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¿A QUé ESTAMOS JUGANDO?

Gonzalo Eyherabide  

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Fragmento

Como sabe cualquier ama de casa2, una lámpara, por apagada, anodina, anónima y vulgar que sea, comienza a ser vista por la familia, así como por los asiduos visitantes, aquel día en que es drásticamente cambiada de lugar.

Aquella veladora nada decía a nadie. Hasta el diligente plumero de la sierva, ahora by politically correct «trabajadora doméstica», omitió durante años posarse sobre su pantalla color cremita, camuflada en la mediocridad circundante de la cómoda de MDF, el sillón de tapizado crudo y la marina de ese artista callejero cuyo amateurismo, en vez de retratar una nublada playa de pescadores, dejó testimonio de sí mismo en las esforzadas pinceladas del vano intento de retratar olas, entregado a burdas líneas de dibujo de un infantilismo exasperante hasta la inmoralidad.

Sin embargo, cambiada de lugar, mudada a la mesita ratona contra la pared de enfrente, la lámpara renace. Aparece en escena y vive sus 15 minutos de fama. Sus destellos provocan incluso una sinapsis en la mente del menos iluminado de la familia:

—¿Y esa lámpara? ¿Es nueva?

Este sabio conocimiento es compartido por nosotros, los periodistas deportivos. Incluso por los periodistas en general. Y también por los ahora llamados «comunicadores» (quienes cuentan con universidades que prometen otorgarles una hoja de papel para enmarcar, que los eleva de perejiles pelagatos a pretendidos científicos).

En efecto: para volver a existir, nada mejor que un buen cambio de medio.

Decimos que no hacemos periodismo de periodistas, porque supuestamente queda bien (la gente ya descubrió que usamos nuestro espacio en los medios para darnos vida unos a otros, incluso a través de la teatralización de rivalidades y enconos), pero esa regla tiene como excepción que el periodista sea la noticia.

Lo aprendimos a sangre (las ampollas que producen zapatos de baja calidad recorriendo todas las tiendas de repuestos de autos para conseguir un avisador asustarían a la maquilladora de una serie de zombis), fuego (fumamos mucho) y lágrimas (bebemos mucho) en las redacciones de los diarios y las oficinas de producción de los informativos y las radios: la noticia no es que un perro mordió a un hombre, sino que un hombre mordió a un perro.

Cuando la noticia es que el periodista está dándonos las noticias desde un nuevo medio, lo que todos queremos saber es cómo fue que ese perro mordió la mano del amo que le daba de comer y pasó a lambérsela al nuevo. O qué parte del cuerpo del periodista (seguramente más importante que la mano) fue la vejada por el jefe anterior, al punto de impulsarlo a cambiar de collar y amo.

Porque tengamos bien claro quién es la estrella en «esto del fútbol». Sí, usted, estimado lector, ya lo sabe. ¿Cómo sino puede haber llegado a comprar un libro escrito por un periodista deportivo?

Jugadores, representantes, técnicos, dirigentes, candidatos a dirigentes e hinchas (ambos grupos: «familia» y «barras bravas») son solo las excusas para que las estrellas del fútbol, los periodistas, podamos llegar a ustedes, nuestro público.

Para ello, entre otras obligaciones, contraemos la de ser representantes de la moral perdida, lamentándonos de la violencia en una cancha que otra vez da la vuelta al mundo (gracias a nosotros, por supuesto) o indignándonos por los millones del último pase a Europa, cifra que declaramos «impúdica» y blandimos una y otra vez frente a sus ojos y oídos, para excitarlo morbosamente, sumando el ardor de nuestra envidia, cocida al fuego lento de nuestra mediocridad.

¿Qué son los 5 segundos del gol de un número 9 el domingo, al lado de las 20 horas semanales de tantos periodistas deportivos?

Somos intermediarios en el país de los intermediarios. Uruguay no es otra cosa que una intermediaci

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