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CLAUDIO PAOLILLO. PERIODISTA

Claudio Paolillo  

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Fragmento

Este no es un libro sobre Claudio Paolillo, sino que es un libro escrito por Claudio Paolillo. Es el legado profesional de uno de los periodistas más influyentes del último medio siglo en Uruguay. El autor de cada artículo, columna de opinión, discurso, conferencia o clase de periodismo es el propio Claudio. Los textos escogidos, varios de ellos inéditos, son el resultado de una selección —como tal, necesariamente arbitraria, opinada y opinable— de más de cuarenta años de periodismo, la mayoría de ellos en Búsqueda, donde un jueves sí y otro también Paolillo se convirtió en un analista de la actualidad referente en el país.

En estos textos, Claudio buscó entender el porqué de los principales hechos de interés público —tarea inabarcable, como las faenas más importantes de toda construcción democrática— con libertad e independencia, y siempre en defensa de ellas. Así, Paolillo actuó como un contralor del poder y sin afiliarse a ningún relato per se supo “marcar agenda” desde la página 2 del semanario. El lector, más allá de que comparta o no las ideas y puntos de vista que aquí se presentan —y que aún mantienen plena vigencia—, no quedará indiferente a su mirada y agradecerá sus argumentos siempre informados y linkeados a fuentes contrastadas, y a la vez interesantes, entretenidos, bien escritos. Paolillo se coloca así en las antípodas de los análisis tediosos y previsibles que pretenden ilustrar sobre lo que ya se sabe, revestidos de pomposidad, arabescos y firuletes.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Leer a Claudio implica, además de un ejercicio placentero, reconocer una voz y un mundo particular, una escritura de calidad. Su estilo, combativo, provocador con base en datos, incómodo, rezuma pasión y coraje para caminar por el borde del precipicio si es necesario, muchas veces sin filtros y otras tantas sin red: a un lado, el abismo de quien asume riesgos, y al otro, las caras queridas, las sonrisas de sus hijos, de Adriana, los amigos, las bromas, las lecturas, el fútbol y todo periodismo.

Este libro es además el resultado de un año largo de trabajo coral —de investigación, edición, corrección—, impulsado por un equipo unido por el afecto, el cariño, la admiración y la gratitud hacia Claudio. Dicho equipo, que se reunió periódicamente durante más de un año para revisar cada paso del proceso editorial, estuvo integrado por Adriana Otegui, Pipe Stein, Andrés Danza, Rodrigo Arias, Julián Ubiría, Andrés González, Susana Martínez y quien firma. Nos unió la suma de un vínculo entrañable y una complicidad inmediata, de esas que se desatan sin demasiados preámbulos. Por eso es también un legado emocional, sentimental, ligado a una pasión honesta y contagiosa de la que dan fe varias generaciones de periodistas que compartieron redacción o aula con Claudio. Allí anida un lazo afectivo especial más allá de cualquier otra consideración. Ese lazo trasciende al Paolillo defensor de la cultura democrática y republicana, de la libertad de expresión, del derecho a la información, a la diversidad política y a las elecciones libres, de los poderes separados y de los ciudadanos menos dependientes de las mercedes del Estado. Claudio creía que escribir era una forma de acción, que las palabras eran actos, que escribiendo se influía en la historia.

Los textos que conforman este libro han sido agrupados en torno a ejes temáticos comunes, configurando un panorama abarcativo de su visión y su pensamiento. Cada uno de estos capítulos está prologado por profesionales, colegas y amigos cercanos a Claudio, que enriquecen el tema. Finalmente, los capítulos I y VII incluyen textos inéditos, completando una obra que condensa el aporte al periodismo que su autor nos ha legado.

Paolillo enseñaba que el periodismo no es precisamente una ciencia exacta, que dentro de los oficios humanísticos debe ser la más inexacta de las profesiones; que cuando se llega a una redacción nunca se sabe con qué nos vamos a encontrar, y eso hace que el periodismo sea fascinante y a la vez un territorio propicio para meter la pata con mucha frecuencia. Solía citar a cuatro personalidades que alguna vez se detuvieron a definir el periodismo: el escritor, actor y humorista británico Hans Dietrich Genscher: “La prensa es la artillería de la libertad”; el dramaturgo estadounidense Arthur Miller: “Un buen periódico es una nación hablándose a sí misma”; el escritor británico Gilbert Keith Chesterton, ya en el siglo XIX: “El periodismo consiste esencialmente en decir ‘Lord Jones ha muerto’ a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo”, y, finalmente, la más conocida y que, según Claudio, “hace vivir esta profesión como una parte inseparable de la vida”, el escritor colombiano Gabriel García Márquez: “El periodismo es el mejor oficio del mundo”.

Juan Pablo Mosteiro

Capítulo 1
HOY MÁS QUE NUNCA

// EL PERIODISMO IMPORTA CADA VEZ MÁS1

Les voy a contar una pequeña historia real. Ocurrió hace ya casi dos décadas, cuando en 1998 concluía mi primera etapa como profesor de Periodismo en la ORT, donde llegué a ser catedrático asociado de Periodismo. Todavía no existían Twitter, Whatsapp, Instagram ni Facebook. Pero sí los correos electrónicos y Google, por lo que ya se googleaba la información.

Estaba ante la generación que cursaba el cuarto año de la licenciatura y les pregunté: “¿Ustedes leen los diarios?”. La mayoría respondió que no. En realidad, casi ninguno leía los diarios, ni los semanarios. Ningún periódico. Tampoco veían habitualmente los informativos de televisión y unos pocos seguían algún programa radial. Pero su principal fuente de información era otra.

Como periodista de la “vieja guardia”, les transmití la inquietud que íntima y espontáneamente me surgió: “¿Pero ustedes quieren, de verdad, ser periodistas? ¿Cómo pretenden transformarse en profesionales si no leen los diarios ni los semanarios, no escuchan los programas periodísticos en la radio ni miran los noticieros de la televisión? Están en el último semestre de sus carreras; les faltan apenas unos meses para recibirse y convertirse en licenciados en Comunicación, especializados en Periodismo. ¿Todavía no saben que para ser buenos periodistas necesitan tener al menos un poco más de información que el público común sobre todas las cosas que puedan? ¿Todavía no saben que cuanto mejor informados estén mejor podrán hacer su trabajo?”.

Los estudiantes se dieron cuenta de que estaba medio molesto con sus respuestas. Pero ellos no se inquietaron ni mucho menos; y me respondieron que sí estaban informados y que el método que utilizaban era leer las noticias “en internet”.

Me contestaron que leer “en internet” suponía leer las versiones digitales de los diarios, de las radios y de los canales de televisión. En aquel tiempo, por cierto, ya había noticias en formato digital, aunque ni estaban tan extendidas como hoy ni se había suscitado todavía el debate mundial sobre si estaba bien para los medios establecidos (o para los que fueren a establecerse) publicar noticias online para que la gente las leyera gratuitamente o había que cobrar por ese servicio. Era apenas un debate incipiente.

Yo les decía que en el semanario Búsqueda no dábamos la espalda al fenómeno de internet, pero que tampoco estábamos dispuestos a regalar el producto de nuestro trabajo. De hecho, nuestro modelo digital —como el de muchos otros en todo el mundo— supone que quien quiera acceder a los contenidos del semanario (informaciones u opiniones) puede hacerlo, pero pagando. Igual que nuestros lectores de la edición en papel. Aunque el modelo de la prensa también va cambiando. Y mucho.

Si así no fuera (es decir, si todo fuera gratuito), ¿de dónde saldría el dinero para remunerar el trabajo profesional de nuestros periodistas? “De la publicidad”, me decían algunos amigos, fervorosos partidarios de tener la posibilidad de leer Búsqueda online gratis. “Estupendo”, les respondía yo. “Pero hasta ahora, ningún sitio periodístico online se autofinancia con publicidad porque, sencillamente, los anunciantes aún no lo han elegido masivamente como un medio adecuado para hacer conocer sus productos”.

* * *

Casi veinte años después de aquella reflexión con mis amigos deseosos de leer información de calidad sin pagar, la publicidad online ha aumentado y es la que aumenta a mayor ritmo. Pero sigue sin haber la cantidad suficiente como para solventar el gasto —no menor— que supone hacer periodismo de calidad. Incluso ahora, después de haber malacostumbrado a la gente durante casi veinte años a acceder sin costo a las noticias de calidad y, más aún, luego de haber gastado miles de millones de dólares en “experimentos” irreversiblemente destinados al fracaso, Rupert Murdoch, Arthur Ochs Sulzberger y otros grandes referentes mundiales de la industria de los medios de comunicación repiten como un karma lo que desde la humilde Búsqueda uruguaya se veía como una obviedad: no podemos ofrecer gratuitamente en nuestras páginas web lo que tanto esfuerzo y dinero nos cuesta producir para nuestros “medios tradicionales”. Porque si hacemos eso, nos fundimos.

Al margen de eso, aquellos futuros periodistas de mi clase sentían que estaban informados por sus lecturas en línea. Pero, en rigor, lo estaban solo superficialmente. En aquel tiempo los periódicos no incluían en sus páginas web gratuitas toda la información y comentarios que sí llevaban en sus ediciones en papel. De modo que datos, cuadros y gráficas o información de contexto que aparecían en las ediciones de papel y no en las versiones online permanecían ignorados por los estudiantes.

Poco a poco, el panorama se ha ido complicando para quienes sueñan con que el periodismo de calidad sea gratuito y quieren leerlo pretendiendo que los periodistas sigan produciéndolo profesionalmente de aquí a la eternidad, sin recibir por ello una compensación económica.

Sin embargo, es un hecho innegable que la mayoría de los jóvenes —y muchos de los que ya no son tan jóvenes— han dejado de leer (o lo hacen cada vez más esporádicamente) periódicos en papel y se enteran en la red. Pero cuando quieren informarse —no cuando quieren entretenerse, cuando quieren informarse— no lo hacen principalmente en las multitudes incalculables de blogs, páginas de Facebook, Instagram o cuentas de Twitter. Lo hacen en los portales de los “medios tradicionales” y, en particular, en los de los periódicos de papel. Así es que la enorme mayoría de las noticias que aparecen en la red procede de los periódicos. Es decir, procede de las “marcas” que aplican profesionalmente las técnicas de investigación periodística apropiadas para producir información de calidad, que es, en mi opinión, lo único por lo cual vale la pena prepararse, estudiar y trabajar.

¿Quién destapó la historia aterradora de los sacerdotes pedófilos, primero en Boston y después en todo el mundo, moviéndole el piso al Vaticano? The Boston Globe. ¿Y qué es The Boston Globe? Un diario de papel con un portal digital que reproduce y amplía las noticias que se publican en el papel.

¿Quién descubrió que el vicepresidente Raúl Sendic estuvo mintiendo durante 31 años diciéndoles a los uruguayos que es un profesional universitario cuando no terminó una carrera? El Observador. ¿Qué es El Observador? Un diario de papel con un portal digital que reproduce y amplía las noticias que se publican en papel.

¿Quién investigó, averiguó y publicó los gastos que hizo el propio Sendic con su tarjeta corporativa que finalmente determinaron su dimisión? O ¿quién descubrió que el aval bancario para la venta trucha de aviones de Pluna en 2013 lo había dado el Banco de la República, por orden del entonces ministro de Economía y del presidente del BROU, luego procesados por la Justicia por abusar de sus funciones? Búsqueda. Y ¿qué es Búsqueda? Un semanario de papel con un portal digital que reproduce y amplía las noticias que se publican en el papel.

¿Quién destapó la gigantesca trama de corrupción en Brasil, con el Mensalao, el Lava jato y Petrobras? Veja y Folha de San Pablo. ¿Qué son? Una revista y un periódico con portales digitales que reproducen y amplían las noticias que se publican en papel.

Podría seguir contando, así, cientos de casos donde la prensa “tradicional” es la que descubre informaciones más serias y de mayor interés e impacto para la gente. Y las publica.

En internet, frecuentemente se asiste a una sobreabundancia de contenidos, a un clonado de “noticias” y a un sobreflujo redundante de informaciones, muchas veces falsas. El periodismo auténtico y de calidad, que investiga con rigor, es la única solución ante un contexto plagado de “fruta podrida”. “Hay demasiado papanatismo con las nuevas tecnologías”.2

***

Como sea, la gente navega cada vez más en busca de información, muchas veces “a la deriva”. Es decir, procura información escribiendo dos, tres o cuatro palabras clave en el buscador más potente. Pero como para cada búsqueda la web ofrece decenas de miles de respuestas donde coexisten, a la par y sin ningún tipo de jerarquización periodística profesional, cosas que carecen de la más mínima seriedad junto con datos realmente trascendentes, los que quieren ser periodistas —y, también, quienes sin pretender serlo emplean este método para informarse— siguen arrastrando el mismo déficit de mis alumnos de hace veinte años: se informan, sí, pero apenas superficialmente.

El desafío es, pues, muy complicado. El público cree estar más informado por acceder como nunca antes en la historia de la Humanidad a textos, audios y videos de forma abierta y gratuita y, generación tras generación, se aferra con más y más fuerza a la nueva cultura digital. Pero eso no significa que acceda automáticamente a las informaciones más importantes y serias para sus intereses como ciudadanos. Y como en esa cultura no suele pagar por los contenidos que recibe, en todo el mundo (más en los países “desarrollados” y menos en los “emergentes”), el modelo de negocio que ha permitido la búsqueda y la divulgación de información desde fines del siglo XIX se debilita.

La revolución digital es, desde luego, una de las razones principales por las que ese modelo está perdiendo fuerza. Esa revolución afecta todo: desde las cosas más simples de la vida hasta las más complejas. Afecta, también, al modo en que el periodismo es ejercido y a los medios de comunicación en que el periodismo es practicado. En agosto de 2006, la revista The Economist llegó a sentenciar: “El negocio de vender palabras a lectores y vender lectores a los avisadores, que ha sostenido el papel de los medios de comunicación en la sociedad, se está cayendo a pedazos”.3 Algo de verdad hay en cuanto a que la tendencia de mediano y largo plazo parece estar yendo por ahí.

Eso está ocurriendo tanto en prensa, como en radio y televisión. Algunos medios ya se fundieron definitivamente. Otros están tratando de sobrevivir. Unos pocos están rescatando el dinero suficiente como para mantenerse más o menos “tradicionales”. Pero nadie puede ignorar que el modelo está crujiendo.

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¿Entonces qué? ¿Estamos perdidos? ¿Yo dejo de hacer periodismo y ustedes dejan de preocuparse por el periodismo que se hace en Uruguay porque todo se va al tacho de basura?

Antes de que tiren la toalla o se arranquen los pelos por haber elegido el curso incorrecto, les voy a dar una buena noticia. Contrariamente a lo que algunos han escrito, esta realidad que abren las tecnologías también es una enorme oportunidad para el periodismo. Mi hipótesis es que mientras los avances tecnológicos se multiplican día tras día, el periodismo importa cada vez más para las sociedades. Esto es: lejos de lo que dicen algunos acerca de la desaparición de la prensa y los periodistas como intermediarios entre el poder y los ciudadanos, la era digital ocasiona precisamente lo contrario, aumenta la necesidad de que existan los intermediarios profesionales en los que la gente pueda creer y confiar.

Basta con volver a los fundamentos básicos del periodismo y formular tres preguntas sencillas para argumentar a favor de esta hipótesis:

¿Para qué sirve el periodismo? ¿Por qué importa hoy más que nunca? Y ¿cómo hacemos para que el periodismo siga importando cada vez más en la era digital?

***

Una prensa antipática

No está de más, en este mundo de velocidades casi inhumanas, repasar para qué sirve el periodismo en una sociedad. Michael Schudson es un profesor de Comunicación en la Universidad de San Diego (California) y un fino estudioso del periodismo. En 2008 escribió un libro estupendo titulado Por qué las democracias necesitan una prensa antipática. Allí, Schudson hizo una lista de las cuatro o cinco funciones que debe cumplir el periodismo a efectos de ser útil para los ciudadanos.4

La primera función es informar a la gente. Se trata de una función principalmente educativa porque ayuda a los ciudadanos a comprender un poco mejor la sociedad en la que viven y les permite adoptar sus propias decisiones con mejor conocimiento de causa. Como escribió a comienzos del siglo XX Walter Lippman en su famoso libro Opinión pública, “las noticias que nos presentan los periodistas nos cuentan cosas que de otro modo no podríamos conocer”.5

Una segunda función del periodismo es cumplir la tarea de “perro guardián”, o de contralor de los poderes públicos y/o fácticos, a veces informando sobre abusos de poder y, en ocasiones, exponiendo ante el público conductas ilegales o flagrantemente contrarias a la “ética media” de la sociedad de individuos involucrados en asuntos de interés general o de instituciones que sirven al público. No se trata de andar todo el tiempo buscándole la quinta pata al gato y, mucho menos, de creer que uno es un buen periodista solamente si descubre y expone actos de corrupción. Pero el periodismo puede siempre ayudar a recordar a las personas que están en el poder que tienen la obligación de rendir cuentas de sus actos ante sus mandantes. Esto es, ante los ciudadanos.

Una tercera función del periodismo es proveer mucho análisis; el periodismo tiene que procurar explicar a los ciudadanos los acontecimientos que son, a priori, difíciles de entender mediante narraciones que, sin dejar de ir al fondo de las cosas, sean comprensibles y llanas para que cualquiera pueda acceder a ellas y salir mejor informado de lo que estaba antes.

En este sentido, las empresas periodísticas no deben olvidar que en todos los tiempos, tanto en la prehistoria del periodismo como en la era digital, hacer esto cuesta dinero. No solo eso: es imprescindible que lo tengan en cuenta si el objetivo de sus empresas de comunicación es producir periodismo en serio y, en ese caso, deben comprender también que no se trata de un gasto, sino de una inversión para su propio negocio.

Una cuarta función del periodismo es habilitar un foro público. Esto se da hasta el día de hoy por medio de las cartas de los lectores en la prensa y a través de las llamadas telefónicas, correos electrónicos, Whatsapp o mensajes de texto en las radios y, en menor medida, en la televisión. Pero es evidente que la aparición de internet y las ventajas que la red proporciona a las personas para acceder a los medios de comunicación con muchas menos trabas que antes han producido una expansión masiva de los foros públicos. Esto no es un problema para el periodismo, sino que forma parte de la enorme oportunidad que se le ha abierto.

Y una quinta función del periodismo, que de algún modo engloba a todas las anteriores, es movilizar a la opinión pública. Que la gente no quede indiferente cuando se le cuenta una noticia por la radio, cuando se le muestra un informe televisivo sobre un asunto de su interés, cuando lee el producto de una investigación periodística en la prensa o cuando hace cualquiera de las tres cosas anteriores en un sitio periodístico online.

El periodismo importa porque un dato nuevo que se lance al conocimiento público puede frenar un mal proyecto de ley o, al revés, puede acelerar la aprobación de uno bueno; puede cambiar la historia de un proceso político, económico o social en una dirección que, sin la aparición de esa información, hubiera seguido otro rumbo. Una columna de opinión o un análisis riguroso pueden hacer la diferencia para que, al menos, un grupo de individuos se haga preguntas o reflexione de una manera diferente sobre un tema determinado.

El periodismo sirve, pues, para todo esto en las sociedades abiertas, donde no solo se tolera el disenso respecto a las opiniones o tendencias mayoritarias sino que, principalmente, se asume como un bien a preservar que la existencia y la difusión de puntos de vista diferentes sobre temas controversiales, e incluso sobre temas que a primera vista pueden parecer indiscutibles, son saludables para el funcionamiento de la democracia. En cambio, en las sociedades cerradas, donde la discrepancia no es tolerada y es perseguida hasta con el asesinato de quien disiente, el periodismo es más riesgoso pero, también, puede ser tremendamente útil para poner en jaque a los déspotas que suprimen las libertades básicas y las garantías individuales más elementales de los ciudadanos.

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Más información no es igual a más conocimiento

Vivimos una situación en la que las personas comunes y corrientes tienen a su disposición hoy, como nunca tuvo antes la Humanidad, la posibilidad de llegar por su propia cuenta a información, comentarios, análisis, documentos, imágenes, investigaciones u opiniones sobre cualquier tema. La gente es, sin ninguna duda, más libre gracias a internet y a las nuevas tecnologías.

Sin embargo, no estoy nada seguro de que también pueda afirmarse, con igual certeza, que gracias a las nuevas tecnologías ahora la gente está mejor informada que antes y, menos aún, que pueda decirse que las personas hoy, con todo ese aparataje tecnológico a su alcance, son capaces de comprender mejor que antes el mundo en el que viven.

En realidad, las dos cosas son ciertas. Los individuos somos efectivamente más libres y, al mismo tiempo, estamos habilitados para acceder en el momento en que se nos antoje a cantidades industriales de datos, informaciones y comentarios sobre cualquier cosa. Pero es tan abrumador e inaprensible para el ciudadano común el volumen de contenidos que tiene, como suele decirse, “a un clic de distancia”, que es harto difícil que siempre esté en condiciones de discernir entre lo que es importante y lo que es trivial para su vida, entre lo que son meros rumores y habladurías sin fundamento y lo que es información seria basada en investigación y fuentes responsables chequeadas por los profesionales del periodismo.

Hay individuos que están convencidos de que a más masa de información corresponde mayor cantidad de conocimiento. La información es, sí, la materia prima del conocimiento, pero no basta por sí y en sí, sino que hay que procesarla para que el conocimiento exista y ese trabajo es el que tienen que cumplir los periodistas.

En internet hay tanta información relevante que uno no da crédito, a veces, cuando accede en un par de minutos a datos que hace apenas diez, quince o veinte años estaban tan lejos de nuestro alcance como Montevideo de Pequín. Pero eso que es indudablemente grandioso convive con una montaña de basura que se presenta como información y, también, con engaños, mentiras y maledicencias que se hacen pasar por “noticias serias”. Y todo esto, lo relevante y lo irrelevante, lo central y lo accesorio, lo cierto y lo falso, aparece ante los ojos del individuo en la misma pantalla, con el mismo formato y hasta con el mismo diseño de modo tal que, frecuentemente, se hace difícil para el ciudadano común distinguir entre una cosa y otra.

En los “medios tradicionales”, es verdad, siempre coexistieron lo bueno y lo malo. Para separar la paja del trigo fue que funcionó el periodismo de calidad. Pero como la coexistencia de lo accesorio y lo trascendente se ha multiplicado ahora hasta el infinito —y la línea que separaba lo uno de lo otro se ha borroneado hasta hacerse imperceptible—, el periodismo de calidad importa cada vez más para cumplir con aquella, su vieja tarea.

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No descubrimos nada si recordamos que la libertad de información es esencial para el funcionamiento de la democracia, así como una democracia sólida es fundamental para que el periodismo libre y la libertad de información puedan desenvolverse sin cortapisas. Esto es válido hoy, cuando pensamos “en digital”, como ayer, cuando nuestros cerebros estaban preparados para un mundo “analógico”.

Como dice el experimentado periodista norteamericano Davis Merritt, ese inigualado escudo para la libertad de expresión que es la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos “no requiere que la prensa sea exacta, responsable o justa; solo que sea libre. No confiere un estatus especial a una forma de negocio; asigna a cada ciudadano la oportunidad de ser escuchado sin la interferencia del gobierno”. La Primera Enmienda fue diseñada de ese modo “porque la gente que redactó la Constitución creía que la verdad, en una contienda justa con la falsedad, prevalecería siempre” y creía que “el choque abierto de ideas en competencia produce mejores resultados cuando la democracia busca respuestas a la pregunta ‘¿qué debemos hacer’”.6

Pero si es verdad que continúa vigente el concepto de “opinión pública”, eso a lo que los periodistas solemos referir cuando identificamos para qué y para quiénes trabajamos, es asimismo cierto que ya no alcanza en el estado actual de la civilización. La “opinión pública” es “una gran bestia o un rebaño desconcertado, forcejeando en el caos de opiniones locales”.7

Mucho más complejo que la mera opinión —y probablemente mucho más útil para este tiempo— es el concepto del “juicio del público”, profusamente analizado desde hace ya veinte años por Daniel Yankelovich, un conocido investigador social de Estados Unidos.8

¿Qué es “el juicio del público”? Es el nivel de capacidad que tiene la gente común para razonar y llegar a conclusiones firmes sobre los asuntos más variados de su incumbencia. Trasciende la noción de la simple “opinión” porque esta se basa únicamente en el instinto o la información, mientras que el “juicio” se fundamenta en la deliberación, que es “el lado reflexivo de la perspectiva del público, la parte que pertenece al mundo de los valores, la ética, la política y la filosofía de la vida en lugar del mundo de la información y de los conocimientos técnicos”.9

Un juicio del público elevado es central para que la democracia funcione mejor. Pero ¿cómo se forma un juicio del público elevado? Con ciudadanos informados e instruidos, con ciudadanos que tengan el nivel mínimo necesario como para ser capaces de aprobar o desaprobar las acciones de sus gobernantes o representantes, con base en argumentos racionales y no en eslóganes vacíos o gritos de tribuna.

Cuando el juicio del público es bajo o no existe, entonces los asuntos importantes de las sociedades permanecen irresueltos o, peor aún, son decididos malamente por quienes gobiernan en nombre del pueblo, pero a sus espaldas. Un juicio del público maduro equivale a “una opinión pública altamente desarrollada, que únicamente puede existir cuando la gente se involucra respecto a un problema, lo evalúa desde todos los ángulos posibles, comprende las opciones que presenta y asume totalmente las consecuencias que acarrean cada una de esas opciones”, una vez que se decide aplicarlas.10

La primera etapa para que exista un juicio del público maduro es aquella en que las personas son advertidas acerca de la existencia de un problema y se dan cuenta de su significado. Cuando las personas adquieren conciencia del problema que existe, no solo crecen sus conocimientos sobre el asunto sino que, además, aumenta su disposición para actuar, para encarar cosas concretas o, al menos, para decir “algo tenemos que hacer sobre esto”. Y es aquí, justamente aquí, donde el periodismo adquiere toda su dimensión como un eslabón insoslayable para que este proceso tenga lugar, porque al noticiar a la gente sobre lo que pasa, es el periodismo el que desencadena las acciones necesarias para que el juicio del público pueda, finalmente, elevarse.

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En esta época de información apabullante, la importancia del periodismo no solo no disminuye sino que, por el contrario, crece más que nunca porque, aunque todos los datos estuvieran allí, en la red, a libre disposición de los 7.300 millones de terrícolas, generando la posibilidad de que cualquier persona en cualquier sitio del planeta pueda saltearse la intermediación del periodismo y construirse su propio “noticiero”, la verdad es que el 99 % de la gente sigue trabajando en sus cosas para forjarse la vida: el albañil en su obra, el abogado en su estudio, el comerciante en su tienda, el estudiante en su carrera, el taximetrista en su vehículo o el actor en su obra.

El 99 % de la gente común sigue dando prioridad a la crianza de sus hijos, a la atención de su familia y continúa prefiriendo —como es lógico que lo haga— dedicar el resto de su tiempo a entretenerse y a divertirse. Entonces, no tiene tiempo —y probablemente tampoco tenga ganas— de armarse un “noticiero” propio todos los días. Por consiguiente, en la era digital la gente sigue precisando confiar en alguien que sí se dedique profesional y sistemáticamente a armar noticieros para que ese alguien le diga: “Descubrí esto y creo que usted debería estar al tanto; así que lo pongo a su disposición para que usted haga lo que quiera”. Es de ese modo que el ciudadano puede leer o escuchar información relevante para su vida y luego extraer libremente sus propias conclusiones.

Pero para que en esta época el periodismo pueda ser leído, escuchado y, sobre todo, creído, está obligado, quizá como nunca antes, a tomarse en serio a sí mismo. Esto es, tiene que volver a funcionar rescatando los valores que desde los comienzos le dieron carnadura a su esencia. Tiene que regresar más temprano que tarde (si es que lo abandonó) o mantener (si es que sigue vigente) el fundamento originario de su misión, la sangre pura que le dio vida. Que no puede ser trabajar para fabricar fortunas ni ahogar a las audiencias en pasatiempos banales, sino acercarles datos, análisis y opiniones sobre los asuntos que, para bien o para mal, afectan las vidas de las personas.

Esto supone, claro está, mejorar todo el tiempo la calidad de los contenidos informativos o interpretativos que ofrece. Porque si el periodismo, en cualquier soporte, abandona o limita su papel esencial en esta materia y simplemente llama la atención sobre las cosas que ocurren, pasando sobre ellas en forma superficial y yendo como los picaflores de un asunto a otro, no hay tiempo para que el juicio del público madure. Cuando eso ocurre, el proceso democrático de toma de decisiones sufre un cortocircuito.

“Los periódicos”, dice Merritt, “tienen una obligación de servicio público y una especial obligación hacia la democracia, que supera cualquier otra consideración, excepto su propia subsistencia. Cuando, como ha ocurrido, el servicio que se presta al público y las obligaciones con la democracia se tornan secundarios ante consideraciones económicas, si es que no está en juego la propia subsistencia, aspectos vitales de la vida en Estados Unidos (y, agrego yo, en cualquier otra parte) quedan en gran peligro”.11

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Los valores no cambian

Después de 33 años en el ejercicio de esta profesión u oficio, frecuentemente me pregunto si es lo mismo ser periodista en la segunda década del siglo XXI, en el ojo del huracán de la revolución tecnológica, que haberlo sido hace cuarenta años. ¿Es lo mismo que hace treinta, veinte o, incluso, diez años?

El primer reflejo es responder que no. Y hay buenas razones que fundamentan esta respuesta. La velocidad con que hoy se reciben y se envían las noticias, no importa las distancias que haya en el medio, ha transformado el modo de escribirlas o de relatarlas. Internet ha convertido la información que hasta no hace mucho tiempo demoraba días o semanas en conocerse en un bien de consumo instantáneo, con el consiguiente torbellino de noticias que pone en jaque la propia capacidad de comprensión del público.

Es claro que no es lo mismo ejercer el periodismo hoy que hace cuarenta años. Mi padre, que también era periodista, escribía en una máquina Underwood en un rincón de la redacción central del desaparecido diario montevideano El Día; yo escribo en una computadora (que puede ser tanto un notebook, como un celular o un Ipad) con programas que pueden actualizarse con nuevas propiedades al menos una vez por mes. Mi padre rara vez tenía la chance de leer diarios del exterior, porque casi no se vendían en los kioscos de Montevideo y porque solo podía hacerlo si viajaba al exterior o si alguien que llegaba desde otro país le traía algún ejemplar; yo reviso todas las mañanas The New York Times, alguno de los diarios españoles, un par de periódicos argentinos, uno brasileño, uno chileno y uno paraguayo (y si quisiera y tuviera tiempo, podría leer muchos más). Mi padre, como todos los periodistas de su tiempo, vivía una odisea cuando tenía que comunicarse con alguien en otro país o aun en el interior del Uruguay, para rastrear una noticia; yo —como todos los periodistas de este tiempo— estoy a segundos de distancia de las fuentes más remotas del planeta con solo conocer los correos electrónicos, las direcciones de Twitter o las páginas de Facebook adecuados. Así podría seguir enumerando situaciones reales que diferencian claramente el ejercicio del periodismo actual con relación al que se practicaba aquí y en los demás países hace dos, tres o cuatro décadas.

Pero, por encima de esta discusión sobre los cambios tecnológicos, ante el planteo de qué cosas hacen que alguien pueda ser considerado un periodista en estos días y qué precisa este periodista de hoy si quiere que su trabajo continúe siendo importante para la sociedad, uno preguntaría: ¿qué responsabilidades, valores y principios hacen que una persona sea un periodista, en lugar de un propagandista, un publicista o un relacionista público?

Esta es la definición que, según mi punto de vista, mejor responde a esa pregunta: el propósito central del periodismo es tratar de buscar la verdad con el único objetivo de ponerla a disposición del público, de modo que la gente tenga la información que necesita para ser más soberana. Esta fue siempre, al menos teóricamente, la misión central del periodismo... y sigue siéndolo en el ciberespacio.

***

Por eso, la misma decena de parámetros que solían identificar al periodismo en el pasado explican, hoy como ayer, de qué se trata esto de ser periodista. No son muy diferentes a aquellos parámetros que deberían regir la conducta de la prensa, la radio y la televisión “tradicionales” y, por supuesto, puede haber otros. Pero menciono estos:

Un periodista no traiciona la confianza que el público depositó en él. El periodismo se mueve en el marco de un negocio; hay que vender diarios, hacer que la radio se escuche, que la televisión se vea y que la página web sea visitada; hay que vender publicidad. Pero además de ser un negocio que tiene que hacer dinero para sobrevivir, el periodismo asume una responsabilidad adicional que es ser los ojos y los oídos del público, convertirse en su representante, aunque sea por un rato cada día, y esa es una confianza que no puede ser traicionada. Un periodista siempre recuerda que el presidente es empleado suyo y del resto de los ciudadanos. Es alguien que no se siente deslumbrado por la gente famosa y por la gente poderosa, que siempre recuerda que el presidente, los ministros, los intendentes, los legisladores o los directores de las empresas públicas son personas que trabajan para uno o, para decirlo mejor, que fueron electas, directa o indirectamente, por la gente para ocupar las más honrosas posiciones en el gobierno a efectos de mejor servir al pueblo; y que, como fueron electas por el pueblo para administrar sus asuntos y reciben un sueldo que el pueblo les paga para hacer eso, deben dar cuenta acerca de todo lo que hacen y de todo lo que concierne a ese pueblo que los eligió. Eso no lo olvida nunca un periodista. Un periodista trata de dar a los sujetos de las noticias una chance justa para decir lo suyo. Naturalmente, no está obligado a hacerlo. Pero si tiene una presunción razonable de que la publicación de una noticia muy importante puede resultar perjudicial para una persona o para una institución, aunque la información sea veraz y esté debidamente chequeada, debería hacer un esfuerzo para que esa persona o institución tenga la oportunidad de decir “su verdad”, aun cuando esa versión pueda parecerle al periodista una gran mentira. El periodista no debe olvidar jamás que no es el dueño de la verdad. Un periodista se baja del escenario. Es alguien que, cuando está abocado a informar al público, no sube al tablado de los protagonistas de las noticias para, desde una distancia preferencial, intentar ver todo lo que pasa, dejando a un lado en lo humanamente posible sus propios puntos de vista y procurando así contar luego la versión que considere más cercana a la verdad. “Un periodista es alguien que está en la platea (...). Está en primera fila pero siempre en la platea. Es un buen lugar, se ve todo estupendo, pero no está arriba del escenario. Ve pasar gente que sube, que baja, que se le acerca cuando está en la platea, pero cuando están arriba no lo saluda”, dice el periodista Danilo Arbilla.12 Un periodista nunca subestima la inteligencia del público. Las personas que no son periodistas —la inmensa mayoría— tienen vidas muy ocupadas, tienen que trabajar, tienen que ocuparse de sus familias, de sus hijos, y por tanto no pueden abocarse a diario a analizar críticamente el tipo de información que reciben de los medios de comunicación. Pero eso no quiere decir que no se den cuenta de si es útil o no lo que les cuentan, si quienes quieren transformarse en sus “informantes” son serios o no lo son, ni quiere decir que no se preocupen por los problemas de la sociedad. Un periodista enfrenta nuevos dilemas éticos permanentemente. Es alguien que, más allá de cuántos años tenga en la profesión, está siempre ante disyuntivas éticas o deontológicas que debe resolver sobre la marcha. Si eso no le pasa, entonces ese periodista probablemente no esté haciendo bien su trabajo. Un periodista no miente ni plagia a sabiendas. Es alguien que, como su tarea supone un compromiso con la verdad, tiene prohibido mentir; es alguien que no apela al chantaje para silenciar información o para esconder noticias si no desea convertirse en un vulgar delincuente. Un periodista resigna algunos de sus derechos como ciudadano por el privilegio de ser periodista. Por eso, no conviene que pertenezca a organizaciones políticas, religiosas o filosóficas, ni que se embarque en causas, por más nobles que sean, porque quizá, en algún momento, se vea obligado a informar u opinar sobre esas organizaciones o sobre esas causas. En ese caso es más probable que la gente tenga más confianza respecto a lo que cuenta si él es independiente de los intereses involucrados en las noticias que cubre. Un periodista —y esto no es algo menor— tiene que estar preparado para renunciar o ser despedido por razones de principios. Esta no es una tarea cualquiera y, a veces, no hay más remedio que poner coto, mediante la renuncia o el despido, si se llega a la conclusión de que no se puede seguir trabajando en algún lugar sin vulnerar flagrante y reiteradamente estos mismos principios. Un periodista es un ciudadano que se dedica profesionalmente a explotar al máximo y diariamente un derecho humano que pertenece a todas las personas. Un periodista, en definitiva, es alguien que decide especializarse sistemáticamente —y lo asume como su manera de ganarse la vida— en el ejercicio activo de la libertad de expresión. Busca, recibe y difunde informaciones y opiniones de modo regular, preferentemente (y si es posible) sin censuras de ninguna especie. Ejerce, pues, todos los días, dedicándose, formándose y recibiendo una remuneración por eso, el derecho humano a la libertad de expresión que, insisto, comparte con el resto de la sociedad y no lo tiene “en propiedad”.

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¿Cómo tiene que ser, entonces, el periodista del futuro (o del presente) para que pueda ...