Loading...

TINTABRAVA

Raúl Castro Breccia  

0


Fragmento

1

Uruguayos campeones


El empeine derecho del veloz puntero celeste se hunde en el pulmón de la pelota, que se comprime y expande inmediatamente, haciendo que la redonda ilusión de dos millones y medio de almas salga despedida rumbo a la base del palo izquierdo de Barbosa. Va potente y directa hacia un destino fatal y glorioso, fugaz y eterno, hermoso y terrible: la red del arco que quedará marcado para siempre; para unos, como el de la derrota; para el resto del mundo, como el de la más grande hazaña futbolera de todos los tiempos.

El bebé de apenas tres meses, boca arriba en su cuna, observa expectante el tul que cubre el moisés, mientras escucha los sonidos ambientales sin tener idea del momento épico que está viviendo.

La ronca voz de don Carlos Solé retransmite ansiedad, desesperación y esperanza. En la casa de la tía Meluca y el tío Esteban, justo en mitad del siglo, entre la Aguada y el Cordón, se respiran nervios y expectativa.

De pronto, la voz inobjetable del destino rompe la densidad del clima. Gol. Gol uruguayo. Gol. Gol uruguayo. Ghiggia. Gol uruguayo. Ghiggia. Gol uruguayo. Gol.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Papá y el tío Esteban se abrazan. Mamá y Anita, Tito, la tía Tatola y las primas gritan, saltan y festejan.

Desde la cuna, todo ese bullicio inentendible provoca la sorpresa del bebé, impactado por el cambio de ambiente, la locura y la felicidad familiar.

Mamá lo alza, apretándolo contra su pecho.

—¡Gol! ¡Gol uruguayo, pichoncito! —casi canta la joven mujer con su hijo en brazos—. ¡Mirá, Castro! —llama la atención de su marido—. ¡Mirá cómo sonríe el nene! ¡Parece que festejara!

El padre lo abraza y, quizás por cábala o preso de la emoción, lo mantiene aúpa hasta que el relator anuncia el final de la batalla, que no es otra cosa que el principio de la leyenda.

Otra vez Uruguay campeón del mundo. Otra vez invicto, invencible, esta vez de visitante, siempre predestinado a la gloria.

Bajan a la vereda. La esquina de Gaboto y 9 de Abril es un hervidero. Los vecinos han invadido las calles y hay matracas, pitos y un carnaval de alegrías y euforias incontenibles asolando el barrio, la ciudad, el país todo.

Tres meses de vida y su alma arranca marcada por la historia. De pronto, se ve venir desde Miguelete una banda de muchachones cantando. ¿Qué cantan? ¿Qué dicen? ¿Qué corean? Son los mismos que de tardecita se paran frente al Bar El Pontón a piropear chiquilinas y entonar boleros, tangos y milongas de moda. Esta vez vienen cantando una murga. Con bombos y platillos pasan rumbo a 18 de Julio, acompañados por un maravillosamente desafinado coro de vecinas y vecinos, niños, ancianas y veteranos, todos a una, sin saber bien la letra, pero imbuidos del espíritu del momento, coincidiendo en la emoción.

Vienen cantando un fragmento de Dianas de Nuñoa, la ya famosa despedida de Los Patos Cabreros del 27, escrita por Omar Odriozola ante sugerencia de José Ministeri, Pepino, su legendario director: «Uruguayos campeones de América y del mundo…».

En brazos de mamá, acontece ante sus ojos por primera vez el milagro. Ve luz en las sonrisas cotidianas, familiares, en las miradas clareadas de inocente belleza. Siente que algo sucede, y que es algo grande. Esa música es la música de la victoria. Entonces nace en él, aquella fría tarde noche del 16 de julio de 1950, marcado a fuego por la celeste alegría del barrio, el murguista. El que un día será bautizado por un borracho, en un boliche, con el apodo de Tintabrava. El personaje que el destino me tenía reservado.

El hombre que quería hacer cantar al mundo.



2

Los Caminantes


La tarde veraniega de Miguel Barreiro casi 26 de Marzo está llamando. Es el Pocitos de los cincuenta. En las orillas del cauce del arroyo que le dio nombre al barrio, las casas con techo de zinc empiezan a dejarle lugar a los rascacielos. Los botijas están jugando a la bolita en el cantero de lo de doña María. Roberto, Pablo, Enrique, Beto y Luisito.

—¡Mamá, voy enfrente a jugar con los chiquilines!

Sin esperar contestación, arranco. Cruzo y me paro al borde de la «cancha oficial de bolita» a mirar el partido.

Pablo es el mejor. Tiene una puntería excelsa. De pie frente al hoyito, triangula las distancias hasta la lechera del Luis y, antes de agacharse, se acomoda los pantalones cortos con los antebrazos.

Rodilla en tierra, mide con el pulgar izquierdo desde el borde del hoyo hasta donde alcanza la punta del dedo mayor y allí la zurda se yergue, perpendicular al suelo, como base de una catapulta. «Dadme un punto de apoyo y chantaré cualquier bolita», parece decir su movimiento. La derecha es un arma pronta para disparar. Sostiene la munición de vidrio, la «favo», entre el índice y el pulgar. El mismo pulgar que será el encargado, después de tomar puntería, de impulsarla con violento chijetazo. Levanta la mano a la altura de su ojo derecho. Cierra el izquierdo para afinar la mira y la computadora mental le da la orden a todo su cuerpo. La mano que será la ejecutora del disparo desciende lentamente, se apoya dorso contra dorso y se convierte en un instrumento letal para los intereses del Luisito.

—¡No vale, gañota! —protesta este, como último recurso.

Pero la posición de Pablo es totalmente legal. Los demás chiquilines lo avalan.

Entonces sale el balinazo. La esfera relampaguea en el aire y el sonido de vidrio contra vidrio es definitivo. Chante seco, perfecto, terminante. No hay ni chance de cantar «levanto». El último rival que quedaba cayó ante la habilidad del crack del barrio.

Todos pagan sus correspondientes bolitas al ganador.

—¡Estaban jugando en serio! —pienso, parado al borde del cantero—. ¡Menos mal que no jugué!

Atilio aparece con la guinda de goma. La saltarina.

—¡Campeonato de cabeza! —grita uno, mientras hacemos jueguito.

La pelota tiene imán y los players van surgiendo de cada puerta, de cada zaguán, de cada casa. Hasta que son suficientes para armar un movidito.

Pisan el Pocho y Pedro, dos de los que juegan mejor. Todos nos conocemos. Nos estamos criando juntos, entre la playa y el campito de Chucarro, el Arizona y el Casablanca, el Parque Batlle y la Escuela Noruega, el estadio y las piscinas públicas de Trouville.

Apenas empieza el partido, gol en el arco de la zapatería. El arco de ellos. Festejo, gritos, cachadas, protestas.

—¡Auto! —grita Alvarito y todo se detiene.

Pablito, la pelota apretada bajo la suela derecha, deja ir al De Soto que pasa ronroneando.

—¡Sigue! —se escucha.

Entonces levanta la cabeza, juega con la pared, que como dice el porteño Héctor «es el wing que más la pasa», y elude así la marca aguerrida del cabezón Alfredo, terrible asesino, para alcanzármela «de rastrón», casi dormida, mismo en dirección al arco demarcado por un par de alpargatas bigotudas.

Sin oposición, apenas tengo que tocarla. La entro, la piso y la dejo ahí. Gol. Chupen, giles. 2 a 0 nosotros. Así, hasta las luces. Cuando se encienden los faroles callejeros, termina el partido. Esa es la ley, vayamos como vayamos. Hoy nos toca marchar 18 a 15. Parejo. Cuatro horas, catorce contra catorce, jugando al fútbol en la calle. 33 goles. Y con arcos chicos.

Después de la cena, los elásticos horarios de las vacaciones escolares del verano montevideano permiten salir de nuevo a disfrutar hasta más tarde.

Ahí sucede otra vez el milagro. Los botijas están alrededor del banco de lo de Bonora, en la puerta de la casa de Roberto y Eduardo. Juancito, el hijo del griego, toma la iniciativa.

—Dice mi viejo que va a haber corso por acá, por Barreiro, el lunes de Carnaval. Podríamos hacer una murga —propone.

La idea prende como fuego en piñas secas. Una murga de pibes…

Roberto, líder nato, da la bendición. Manos a la obra.

—¡Yo tengo un tambor que me regaló mi tía! —grita Fermín. El Pocho habla de un pariente carnavalero y alguien propone pintar túnicas viejas.

—¡Corcho quemado! —sorprende Raulito—. ¡Mi viejo nos pinta la cara con corcho quemado!

Roberto va a ser el director. Yo, callado, no lo puedo creer. Una murga. Mi sueño. Entonces, sin siquiera pensarlo, me escucho a mí mismo diciendo, a los siete años, en el banco de lo de Bonora, mi destino:

—Yo puedo ser el letrista.

Les cuento a los otros chiquilines que mi hermana Ana y el primo Tito me llevan a los ensayos de los Asaltantes con Patente, y que sé la despedida que van a cantar en Carnaval. Propongo y se acepta cambiarle «Asaltantes» por «Caminantes», que queda como nombre de la murga de pibes.

Esa noche me duermo recordando la letra...

Como el buril, que el mármol va modelando

Golpea febril, nuestra insistencia al cantar...

Herencia que el pasado nos ha dejado bajo custodia

Páginas de la historia que en la memoria han germinado

En su luz mortecina farol de esquina ha bendecido

Aquel coro querido que desunido volara un día...

En el seno de cada barriada, toda murga dejó su palpitar

Engarzada en estrellas plateadas

De Caminantes (Asaltantes) se oye el cantar

Los retazos de vieja bohemia en un cofre inviolable guardarán

Fraternal el aplauso que premia la labor en su punto final...

Carlos Soto, Doble Filo, maestro de letristas, es el autor de esta joyita.

«Con cuatro fierros locos» y la despedida «prestada», queda pronto el repertorio. Nos dejan cantar a primera hora en el tablado del barrio, frente a lo de Ravera, la fábrica de caramelos. Para nosotros, con diez años de promedio y en la década del cincuenta, un tablado frente a una fábrica de caramelos es Disneylandia.

En el corso somos un éxito. Logramos una cuantiosa recaudación en el sombrero de Roberto. «A la gorra», como dicen los porteños, cantamos en cada casa, en cada esquina. Pero donde más recaudamos es en la puerta del café y bar El Águila, el almacén de don Manuel, el boliche del barrio. Vamos a patinarnos el premio al Añón, porque nos atiende Varela y hay pizza, fainá y bebidas refrescantes. Hasta una Bidú se cuela.

La noche siguiente, al tablado de la Caramelería vienen a cantar los Asaltantes con Patente, bajo la batuta mágica de don Antonio Casaravilla, el popular Cachela. Alta expectativa. Efectivamente, la gran murga mata. Pero al llegar la despedida, la voz del gallego Agustín, el zapatero, se eleva entre las familias del barrio que disfrutan del espectáculo:

—¡Oie, Cachela! ¡Esa despedida se la habéis robao a Los Caminantes!

3

El asalto a la heladería


Perico Gómez es un veterano piola. En las tardes veraniegas, para que no molestemos con la recha o el titiriyá, dos juegos colectivos bastante ruidosos, por el simple y solidario gesto de entretener a la botijada mientras los vecinos duermen la siesta, el hombre se sienta en el escalón de su casa y matea contándonos historias increíbles. Nos cuenta por ejemplo que tiene estudiado todos los movimientos que deberíamos hacer si quisiéramos asaltar la heladería Fuentes, que queda ahí a la vuelta, en Pereira y Berro.

Es sin duda uno de los destinos preferidos de la barra. Perico tira el anzuelo y siempre alguien pica. Esta vez es Alvarito que pregunta: «¿Y cómo sería?».

Entonces, ante las hipnotizadas miradas infantiles, empieza a desarrollar cuidadosamente el plan.

A los niños se nos hace agua la boca imaginando el momento en que nos hagamos con los bidones de helado, el momento de escarbar con esa cuchara redondita de metal el tonel de la menta, la crema, el chocolate, la frutilla o los gustos exóticos de los helados más ricos del barrio.

—Vos vas de campana —le indica Perico al Quico, el más chico. Y prosigue—. Roberto, vos que sos rápido tenés que hacer salir al dueño, que está en la caja, y rajar para la rambla. Gritale «¡Arriba Los Trovadores!» que se calienta. Ojo al cruzar. Cuando te salga a correr, vos Beto y el Pedro sacan de la caja un tique para cada uno y vigilan que nadie meta la mano. El dinero no se toca. Solo los helados —todos asentimos—. Mientras tanto, los demás aprovechan la confusión, saltan del otro lado del mostrador, se sirven abundante y salen rajando. Atenti: uno de ustedes me tiene que traer un helado a mí que soy el cerebro. De crema y chocolate —me señala con la mirada—. Vos, Raulito.

Una vez explicado el plan, todos estamos dispuestos a llevarlo a cabo. Ahí, inevitablemente, empiezan los problemas. Como siempre, es el propio Perico el que se da cuenta. Esta vez resulta que Enrique no tiene championes y se puede resbalar, que Alicia no está y es muy importante porque vive al lado y puede ser un escondite seguro si alguno no logra correr rápido, o que ya es un poco tarde, mejor lo dejamos para mañana o para un día en que podamos estar todos.

4

Huracán Pocitos


El líder de la barra, Roberto, es además el back derecho del Huracán Pocitos, nuestro glorioso cuadro, fundado en 1957 en el sótano de lo de Bonora, su sede social. Mi vieja nos hizo la bandera con los colores de la camiseta: azul con una diagonal roja.

Las vamos a comprar en delegación hasta el local de Mauri Deportes, en la avenida Uruguay. Mauri es vecino del barrio, padre de Atilio y sus cuatro hermanas, y fabricante de las famosas pelotas marca Mundial.

«¡Que pelotas tiene Mauri!», dice el reclame. «¡Pelotas marca Mundial!».

Para hacerme el crack, me tiro de la plataforma con el ómnibus en marcha, caigo con las piernas casi juntas y aterrizo de boca en el pedregullo de la parada. Raspaduras en las rodillas, en las palmas de las manos y en el orgullo. Algunos se ríen mientras Roberto me ayuda a levantarme. «Te tenés que tirar caminando», enseña.

Las camisetas son un saldo que le quedó a Mauri, por lo que la oportunidad define los colores y con cuarenta y cinco pesos del año 57, de los de antes de la reforma de Azzini, nos llevamos la ilusión abajo del brazo. El dinero lo juntamos rifando tortas hechas por las madres y pidiendo diarios viejos puerta por puerta para ir a vendérselos al almacén de don Manuel y a la carnicería. En todas las casas se compran dos diarios, uno de mañana y otro de tardecita. En mi casa son El Día y El Plata. Mi viejo es colorado, batllista de los de don Pepe. Mi vieja también, pero menos discursera. A don Castro le encanta la política. Nació en el año 10 del siglo XX, vivió las dos guerras, dos dictaduras y tres quinquenios, dos a favor y uno en contra, y tiene un aforismo favorito: «Los creíques y los penséques son amigos de los burreques». Ateo y liberal, compra un diario blanco y otro colorado.

Don Manuel, el del almacén, por el contrario, utiliza la prensa de la época con el noble fin de envolver la verdura. Lo mismo hace el carnicero: es más barato que el papel de estraza.

Pero sigamos con el invicto Huracán Pocitos. El primer y único campeonato en el que intervenimos lo organiza la Asociación Cristiana de Jóvenes de la filial del barrio, y se juegan casi todos los partidos en la cancha de La Estacada. Con garra y calidad, llegamos a la final. La cita es un domingo en la cancha del predio que la ACJ tiene en Solymar, algo que más tarde interpreté como una premonición. Enfrente estarán los del Wander Rampla, un cuadro bárbaro y muy aguerrido.

El mejor de ellos es el Indio Alberto, su centre forward. Le pega con las dos y cabecea que da miedo. Yo lo conozco de la escuela. Está en sexto.

Llegamos a Solymar en la camioneta de reparto de la ferretería La Llave, vehículo que mi viejo pidió prestado para llevar a la delegación. La felicidad viaja apretada en aquella caja con toldo verde, ni muy grande ni muy chica, que sirve entre semana para repartir por los barrios herramientas, clavos, tornillos y colores; y los fines de semana para cumplir sueños infantiles.

Ambos cuadros nos lucimos y asoleamos con las dos mismas excusas: el deporte y la amistad. El Indio no pudo tirar sus flechas aquella tarde, bien marcado por Pocho Risso, y con dos goles de Pablito Lavié, salimos campeones.

Mi humilde aporte de puntero derecho, en el segundo tiempo, es un centro para Pablito que casi termina en gol. Siempre me quedó la duda de si Perico me había puesto porque mi viejo nos llevaba en el camión o por mis grandes condiciones. La cosa es que el campeón es el Huracán Pocitos.

Volvemos al barrio, y en el trayecto, otra vez el milagro. Venimos inventando entre todos el himno del cuadro campeón, que anoto en mi memoria para siempre. Sobre la música de la canción Cuando pa’ Chile me voy, que está de moda, desentonamos con alegría:

Cuando pa’ Chile me voy, pasando por La Estacada

Lo vemos al Huracán haciendo una gran goleada

Y cuando vuelvo de Chile hay festejo para rato

Porque el Huracán Pocitos ya ganó otro campeonato

Pasá por aquí, pasá por allá, que ya van ganando con facilidad...

...