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EL SENTIR DE LAS VIOLETAS

Diego Fischer

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Fragmento

La soledad y el silencio son los mejores aliados del olvido

Por un momento Julio Herrera y Obes creyó ver, a través de los cristales de la ventana, su propia muerte. Aquella helada tarde de agosto de 1910, el fin de sus días había tomado la forma de Raúl Montero Bustamante. Herrera lo aguardaba sentado en uno de los dos sillones de terciopelo rojo, únicos sobrevivientes del vendaval que todo se lo había llevado a remate o al montepío. Lo aguardaba ensimismado, con la mirada perdida, en la penumbra del salón de los espejos del palacete de la calle Canelones; una lujosa y desmantelada habitación que de tanto en tanto se iluminaba fugazmente con la llama de un leño que se consumía en la estufa intentando inútilmente entibiar el ambiente.

La serena expresión del rostro del expresidente de la República era acentuada por sus ojos oscuros, de mirada transparente, con los que cincuenta años antes había enamorado y condenado al amor eterno a Elvira Reyes.

“¿Pensará en ella?”, se preguntó Montero mientras contemplaba desde el umbral de la sala la imagen de aquel hombre que había vivido en la opulencia y padecido en varias ocasiones las penurias del destierro. Su vida siempre había transcurrido entre los círculos del poder, y cuando le tocó ejercerlo desde la más alta magistratura lo hizo con apego a la ley y dignidad. La misma dignidad que mostraba hoy, en la soledad y la pobreza que se habían apoderado de su vida desde hacía varios años.

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Montero se conmovió al verlo así. Lo había conocido en su esplendor y en tiempos en que su voz era escuchada y respetada por casi todo el espectro político y los intelectuales.

—Buenas tardes —dijo casi en un susurro.

—¡Mi querido amigo! —exclamó Herrera y se puso de pie. Estiró la mano derecha para saludarlo, mientras con la izquierda sacaba de uno de los bolsillos del chaleco el reloj de oro, el único objeto de lujo que le quedaba. Era un regalo de Elvira, de cuando cumplieron veinticinco años de amores. Lo miró y comentó:

—Sí que es usted puntual.

—Tal como acordamos, doctor.

El visitante correspondió el saludo estrechando la mano del anfitrión con una generosa sonrisa.

—Siéntese, por favor. Todavía es temprano.

Montero se ubicó en el sillón gemelo y quedó enfrentado a su amigo. Comprobó cómo el tiempo le había surcado el rostro, dejando bien marcado su paso. La cabellera seguía siendo abundante, aunque completamente blanca, al igual que el bigote. Tenía setenta años y conservaba la estampa y el señorío que lo caracterizaron siempre.

—¿Y cómo marcha ese nuevo libro? —preguntó Herrera.

—Bien, doctor. Estimo que para diciembre lo terminaré. Es una antología de nuestros escritores. Me gustaría, si no es molestia para usted, que lo leyera y me diera su opinión antes de que lo envíe a la imprenta.

—Será un honor. Estoy seguro de que resultará un éxito, tan celebrado como su poema a Lavalleja.

Herrera se puso de pie y dijo:

—Venga, acompáñeme.

Tomó del brazo a Montero y lo llevó a recorrer la casa.

El silencio y el frío calaban el alma al contemplar aquel caserón completamente vaciado y vacío. En sus paredes quedaban como cicatrices las marcas de los gobelinos y de los cuadros que lo habían decorado. Los pisos helados ya no tenían las alfombras persas que los abrigaban. Primero caminaron por el salón del frente, llamado Versailles por Herrera y sus amigos, el mismo que años anteriores se iluminaba a giorno con arañas de cristal de Bohemia para recibir a lo más granado del mundo de la política y de la sociedad rioplatense, y hasta a cantantes de ópera mundialmente reconocidas. Luego atravesaron el majestuoso hall coronado por un espectacular vitral que todavía dejaba entrar la última luz del día. De allí se dirigieron a la antesala del comedor, donde el veterano político colorado acostumbraba a sentarse a leer en invierno, frente a un hogar y de espaldas a un ventanal por el que entraba el sol en las tardes. El comedor, inmenso, con sus paredes cubiertas de boiserie caoba, pareció emitir un lamento cuando los caballeros pisaron su suelo de marquetería aún lustrada. Los banquetes que allí se habían celebrado eran ya parte de la historia.

—Sigamos, por favor —dijo Herrera, y tras recorrer lo que habían sido sus habitaciones privadas y su escritorio invitó a Montero a subir dos pisos por una estrecha escalera de caracol de madera, hasta llegar a una habitación espaciosa, desde cuya ventana se veía el Río de la Plata.

—Este fue mi refugio privado —confesó—. Aquí recibía únicamente a mis verdaderos amigos. Aquí también viví los momentos más dramáticos de mi presidencia y, solo, tomé las decisiones más difíciles. Estas paredes conocen mis tribulaciones y angustias…

Montero escuchaba y no se atrevía a pronunciar palabra. Sentía que el expresidente lo había elegido para ser testigo de esa despedida; un privilegio que recordaría por el resto de sus días.

—Bajemos, por favor.

De la torre se dirigieron a las cocheras. Caminaron el largo espacio de piso damero y columnas delgadas de hierro torneado. El silencio era interrumpido por el canto suave de una fuente, que a medida que se acercaban al fondo de la casa se hacía menos asordinado. Herrera abrió la puerta que comunicaba al jardín y la luz del atardecer alcanzó a alumbrar el patio de estilo andaluz, en cuya pared del fondo una fuente entonaba una melodía suave y triste que reverberaba en los azulejos azules y blancos de las paredes. En una de las esquinas, una santarrita dejaba caer sus últimos pétalos bordeaux. Enfrente, un jazmín del país mostraba sus ramas secas.

—En las tardes de verano me gustaba sentarme aquí, junto a la fuente, respirar el perfume de las flores y escuchar el canto de los pájaros. Elvira siempre se empeñó en regalarme plantas para que esto fuera una pequeña réplica de su jardín, pero nunca entendí de botánica y menos de jardinería. Lo mío fue siempre la política. Y en ese camino no crecen flores.

Cuando volvieron a la planta alta, Herrera fue hasta el salón de los espejos, tomó su bastón, su sombrero y una capa. Montero lo ayudó a colocársela.

—Ahora sí, vamos. Se hizo de noche y nadie me verá salir.

Aceptando su destino y, como siempre, con la cabeza en alto, decidió seguir a su muerte hasta donde quisiera llevarlo.

Agarrado del pasamanos de bronce, bajó por la majestuosa escalera de mármol de Carrara. Una pálida bujía eléctrica alumbraba el camino. En la puerta esperaba el cochero de Montero.

—Raúl, ¿cuántos años tiene usted?

—Veintinueve, doctor.

—¡Qué juventud! Recuerde esto que le voy a decir: La soledad y el silencio son los mejores aliados del olvido.

Una presentación en sociedad

Desde hacía semanas, en la quinta del Prado del coronel José María Reyes y su mujer, Manuela del Villar, no se hablaba de otra cosa que de la presentación en sociedad de Elvira, la menor de las cinco hijas del clan. El día había llegado. Era el 28 de febrero de 1862 y muy temprano la casa se convirtió en un revuelo. Doña Manuela, sus hijas, sus tres nueras, las institutrices y la servidumbre corrían de un lado a otro ultimando los aprontes para la fiesta de esa noche. Eran ocho mujeres en total para hacerse la toilette y, sobre todo, una a la que había que vestir y peinar con particular esmero.

Elvira estrenaría sus dieciséis años junto con otras seis jovencitas de la sociedad montevideana, en una fiesta en lo de don Justino Viana y doña Fortunata Bustamante. Los Viana Bustamante eran célebres por sus bailes y agasajos todo por lo alto, que celebraban con frecuencia en su señorial quinta del Miguelete. Allí los dueños de casa solo recibían a lo más selecto de Montevideo y Buenos Aires.

Los Reyes del Villar pertenecían al patriciado del Río de la Plata. Don José María había nacido en Rosario de Santa Fe, en una familia de alcurnia. Desde muy joven eligió la carrera militar y cursó estudios en Buenos Aires, donde se graduó como alférez de Ingenieros. El 20 de febrero de 1827, con veinticuatro años, tuvo un papel destacado en la batalla de Ituzaingó, donde con el ejército de Buenos Aires, bajo las órdenes del general Carlos María de Alvear, luchó por el dominio de la Banda Oriental contra las tropas del imperio del Brasil. El ejército de las Provincias Unidas del Río de la Plata derrotó a los brasileños, despejando el camino para la Convención Preliminar del Paz, en la que los orientales obtendrían su independencia.

No se sabe si fueron los avatares políticos de la época o la mujer que al término de la batalla conoció en San Carlos, Maldonado, lo que hizo que Reyes se afincara definitivamente en el territorio oriental. Lo cierto es que a fines de 1827 se casó con Manuela del Villar, integrante de una de las familias más antiguas de San Carlos.

La carrera militar y la cartografía se convirtieron en sus dos profesiones, al tiempo que abrazó la divisa blanca. No obstante, durante el breve período que ocupó la Presidencia de la República el colorado Carlos Anaya, tras la renuncia del general Fructuoso Rivera, en octubre de 1834, Reyes fue designado ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores. Fue la mano derecha de Anaya hasta el 1.o de marzo de 1835, cuando asumió la Presidencia de la República Manuel Oribe. En 1838 fue nombrado encargado de negocios ante la Corte de Brasil, para establecer con las autoridades de aquel país los límites del Estado uruguayo. A su regreso, comenzaba la Guerra Grande. José María se sumó al gobierno del Cerrito y pasó a ser uno de los hombres de mayor confianza de Oribe. Entre las actividades que realizó en ese tiempo como cartógrafo estuvo el diseño de la villa de La Unión.

En 1860, el presidente blanco, Bernardo Berro, lo designó jefe de Infantería del Ejército Nacional, con el grado de general. Tenía gran reputación e influencia, tanto en el ámbito castrense como en el político. A Reyes se lo conocía por su desempeño militar, pero también como cartógrafo. De sus trazos y conocimientos surgió el primer mapa que tuvo el Uruguay, y suya fue la responsabilidad de diseñar la Ciudad Nueva.

Reyes y doña Manuela tuvieron doce hijos, cuatro de los cuales murieron siendo niños. Horacio fue el primero en nacer, en 1828, once meses después de que sus padres se casaran. Luego vendrían César, Julio, José María, Josefa (a quien todos llamaban Pepa), Ercilia, Manuela, Carlota, Rosa y Elvira.

Elvira siempre había sido el desvelo y la debilidad de sus padres, y una niña también muy cuidada y mimada por sus hermanos. A los quince años era la más bonita de la familia y poseía un ángel especial. Tenía la piel muy blanca, y su silueta delgada no ocultaba las formas de un cuerpo que recién se había transformado en el de una mujer. Su rostro parecía pintado por un artista del Renacimiento que hubiera concentrado su maestría en unos ojos verdes transparentes, una delicada nariz y unos labios armoniosos. Daba la impresión de que el pintor, al finalizar su trabajo, hubiera posado su fino pincel en la mejilla derecha de la retratada para dejar un pequeño lunar, a manera de rúbrica. El cuerpo y la belleza toda de Elvira estaban coronados por una abundante melena oscura, prolongada en decenas de rulos que se rebelaban a la hora de sujetarlos en un moño.

De las hijas de Reyes, era la que había heredado el talento de su padre para el dibujo. Y de su madre, la devoción por la Virgen del Perpetuo Socorro. Desde muy niña, madeimoselle Eugène, la institutriz francesa que tuvo a su cargo la educación de las hijas menores de los Reyes, se dio cuenta de la habilidad y el entusiasmo que ponía Elvira a la hora de dibujar. Cuando cumplió ocho años su padre le regaló una valija con pinturas, además de un caballete y varios lienzos. Pasaba horas pintando. Algunos de sus trabajos causaban asombro, como cuando debió guardar cama un par de días por un fuerte resfrío y pintó con acuarelas la vista del jardín de la casa desde la ventana de su habitación. También disfrutaba mucho de la lectura. Amaba la poesía y recitaba de memoria los versos de sus poetas preferidos. El hecho de hablar y escribir el francés tan bien como el español le abría un horizonte mayor. Sus inclinaciones artísticas la aislaban de los vaivenes políticos que se vivían en aquellos tiempos, a los cuales su familia, por la profesión y la personalidad del general Reyes, no estaba ajena. Fue una niña singular. Sería también una mujer especial.

Elvira parecía predestinada a que ante su sola presencia se rindieran los hombres más apuestos y codiciados. Tenía las mejores armas y no era consciente de ellas: su serena mirada y la sonrisa que iluminaba su cara. Bastaba que caminara entre la gente con su silencioso andar e innata elegancia, esparciendo la fragancia de la primera juventud, que no necesita perfumes ni cosméticos.

Aquella noche era magnífica. Cálida, estrellada y con una brisa que acariciaba los árboles del enorme bosque que se recostaba en el arroyo Miguelete y cuyas fragancias abrazaban el oeste de Montevideo. En tres carruajes, los Reyes recorrieron las pocas cuadras que separaban su quinta, sobre la entonces denominada calle del Paso del Molino, y la de los Viana. En el primero, sus padres escoltaban a Elvira.

—¿Me veo bien, mamá? —preguntó nerviosa la joven.

—Estás hermosa —respondió doña Manuela.

—Muy hermosa —comentó don José María.

—Me ajustan un poco los botines y tengo miedo de caerme con estos tacones tan altos.

—Hija, todo saldrá de maravillas.

El coche ingresó por el sendero de palmeras y eucaliptos que unía la entrada del parque con la casona principal. Antorchas clavadas en la tierra marcaban el trayecto que debían recorrer los invitados. El cochero se detuvo a unos metros de la escalinata de mármol. Bajó y corrió a abrir la portezuela a los pasajeros. El primero en bajar fue Reyes; luego le extendió la mano derecha a su mujer y, una vez que ella bajó y arregló su vestido, descendió Elvira. Ercilia, que venía en el carruaje de atrás, se acercó para ver y ayudar a su hermana. Una vez que comprobó que el vestido se había desplegado sin inconvenientes, miró a su padre y le quitó una pelusa de la manga de su uniforme militar de gala.

—¿Pronta?

—Sí, padre. ¿Por qué es tan importante esta noche para usted?

—Porque es como un ensayo para el día en que te cases.

Un niño que aborrecía su nombre

Aquel niño anunció su llegada al mundo con un potente grito. El llanto recorrió como un eco la calle 25 de Agosto y despertó a los vecinos que sesteaban en la sofocante tarde del 9 de enero de 1841. Acostumbrados al tronar de los cañones en un país en guerra que ingresaba a la adolescencia, un nacimiento era celebrado con particular entusiasmo por los habitantes de Montevideo. Y alimentaba la ilusión de que algún día la paz llegaría para quedarse.

En esa oportunidad la criatura que alentaba la esperanza era el tercer hijo de Manuel Herrera y Obes y Bernabela Martínez. Semanas más tarde, en la cercana iglesia de San Francisco, lo bautizaron de acuerdo al santoral: Julián Basilio,1 aunque en su pubertad él decidiría que lo llamaran Julio. Los Herrera y Obes Martínez serían en total nueve hermanos: Lucas, Nicolás, Julián, Manuel, Consolación, Bernabé, Miguel, Emilio y Eduardo.

La prosapia de Julio se remontaba a comienzos del siglo XIX, con la llegada de los primeros habitantes de Montevideo, provenientes de la isla de Lanzarote. En 1729 desembarcó en estas latitudes Cristóbal Cayetano de Herrera, que aquí contrajo nupcias con Catalina Ximénez. Uno de sus nueve hijos fue Nicolás de Herrera, el primer abogado que hubo en la familia y el fundador de la estirpe. Nicolás se casó en 1802 con la argentina Consolación Obes, de igual alcurnia y fortuna. Con el matrimonio quedó constituido el apellido compuesto que Manuel, el único hijo que tuvieron, perpetuaría para las siguientes generaciones.

Nicolás comenzó su controvertida carrera política como cabildante. En 1808 viajó a España y en Bayona juró fidelidad a José Bonaparte, hermano mayor del emperador Napoleón, apodado por los españoles Pepe Botella debido a su afición al alcohol. Nicolás nunca ocultó su condición de monárquico, así como tampoco su antipatía por José Artigas. Cultivó vínculos con el Imperio del Brasil y llegó a redactar un reglamento que transformaba la antigua Provincia Cisplatina en un ducado. Esto no fue obstáculo para que cultivara una estrecha amistad con Fructuoso Rivera y fuera electo senador suplente en 1830, cuando la República acababa de nacer. En 1831, luego de la renuncia del titular, ingresó al Senado, donde ocupó la banca hasta su muerte, ocurrida en 1833.

Don Manuel, su padre, era ya entonces una figura reconocida en la política. Jurista, masón y hombre de confianza del presidente Rivera, había sido electo en 1839 legislador colorado por el departamento de Paysandú y en los años venideros ocuparía ministerios y otros importantes cargos en los gobiernos colorados. También sería uno de los fundadores de la Universidad de la República y su segundo rector. A su vez, doña Bernabela era hija del riquísimo hacendado Juan Francisco Martínez y de la no menos acaudalada Pascuala Márquez Álvarez. Fortuna y abolengo sobraban en la familia. Pero es sabido que las cosas, aunque lo parezcan, no son para siempre.

Julián Basilio aborreció siempre su nombre. Cuando se hizo mozo se lo cambió.

—Padre, no quiero llamarme más Julián Basilio —le dijo a don Manuel cuando tan solo tenía diez años.

—¿A qué viene eso, hijo?

—Es un nombre horrible.

—¡Un momento, jovencito! Es el nombre que su madre y yo elegimos. Es el nombre de dos santos.

—Ya lo sé.

—Y entonces, ¿por qué?

—Mis amigos se ríen de mí.

—¿Y no sabés defenderte?

—Claro que sí, pero igual no me gusta.

Julio fue educado en el Colegio Montevideano, al que asistían los niños del patriciado. Severa disciplina, lenguaje, aritmética y largas lecciones de religión constituyeron los pilares de su instrucción inicial. Su infancia no fue diferente a la de los niños de su misma condición social. No llevaba precisamente una vida sosegada, sino más bien violenta. Su juego preferido eran las riñas de gallo que se disputaban en la muralla de la ciudad. Ya entonces Herrera daba muestras elocuentes de lo que sería una de las características más llamativas de su personalidad: el manejo de la ironía. Más de una penitencia y zamarreo en la propia escuela le valió su manera burlesca de responder a sus maestros, y en varias oportunidades sus sarcasmos terminaron en enfrentamientos a puñetazos con sus propios compañeros de clase.

En su primera formación jugaron un papel fundamental las lecciones de francés que recibió de un profesor venido de Francia en la estancia de Paysandú de Lucas, su hermano mayor, donde pasaba las vacaciones de verano. Su maestro lo acercó a Balzac y al Romanticismo, que hacía eclosión en Europa. Así descubrió a Victor Hugo, Lamartine y Alejandro Dumas. Estos escritores fueron la simiente de una personalidad que tuvo muchos rasgos verdaderamente románticos.

A su egreso del Colegio continuó estudios de bachiller en la Universidad, para luego cursar Derecho. Compartió el aula con Aureliano Rodríguez Larreta, Alfredo Vásquez Acevedo, Gonzalo Ramírez y Francisco Muñoz, hombres a los que la política lo uniría muchas veces y lo enfrentaría otras tantas. Simultáneamente comenzaría una brillante carrera periodística.

Dos familias con el apellido Herrera, llegadas de diferentes partes de España, tuvieron roles fundamentales en el surgimiento del Uruguay como República independiente y en la vida política del país a lo largo de los siglos XIX y XX. Eran hombres con el mismo apellido y sin ningún parentesco (al menos en sus primeras generaciones), que defendieron sus ideales desde distintas trincheras: los Herrera colorados, provenientes de Canarias, y los Herrera blancos, oriundos de Andalucía. La rama andaluza tuvo en don Juan José de Herrera, Luis Alberto de Herrera y Luis Alberto Lacalle Herrera a sus figuras más relevantes. Dos de las personalidades más destacadas de estas familias en el siglo XIX, Julio Herrera y Juan José de Herrera, serían desterrados juntos por defender la misma causa: la libertad.

Julián Basilio lo llamaron sus padres. Julio quiso llamarse él y que así lo llamaran. Siempre creyó que la historia, como el futuro, la escribe uno mismo y rechazó que otros decidieran por él. Nunca imaginó que el nombre que sus padres le dieron resultaría premonitorio.

“La próxima vez que me ponga estos gemelos será cuando asuma como diputado”, pensó Julio mientras se abrochaba los puños de la camisa con las piezas de oro que habían pertenecido a su abuelo y que tenían grabados el monograma N de H. Para ello deberían transcurrir al menos tres años, hasta que alcanzara los veinticinco, edad mínima que la Constitución exigía para ser diputado. Era el 28 de febrero de 1862, y mientras se colocaba la chaqueta de su flamante frac se veía a sí mismo entrando en el antiguo edificio del Cabildo, donde funcionaban las Cámaras. Antes de abandonar la habitación tomó de su cómoda el frasco de agua colonia inglesa, lo abrió y humedeció su pañuelo blanco, que dobló y guardó en el bolsillo derecho de su pantalón. Al bajar las escaleras se enfrentó al espejo del despojador y pasó las manos por su melena. Tomó la galera y salió a la calle para subirse al coche que lo aguardaba en la puerta.

—A la quinta de los Viana Bustamante —ordenó al cochero.

El carruaje inició su marcha. Los cascos de los caballos resonaban en los adoquines de la calle. “Hoy conoceré a la mujer de mi vida”, dijo el distinguido pasajero en un soliloquio.

1. Según el santoral de la Iglesia Católica, el 9 de enero se recuerda a san Julián y santa Basilisa. Julián fue un rico noble que nació en Antioquía (Siria) y fue obligado por sus padres a casarse con Basilisa.

Dos caballeros tras la misma joven

Elvira respiró profundo y con paso decidido subió la escalera aferrada al brazo de don José María. Detrás iba doña Manuela con sus otras hijas y sus yernos. Arriba los aguardaba la flor y nata de Montevideo, y varios parientes y amigos de Buenos Aires. El gentío se esparcía por la amplia galería de arcos de medio punto y piso damero que bordeaba la casona de los Viana Bustamante.

—¡Qué gusto tenerlos en casa! —dijo don Justino.

—Bienvenidos. Los estábamos esperando —comentó doña Fortunata y agregó—: Elvira, ¡te ves bellísima!

—Gracias —respondió ella con una sonrisa.

Los Reyes fueron ingresando en el palacete rumbo a la sala principal, en la que aguardaban las otras seis jóvenes que también cumplirían con la ceremonia de presentarse en sociedad. El salón, iluminado por dos enormes arañas de cristal de Baccarat de doce velas cada una, bullía de mujeres con atuendos confeccionados para la ocasión y caballeros de frac. La servidumbre iba de un lado a otro llevando enormes bandejas de plata con copas rebosantes de Dom Pérignon, ...