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ALASKA

Gimena Sauchenco  

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Fragmento

Cuando era chiquita quería ser grande. Es normal, les pasa a todos los niños. Sin embargo, ahora que crecí, me doy cuenta de lo mucho que idealizaba el hecho de ser grande y de cuánto extraño algunas veces lo simple de la niñez. El tiempo pasa demasiado rápido y puede ser doloroso aceptar que hay ciertas cosas que nunca van a volver a ser como antes.

Cuando iba a la escuela no veía la hora de pasar al liceo, y en el liceo, mi mayor deseo era llegar a sexto año y graduarme. Pensaba que de esa forma iba a tener la libertad para poder salir cuando quisiese, para ir a bailar y hacer todo ese tipo de cosas que, según yo, otros hacían solo por ser más grandes.

Pero como muchas veces sucede, idealizar puede jugarnos una mala pasada y en ocasiones las expectativas acaban cayendo por su propio peso, así que cuando llegué a sexto de liceo comprendí que solo era una etapa más de mi vida igual de importante que las demás y que había fantaseado en exceso al respecto de lo que podía pasar.

Hay algo que es cierto, cuando crecés vas ganando algunas libertades, pero la contracara de esto es que al mismo tiempo vas perdiendo otras. De chicos amamos pasar tiempo en los juegos de la placita o del patio de la escuela, pero cuando crecemos y estamos en el liceo preferimos quedarnos sentados en un banco, como si fuera un delito movernos o jugar. Y la verdad es que a mí, con la edad que tengo, me siguen dando ganas de subirme a una hamaca siempre que las veo vacías. Y me subo. Y vuelvo a ser niña por un rato, aunque obviamente la gente me mira un poco mal, pensando: “¿Qué hace esta gurisa? Qué inmadura”.

Cuando era chica el paso del tiempo no era algo que me preocupaba, es más, parecía ser infinito. Ahora siento que se pasa volando y me cuesta no pensar en eso. Las veces que hablo con otras personas acerca de este tema me suelen comentar que les sucede lo mismo y que, a medida que pasa el tiempo, les da la sensación de que cada año transcurre más rápido que el anterior. Qué loco, podés tener todo el dinero del mundo y comprar lo que quieras, pero nunca vas a poder ir al súper y comprar tiempo. Amo a mi perro Rody con todo mi corazón, puedo darle amor, cuidarlo, comprarle juguetes y pagar por lo que él necesite, pero de lo único que no puedo protegerlo es del tiempo. Ya me deprimí.

De chiquitos siempre hay tiempo para todo, para jugar un poco más, para reír, bailar y soñar. De grandes la cabeza le gana al corazón. Los niños por lo general suelen ser muy cariñosos y no tienen problema en expresar lo que sienten, ay pero los grandes… a algunos adolescentes o adultos no los escuchás decir un te quiero ni por milagro. Nos cuesta mucho más.

Cuando comenzás a sumergirte en la vida de los grandes la cabeza te empieza a ir a mil por hora, te la pasás todo el tiempo pensando en lo que tenés que hacer y en tus obligaciones, te torturás con suposiciones de si te va a alcanzar o no el tiempo. Entonces estás con tus amigos tomando unos mates pero… ¿Realmente estás ahí? Tu cabeza no lo está, porque está pensando en otras cosas. En el trabajo que tenés que entregar mañana, y que en realidad ni siquiera sabés si vas a

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