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ARDE LA VIDA

Magalí Tajes  

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Fragmento

LA MEMORIA EN LAS BRASAS

La pasión arde en todo lo que hacemos, en todo lo que nos pone de pie y nos echa a andar y nos permite encontrarnos con lo que somos, fragmentado y escondido en los rincones de nuestra propia existencia, en las esquinas de lo cotidiano, en los cajones del presente inquieto. Si tan solo las personas creyéramos en los universos que nos habitan, ya no haría falta tanta ficción para dar con lo maravilloso. Y es del encuentro con lo maravilloso que nacen las historias.

Creo en un tiempo nuevo.

Creo en la era de una Historia emergente, relatada con la voz y con los ojos y con las letras de las otras historias, las historias diminutas que cuentan las mujeres que aman, los hombres sensibles, todas las identidades forzadas a la disidencia, al no encuadrar sus modos en los parámetros de la belleza exigida, del pensamiento embotellado y la opinión de molde.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Creo en el tiempo del relato desde la voz protagónica, desde la verdad personal en la que los dolientes puedan encontrarse y reconocerse y acaso saberse parte de un tejido humano. Una piel para vestir este mundo, que agoniza en carne viva.

Creo (de creer o de crear, qué más da) en el tiempo de los libros vestidos de bits, que se nos meten al pecho por esa ventana electrónica que cabe en la palma de la mano y pretende mostrarnos los trozos del mundo que nos niega la geografía.

Creo en los libros que abrigan el desamparo de una crianza que todavía no sabe que allá, tras las cimas del mandato, justo después del bosque de los prejuicios, hay una otredad que se le parece; un continente habitado por vagabundas soledades que, sin saberlo, se han buscado desde siempre para verse llover los párpados y, de a poquito, perdonar al mundo. Al mundo y al Dios del mundo, que todo lo sabe, pero nada siente; que todo lo impone, pero nada oye.

Pienso un tiempo de voces jóvenes, de tradición y costumbres deconstruidas y relatos paridos en la vereda de enfrente, del lado de la avenida donde comienza el barrio, donde los corazones se cruzan en las esquinas y hacen chispas. Cuánto bien le haría a la ciudad recordar que alguna vez fue barrio, un barrio que de repente se hizo enorme y se olvidó de quererse, porque en sus esquinas ya no chispean corazones, ni en sus plazas enjauladas se cuentan historias de amor.

Y qué poco recuerda sobre el amor la ciudad.

A eso viene Magalí, a devolvernos ese amor que perdimos cuando nos dejamos entretener por el frenesí de lo efímero. Arde la vida es la historia de lo que permanece eterno, inmutable; un lugar seguro al que volver cuando la ciudad se hace demasiado grande. Una verdad diminuta, pero poderosa, que se vuelve escudo y le pone el lomo al filo del desengaño, a los golpes de la desilusión, al garrotazo de la tragedia. Un compendio de imágenes como llamas, que danzan sobre los leños de la memoria.

Dice Eduardo Galeano que somos un mar de fueguitos y debe ser cierto. Fueguitos que incendian la cotidianeidad para encenderse, o acaso flamitas azules bailando sobre los restos de una carta que nunca nos atrevimos a entregar.

Fuimos incendio forestal frente a alguna injusticia y también supimos ser hogar a leña para ese corazón roto que, tendido sobre una alfombra, precisaba reverdecer.

Y otras veces, fuimos apenas brasitas.

Brasitas acurrucadas en el centro de un colchón helado, en una casa húmeda que cada noche, nos murmura cosas tristes al oído.

Brasitas que se lloraban encima y con cada lágrima, se extinguían un poco.

Brasitas que extrañaban un almuerzo de domingo al mediodía, un árbol preferido, un padre que descubrieron humano demasiado pronto, cuando ya era tarde.

Brasitas que añoran el barullo de las uñas de una cachorra sobre el piso de la cocina, una declaración de amor, un escondite secreto en el fondo de la casa que les ha visto crecer. Todo aquello que, alguna vez, les hizo saber qué se siente estar a salvo.

Mil imágenes, como granitos de arena, que en remolino atraviesan el reloj del pecho y se estrellan contra el cristal del estómago y quieren hacernos creer que el pasado es un lugar al que ya no se vuelve jamás.

Pero es mentira, y por eso escribimos. Para vengarnos del engaño del tiempo, de las reglas inexorables que lo gobiernan y pretenden también gobernarnos.

Para poder volver al pasado, al rincón seguro, cuando la ciudad se haga demasiado grande y se vista de noche y abra sus fauces que amenazan con despedazarnos al mínimo intento de amar.

Escribimos de mil modos: con la voz que canta, con los ojos que toman la foto, con el corazón que se deshace sobre un lienzo en blanco.

Escribimos para recordar por qué escribimos y para que esa otredad que nos mira sepa cuánta falta hace levantar la voz, para que la Historia la contemos todos. Escribimos para ayudar a quienes vienen llegando y escribimos para arder. Para arder cada vez que haga falta y, en cada ardor, aprender a usar el fuego.

Escribimos para arder como arde la vida cuando las brasas que somos se encuentran con el viento cálido de la memoria, y aquello nos despierta, nos resucita del letargo e incendia todos los colchones fríos que nos quieren extintos.

Escribimos para vivir, y también para no morirnos, pero antes que nada escribimos para que no nos maten.

Juan Solá

Resistencia, Chaco, noviembre de 2018

ARDE

Yo soy la novela. Yo soy mis historias.

Franz Kafka

Arde la vida. Como arde un incendio en la ciudad. Te acercás al fuego y te lastima los ojos. Te quema la piel. Te va consumiendo.

Arde la vida. Como arde una herida en la que se echa alcohol. Una herida que sangra y que cicatriza con el tiempo. Mientras se cura, duele. La ves curarse y deseas sacarle la cascarita. Y entonces vuelve a doler.

Arde la vida. Como fuegos artificiales arden en el cielo, llenándolo de colores, ruidos, y formas. Admiras ese instante de belleza y, por un segundo, sos feliz.

Arde la vida. Como arde una fogata rodeada de amigos, canciones y cerveza. Te reís fuerte, y hacés de esa noche un momento eternamente mágico.

Arde la vida en cada abandono, en cada amor, en cada tragedia, en cada milagro. Arde iluminando, arde dañando. Arde en esa llamada que no llega, y en esa sobreprotección que asfixia como el negro humo de una explosión. Arde en el adiós, y en ciertas miradas. Arde en tu patria, arde lejos de ella.

Arde, arde, arde la vida. Arde hasta el hartazgo. Arde más cuando no se puede sentir su ardor.

Arde en los no, arde en los sí. Arde en el odio, en la angustia, en la fe y en la desesperación.

Arde en las adicciones. Arde los lunes, y sobre todo los domingos.

Arde, arde, arde la vida. En el sexo. En los nacimientos. Incluso, en la muerte.

Arde la vida. Arde, mi vida.

¡ALTO AHÍ!
DEJARSE CAER

Dejarse caer.

En los brazos de alguien, en la sorpresa, en lo desconocido.

Dejarse caer.

En lo nuevo, en lo de siempre, en una sonrisa.

Dejarse caer.

Dejarse.

Muchos problemas surgen de “No dejarse”.

No nos dejamos dudar, no nos dejamos llorar, no nos dejamos reír con ganas locas en la calle, no nos dejamos abrazar, no nos dejamos bailar en un colectivo, no nos dejamos pensar que todo no está ya pensado, que todavía no todo está perdido, que tal vez pocas cosas están perdidas, que perder no tiene por qué ser algo malo, que el concepto de “todo”, en realidad, no existe.

No nos dejamos ocupar por el sinsentido, por lo absurdo, por la alegría sin razón.

No nos dejamos mirarnos. Está el otro en frente y le sacamos una foto. Está el otro en frente y miramos un teléfono.

No nos dejamos escucharnos: nos pisamos con las palabras, las amontonamos, les permitimos pegar, o no decir nada: Nada bueno, nada lindo, nada gracioso, nada creativo, nada cierto. Nada. Y decir nada es decir, y muchas veces, es peor que decir algo.

No nos dejamos sufrir, no nos dejamos esperar, no nos dejamos sentir, no nos dejamos cambiar una y un millón de veces, no nos dejamos soltar, no nos dejamos soñar. Que la utopía sirve para caminar, dijo Galeano. Y para eso sirven también los sueños. Que no todos los sueños se van a cumplir, y qué importa. ¿Por qué no nos dejamos soñarlos igual?

Dejarse caer.

Caer al vacío, al abismo, a lo infinito.

Y en ese infinito devenir música. Devenir vibración. Devenir movimiento. Devenir aire. Devenir risa.

Caída libre. Caída rebelde. Caída efímera.

Caída de tu mundo y vuelta a empezar…

POMPEYA

Y cada vez que partí llevé conmigo la imagen de mi barrio, que fui mostrando y dejando en las ciudades del mundo. Fui así como un viajero que viajaba con su barrio a cuestas. O como esos árboles trasplantados que solo dan fruto si llevan adheridas a sus raíces la tierra en que nacieron y crecieron.

Quinquela Martín

“Yo no me voy a arrepentir porque el barrio se lleva adentro”. Mi vieja perdía la cabeza mirando el tatuaje que se había hecho mi hermano, y Emmanuel, con 16 años, le respondía eso. Goyena, la esquina que los eligió a él y a sus amigos para las cervezas, las mujeres, el fútbol, los autos, la vida, marcada para siempre en su tobillo.

Yo no tenía una esquina. Las mujeres no solemos tener esquinas. Tampoco Caballito me parecía un barrio. Nos mudamos cuando yo tenía diecisiete. Hasta entonces viví en Pompeya. Las personas no suelen creerme. Me dicen: No parecés de Pompeya. Se asombran si les cuento que soy de Huracán. A mi vieja nunca le gustó Pompeya. Siempre decía que vivíamos en Parque Patricios. Y yo me reía. Es tan de Pompeya negar ser de Pompeya.

No es un barrio lindo, hay que ser honesta. Nunca volví después de las seis de la tarde a mi casa. Daba miedo caminar de noche. También daba miedo caminar de día. Se sintió el 2001 en Pompeya. Tal vez muchos ya se olvidaron, pero no era parte del paisaje ver gente durmiendo en la calle, ver nenes drogándose, ver gente juntando cartones. Un día eso cambió, y sí, se hizo paisaje. Vivía cerca de Perito Moreno. Una gran avenida… Dos años con el semáforo roto estuvo Perito Moreno. Ustedes sabrán entender, los accidentes en Pompeya no son cosa que importe mucho. Esperaba que pasen los camiones, y cruzaba. Siempre corriendo, siempre apurada. Nunca llegué temprano al colegio. La portera me esperaba para decirme: “Tenés que venir antes de las ocho menos cuarto, Magalí”. Y me cerraba la puerta en la cara. Y a mí me causaba gracia. Se notaba que llevaba en el alma su trabajo. Amanda, se llamaba. Gritaba mucho, siempre tenía cara de enojada, y te daba más miedo que la hermana Juana, que era la peor de las monjas. Nunca entraron a robar en el turno de Amanda. Espantaba hasta a los ladrones. A las ocho me abría la puerta, miraba su reloj y me repetía: “Yo no puedo entender cómo vivís tan cerca y llegás tan tarde”. Yo alzaba los hombros y le prometía que era la última vez. “No te pongas gruñona, Amanda, que te van a salir arrugas”, la cargaba. Me caía bien Amanda. Me gustaba mi colegio. En el recreo íbamos al quiosco, y era una batalla campal. Morían asfixiados los chicos de primaria, apretados por los del secundario, contra el mármol que nos separaba de los chocolates y los sanguchitos de milanesa. Yo casi nunca compraba golosinas, no tenía plata. Pero iba igual. Me fascinaba ver las rueditas de chocolate, los paquetes de papas fritas, la Coca-Cola de vidrio. Me encantaba ver la alegría, la desesperación, la locura con la que los demás compraban. No había criterio para comer: Pedían panchos a las diez de la mañana, después comían alfajores, y bajaban todo con Cindor. El colegio no dejaba que el quiosco vendiera chicles. Corría el rumor de que una vez un chico casi había muerto por tragarse uno. Yo compraba afuera, en el quiosco de Guille, y masticaba con mucho cuidado. Si alguien me pedía, yo le avisaba: No te lo vayas a tragar.

Salía del colegio y me quedaba charlando en la esquina del gimnasio. Esa era mi esquina. Era la esquina de todos. Si te pegaban, te pegaban ahí. Si te besabas, te besabas ahí. Tenía una pared llena de grafitis, y siempre estaba viva, llena de gente. Después volvía caminando a casa con Emmanuel. En la calle Ventana nos cruzábamos un perro negro. “Hola, perro, chau, perro”, lo saludaba. Emma se reía. Pateábamos tapitas de gaseosas, hablábamos de amores, de malas notas, me pedía ayuda con la tarea. Llegábamos y me ponía a cocinar mientras él encendía los dibujitos. Yo hacía de cuenta que los miraba por él, pero me gustaba tanto mirarlos. Amábamos Doug y Los padrinos mágicos. Me llamaba alguna amiga para merendar, colgábamos horas hablando por teléfono y ya al final de la charla arreglábamos un horario. Pasaba por el quiosco de Emilio, a mitad de cuadra, y compraba algunos Guaymallén para llevar. Mi mamá me decía que era de mala educación caer con las manos vacías. Emilio no era un buen quiosquero. Tenía seis variedades de golosinas, casi todas estaban vencidas, y una vez me vendió un Tofi con el dulce de leche verde. Pero era el quiosquero del barrio y hubiera sido una traición cambiarlo por otro mejorcito. Al lado de su quiosco, estaba Blanca, una anciana que tenía la casa más linda de la cuadra. Había sido una mujer de mucho dinero que en algún momento enloqueció. Blanca gritaba muchas malas palabras, decía que la tenían secuestrada y metía más miedo que Amanda cuando te miraba fijo, a través de las rejas, con sus ojos celestes como el cielo. “Ayudame”, te pedía. “No me dejan salir, llamá a la policía”. Yo me quedaba parada, escuchándola, sintiéndome inútil. “Pero por qué no te vas a la puta que te parió, nena”, rezongaba después. Y se iba caminando a su patio.

Yo guardaba los Guaymallén en la riñonera, que todavía no te hacían parecer un tarambana, y me iba a lo de mi amiga. Los camioneros me tocaban bocina, y me pedían casamiento. Yo les contestaba sonriendo que no creía en el matrimonio, y seguía. A veces me cruzaba a la Tana, una vecina. Nunca le entendía nada de lo que decía. Pero ella insistía, porque le gustaba demasiado hablar. Me invitaba a la casa, para que jugara con su nieta Luciana. Yo no iba mucho porque te dab ...