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ASí ES COMO SE MATA

Mirko Zilahy  

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Fragmento

¿Cómo, ay cómo, oh naturaleza, no te duele el corazón al arrancar al amigo de los brazos del amigo, al hermano del hermano, al padre de su prole, al amante de su amor; y muerto el uno, al otro en vida conservar? ¿Cómo pudiste hacer necesario tanto dolor en nosotros, que sobreviva amando el mortal al mortal? Pero de la naturaleza nada en sus actos de nuestro mal o nuestro bien se cuida.

GIACOMO LEOPARDI, Sobre un antiguo bajorrelieve sepulcral

Por mi parte, prefiero comenzar con el análisis de un efecto. […] me digo en primer lugar: «De entre los innumerables efectos o impresiones de que son susceptibles el corazón, el intelecto o (más generalmente) el alma, ¿cuál elegiré en esta ocasión?».

EDGAR ALLAN POE, Filosofía de la composición [1]

Corrupta, sabe fingirse piadosa; espléndidamente deforme, impone la coherencia sádica de la sintaxis; irreal, nos ofrece fingidas e inconsumibles epifanías ilusionistas. Carente de sentimientos, los usa todos.

GIORGIO MANGANELLI, La literatura como mentira

La única forma de mentira que está absolutamente fuera de reproche es la de mentir por mentir, y su manifestación más alta es, como ya hemos señalado, la Mentira en el Arte. […] La revelación final es que la Mentira, contar cosas bellas y falsas, es el objetivo del propio Arte.

OSCAR WILDE, La decadencia de la mentira [2]

El primer sentido que lo abandona, en cuanto la llamarada hirviente lo embiste como un gancho, es la vista. Las pestañas se evaporan al instante y los globos oculares palpitan. Se tambalea. Las paredes remolinean en un sofocante torbellino. Las llamas atacan el algodón que se adhiere de inmediato a la piel. Hieren la carne, desgarran los músculos, despellejan los nervios. Luego, uno tras otro, los demás sentidos se desmigajan. Un silbido agudo le inunda los tímpanos y todo parece oscilar. Es incapaz de inhalar oxígeno porque las llamas que se elevan de la ropa invaden sus fosas nasales y serpentean por el conducto nasal, subiendo hasta el cerebro. Abre la boca para respirar, para gritar, pero el fuego le cuece el paladar, le abrasa la lengua. Se le desliza dentro.

Inesperado como una gélida ráfaga de viento, algo lo agarra y lo empuja lejos. Algo que lo envuelve rápido como en el capullo de una enorme viuda negra. «¿Será este el último abrazo del fuego?», se pregunta un momento antes de desplomarse al suelo.

El impacto es duro, sucio, cenagoso. Cae, rueda, impulsado por esa fuerza invisible. La humedad empapa el calor de la piel y es como si se convirtiera en una cáscara de arcilla. Está sellado en esa crisálida de barro seco y percibe los primeros temblores, los espasmos de la vida que transmigra.

Después todo se apaga.

Se despierta reclinado sobre la cadera, abre lo que le queda del párpado izquierdo y desplaza apenas el iris del ojo izquierdo hacia arriba. Más allá del marco de la puerta, la pantalla reza las 07:13.

Respira con esfuerzo, esboza pequeños movimientos, minúsculos sorbos de aire. La piel de los brazos, de la cara, del pecho, le cruje como si fuera de cartón piedra. Se le escapa un golpe de tos y se le desencajan los ojos en el espasmo de dolor. Allí, a su lado, en el barro resecado por las llamas, hay otra cara quemada.

¿Estará soñando?

Es una pesadilla, dolorosa y real. Incluso la piel del cráneo está abrasada, hecha pergamino. Trata de abrir la boca, pero cuando los labios se ensanchan el calor lo invade. Los pulmones se elevan y la piel del pecho chasquea como plástico de embalaje entre los dedos de un niño aburrido. El aire que por fin logra respirar es fuego líquido.

El rostro manchado de negro que se encuentra allí, a pocas decenas de centímetros, ahora se levanta. Se acerca. Lo observa mientras él permanece quieto, incapaz de reaccionar. Esa cara se inclina, se tiende sobre su pecho y así se queda. Escucha su respiración incierta, sondea los latidos de su corazón exhausto durante unos segundos hasta que esos ojos se alejan de nuevo.

¿Quién es?

La carne le palpita por doquier como si lo hubieran arrojado al cráter humeante de un volcán. No puede concentrarse en un solo espasmo. La multiplicidad simultánea del dolor lo agota, lo clava a su loca desesperación.

¿Se estará volviendo loco?

De la boca se le escapan sílabas sin sentido, carentes de energía, gorgoteos de una voz áfona y leve.

—¿Por qué?

No puede creérselo, esa es su voz. El rostro se aparta de su pecho, se eleva y se echa hacia atrás.

Cuando por fin la otra cara se da la vuelta y desaparece, sus ojos resecos se velan de lágrimas. Consigue contarlas. Dos, tres, cuatro, cinco. Se deslizan por sus mejillas abrasadas antes de que desde el fondo de la garganta emerja, como desde un pozo negro de dolor, un absurdo gemido salmódico.

Primera parte

ENRICO MANCINI

1.

Roma, lunes 1 de septiembre, por la noche

Por encima del alto enrejado de acero, el disco frío de la luna quedaba desenfocado por el agua que el cielo descargaba sobre la ciudad. A orillas del Tíber, entre los escombros de la antigua planta industrial Mira Lanza, una sombra se movió en la maraña de arbustos. Por el suelo, las huellas de miles de idas y venidas, arriba y abajo, desde el refugio del paseo fluvial Gassman hasta la calle. A paso ligero y con el cuerpo inclinado hacia delante, se ocultaba de las miradas de las ventanas que daban a las ruinas encerradas entre el río y los edificios de viale Marconi.

Hacía frío esa noche. Estaba empapado y hambriento, y se había alejado de su guarida, por la calle, hasta el restaurante de comida rápida de via Stradivari, en busca de sobras o de alguna moneda. Pero la lluvia de principios de septiembre había dejado a la gente metida en casa y aquel día no había un solo cliente. De modo que dio la vuelta por detrás y pidió un bocadillo al gordo de la gorra roja absorto en dar las últimas caladas a un Camel sin filtro. Antes de que pudiera insistir, el otro, el rapado, con una cerveza en la mano y una camiseta negra, le había gritado:

—¿Otra vez aquí? ¡Lárgate, gitano de mierda!

El chico se percató del mal cariz de la situación y se volvió para alejarse. Pero esas carcajadas y el golpe en la espalda, un momento antes de que la botella se hiciera añicos en el suelo, le dejaron paralizado un instante. Después, sin pensárselo, se marchó a la carrera, bajo la lluvia, tras darse la vuelta con sus piernas sucias y delgadas. En el puente de hierro no giró de inmediato a la derecha para lanzarse a la espesura de los arbustos familiares, sino que prevaleció la rabia de volver a casa derrotado, y cruzó el puente. Tras tomar por el camino de grava, llegó hasta las planchas que rodeaban las eternas obras del puerto fluvial.

Y entró.

La lluvia se adensaba velando la luz de la luna detrás del esqueleto del enorme Gasómetro. Bañados por la claridad plateada, los pernos, las coronas móviles, las vigas anulares y las membranas neumáticas transformaban la elevada estructura metálica en un monstruo mitad edificio y mitad artefacto, vestido con una gélida trama de acero. Las gotas de agua, atrapadas en suspensión y atravesadas por el pálido resplandor, difuminaban sus bordes, dando la impresión de que aquel absurdo volumen cilíndrico estaba a punto de moverse, enroscándose sobre sí mismo.

Protegido por tres pequeños gasómetros gemelos y un sinfín de construcciones de cemento en ruinas, el coloso de hierro vigilaba el meandro del Tíber que ochenta años antes había albergado la mayor planta industrial activa en la ciudad. Las fábricas del gas, la central termoeléctrica y la antigua aduana hallaban su contrapunto, al otro lado del río, en los armazones descarnados y en la chimenea de ladrillo de la fábrica de jabón, en el depósito de trigo del Consorcio Agrícola y en los Molinos Biondi, definitivamente abandonados.

A corta distancia, en el lado derecho, la ribera descendía unos diez metros hasta el follaje, justo debajo de la superficie del agua. Después del asfixiante calor de agosto, las lluvias de la semana anterior habían elevado rápidamente el nivel del agua, y ahora el río mostraba su crecida. Corría, de un verde sucio, azotando los márgenes y los pilares del puente de hierro. Tres pálidas construcciones de tejados oscuros e inclinados y ventanas tapiadas con tablones de madera se plantaban ante él. Los cruzó y se encontró frente a los imponentes edificios color arena de los antiguos Almacenes Generales, atentos y silenciosos como mastines en reposo.

Se dirigió al más cercano en busca de refugio y, cuando estuvo bajo la marquesina, recobró el aliento, alzando la mirada hacia el edificio desde el que arrancaban dos enormes brazos de acero que superaban la orilla del río. Eran los puentes grúa que en tiempos sostenían los gigantescos cabrestantes utilizados para cargar mercancías y carbón en las barcazas.

Mientras la lluvia amainaba, sucumbió a la curiosidad y dejó atrás el refugio para adentrarse entre las estructuras esqueléticas sumergidas en la penumbra. A la izquierda descollaban dos torretas de hormigón armado coronadas por grandes tanques cilíndricos, unas construcciones de hierro y castilletes y cisternas que quién sabe para qué servían. El aire estaba enrarecido y le costaba respirar, pese a las violentas ráfagas que, en algún lugar en la distancia, hacían ondear una campanilla. El sonido del viento y aquel eco lúgubre y sutil le hicieron estremecerse.

Pero él no tenía miedo, dijeran lo que dijeran los chicos de su antiguo campamento, esos dos idiotas con los que se apostaba a quién encontraría más residuos útiles en los contenedores o cuántos coches pasarían entre un semáforo rojo y otro. Después de la muerte de su madre, habían empezado a tomarle el pelo, y a veces lo maltrataban. Le reservaban siempre la parte más difícil en sus trabajillos y lo llamaban «cagueta» porque tenía un miedo atroz a los perros callejeros del campamento. Pero ¿qué podía hacer si lo perseguían ladrando cada vez que iba a mear a la letrina? Por eso, se escapó del campamento en agosto y se trasladó hasta allí, junto al río, escondiéndose entre la maleza de la fábrica

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