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ALGO ABSOLUTAMENTE EXTRAORDINARIO

Hank Green  

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Fragmento

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Mira, soy consciente de que estás aquí porque quieres leer una historia épica de intriga, misterio y aventuras, una historia en la que hay personas a punto de morir y personas que mueren, pero para llegar a ella (a menos que quieras saltar al capítulo 13, que no soy tu jefe) vas a tener que lidiar con el hecho de que yo, April May, además de ser una de las cosas más importantes que le han sucedido a la raza humana, soy también una veinteañera que ha cometido algunos errores. Resulta que yo tengo la sartén por el mango. La historia es mía, así que te la contaré como yo quiera. Lo que significa que tendrás que entenderme a mí, no solo mi historia, de modo que no te sorprendas si hay algún que otro drama. Voy a intentar contarla con sinceridad, pero también incluiré bastantes argumentos en mi favor. Si sacas algo de todo esto, la idea no es que te posiciones de un lado o de otro, sino sencillamente que entiendas que soy (o al menos era) humana.

Y me sentía solo humana arrastrando mi culo cansado por la calle Veintitrés a las tres menos cuarto de la mañana, tras haber trabajado dieciséis horas en una empresa cuyo nombre no voy a mencionar (porque firmé un contrato basura que me lo impide). Ir a una escuela de arte podría parecer una pésima decisión desde el punto de vista económico, pero en realidad solo es así si tienes que pedir un montón de préstamos para financiar tu pretenciosa formación. Y es exac­tamente lo que yo hice, por supuesto. A mis padres las cosas les iban bien, tenían una empresa que suministraba maquinaria a pequeñas y medianas granjas lecheras. Es decir, vendían y distribuían los aparatos que se enganchan a las vacas para sacarles la leche. El negocio iba bien, lo bastante bien para no haberme endeudado demasiado si hubiera ido a una universidad pública. Pero no fui a universidad pública. Pedí préstamos. Un montón. Así que, tras haber saltado de una especialización a otra (publicidad, artes plásticas, fotografía e ilustración) y haber acabado con una prosaica (aunque al menos útil) especialidad en diseño, acepté el primer trabajo que me permitiría quedarme en Nueva York y no volver a mi antigua habitación en la casa de mis padres, en el norte de California.

Y era un trabajo en una empresa novel condenada al fracaso, fundada por un sinfín de personas ricas que sueñan con lo más aburrido que los ricos pueden soñar: ser aún más ricos. Por supuesto, trabajar en una empresa de reciente creación significa que formas parte de la «familia» y, por tanto, cuando las cosas van mal, o cuando no se cumplen los plazos, o cuando un inversor se cabrea, o sencillamente porque sí, no sales del trabajo hasta las tres de la mañana. Y, sinceramente, lo odiaba. Lo odiaba porque la app de administración del tiempo en la que estábamos trabajando era una gilipollez y en realidad no servía para nada; lo odiaba porque sabía que yo lo hacía solo por dinero, y lo odiaba porque la empresa pedía al personal que pensara que su trabajo no era un simple trabajo, sino toda su vida, lo que significaba que no me quedaba tiempo para trabajar en proyectos personales.

PERO…

Trabajaba en el ámbito que había estudiado, hacía diseño gráfico y cobraba lo suficiente para pagar el alquiler cuando aún no hacía un año que había terminado la carrera. Mis condiciones de trabajo rozaban lo delictivo, y pagaba la mitad de mi sueldo por dormir en el salón de un apartamento de un dormitorio, pero salía adelante.

Bueno, lo que acabo de decir no es del todo cierto. Mi cama estaba en el comedor, pero casi siempre dormía en el dormitorio, en la habitación de Maya. No vivíamos juntas, compartíamos piso, y a la April del pasado le habría gustado que fuera muy clara a este respecto. ¿Cuál es la diferencia? Pues básicamente que cuando empezamos a vivir juntas no estábamos enrolladas. Estar enrollada con tu compañera de piso es práctico, pero también es un poco confuso si has vivido con ella durante buena parte de la carrera. Cuando por fin nos enrollamos, llevábamos más de un año siendo pareja.

Si ya vives con alguien, me pregunto en qué momento surge la pregunta «¿Deberíamos irnos a vivir juntas?». Bueno, en nuestro caso la pregunta fue: «¿Te importaría que sacáramos ese colchón de segunda mano del salón para poder sentarnos en el sofá cuando vemos Netflix?», y en aquel momento mi respuesta fue: «Claro que me importaría, solo somos compañeras de piso que salen juntas». Por eso en nuestro comedor seguía habiendo una cama.

Te he dicho que habría dramas.

Vuelvo a aquella fatídica noche de enero. Faltaba una semana para el lanzamiento de la mierda de app en la App Store, y yo estaba esperando a que aprobaran varios cambios en la interfaz de los usuarios, en fin, a ti eso te da igual…; era un coñazo. En lugar de llegar temprano al trabajo, me quedé hasta muy tarde. Siempre lo había preferido. Se me había secado el cerebro intentando entender las crípticas instrucciones de los jefes, que no eran capaces de diferenciar un ráster de un vector. Salí del edificio (era un local de coworking, ni siquiera un local propio en alquiler) y caminé los tres minutos que me separaban de la estación de metro.

Y entonces, ¡no sé por qué!, la máquina expulsó mi tarjeta del metro. Tenía otra tarjeta en mi mesa de trabajo, y no estaba del todo segura de cuánto dinero me quedaba en la cuenta corriente, así que creí que lo más prudente era recorrer de nuevo las tres manzanas y volver al despacho.

La señal que indica que puedo cruzar está encendida, así que cruzo la calle Veintitrés y un taxi me pita, como si no estuviera en un paso de peatones. De qué vas, tío, la señal está encendida. Giro en dirección al despacho y de repente lo veo. A medida que me acerco, tengo claro que es… una escultura extraordinaria, realmente extraordinaria.

Sí, es increíble, pero también Nueva York es increíble, ¿sabes?

¿Cómo explicarte cómo me sentí? Supongo…, bueno…, en Nueva York puedes pasarte diez años intentando hacer algo sorprendente, algo que capte la esencia de una idea con tanta perfección que de repente el mundo sea diez veces más claro. Es bonito, tiene fuerza y alguien le ha dedicado gran parte de su vida. Las noticias lo comentan, todo el mundo dice «¡Es genial!», y al día siguiente lo olvidamos y prestamos atención a otra cosa absolutamente perfecta y sorprendente. Eso no implica que esas cosas no sean maravillosas y únicas… Es solo que hay un montón de gente haciendo cosas increíbles, así que acabas un poco harto.

Así me sentí cuando vi… un Transformer de tres metros de altura con una armadura de samurái, con su enorme pecho cilíndrico elevándose hacia el cielo, a un metro o un metro y medio por encima de mi cabeza. Estaba en medio de la acera, lleno de energía y de fuerza. Parecía que en cualquier momento iba a desviar su vacía y regia mirada hacia mí. Pero se quedó allí, en silencio y casi desdeñoso, como si el mundo no mereciera su atención. A la luz de la farola, el metal era un mosaico de un negro mate y plateado que reflejaba como un espejo. Y sin duda era metal…, no un cosplay de cartón pintado con espray. Estaba muy bien hecho. Me detuve unos cinco segundos, me estremecí tanto de frío como por contemplarlo, y luego seguí andando.

Y entonces me sentí gilipollas total.

Es decir, soy una artista que trabaja muy duro en algo que no tiene el menor interés para pagar un alquiler demasiado caro, así que puedo quedarme aquí, puedo quedarme inmersa en una de las culturas más creativas e influyentes del mundo. Aquí, en medio de la acera, hay una obra de arte que fue un proyecto importante, una instalación en la que seguramente el artista trabajó durante años para que la gente se detuviera, la mirara y la tuviera en cuenta. Y aquí estoy, tan endurecida por la vida de la gran ciudad y tan mentalmente agotada tras horas pulsando píxeles que ni siquiera echo un segundo vistazo a algo tan extraordinario.

Recuerdo ese momento con mucha claridad, así que supongo que lo comentaré. Volví a la escultura, me puse de puntillas y dije:

—¿Crees que debería llamar a Andy?

La escultura no hizo nada, por supuesto.

—Quédate ahí si te parece bien que llame a Andy.

Así que lo llamé.

Pero antes te contaré algunas cosas sobre Andy.

¿Has pasado por uno de esos momentos en que tu vida cambia y piensas: «No tengo la menor duda de que seguiré queriendo, valorando y relacionándome con todas las personas geniales con las que he pasado tantos años, aunque ahora mismo nuestras vidas son muy diferentes», pero lo que haces es borrarlas del Facebook porque no vas a volver a verlas en tu vida? Bueno, pues (hasta entonces) Andy, Maya y yo nos las habíamos arreglado para que no sucediera. Maya y yo porque vivíamos en los mismos cuarenta metros cuadrados. En cuanto a Andy, vivía en la otra punta de la ciudad, y no lo conocimos hasta el tercer año de carrera. En aquel momento, Maya y yo elegíamos casi las mismas asignaturas, porque, bueno, nos caíamos muy bien. Obviamente, queríamos estar en el mismo grupo cada vez que teníamos que hacer un trabajo en equipo. Pero el profesor Kennedy nos dividió en grupos de tres, lo que significaba que necesitábamos a otra persona. Por alguna razón cargamos con Andy (o probablemente, desde su punto de vista, él cargó con nosotras).

Yo

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