuestros sellos, hacen escala camino a Buenos Aires, visitan los balnearios, ven jugar a nuestros equipos de fútbol, o sustentan todavía la idea obsoleta de que aún somos o hemos sido la Suiza de América.

Será porque “Dios los cría y ellos se juntan”, o porque soy corredor de cambios en la plaza de Montevideo con corresponsales en todo el mundo, lo cierto es que dondequiera que voy siempre hay gente que algo tiene que ver con nosotros, y siempre gravita hacia mí y viceversa.

Me he encontrado en el extranjero hablando con gente que conoce nuestro país con el resultado de que a los dos minutos ya estábamos conversando animadamente en inglés sobre un amigo común.

El hecho de ser yo corredor de bolsa me pone en contacto con personas o empresas que de alguna manera se comunican con Montevideo, plaza que sirve de embudo para sigilosas incursiones de un cierto sector poco reputado, digamos marginal de las economías brasileñas y argentinas, amén de otras menos notorias. Aquí podemos otorgar un certificado de nacimiento (o renacimiento), a dineros generados ilegalmente o con fraudes cometidos en cualquier parte.

Entonces no hay que sorprenderse. En todos mis viajes me encuentro con alguien interesado o vinculado a nuestra ciudad, o por lo menos interesado en los servicios que esta le puede ofrecer. Aunque recién empleé la palabra fraude, no quiero decir con ello que los dueños de estas fortunas sean necesariamente quienes han despojado a alguien. Pueden ser también poseedores de dinero ganado honestamente, pero con algún olor a impuesto impago, lo que es muy, pero muy distinto del fraude.

Me alegra entonces que haya tanta gente que nos conoce; porque además de entender mejor la naturaleza de mi oficio, podrán apreciar, aunque nunca hayan estado aquí, por lo menos un carácter importante de nuestra ciudad y la mentalidad de alguna gente, entre la que estamos los de nuestro gremio.

Y un detalle más. Somos un permanente surtidor de billetes de banco que habitantes de países vecinos vienen a buscar aquí, o nosotros mismos nos encargamos de entregarles a domicilio. Como habrá seguramente quienes tendrán alguna dificultad para entender por qué, por ejemplo, conseguimos vender un dólar por un dólar y diez céntimos, creo que el asunto merece algún breve comentario. Es lo más cercano al milagro de los panes que haya visto en mi vida. El auténtico “milagro uruguayo”.

Ocurre que durante decenios los argentinos y brasileños prefirieron guardar sus ahorros, reservas y economías en cualquier otra cosa que en su propia moneda y sus propios bancos. Quienes no disponen de sofisticadas cuentas en centros financieros “serios”, como suelen designarse los de Estados Unidos y por lo menos los de algunos países europeos, lo hacen atesorando billetes de banco. También una generación entera creció sin haber conocido la venta legal —en volumen suficiente— de billetes de banco para algo tan natural como podría ser un simple viaje.

Sería ocioso explicar que allende los mares nuestras monedas sirven solo para chistes de music hall. También un cheque emitido en nuestra propia plata o la de nuestros vecinos causa hilaridad a los empleados de, digamos, American Express, Cook o Union des Banques Suisses, aunque en general los suizos (es mi experiencia) raras veces se ríen. Claro que tampoco pagarán un cheque emitido en pesos argentinos, cóndores de los Andes o cruzeiros nuevos; pero si el monto es suficiente, apuntarán el nombre y la dirección de su dueño. A los pocos meses enviarán un juicioso funcionario que tratará de convencerlo para que en el futuro les entregue la administración de sus cuentas después de transferirlas —en una moneda que merezca el nombre de tal— a una sucursal en Nueva York o, si prefiere, directamente a Zúrich.

Como resultado de esta situación, aquí estamos nosotros, los cambistas uruguayos, profesionales y amateurs, siempre dispuestos a llevar allende el río billetes de banco para venderlos por más de lo que está indicado en su anverso. Nosotros trabajamos como los dueños de stock de una mercadería que de vez en cuando escasea.

En Buenos Aires cada tanto se les acaban los billetes de dólares, y es precisamente entonces cuando, contra un giro efectuado a nuestras cuentas en el exterior, se los llevamos, cobrándoles de un cinco a un diez por ciento más caro por el servicio. Para eso los guardamos.

Igual a una empresa hidroeléctrica que día y noche produce energía, los cambistas tenemos un mecanismo que funciona casi permanentemente y con poco esfuerzo nos permite hacer este milagro. Basta con cruzar un río al sur o al oeste, y a veces solo una calle o una línea divisoria imaginaria del norte, cuando el negocio se hace con Brasil.

En realidad, no soy corredor de cambios, sino cambista. No sé si los diccionarios distinguen estos matices, porque tampoco hay entre nosotros una definición clara. En mi opinión, un corredor cambia legal o ilegalmente una moneda por otra, mientras que un cambista es algo así como un distribuidor-mayorista que mantiene distintas divisas en sus propias cuentas. El cambista también es una especie de banquero clandestino con depósitos, pago y cobro de intereses, préstamos, capital en giro importante y un sistema perfeccionado para que las autoridades no descubran esta actividad y los clientes se aprovechen de ella.

Pero, por supuesto, no todo el mundo utiliza en el Río de la Plata nuestros tan eficaces servicios. Nos ocurre lo mismo que a las bellezas de la noche que tanto se quejan de la competencia que les hacen las amateurs.

* * *

Ese día empezó mal, cuando ya al despertar me di cuenta de que llovía.

Debía ir al aeropuerto, un lugar que tiene la particularidad de que el público que espera a algún pasajero debe estar parado a la intemperie en la calzada de un rond-point donde circulan automóviles y ómnibus. Los diseñadores, o quienes hicieron la última de una serie de remodelaciones, demostraron una gran falta de conocimiento en materia de flujo de pasajeros, vehículos y maleteros, que se ven obligados prácticamente a atropellar a la gente con sus carritos de mano.

La sola idea de ir allí me crispa los nervios, especialmente cuando llueve.

De cualquier manera, tampoco se trataba de un viaje mío ni de la llegada de alguien. ¡Ríanse, mis amigos! Se trataba de llevar cartas a la oficina de correos situada allí. ¿Me preguntarán por qué no echo las cartas simplemente en un buzón? ¡Oh, ingenuos! Desde hace treinta años la correspondencia se lleva al aeropuerto para que, dentro de lo posible, uno pueda verla colocada en un saco postal. Se usan también correos particulares que, por algún medio propio, la hacen llegar a destino dentro de un plazo razonable y sin peligro de perderse.

Es verdad que desde hace algún tiempo la situación ha mejorado. ¡No sé! No seré yo quien corra riesgos. Soy cambista, y el uso del correo es para mí algo así como el aire que respiro. Todo lo que hago termina fatalmente en una carta a un banco, a un cliente, a otro cambista. El control de todos los asuntos relativos a mi negocio tiene como punto clave extractos de cuentas, notas de débito, cartas con instrucciones, cheques…

No soy ingenuo. Desde luego que, aquí, en Uruguay, en la ciudad de Montevideo, no recibo las cartas importantes. Aquí ni siquiera llevo mi contabilidad. Los cambistas uruguayos fuimos perseguidos por nuestras propias autoridades durante años. Ahora todo eso pasó a la historia; hace poco se legalizó la existencia de casas de cambio. El que quiere vende, el que quiere compra, siempre y cuando lleve planillas de las transacciones, cumpla otros trámites, y sus libros y registros estén a disposición de distintos organismos oficiales. A mis clientes eso no les sirve. La sola idea de un Estado capaz de verificar movimientos y saldos de sus cuentas los llevaría a trasladar sin demora su dinero a cualquier otro lado. Los argentinos y brasileños, en su mayoría, necesitan un cambista… un banco clandestino en realidad, y eso sí está prohibido.

Soy dueño de un confortable escritorio en una de las más prestigiosas calles de nuestra city, distrito financiero cuya medianía y pequeñas dimensiones lo colocarían entre las plazas de menor importancia, si no fuera que, por una serie de circunstancias políticas, lo hemos convertido en captor de fondos que escapan —como ya lo dije— al control fiscal de quienes suelen legislar o gobernar la economía en estas zonas del globo.

Mi escritorio se divide en tres ambientes: un gran salón, lugar de trabajo de mis empleados, una salita de espera y, en el fondo, mi propio despacho agradablemente alfombrado y decorado con dos excelentes reproducciones de Murillo en las paredes estucadas. Hay también un subsuelo donde a veces trabajan algunos empleados, pero cuya finalidad es servir de acceso a un cuarto blindado, una verdadera caja fuerte de banco con impresionante puerta de hierro y sistema de reloj. Este mecanismo debería permitir el acceso al tesoro en ciertas horas solamente, pero no funciona. La puerta se abre en cualquier momento con el simple uso de la combinación y un par de llaves.

La idea de una instalación de relojes, que solo permitiera abrir la caja en determinados horarios, tuvo su origen en el período durante el cual las autoridades se ensañaron con nuestro gremio. Solían ir a buscarnos a casa por la noche o a la madrugada para interrogarnos sobre nuestro, por entonces, ilegal comercio de divisas. Parte del procedimiento acostumbrado era un viaje en coche policial al escritorio del sospechoso para verificar el contenido de su caja de caudales. Nunca guardé allí nada que pudiera haber sido de interés, y menos aún probatorio de mi actividad al servicio de fondos que contravenían los reglamentos, pero, de cualquier manera, se me había ocurrido que poder alegar la imposibilidad de abrir mi caja fuerte en determinadas horas serviría para que no me interrumpieran el sueño. Tonto, ¿no? Había comprado la “puerta reloj” en un remate donde se vendían restos de la demolición de un antiguo edificio que, en su época, supo albergar una casa bancaria del imperio alemán. Quedé encantado con la gruesa puerta marca Wertheim en cuanto la vi. Estéticamente era un adefesio fin du siècle, jugendstil o si quieren art nouveau que había adquirido la pátina de los años y probablemente valga hoy su peso en oro. De cualquier manera, soy de esas personas que siempre caen víctimas de impulsos irresistibles para terminar comprando las cosas más insólitas en los remates.

Pasaron tantos años desde la instalación de la Wertheim en mi tesoro que a esta altura ya ni sé si el mecanismo de reloj estaba roto cuando la compré o se estropeó en mi escritorio. Podría ser incluso que mis colaboradores y yo lo desconectáramos por temor a que su vetusta maquinaria nos jugara un día una mala pasada.

Tanto mi local como el de mis colegas tienen características comunes, a saber: una vidriera a la calle con números de la lotería nacional; un pequeño mostrador para público más modesto que juega a la quiniela; un par de mostradores más, dedicados a actividades como las de las agencias de viajes; y en el fondo, una ventanilla de cambios donde atendemos tanto a viajeros llegados del exterior, como al miniturismo compuesto por los habitantes de esta ciudad que frecuentemente van o vienen a los países vecinos para comprar de todo a precios más bajos. Traen aquí un contrabando hormiga que, según las épocas, las autoridades toleran con tranquila benevolencia. También tenemos en la oficina una sección dotada de personal idóneo para tramitar asuntos relativos al pago de importaciones y exportaciones. Los reglamentos vigentes obligan a utilizar los servicios de un corredor de cambios, comisionista que así se asegura un ingreso bastante generoso a base del simple llenado de formularios y planillas más o menos engorrosos. Tanto los formularios como sus servicios son absolutamente superfluos debido al hecho de no existir un mercado real donde comprar y vender monedas extranjeras, cuyo valor fijan para estos casos las autoridades financieras.

Mi caja de caudales reflejó siempre nuestra actividad, digamos legal. En aquel espacio tan espléndidamente protegido por el arte de la más exquisita cerrajería alemana, paredes reforzadas con hierro y hasta un sistema de ventilación, no se guarda gran cosa. Algún dinero de última hora que no llega a tiempo para llevarlo al banco, formularios de pasajes en blanco y algunos valores de bolsa. Su única finalidad era vestir esa caja fuerte para caso de inspección.

Todo empezó pues aquel lluvioso día con el viaje al aeropuerto, cuando casi destrocé mi automóvil en un pozo abierto en el medio de la calle por vaya uno a saber cuál de nuestros malditos servicios públicos, esos que se atribuyen el derecho de abrir brechas, cavar zanjas, trincheras y cunetas que de un día para otro cortan veredas, calles, avenidas y carreteras.

En este caso se trataba de una trampa de más de un metro de ancho, bastante profunda, con filosos bordes de hormigón cortado con martillo neumático. Para colmo estaba llena de agua, producto de la lluvia caída la noche anterior, lo que la hacía perfectamente invisible.

Debido al extravío de nuestra legislación, creo que tenemos aquí los autos más caros del mundo; digamos de Occidente.

Es por ello que la permanente sensación de manejar algo tan valioso nos hace desarrollar alguna sintonía especial con el vehículo en sí. Cada herida que recibe el auto se traduce en un dolor casi físico para quien se ve obligado a dedicar una proporción insensata de sus ingresos con el fin de poder adquirirlo y mantenerlo.

El tumbo del cual les hablaba sonó como un verdadero mazazo. El auto gimió. Se oyó un chillido obsceno de metal sometido a fuerzas para las cuales no estaba preparado. Las cubiertas golpearon con un sordo quejido contra los cantos del bache y mientras una taza rodaba enloquecida hacia la vereda, entrechocaban piezas, partes, trozos y artefactos. El volante se me escapó de las manos y por un segundo volé por el aire. Finalmente, el auto paró, gracias a Dios.

Experimenté una sensación parecida a la que precede al vómito. Bajé del auto y recogí la taza. Repentinamente sentí que las lágrimas estaban por desbordarme. Me invadió, además, una impotente rabia frente al maldito pozo excavado por alguien, por orden de alguien, o contra alguien tal vez. Todo ello sin colocar un aviso, por supuesto. Vaya uno a saber durante cuántos días irían a destrozarse autos aquí. Heme pues tratando de recuperar el ritmo de mi respiración, de controlar simultáneamente los latidos del corazón y el deseo de estallar en lágrimas ante la realidad de un país donde puede ocurrir que algún servicio público se sienta con derecho a destrozar impunemente una calle, sin pensar en organizar una cosa tan simple como la sincronización de tareas, en forma tal que cuando se abre un agujero en una de ellas haya quien lo tape o, por lo menos, le coloque un cartel avisador. ¡Es humillante!

Parado en la calzada completamente desierta, cercano al límite de la ciudad, entre el parque de un cuartel y un inmenso basural empecé a gritar improperios. Así nomás. Al tuntún. Soplaba el viento. Más allá del humo despedido por inmundicias que camiones volcadores con aspecto de animales antediluvianos descargaban para rellenar un terreno baldío, podía ver el agitado mar. Las oscuras nubes de tormenta parecían enormes rodillos de acero. Brillaba un sol muy débil. Sentí el nauseabundo olor y rápidamente volví a sentarme en mi automóvil. Así empezó aquel día.

* * *

En general hago lo posible para no viajar más allá de nuestras fronteras —ya dije que no me gusta mucho—, salvo alguna incursión a los que ahora se denominan “países limítrofes” y que hace unos años simplemente se designaban como Brasil y Argentina.

Mi aversión hacia los viajes tiene su origen en el hecho de que allá por 1957, hace más de veinte años, hice unos cuantos como chalequero.

¡Me cuesta decirlo! ¿Por qué? Simplemente porque el denominador común más bajo en lo que se refiere al comercio de divisas y oro es un chalequero que, como la palabra lo indica, transporta su mercadería secretamente en un chaleco especialmente diseñado; se trata de billetes de banco, oro y monedas (generalmente mexicanas) del mismo metal. Aunque nunca tuve problemas, adquirí tal aversión que hoy día, si alguno de mis negocios exige este tipo de transporte clandestino, simplemente lo cedo a un colega contra una minúscula participación en la ganancia.

Fue hace más de veinte años que el patrón me llamó una tarde a su despacho y como si fuera cosa perfectamente sobreentendida me informó que había llegado mi turno de llevar el chaleco. Esto ocurrió unos dos años después de mi ingreso en la empresa.

Se trataba de un aspecto de las actividades de la casa que, si no acá, por lo menos en algún lado del recorrido del chalequero tenía algo de ilegal. Si no, ¿por qué mandarlo a uno?

No estoy seguro, pero creo que en la época de la cual estamos hablando la cosa también era ilegal en Uruguay. De cualquier manera, entre nosotros, los empleados, se comentaba libremente el hecho de que tal o cual funcionario llevara oro o billetes de banco o de otro país. A su regreso el feliz viajero nos contaba con lujo de detalles cómo y dónde había sido recibido, lo que había hecho y visto. En un caso especialmente desagradable supe de uno que había tenido que permanecer un año en un repugnante presidio de la India, después de haber sido arrestado no bien bajó del avión de la línea escandinava en el cual viajaba. Este fue un caso terrible, ya que el pobre individuo contrajo allá un par de enfermedades infecciosas, mientras cumplía su condena en una celda desaseada, donde la temperatura, según él, nunca bajó de cuarenta grados. Aunque dudo que haya tenido un termómetro para medirla.

Un viaje por Sudamérica se recompensaba con hasta seis meses de sueldo adicional, a Europa o Estados Unidos con tres y a Asia con nueve. Regía también una tarifa para el caso de ir preso —todo se calculaba de antemano—, y era proporcional al período de detención y al grado de confort existente en el medio donde el infeliz mensajero tenía que cumplirla.

* * *

Quisiera poder reflejar, aunque más no fuera en forma imperfecta, una característica muy típica de la mentalidad de nuestra gente. Se trata de un matiz que quienes viven en otras condiciones o latitudes y se rigen por otros estatutos jamás podrán entender. Me refiero al hecho de haberse desarrollado aquí una filosofía especial respecto a las leyes y su cumplimiento. Los uruguayos consideramos que hay dos tipos de ellas: las de cumplimiento obligatorio, y las que hay que cumplir solamente en el caso de que exista el peligro de ser descubiertos transgrediéndolas; y además —lo que no es menos importante—, que el castigo sea o desagradable o más oneroso que el beneficio que nos reportaría cometer el fraude.

¡Qué memoria tan corta tenemos!

Los tiempos han cambiado aquí a un punto tal que nos cuesta ahora, después de cinco o seis años, recordar que teníamos que recurrir al mercado negro para comprar carne, aceite, comestibles y azúcar, sin hablar de un sinnúmero de artículos de consumo que en distintas épocas desaparecían de las estanterías. Nos habíamos criado así, en un ambiente donde lo ilegal formaba una parte pequeña pero ineludible de nuestra vida diaria… consumo de artículos de contrabando… compras sin factura para evitar el impuesto a la venta o, sencillamente, para conseguir algo debajo de la mesa… empleo clandestino de personal para cualquier tarea, en el afán de evitar aportes para la seguridad social y… y paremos aquí.

No es de sorprenderse, entonces, que me pareciera perfectamente legítimo, lógico y nada vergonzoso ser empleado de una empresa donde sistemáticamente se violaban las disposiciones (cretinas) sobre el movimiento de fondos (imprescindible en muchos casos) y la compraventa de metales preciosos (fuente de nuestros sueldos). De cualquier manera, una temporadita en la cárcel, en Montevideo por lo menos, podía compararse a algo tan poco grave como un atraso en el pago de facturas. Desde el punto de vista de la molestia, no era más desagradable que una fractura del peroné en un partido de fútbol dominguero. En la cárcel existían sistemas para disfrutar de un cuarto o hasta de un apartamento —según me dijeron— con baño bastante confortable. La estadía en el presidio podía convertirse en una aburrida pero no tan penosa aventura. A lo largo de los años, tantos amigos han pasado por esta experiencia (y hasta yo mismo) que el proceso penal ha perdido el efecto disuasivo. Por lo menos en nuestro gremio.

Pero en fin… no era tampoco algo para jactarse, especialmente cuando uno debía tratar con banqueros anglosajones que se asemejan a pastores de la iglesia protestante, aunque es bueno saber que mucho nos equivocamos al juzgarlos a todos por igual e imaginar que su anglosajonismo les concede olor de santidad. En todas partes se cuecen habas, y es fácil comprobar cómo los tan mentados banqueros de los países serios han desarrollado a lo largo de los años la antipática técnica que enlentece las órdenes de pago y también el pago de cheques. Lo hacen con tal regularidad que resulta harto evidente su intención de retener y usar un ratito más nuestro dinero. ¿O lo harán solamente con clientes provenientes de nuestras latitudes? ¿Será posible que cuando alguna de estas desopilantes y gigantescas empresas como la General No sé Cuánto les manda un cheque tardan también quince días o un mes en reaccionar? Mmmm…

No estoy abonado al The Economist, empiezo por decirles, pero un amigo y discreto cliente tiene la gentileza de dejar en mi casa de vez en cuando algún número atrasado que a la postre sirve para adornar mi salita de espera.

Así recibí el ejemplar correspondiente al 7 de setiembre de 1978. La casualidad quiso que la revista viniera doblada en forma tal que lo primero que noté fue, en la página 86, un gracioso dibujo en el cual un señor calvo, vestido con saco y corbata, remaba en un barquito ya casi hundido, llevando en la popa una caja medio sumergida en las aguas con la palabra “Rands” escrita en su tapa. Del mar sobresalía una especie de indicador con una flecha y las palabras “A Suiza” en grandes letras.

Ahora bien, el rand es la moneda de Sudáfrica, y una de las cosas que sabemos de Sudáfrica es que su economía es firme como una roca, su moneda tan dura como el diamante y que en caso de necesidad los sudafricanos no tienen más que mandar unos negros a las minas para que les traigan más oro, mientras el resto del mundo se encarga de hacer que semanalmente el noble metal experimente sensibles subas de precio.

Puede ser que ahora sepamos mucho más sobre Sudáfrica porque la prensa mundial se encarga de criticarla con cierta regularidad, y porque se ha puesto de moda hacer viajes turísticos, opinar del apartheid y suspirar por aquel cirujano que sustituye corazones defectuosos. Mi mujer, por ejemplo, recorrió durante veintitrés días ciudades, parques nacionales y algún que otro museo con su club de bridge. Admito que hasta entonces no me había dado cuenta de lo cerca que quedaba aquel país. Al fin y al cabo, el viaje dura menos de la mitad del tiempo requerido para llegar a Europa. Por razones aparentemente políticas el gobierno sudafricano está llevando aviones llenos de gente que, por sumas relativamente modestas, hace un tour de lujo y vuelve con un cuero de cebra y una pulsera de pelo de elefante.

Jamás habíamos dudado de que la vida del sudafricano (blanco, por supuesto) era algo envidiable. Esta gente habita un país tres o cuatro veces del tamaño del nuestro. Son apenas un millón más que nosotros; explotan oro y diamantes con una mano de obra barata, compuesta aproximadamente de tres negros por cada blanco. ¿Riqueza? ¿Bienestar? Aparentemente no tanto.

El artículo que rodea la ilustración en The Economist se titula: “El cobarde dinero se escapa por la pista de las gallinas”, y cuenta con lujo de detalles cómo en la república sudafricana se impusieron estrictas leyes prohibiendo el envío de capitales al exterior. “Papita pa’l loro”, dijo un esclarecido colega restregándose las manos cuando le traduje el artículo.

¡Tal parece que estamos en casa, señores!

La revista describe cómo los hombres de negocios, y hasta las modestas amas de casa, también, se las ingenian para evadir estas leyes. Relata cómo el máximo ejecutivo de la empresa líder en materia de transportes tuvo que pagar una astronómica multa. Cuenta cómo el presidente de aquella misma empresa se cortó las arterias de la garganta después de que la Policía vino a hablarle. Sigue informando cómo grandes compañías despidieron a una serie de ejecutivos que se tomaron libertades con sus remesas; cómo el presidente de la Asociación de Cámaras de Comercio de Sudáfrica está preso en Suiza por cometer fraudes con cheques de viajero, y cómo el fundador de uno de los grandes bancos sudafricanos también se encuentra preso por transgredir las leyes referentes al negocio de divisas. Agréguese a todo ello una serie de ejemplos más, que van desde los problemas de un fuerte armador, y los de un conocidísimo auditor (¡nada menos!), hasta el de una señora que giró alguna pequeña suma a un pariente en Portugal, y podrán ir formándose un panorama harto parecido al que tuvimos nosotros.

¿Y a todo esto qué hace el gobierno sudafricano? ¿Habrá tomado acaso algún curso en Montevideo, Buenos Aires o Brasilia? Porque, señores, miren que están haciendo por aquellas tierras los mismos disparates que se hicieron en su momento en las nuestras, como por ejemplo, y siempre según The Economist, denunciar a la gente que saca dinero del país, tildándolos de “saboteadores económicos”.

Hay muchas maneras de sacarlo —incluso a remo, como sugiere el semanario inglés—; la más simple consiste en comprar otra moneda que se le deposita al comprador en cuentas en cualquier parte del mundo —especialmente bancos suizos o norteamericanos—, mientras que los rands permanecen en Sudáfrica para ser entregados a su vez a los turistas que acuden allí desde todos los lugares del mundo (entrega hecha en forma muy discreta, claro está) y que precisamente en todos los lugares del mundo han sido pagados antes de emprender el viaje.

Cuando yo era un imberbe, un viajero que iba a Europa después de la guerra hacía lo mismo. Generalmente eran los porteros de la embajada los encargados de pagar en cada capital lo que se había contratado previamente en el país desde donde salía el turista. Recuerdo haber oído decir que el de la embajada uruguaya en París era más conocido entre nosotros que el propio presidente de la República. Por lo menos en medios cambiarios y entre los que viajaban al Viejo Mundo.

Por eso les digo que todo esto suena a algo que conocemos todos.

Pero por supuesto que hay más en Sudáfrica, como ser la prohibición de mantener cuentas en bancos del exterior, o el límite fijado a una ridícula cantidad de dinero con la que un viajero puede salir del país; encima de eso se creó un mecanismo por el cual la moneda extranjera se le vende prácticamente en la fecha de salida y solo a quien posee pasaporte y pasaje válido. Todo ello ha desembocado en la creación de un sistema burocrático para poder verificar en los manifiestos, bancos y oficinas de viaje que no se compra la moneda extranjera para después abandonar la idea de irse.

Los únicos países que han sido medianamente capaces de obligar a sus ciudadanos a cumplir en materia cambiaria parece que fueron los países de la zona llamada “mundo socialista”. Allí hasta hace muy poco se fusilaba a los transgresores de las reglas. ¡Tiempos pasados! (¿Progreso?), porque en la mismísima Moscú, ahora, no bien llega un turista los nativos se las ingenian para pagarle por sus dólares unos cuantos rublos más de lo que se le paga en el mercado oficial.

Lo que dice The Economist suena a música del cielo en mis oídos de uruguayo y cambista. Realmente creo que debería abrir una sucursal en Sudáfrica, porque hasta ahora siempre he pensado que solo entre nosotros se cometían maniobras tan burdas como eso de recurrir a subfacturación de exportaciones, sobrefacturación de importaciones, falsos gastos de viaje y falsas remesas a familiares de ultramar, que es lo que la revista en cuestión nos cuenta.

¡Pero, muchachos! Empiecen por pagarnos derechos de autor, y después vengan por aquí que les enseñaremos un montón de trucos más. También podemos predecir a Uds. cuál va a ser su futuro. The Economist ya lo insinúa cuando dice que el punto final de cualquier actividad competitiva que involucra grandes sumas de dinero y se lleva al margen de la ley, o sea sin las garantías que una sociedad civilizada ofrece, es el crimen. Porque, aunque les parezca que no, cuando un sector importante decide abandonar el abrigo de sus garantías jurídicas y entregarse a manos de organizaciones clandestinas, en última instancia no tiene más remedio que regirse por la ley de la selva.

“Abundan rumores” —continúa The Economist— “de que el asesinato del Sr. Robert Smith, exembajador ante el Fondo Monetario Internacional y candidato a legislador por el Partido Nacionalista, fue consecuencia de habérsele descubierto alguna siniestra implicancia con el contrabando de divisas. La chismografía vincula a algunos políticos al sistemático fraude en materia de monedas extranjeras”.

Quizás el gemido más expresivo, el grito de dolor más significativo se puede encontrar en la siguiente frase de la revista en cuestión:

“El Banco Central confesó hace poco en Sudáfrica que la razón por la cual se produce la fuga del dinero es la incertidumbre política…”

A lo cual yo, cambista uruguayo, veterano chalequero, puedo agregar solamente un sonoro y bien sentido “¡Amén!”.

Dicen que un ángel depositó en el umbral de la casa habitada por Haendel la partitura de “El Mesías”, puesto que, si no, mal podría explicarse cómo pudo hacer para componer semejante obra en algo así como dos o tres semanas. Pues bien, seguramente otro ciudadano celeste me envió a mí la mencionada publicación, y así, en pocos minutos, pude volver a recordar vívidamente todas las angustias, peligros y consecuencias del sistema, y hasta llegué a entrever algo en esta materia que me cuesta nombrar: la muerte.

Yo tampoco en quince días hubiera podido aclararles todo esto sin la oportuna ayuda de la revista. Además, con tan nítidas y autorizadas manifestaciones, tan coincidentes con lo que ocurrió aquí mismo, mis compatriotas, que en su mayoría se caracterizan por una memoria deficiente y selectiva, no tendrán más remedio que recordar lo que en Uruguay significó tanto la inseguridad política como el desquicio económico que fue su efecto. ¿O causa? A esta altura, ni yo recuerdo más, pero sí me alegro de que lo diga esta revista; porque, si no, habría quienes podrían tildarme de exagerado, truculento, sensacionalista. ¡No, señor! Hasta The Economist pinta los colores sombríos del tráfico de dinero y las circunstancias que lo acompañan.

La muerte merodea en los recovecos del mundo de las finanzas clandestinas, créanmelo. Cuando todos los demás instrumentos de exhortación no dan resultado, solo la amenaza de caer víctima de un homicidio puede servir como elemento de persuasión para quien ha empezado a vivir al margen de la ley.

¿Creen Uds. que podría ser de otra manera?

Pero estas no eran consideraciones que hace veinte años podían inquietar a un aprendiz. Uno simplemente no pensaba en algunos aspectos de la vida, y por eso tan valiosos resultábamos para un avezado cambista como mi patrón, quien, sin grandes preámbulos, y como si se tratara de un asunto corriente (lo era), trajo una mañana varios chalecos. Algunos eran de color gris perla, otros bordó, y hasta uno ostentaba un interesante color verde gris a cuadros.

Me paré frente al espejo; tenía la sensación de alguien que está por elegir una prenda en el probador de ropa de confección de una tienda.

En nuestra vestimenta, el chaleco como tal había dejado de ser algo corriente (en invierno usábamos un pulóver debajo del saco), pero confieso que el que me alcanzó mi jefe no carecía de cierta elegancia. En el forro de seda tenía una media docena de cierres relámpago que escondían bolsillos de un tamaño más reducido de lo que me hubiera imaginado. Yo pensaba que un chaleco de chalequero se parecía a esas prendas a prueba de balas que veíamos en las películas policiales o simplemente a un salvavidas.

Colocamos en los bolsillos algunas barras de oro que parecían trozos de cartón estrechos y alargados, aunque muy pesadas en relación con su tamaño. Pusimos también cincuenta monedas y un respetable rollo de billetes de banco, y así emprendí mi primer viaje en avión a San Pablo, que transcurrió exento de acontecimientos notables. Era época de invierno y no llamaba la atención un joven vestido correctamente con un conjunto gris y chaleco bordó.

¿Así que los sudafricanos también?

No puedo menos que sentir una honda e íntima satisfacción. Para nosotros los empresarios uruguayos, brasileños y argentinos tan humillados… no; humillados no es la palabra… tan, digamos, acomplejados…

¡Y ahora también ellos, esos anglosajones, holandeses con cabello rubio, ojos azules y una moneda de la que siempre se dice que “vale oro”!

Puede ser que por lo menos en Sudáfrica esta gente no esté expuesta como nosotros a reventar su automóvil en una zanja, pero en lo demás ¡cómo nos estamos pareciendo!

Sospecho que el deterioro de la administración pública de un país, o sea el deterioro de un país, es el resultado directo de la necesidad de vivir engañando al fisco y a las autoridades. Sospecho que por ahí se llega a otros deterioros, incluso el de las calles; tiene lógica. Esperen nomás, ya van a empezar a llegar las noticias.

Cuando una gran parte de la economía pasa a manos de operadores clandestinos, estos adquieren tal importancia que terminan por penetrar todas las actividades incluyendo sectores del gobierno. Se resquebraja a este nivel la moral; a la larga, los más atrevidos y crápulas van desplazando de sus cargos a la gente de bien, o —por lo menos— la llevan a una silenciosa y resignada impotencia.

Creo sinceramente que este fue a lo largo de muchos años el proceso de descomposición nuestro. No puedo juzgar más que por los hechos que se me relatan. Desde que tengo conciencia de estos fenómenos, o sea desde mi época de secundaria, no he visto aquí otra cosa que mala administración, lo que también se manifestaba en calles rotas, pésimos servicios y un permanente fraude al fisco y autoridades monetarias por parte de los desesperados habitantes del país. Supongo que si algo aquí funcionó bien, tiene que haber sido hace mucho tiempo. Antes, incluso, de que —según se me contó— un presidente de la República torciera el trazado de una avenida para que pasara por los portones de su casa quinta, otro diseñara una carretera para ir en línea recta a su estancia y no sé cuál impidiera que el tranvía eléctrico llegase al loteo del balneario de Carrasco porque le hubiera molestado en la venta de sus propios terrenos en otra de las playas montevideanas. Parece que nuestro modo de ser nos lleva a recordar lo bueno y olvidar lo malo. Así se crean leyendas, como por ejemplo la que hasta hace poco establecía que nuestra moneda valía oro, que todos los miembros del gobierno, pese a las anécdotas contadas, eran gente de altísima moral, y que nuestras calles, servicios públicos, escuelas, hospitales y todo lo demás tocado por la marmórea mano de estos verdaderos monumentos ambulantes se acercaba a una ejemplar perfección.

La causa del desmoronamiento habría sido, según me dijeron mis mentores, nuestra propia generación que abandonó, siempre según ellos, los “valores heredados de nuestros padres”. Una historia más vieja que el mundo.

En fin, no voy a seguir con este tema, pero, señores sudafricanos, vayan instalando más talleres para reparación de sus autos… La falta de mantenimiento de la cosa pública sigue fatalmente a la fuga de capitales, y ustedes van a tener —también fatalmente— que mantener muy cuidadosamente sus automóviles…

CAPÍTULO II

Nunca me he sentido cómodo al mencionar o siquiera recordar a Moacyr Souza Luque da Fonseca Caiado, por la simple razón de que Moacyr, cuando lo conocí, era un jagunço, nombre que según me dijeron significaba en el Brasil, o por lo menos en el estado de Paraná, que alguien era algo así como un asesino a sueldo. Este personaje se incrustó en mi memoria hace unos doce años, cuando se me ocurrió que, después de todo, en mi negocio, ¿eh?… ¿quién sabe?… Ya que me presentaron uno… ¿No?

No quiero desmenuzar mis principios morales ni mis distintos estados de ánimo respecto de Moacyr. Si la perspectiva de hoy me hace juzgar que el solo pensar en emplear a un asesino es ser también un asesino, entonces debo reconocer que mi desmoronamiento moral se inició hace algo así como una docena de años, cuando, en vez de irme (aunque estábamos volando en aquel momento, así que hubiera sido difícil), escuché sin protestar la historia que me contó mi anfitrión. Peor; cuando más tarde me presentaron al matón… ¿Qué duda cabe?… Pero no lo hice.

Es menester que lo repita. Hoy pienso que mi error fue no decirle en 1965 a aquel empresario brasileño, dueño de bosques e industrias, que él mismo era un asesino, que no deseaba atender más sus negocios ni verlo en mi escritorio porque no me gustaba la idea de ganar dinero manejando fondos de alguien capaz de enviar un matón para solucionar ciertos problemas en el funcionamiento de su empresa.

Un hombre que mata o manda matar no se convierte en asesino recién cuando la bala mortífera hace contacto con la carne de su víctima, sino cuando no rechaza con repugnancia la idea de que puede existir un caso justificado de muerte a mano armada, salvo, claro está, el de legítima defensa. Yo no solamente no la rechacé entonces, sino que incluso el incidente me pareció muy pintoresco y hasta interesante.

Nosotros, los uruguayos, tenemos a veces ciertos puntos de vista muy especiales cuando se trata del Brasil. No nos sorprende ya por ejemplo demasiado, como tampoco en este caso me sorprendió a mí, el hecho de que un industrial civilizado pueda contarnos que usa los servicios de un matador.

Cuando ofreció presentármelo sentí una especie de curiosidad malsana, porque, al fin y al cabo, iba finalmente a ver un matón de verdad, aunque esto no era tan exactamente así. Después de todo, en la cárcel había visto por lo menos una docena de homicidas. Pero era algo distinto; para empezar estaban presos, lo que de alguna manera neutralizaba la imagen. Además, nuestros asesinos autóctonos, comparados con los matones profesionales al servicio de una empresa, parecen unos pobres diablos que merecen casi tanta conmiseración como sus propias víctimas. En fin, puede que exagere, pero algo de eso hay.

El dueño de la fábrica en cuestión era uno de los tantos clientes traídos a mi firma por nuestro corresponsal en San Pablo, aunque él residía en Curitiba. Se trataba de un hombre de fortuna, sumamente cordial, emprendedor, e indudablemente muy capaz.

Durante un viaje en automóvil a través del Brasil, esta vez con toda la familia y sin chaleco, pernoctamos en Curitiba, donde él nos atendió con el despilfarro característico de los nuevos ricos de su país. Al día siguiente ofreció llevarme en avioneta a la planta que estaba en aquel momento construyendo en pleno bosque. Gudrun se quedó con los chicos en la ciudad, probablemente haciendo compra ...