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AMPARO Y EL GALOPE DE LOS CABALLOS MUERTOS

Guillermo Alvarez Castro  

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Fragmento

La muchacha tiene un pecho tatuado. Él recién lo advierte cuando ya han dejado la whiskería y ella se desnuda en la habitación. Darse cuenta, lo hace temblar de excitación como cuando era un adolescente. Perder el control de sus músculos, en aquel entonces, si bien lo perturbaba, lo hacía sentirse vivo. Ahora teme que ese temblor incontrolado, ese frío que viene del calor y le llega hasta los huesos, le provoque un ataque cardíaco. Aunque la toma con más violencia de la que acostumbra —ha sido educado para tratar siempre a las mujeres con ternura—, solo siente una ligera taquicardia. Esta comprobación lo llena de alivio. Mira a la joven mujer que se ha dormido a su lado —¿ha sido realmente tan intensa su entrega?— y, por primera vez en mucho tiempo, se siente bien.

Aparta un mechón de pelo y observa el pecho de la muchacha. Cuando Sánchez fue detenido por primera vez, los tatuajes eran propios de marineros —anclas, nombres de mujer— o de gente del bajo o de la cárcel, no de mujeres jóvenes como aquella. Hoy casi todas parecen llevar uno. El de la muchacha es un ideograma japonés o chino, cuyo significado él ignora y no se atreve a preguntar y que acaricia muy levemente con la punta de los dedos. Ella se despierta y enciende un cigarrillo. Él la mira fumar y se sorprende. Años atrás, nada hubiera tenido de particular que una mujer fumara después de tener sexo; ya casi nadie lo hace. Incluso él ha dejado el cigarrillo, después de fumar durante más de cuarenta años, y no ha vuelto a probarlo. Todavía lo extraña.

¿El recuerdo de los cigarrillos se disolverá en el aire como el humo? ¿Habrá que recurrir a las viejas películas, a los antiguos libros, para saber lo que era fumar?

Él es consciente de que los tiempos han cambiado. Cuando ve las primeras películas donde los artistas posmodernos muestran oscuras escenografías casi apocalípticas, con gente andrajosa calentándose en plena calle, alrededor de tanques en cuyo interior arde todo lo que pueda servir de combustible, rodeados de una violencia permanente y gratuita en apariencia, piensa que exageran. Ahora, pocos años después, cuando es preciso forrarse de látex para no contraer el sida, rodearse de rejas para no ser asaltado y cubrirse de bloqueador solar para no morir calcinado, piensa que tal vez aquellos directores de arte se quedaron cortos.

Se viste lentamente. Ya sabe que volverá al local noche tras noche y se da cuenta de que no conoce el nombre de la muchacha.

—¿Por quién debo preguntar? —dice.

—Por Amparo —replica ella.

—¿Y si no estás? —pregunta, angustiado de repente.

—Volvés en otro momento… —Hace una pausa, sonríe halagada y con una cierta ternura—. O preguntás por Carlos, en la barra. Siempre sabe dónde estoy.

Y él sabe que su soledad tiene consuelo.

Luego, costumbre de hombre maduro que ha tomado conciencia de la vejez que se avecina, la besa en la frente y sale de la habitación.

Camina por la vereda a través de la madrugada fría y lluviosa, con las manos en los bolsillos y el cuello del saco levantado. Está pensando en cómo será Amparo a la luz del día, cuando el poema le cae en los labios junto con la llovizna. Llueve en el mar con un murmullo lento. / La brisa gime tanto, que da pena. / El día es largo y triste. El elemento / duerme el sueño pesado de la arena. ¿Así comenzaba, exactamente o la memoria lo engaña, como siempre? Pronto se cumplirán cincuenta años del día en que el maestro, un cura, lo obligó a aprenderlo de memoria. No le importó. Le gustó hacerlo. Llueve, la lluvia lánguida trasciende / su olor a flor helada y desabrida. / El día es largo y triste, uno comprende / que la muerte es así, que así es la vida.

Leopoldo Lugones, piensa. De eso está seguro. Lo que no puede afirmar con certeza es si así son exactamente los versos que el poeta argentino escribió, ni si el poema que recuerda está completo. Ha olvidado el título, duda acerca de algunas palabras y no sabe si la puntuación es la correcta. Así lo recuerda: Sigue lloviendo, el día es triste y largo. / En el profundo gris se abisma el ser. / Llueve y uno quisiera, sin embargo, / que no dejara nunca de llover.

Aquel poema marcó las tardes de lluvia de su infancia y de la adolescencia melancólica que vino luego. ¿Es realmente tan notable como a él le parece? Sabe que Lugones fue un poeta muy discutido, pero siente que a él le hubiera gustado escribir ese poema del argentino, cuyo título ya no recuerda.

El poeta suicida Leopoldo Lugones, anarquista en su juventud y más tarde socialista, terminó escribiendo La hora de la espada, para brindar sustento ideológico al golpe militar de Uriburu en 1930, y engendró a Polo, el inventor de la picana eléctrica y de otro método de tortura conocido como «s

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