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ASí HABLó EL CAMBISTA

Juan E. Gruber  

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Fragmento

AGRADECIMIENTO

Diego Arocena (hijo) colaboró en la creación de esta novela aun antes de haber sido empezada. Sin su estímulo y sin su palabra de aliento, posiblemente yo no la hubiera escrito o hubiera esperado (¿algo?… ¿qué?), vaya uno a saber durante cuánto tiempo todavía. Hice caso también a su insistencia en publicarla antes de otras que ya tenía escritas y él conocía muy bien.

A medida que mi trabajo adelantaba, D. Arocena no solo corregía el manuscrito de Así habló el cambista, sino que también insinuaba anécdotas, aconsejaba cortes y narraba sus propias experiencias de hijo de este país y de esta ciudad. Nuestro diálogo permitió que aquel “pillaje sistemático” de la vida uruguaya y argentina se enriqueciera con relatos de acontecimientos reales, confundidos en la trama para dar mayor verosimilitud a mi ficción. Él estuvo siempre presente con un comentario sagaz y palabra feliz. Sus ironías y hasta algún sarcasmo señalaron frecuentemente los límites de tolerancia que un autor puede esperar de sus lectores. Complementó además generosamente su aprecio por esta obra, al hacerse cargo en forma personal del meticuloso control de los originales, respetando en todas sus intervenciones mi manera de pensar y de escribir. En todo caso, lo bueno, lo regular y lo malo que aquí queda impreso corre en forma exclusiva por mi cuenta. Debo agradecerle, muy especialmente, que a lo largo de casi un año de colaboración jamás intentó inmiscuirse en lo que era estrictamente mío. Tuvo, para mí, el gran mérito de haber sabido dejar las cosas tal como yo las pienso y las manifiesto. De allí arranca el íntimo sentido de este reconocimiento.

EL AUTOR

PRIMERA
PARTE

CAPÍTULO I

Pese a ser yo alguien que tiene que recorrer el mundo, o por lo menos hacer repetidos viajes a determinadas y lejanas ciudades, tengo que admitir que prefiero quedarme en la mía propia, lugar este al que sin embargo tanto critico: Montevideo.

Nunca ha dejado de sorprenderme cuántas personas conocen o por lo menos saben algo de Uruguay. Me refiero a quienes por alguna razón han estado aquí, tienen un amigo en el país o un pariente en el interior, tienen dinero depositado aquí, nos venden o nos compran algo, trabajan en un banco que presta dinero a nuestro gobierno, tienen un empleado uruguayo, trabajan para una línea de aviación que hace escala en el Aeropuerto de Carrasco, coleccionan nuestros sellos, hacen escala camino a Buenos Aires, visitan los balnearios, ven jugar a nuestros equipos de fútbol, o sustentan todavía la idea obsoleta de que aún somos o hemos sido la Suiza de América.

Será porque “Dios los cría y ellos se juntan”, o porque soy corredor de cambios en la plaza de Montevideo con corresponsales en todo el mundo, lo cierto es que dondequiera que voy siempre hay gente que algo tiene que ver con nosotros, y siempre gravita hacia mí y viceversa.

Me he encontrado en el extranjero hablando con gente que conoce nuestro país con el resultado de que a los dos minutos ya estábamos conversando animadamente en inglés sobre un amigo común.

El hecho de ser yo corredor de bolsa me pone en contacto con personas o empresas que de alguna manera se comunican con Montevideo, plaza que sirve de embudo para sigilosas incursiones de un cierto sector poco reputado, digamos marginal de las economías brasileñas y argentinas, amén de otras menos notorias. Aquí podemos otorgar un certificado de nacimiento (o renacimiento), a dineros generados ilegalmente o con fraudes cometidos en cualquier parte.

Entonces no hay que sorprenderse. En todos mis viajes me encuentro con alguien interesado o vinculado a nuestra ciudad, o por lo menos interesado en los servicios que esta le puede ofrecer. Aunque recién empleé la palabra fraude, no quiero decir con ello que los dueños de estas fortunas sean necesariamente quienes han despojado a alguien. Pueden ser también poseedores de dinero ganado honestamente, pero con algún olor a impuesto impago, lo que es muy, pero muy distinto del fraude.

Me alegra entonces que haya tanta gente que nos conoce; porque además de entender mejor la naturaleza de mi oficio, podrán apreciar, aunque nunca hayan estado aquí, por lo menos un carácter importante de nuestra ciudad y la mentalidad de alguna gente, entre la que estamos los de nuestro gremio.

Y un detalle más. Somos un permanente surtidor de billetes de banco que habitantes de países vecinos vienen a buscar aquí, o nosotros mismos nos encargamos de entregarles a domicilio. Como habrá seguramente quienes tendrán alguna dificultad para entender por qué, por ejemplo, conseguimos vender un dólar por un dólar y diez céntimos, creo que el asunto merece algún breve comentario. Es lo más cercano al milagro de los panes que haya visto en mi vida. El auténtico “milagro uruguayo”.

Ocurre que durante decenios los argentinos y brasileños prefirieron guardar sus ahorros, reservas y economías en cualquier otra cosa que en su propia moneda y sus propios bancos. Quienes no disponen de sofisticadas cuentas en centros financieros “serios”, como suelen designarse los de Estados Unidos y por lo menos los de algunos países europeos, lo hacen atesorando billetes de banco. También una generación entera creció sin haber conocido la venta legal —en volumen suficiente— de billetes de banco para algo tan natural como podría ser un simple viaje.

Sería ocioso explicar que allende los mares nuestras monedas sirven solo para chistes de music hall. También un cheque emitido en nuestra propia plata o la de nuestros vecinos causa hilaridad a los empleados de, digamos, American Express, Cook o Union des Banques Suisses, aunque en general los suizos (es mi experiencia) raras veces se ríen. Claro que tampoco pagarán un cheque emitido en pesos argentinos, cóndores de los Andes o cruzeiros nuevos; pero si el monto es suficiente, apuntarán el nombre y la dirección de su dueño. A los pocos meses enviarán un juicioso funcionario que tratará de convencerlo para que en el futuro les entregue la administración de sus cuentas después de transferirlas —en una moneda que merezca el nombre de tal— a una sucursal en Nueva York o, si prefiere, directamente a Zúrich.

Como resultado de esta situación, aquí estamos nosotros, los cambistas uruguayos, profesionales y amateurs, siempre dispuestos a llevar allende el río billetes de banco para venderlos por más de lo que está indicado en su anverso. Nosotros trabajamos como los dueños de stock de una mercadería que de vez en cuando escasea.

En Buenos Aires cada tanto se les acaban los billetes de dólares, y es precisamente entonces cuando, contra un giro efectuado a nuestras cuentas en el exterior, se los llevamos, cobrándoles de un cinco a un diez por ciento más caro por el servicio. Para eso los guardamos.

Igual a una empresa hidroeléctrica que día y noche produce energía, los cambistas tenemos un mecanismo que funciona casi permanentemente y con poco esfuerzo nos permite hacer este milagro. Basta con cruzar un río al sur o al oeste, y a veces solo una calle o una línea divisoria imaginaria del norte, cuando el negocio se hace con Brasil.

En realidad, no soy corredor de cambios, sino cambista. No sé si los diccionarios distinguen estos matices, porque tampoco hay entre nosotros una definición clara. En mi opinión, un corredor cambia legal o ilegalmente una moneda por otra, mientras que un cambista es algo así como un distribuidor-mayorista que mantiene distintas divisas en sus propias cuentas. El cambista también es una especie de banquero clandestino con depósitos, pago y cobro de intereses, préstamos, capital en giro importante y un sistema perfeccionado para que las autoridades no descubran esta actividad y los clientes se aprovechen de ella.

Pero, por supuesto, no todo el mundo utiliza en el Río de la Plata nuestros tan eficaces servicios. Nos ocurre lo mismo que a las bellezas de la noche que tanto se quejan de la competencia que les hacen las amateurs.

* * *

Ese día empezó mal, cuando ya al despertar me di cuenta de que llovía.

Debía ir al aeropuerto, un lugar que tiene la particularidad de que el público que espera a algún pasajero debe estar parado a la intemperie en la calzada de un rond-point donde circulan automóviles y ómnibus. Los diseñadores, o quienes hicieron la última de una serie de remodelaciones, demostraron una gran falta de conocimiento en materia de flujo de pasajeros, vehículos y maleteros, que se ven obligados prácticamente a atropellar a la gente con sus carritos de mano.

La sola idea de ir allí me crispa los nervios, especialmente cuando llueve.

De cualquier manera, tampoco se trataba de un viaje mío ni de la llegada de alguien. ¡Ríanse, mis amigos! Se trataba de llevar cartas a la oficina de correos situada allí. ¿Me preguntarán por qué no echo las cartas simplemente en un buzón? ¡Oh, ingenuos! Desde hace treinta años la correspondencia se lleva al aeropuerto para que, dentro de lo posible, uno pueda verla colocada en un saco postal. Se usan también correos particulares que, por algún medio propio, la hacen llegar a destino dentro de un plazo razonable y sin peligro de perderse.

Es verdad que desde hace algún tiempo la situación ha mejorado. ¡No sé! No seré yo quien corra riesgos. Soy cambista, y el uso del correo es para mí algo así como el aire que respiro. Todo lo que hago termina fatalmente en una carta a un banco, a un cliente, a otro cambista. El control de todos los asuntos relativos a mi negocio tiene como punto clave extractos de cuentas, notas de débito, cartas con instrucciones, cheques…

No soy ingenuo. Desde luego que, aquí, en Uruguay, en la ciudad de Montevideo, no recibo las cartas importantes. Aquí ni siquiera llevo mi contabilidad. Los cambistas uruguayos fuimos perseguidos por nuestras propias autoridades durante años. Ahora todo eso pasó a la historia; hace poco se legalizó la existencia de casas de cambio. El que quiere vende, el que quiere compra, siempre y cuando lleve planillas de las transacciones, cumpla otros trámites, y sus libros y registros estén a disposición de distintos organismos oficiales. A mis clientes eso no les sirve. La sola idea de un Estado capaz de verificar movimientos y saldos de sus cuentas los llevaría a trasladar sin demora su dinero a cualquier otro lado. Los argentinos y brasileños, en su mayoría, necesitan un cambista… un banco clandestino en realidad, y eso sí está prohibido.

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