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QUé NOS PASó CUANDO FUIMOS NIñOS Y QUé HICIMOS CON ESO

Laura Gutman

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Fragmento

Para leer desde el punto de vista del niño que hemos sido

Comparto con los lectores mi evidencia más tangible: las criaturas humanas precisamos, durante toda nuestra infancia y adolescencia, ser amadas por nuestra madre, o por una persona maternante a través de sus cuidados amorosos, hasta que estemos en condiciones de valernos por nosotros mismos. Aunque nuestra civilización proponga todo lo contrario. Aunque gran parte de nuestras madres —a pesar de haber tenido buenas intenciones— no han sabido cuidarnos, no han podido protegernos, no han vibrado al unísono con nuestras percepciones, no han sentido nuestros obstáculos ni han acompañado el despliegue de nuestro ser esencial. ¿Por qué? Porque a su vez ellas mismas fueron alejadas de su propia interioridad, dentro de un encadenamiento transgeneracional antiguo. Por lo tanto, nos costará mucho esfuerzo convertirnos en personas amorosas.

Por eso, mi preocupación reside en encontrar recursos para amar a los niños. Sabiendo que, para amarlos, antes tendremos que reconocer qué nos pasó cuando nosotros mismos fuimos niños. Si no abordamos nuestra realidad afectiva, nuestros agujeros, nuestras necesidades no satisfechas y nuestros miedos, no podremos dar prioridad a las necesidades genuinas del otro.

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Parece una propuesta sencilla, pero no lo es. Porque todos los adultos somos —en mayor o menor medida— niños lastimados. Y si no lo reconocemos, reaccionamos automáticamente quemados por el dolor. ¿Tenemos la culpa? No. ¿Somos responsables? Sí.

He aquí la diferencia entre ser adultos y ser niños. Los niños no son responsables de sus reacciones porque dependen del cuidado de los mayores. En cambio, los adultos —incluso si provenimos de historias difíciles— ya somos autónomos, o sea que podemos elegir. Por lo tanto, sí somos responsables de nuestras acciones. Sin embargo, no sirve empezar por “cómo ser una mejor madre”. Primero tenemos que averiguar qué nos pasó en la infancia.

Aunque maestros de todas las regiones del mundo a través de la historia de la humanidad nos han ofrecido diferentes hojas de ruta persiguiendo el mismo objetivo, yo fui inventando una. La denominé “biografía humana” y está ampliamente descrita en los libros La biografía humana, El poder del discurso materno y Amor o dominación. Los estragos del patriarcado. Pero a medida que seguía trabajando, había una porción importante de consultantes con quienes, durante muchos años, no lográbamos terminar de encajar las piezas. Discutíamos en equipo, cambiábamos las hipótesis, hasta que poco a poco empecé a aclararlo en mi interior: estaba frente a la evidencia de cómo se iba organizando la locura en la psique de un joven harto de pelear para ser amado, agotado por tanta desesperación para ser aceptado por su madre y finalmente decidido a dejar de sufrir. Poco a poco fui reconociendo un recurso más habitual de lo que yo suponía: inventar, fantasear, cambiar, acomodar la realidad al confort de cada individuo se convertía en una maniobra inteligente y eficaz.

Acabé considerando que la locura es la distancia que establecemos entre lo que hay —evidente y palpable— y la idea que se nos ocurra por más rara, extravagante y sin sentido que sea; porque —tal como explicaré detalladamente en los siguientes capítulos— hemos tenido que desconectar todo arraigo con la realidad real en la medida en que ha sido extremadamente dolorosa y sufriente cuando fuimos pequeños y no contábamos con recursos para hacer algo diferente al respecto.

Sincrónicamente, fui detectando las locuras colectivas al leer los periódicos, mirando la televisión, escuchando conversaciones entre amigos o simplemente leyendo los informes de los consultantes que atendemos en nuestra Institución. Fui constatando que la tergiversación de la realidad —tanto en las vidas individuales como en la vida colectiva— está mucho más presente de lo que creemos. Y aunque es un tema árido e ingrato, decidí ordenar y escribir todo lo que he comprendido hasta la fecha.

Para desmarcarme una vez más de las propuestas psicológicas y psiquiátricas, aclaro que no me interesan los diagnósticos convencionales. Lo explicaré en los próximos capítulos.

Pero ¿por qué inmiscuirse en algo tan complicado? A medida que pasaban los años e iba adquiriendo más experiencia… fui detectando cómo se va organizando el desequilibrio emocional en un individuo que nació psíquicamente sano, tal como nacemos todas las criaturas. Y a medida que el mecanismo usual de ir enloqueciendo se fue haciendo más evidente para mí, empecé a registrar que la locura —en diferentes grados y bajo diferentes diagnósticos— es una consecuencia mucho más común y corriente de lo que creemos. Entonces sentí que no tenía alternativas: mi deber era compartir con la humanidad eso que ahora sabía. Sobre todo, si quería hacer algo al respecto en el futuro.

Claro que estoy tomando riesgos. De todas formas, los vengo asumiendo desde hace años al resistirme al confort de las ideas convencionales. No adhiero a ninguna teoría si no siento que calza en las zonas más profundas de mi interioridad y sobre todo si no coincide milimétricamente con la realidad. Hablar sobre la locura y revisar las responsabilidades individuales que tenemos —sobre todo por transferir hacia nuestros hijos los mandatos y las ideas adquiridas en el pasado sin que medie reflexión alguna— es aventurado, lo sé. Pero es más fuerte que yo. No hago este trabajo para que me quieran. Lo hago porque es el propósito de mi vida: quiero transmitir algo que sé y además sé que es verdadero: los niños nacemos buenos, amorosos, perfectos y listos para amar. Los adultos precisamos estar al servicio de los niños y no al revés. No hay motivos para intentar rectificar a los niños, tampoco es necesario educarlos, sino todo lo contrario: necesitamos ser guiados por ellos. Sin embargo, todos suponemos lo contrario. La vida cotidiana está organizada de modo tal que los niños se tienen que adaptar a las necesidades de los adultos, en lugar de que los adultos tomemos decisiones según las necesidades de los niños. Ahí está el nudo invisible y depredador de nuestra civilización. El patriarcado precisa niños hambrientos y furiosos para luego convertirlos en guerreros sangrientos y voraces. En cambio, si quisiéramos hacer algo diferente, amaríamos a los niños para generar una civilización solidaria y ecológica.

¿Cómo fue el proceso? ¿Cómo pasé de estar al servicio de los puerperios sufrientes de las mujeres a algo tan desorganizado y difícil de aprehender, como son los casos de locura?

He descrito en libros anteriores que cuento con un buen equipo de profesionales entrenados para utilizar la metodología de la biografía humana. Todavía no he encontrado un buen nombre para denominarlos. A veces los llamo amistosamente beacheadores. Porque son los usuarios de nuestra querida amiga —la biografía humana—, a la que llamamos cariñosamente “la BH” (la behache). No sé qué nombre terminará imponiéndose. En verdad, mi equipo de behacheadores abre las puertas a todo aquel que haya leído alguno de mis libros y quiera intentar este tipo de indagación personal. Así venimos trabajando hace años con gente de todas partes del mundo (ya que hoy en día la mayoría de las consultas las realizamos a través del skype). En general, nos encontramos con infancias atravesadas por violencias de todos los colores.

Sé que mis lectores prefieren que responda sobre los problemas cotidianos de nuestros hijos: las peleas por las mañanas porque no quieren ir a la escuela, los broncoespasmos, los trastornos de conducta, los ataques de pánico, la adicción a los dulces, las noches de llanto o lo que sea que nos preocupa con urgencia hoy. Sin embargo, no sólo ya he escrito sobre todo ese abanico de temas, sino que cada vez estoy más segura de que lo único urgente es comprender cabalmente de dónde venimos. Ese es el primer gran paso. Con frecuencia queremos saltearlo, pero luego no obtenemos resultados esperados.

¿Por qué me obstino en denunciar que nuestras infancias fueron mucho más horribles de lo que recordamos? Porque el mundo anda muy mal. En efecto, tanto en las instancias colectivas —guerras, inmigraciones masivas, cárceles repletas— como en las instancias individuales —asesinatos, violencia de género, enfermedades, bullying, robos, maltratos interfamiliares— está la evidencia. Por mi parte estoy segura de que podemos transformar el mundo si cambiamos individualmente y sobre todo si recuperamos nuestra capacidad para amar. Ahora bien, para recuperar nuestros mejores dones, antes tendríamos que comprender cabalmente qué nos pasó y qué hacemos hoy automáticamente con eso que nos pasó. El nivel de desarraigo de la realidad, la tergiversación y las diferentes formas de locura son un mecanismo —uno más— de supervivencia que es necesario comprender.

Tal vez lo descrito en estas páginas nos resulte árido. Intentaré desplegar toda mi compasión y mi amor al servicio de la humanidad. Hay muchas maneras de sobrevivir al desamparo. He llegado a la conclusión de que la locura —en cualquiera de sus formas— es un mecanismo inteligente de la conciencia. Por eso es una pena que condenemos masivamente a todos los individuos sufrientes al punto de tener que tergiversar la realidad para poder tolerarla, encerrándolos, idiotizándolos de por vida con medicación psiquiátrica o sometiéndolos a diagnósticos discutibles. Trataré de demostrar que deberíamos regresar al origen del mal, en lugar de condenar a las víctimas del horror. Este es mi nuevo aporte a la conciencia de la humanidad y espero que pueda ser leído y comprendido con grandeza de espíritu y con renovadas intenciones para hacer el bien.

Cada uno de nosotros puede conocerse más y tal vez, en el futuro, producir cambios hacia algo mejor. Llevado a una instancia colectiva sucede lo mismo: que la realidad social sea reflejo de aquello que sin darnos cuenta construimos cada segundo de nuestra vida es una buena noticia. Significa que cambiar para mejor depende de cada uno de nosotros.

También quiero compartir con mis lectores que enseñar este abordaje de construcción de la biografía humana es muy, muy difícil. Lo enseño desde 1996 en mi Escuela. No es infalible ni es el mejor sistema de indagación que existe en el mundo. Pero intentamos trabajar con la mayor honestidad posible, poniendo todos los elementos sobre la mesa e invitando al consultante a recorrer su realidad emocional, así como el dolor que tenga guardado, juntos.

El método no es el fin, sino un medio posible para llegar al objetivo: que reconozcamos la falta de amor que hemos padecido, qué hemos hecho para sobrevivir en esas circunstancias y cómo esos mecanismos que alguna vez nos fueron de utilidad a veces se convierten en depredatorios hacia quienes más queremos. El objetivo supremo es que aprendamos a amar incluso si no hemos sido suficientemente amados. Si no tomamos esa decisión —la decisión de amar— entonces al menos seremos conscientes de que hemos elegido otra cosa, usando nuestro libre albedrío y siendo responsables de nuestros actos una vez que los hemos hecho conscientes.

Más allá de la técnica, la formación permanente, mis supervisiones, mis intuiciones y mi interés comprometido por cada individuo que se acerca a nuestra Institución… también hay algo que tiene que acontecer durante las sesiones: una corriente amorosa, humilde, generosa y altruista entre el profesional que acompaña y el individuo que busca conocerse más. El profesional tiene que poner toda su capacidad intuitiva, su amor y su disponibilidad afectiva al servicio —incluso invocando a sus propios dioses para que lo asistan— ya que estas son circunstancias de enorme compromiso emocional. Realmente nos involucramos afectiva e intelectualmente, entendiendo que así tendremos mayores chances para dar en la tecla justa en esta investigación que emprendemos juntos. El interés por descubrir de qué estamos hechos cada uno de nosotros y recuperar esos trozos que se nos han perdido por tanto luchar en el infierno de la supervivencia nos mantiene esperanzados y activos.

Cuento con un equipo de profesionales entrenados en mi Escuela. Todos ellos atienden a hombres y mujeres adultos, bajo este sistema. Aunque las vidas de los individuos son diferentes unas de otras, solemos encontrar obstáculos parecidos en los abordajes. Una traba frecuente cuando trabajamos con el sistema de la biografía humana es la cantidad de interpretaciones que tenemos sobre nosotros mismos y sobre los demás. Le dedicamos bastante energía a desarmar los supuestos y las opiniones, ya que nosotros sólo buscamos la realidad real. No lo que las personas creemos, ni lo que pensamos o valoramos, sino lo que nos aconteció desde que fuimos niños, incluso si no lo recordamos.

Todos estamos muy aferrados a las opiniones. De hecho, cuando se presenta alguna oportunidad —en alguna conferencia impartida— me preguntan qué pienso yo de los niños de alta exigencia o del rol del padre o de las ventajas o desventajas de ser madre soltera. Sin embargo… ¿por qué le preguntamos a alguien que no nos conoce su opinión sobre un tema que es crucial en nuestra vida como por ejemplo el hecho de criar sola a un niño? ¿A quién deberíamos preguntárselo? ¡A nuestro hijo, claro! Pero no se nos ocurre. Y si por casualidad se lo preguntamos, no nos gusta su respuesta. Por eso vamos a una conferencia a preguntárselo a una señora que supuestamente sabe sobre ese tema.

Es insólito. Estamos tan alejados de nosotros mismos, que eso que el niño reclama preferimos chequearlo con desconocidos.

Por eso no importa la opinión valiosa sobre un tema cualquiera. Con urgencia precisamos apoyar a cada individuo —en este caso a cada madre— para reconocer quién es. Luego sabrá escucharse y podrá admitir con apertura a su propio hijo. Y con suerte podrá satisfacerlo. Fin de la historia.

Suelo relatar que mi investigación comenzó atendiendo madres en los años 80. Luego me fui dando cuenta de que las claves estaban en las infancias que habíamos tenido y en lo que luego habíamos hecho inconscientemente con eso que nos había sucedido. Infancias tuvimos todos: hombres y mujeres. Por eso después terminé atendiendo a cualquiera que quisiera indagarse. Con el correr de los años, las madres en sí mismas dejaron de ser objeto de investigación para mí y mi Equipo de profesionales. Definitivamente, dejaron de ser asistidas aquellas que se aferraban a la idea de recibir buenos consejos con respecto a la crianza de sus hijos. Aunque en el inconsciente colectivo esa idea perdure por más que haga esfuerzos por explicar que aquí investigamos los rincones oscuros del alma. Los niños no son nuestro objetivo inmediato. A lo sumo será el de quienes los estén criando.

Cuando nos metemos en las sombras de cada individuo, nos encontramos con una inmensidad inabarcable. Sin embargo, hay que empezar por algún lugar, por más que sea un recorte ficticio. Yo propongo evocar la infancia aunque el mayor obstáculo es que aquello que el individuo relata va a estar constituido por una sobredosis de discursos engañados, como he descrito detalladamente en los libros El poder del discurso materno y en Amor o dominación. Los estragos del patriarcado. Nuestros recuerdos, experiencias e interpretaciones se establecieron sobre la base de lo que alguien muy importante nos ha dicho. Ese alguien en la mayoría de los casos ha sido nuestra madre. ¿Por qué apuntamos a nuestra madre? Porque fue la persona más importante con quien nos hemos vinculado durante la niñez, si es que ella nos crió. Incluso si la recordamos cruel, sin recursos o víctima; hemos organizado nuestro sistema de creencias desde su punto de vista. No tenemos conciencia del grado de coincidencia emocional que establecemos con nuestras madres o con la persona que nos ha criado. Los behacheadores (profesionales entrenados en acompañar be-haches [biografías humanas])— tenemos que detectar y desactivar esa lealtad emocional. ¿Por qué haríamos algo así? Porque estamos tratando de encontrar al niño real que ese individuo fue. Sin opiniones a favor ni en contra de nada.

Esto suele ser revelador para los consultantes. En ocasiones les resulta inaceptable. Estamos marcando una diferencia entre el discurso materno (todo aquello que mamá nombró, pensó, valoró o temió) versus la realidad tal como la hemos vivido. Si nosotros organizamos los recuerdos según la lente de mamá, nuestro punto de vista estará teñido. Quiero recalcar que ningún niño puede construir una mirada por fuera de la lente materna —o de la persona que nos ha criado—.

La dificultad es que no contamos con el punto de vista del niño que hemos sido. Eso es lo que el behacheador va a imaginar. ¿Cómo lo logra? Pasa que es factible aprender a organizar biografías humanas, pero también se requiere olfato, intuición y una cuota de magia. Sumando interés, amor, servicio y generosidad. E incluso una mente ágil y perspicaz. Recordemos que ansiamos encontrar algo que nadie ha visto. Por lo tanto, no podemos adormecernos en teorías desgastadas ni repetir lo que hemos aprendido en casos anteriores, ya que cada biografía humana es un nuevo desafío y, como tal, será único. Un artista no podrá pintar dos lienzos iguales. Un detective no se encontrará con dos crímenes idénticos. En la investigación de las biografías humanas sucede lo mismo.

¿Cómo abordaremos esos recuerdos infantiles del consultante que —paradójicamente— no recuerda? Ese es el reto. Por eso afirmo que este trabajo se asemeja a las investigaciones de los detectives, más que a los tratamientos psicológicos. Tenemos que buscar y encontrar algo que no es nada evidente para el individuo. Eso es buscar sombra. Entonces, en primer lugar buscaremos de quién es el discurso. Los consultantes nos sorprendemos mucho al constatar que “eso” que siempre hemos creído a rajatabla, podemos cuestionarlo ya que no nos pertenece. Resulta que nuestras creencias no son propias, sino que son ideas organizadas dentro del pacto de lealtad hacia nuestra madre.

Sin embargo, nuestro propósito es hallar un tesoro escondido que es el niño que nuestro consultante ha sido. Y cuando lo enco ...