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ARCONTES

Karime Cardona Cury  

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Fragmento

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CARNADA

La noche reinaba absoluta en las calles.

Helena avanzó con cautela por los adoquines del Centro Histórico de la ciudad de Guadalajara, apretando su abrigo. Todos sus sentidos estaban alerta.

De pronto, sintió el conocido picor que identificaba con una zona en la que suceden hechos inexplicables. Sobrenaturales. Semejaba una vibración que sacudía su cuerpo, electrizándolo. Se le tensaron los músculos, y sus pies se detuvieron.

Observó con mayor detenimiento el entorno. Una neblina informe, grisácea y helada oscurecía la plazoleta, llena de arcos coloniales y fuentes roídas. Los edificios monumentales del palacio de gobierno y la catedral brillaban con destellos ámbar.

La muchacha suspiró y extrajo un medallón de entre sus ropajes. Era grande y redondo, compuesto por dos círculos concéntricos. El círculo interno tenía la imagen de un par de alas encontradas: una negra y una blanca. Debajo de la negra se leía noctis, y por encima de la blanca, lucis.

En ese momento, el ala blanca miraba hacia arriba. Helena giró el círculo interno del medallón, de tal forma que la posición de las figuras cambió. Ahora el ala negra se encontraba en la parte superior.

El panorama cambió drásticamente. Los edificios se habían convertido en ruinas, carcomidas por el paso del tiempo. Los arcos de la plaza y sus adoquines parecían a punto de desmoronarse. Incluso la oscuridad era más ominosa y siniestra.

Helena guardó el medallón y se apretó aún más el abrigo contra el cuerpo. Su respiración dejaba escapar un vaho helado. Del cielo comenzaron a caer algunos copos de nieve que se deshacían al tocar el suelo.

Acababa de entrar a la Bruma, el mundo espiritual. Ésa era la magia del medallón duálitas, aunque Helena odiaba la palabra «magia» y todas sus connotaciones. Prefería pensar en una ciencia antigua, perdida para los humanos. O al menos para la mayoría de ellos.

La Bruma era una realidad alterna, el sitio en que los fantasmas, ángeles y demonios pululaban. El hogar de los seres feéricos. El portal que unía todas las leyendas con la realidad, un mundo intermedio. En la Bruma, hasta la más bella habitación lucía marchita. Las construcciones reflejaban casi siempre alguna desgracia acontecida en el pasado; los fantasmas que habitaban ahí trastornaban el ambiente con su presencia, como si los recuerdos tuvieran vida propia.

«La Bruma es un mundo de sueños», solía decir su padre. De pequeña, Helena había tenido visiones de ese sitio. Todos los que nacían con sangre de arconte poseían esa facultad.

Para Helena, la Bruma era una máscara gris debajo del mundo real, un tejido de pesadillas, invisible para las personas ordinarias. De por sí entrar en ella era exponerse a sus habitantes, pero usar un medallón duálitas se asemejaba a colocarse debajo de un faro: todas las criaturas que habitaban el otro mundo volteaban a contemplarla.

Por esta razón, Helena siempre cargaba consigo su daga, llamada Cielo. Era un arma especial, forjada para derrotar a los entes espirituales.

No obstante, en esta ocasión iba desarmada. Así que debía ser doblemente precavida. Esa noche, era la carnada.

Odiaba ser la carnada.

Conforme avanzaba, sintió las miradas de todos los espectros que bullían en los alrededores. Cuando su hermano y ella iban de cacería a un edificio o casa, encontraban a lo sumo dos o tres fantasmas. Sin embargo, en el Centro Histórico navegaban cientos de fantasmas, formando una amalgama de diferentes épocas, circunstancias y sentimientos.

Algunos ostentaban ropas de la época colonial: largos faldones o camisas campesinas. Otros lucían más modernos y caminaban con expresiones ansiosas o perdidas. Contempló a un hombre que revisaba su reloj con insistencia, y a un joven con la cara dañada y los ojos fijos en un teléfono celular. Helena se imaginó que había muerto atropellado mientras mandaba un mensaje.

Sin embargo, los fantasmas no eran los únicos entes que vagaban por ahí. Vio caballos espectrales, cuyos jinetes iban vestidos para la guerra. También contempló criaturas sin rostro, changelings y otros seres feéricos, que merodeaban en la frontera con el mundo humano. Sus siluetas oscilaban constantemente y se confundían en un borrón de sombras.

Cada uno de ellos la miraba con curiosidad. Su luz y calor los atraía.

Helena avanzó con la cabeza en alto, indiferente a todos. No solían molestarla las miradas de los entes de la Bruma, pero aquí había demasiados. Maldijo entre dientes a su hermano, Aarón.

Continuó avanzando hasta el gran reloj, en la torre de una iglesia carcomida. En ese momento, era un fósil más sin memoria, decorado por el tiempo. Algunas criaturas sobrevolaban su cúspide. Debajo de él, a la altura de los arcos de la plaza, existía una penumbra casi corpórea, palpitando, expectante.

Helena se detuvo a medio camino y observó con suspicacia la oscuridad. A pesar de la distancia, podía sentir la maldad en ese sitio. La piel se le erizó y, una vez más, deseó tener su daga. Sería casi inútil contra el demonio que había ido a buscar, p

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