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PEñAROL Y SIEMPRE PEñAROL

Luciano Álvarez

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Fragmento

Introducción

El debate como alimento de la inteligencia social debiera consistir en ponerse antes que nada a la escucha de las objeciones a las posiciones que defendemos y tratar de no barrerlas, apelando al primer pretexto que nos cae entre manos, o rechazándolas mediante argumentos ad hominem, o aun porque están mal formuladas. Tratar, por el contrario, de darles la mayor cantidad posible de oportunidades, tratar de reconstruirlas, de reformularlas de la manera más fuerte posible. Solamente bajo estas condiciones podemos avanzar en nuestro pensamiento.

Phillippe van Parijs

1.

En el número 221 de la revista Tres (setiembre de 2000) publiqué un artículo titulado «Un centenario olvidado, un festejo perdido y una polémica despistada». El centro de ese artículo se refiere al centenario del primer clásico del fútbol uruguayo y, para explicar la ausencia de conmemoraciones, analicé la posición del Club Nacional de Football respecto del decanato. En ese artículo básicamente sostenía que, si bien Nacional podría argumentar buenas razones en el aspecto jurídico, tema en el que no soy especialista y de cuya práctica me son ajenas las infinitas sutilezas, no cabía duda sobre la continuidad social y deportiva de Peñarol desde 1891.

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El artículo no cayó bien en Nacional. Con motivo de la compra de la casa de Ernesto Caprario, el entonces presidente de Nacional, Dante Iocco, olvidó el trato cordial que habíamos tenido hasta ese momento e hizo una extemporánea referencia al tema. Al mencionar al doctor Enrique Tarigo como uno de los impulsores de esa compra, agregó que «termina de realizar un gran trabajo dedicado a un señor de apellido Álvarez que osó cuestionar el decanato de Nacional»1.

En el número 223 de la misma revista (noviembre de 2000), Enrique Tarigo publicó la aludida respuesta, en la que dedicaba largos párrafos a atacarme y descalificarme personalmente.

Una primera lectura de esa respuesta me dejó realmente preocupado. Me parecía imposible haber cometido los errores que se me atribuían y al mismo tiempo no podía pensar que reacciones como la de Dante Iocco y la agraviante respuesta de Enrique Tarigo carecieran de una sólida justificación. Por lo tanto, decidí profundizar en la investigación del problema. Un primer avance fue publicado en el número siguiente de la revista Tres (diciembre de 2000). Allí discutí la respuesta de Tarigo e incluso comprobé que en mi primer artículo había hecho más concesiones de las que merecía la tesis de Nacional. Las vacaciones del verano, mi laptop y la ayuda de colegas y amigos –algunos peñarolenses y otros nacionalófilos que rechazan toda discusión incivilizada– hicieron el resto. Así, con el apoyo de muchas personas, publiqué el libro

Tampoco quiero olvidar a quienes me apoyaron en la aventura de publicar la primera edición de este libro Peñarol: la transición de 1913 y la cuestión del decanato en 2001. Esta fue publicada gracias al de sistema suscripción y los ejemplares restantes fueron puestos a la venta, agotándose inmediatamente. Quizás por esto los dirigentes e hinchas de Nacional continúan argumentando que el documento oficial de este club, publicado en 1991, nunca fue cuestionado.

Más recientemente el escribano Daniel Quintana publicó 1891: la fundación. Por qué Peñarol es el decano, social, ética y jurídicamente (2013 y 2014, segunda edición) en el que profundiza en el asunto desde el punto de vista jurídico. Ambos libros fueron sugeridos como textos de consulta para conocer la posición oficial de Peñarol, por resolución del Consejo Directivo del club el 17 de mayo de 2016, publicada en comunicado oficial.

De modo, no existe razón alguna para que el Club Nacional de Football finja ignorancia sobre las respuestas a su tesis oficial. En todo caso tendrán que estudiar y analizar las mismas para luego, eventualmente, sacar sus conclusiones.

2.

Al encarar este trabajo no me movió la intención de agregar un nuevo alegato a favor del decanato del Club Atlético Peñarol. Antes bien, las preguntas iniciales fueron las siguientes: ¿es posible que Nacional, que tanto insiste y con tanta pasión sobre su derecho al decanato, tenga razón? ¿Qué sucedió realmente en 1913 y 1914? ¿Cuáles son los puntos fuertes de la argumentación nacionalófila?

Para ser fiel a mis preguntas e intenciones, me inspiro en una distinción planteada por Alasdair MacIntyre. Este filósofo escocés contemporáneo, retomando a santo Tomás de Aquino, distingue entre bienes externos y bienes internos. Los bienes externos son aquellos que pueden conseguirse de muchas maneras, por medios lícitos o ilícitos. Alguien puede ganar adeptos a una tesis –un bien externo– falseando los datos de una investigación, ocultando otros o desprestigiando a sus adversarios.

Los bienes internos, en cambio, están ligados a lo que MacIntyre llama una práctica. «Una práctica es una “forma coherente y compleja de actividad humana”, que nos permite obtener ciertos “bienes internos a esa práctica” en la medida en que intentemos alcanzar “ciertos modelos de excelencia que son apropiados a esa forma de actividad y la definen parcialmente”».2

Al realizar esta investigación he procurado un bien interno, es decir, aquello que «solo se obtiene realizando bien esa práctica, [puesto que] no hay caminos alternativos para obtenerlos. Ampliar los conocimientos se consigue investigando».3

En la búsqueda de ese bien interno, el investigador debe estar dispuesto a incorporar toda prueba que contradiga su posición y no debe ocultarla. En este sentido he procurado, como enseña Philippe van Parijs, prestar atención a los argumentos de mis adversarios, «no barrerlos, apelando al primer pretexto que nos cae entre manos, o rechazándolos mediante argumentos ad hominem, o aun porque están mal formulados. [He tratado,] por el contrario, de darles la mayor cantidad posible de oportunidades, […] de reconstruirlos, de reformularlos de la manera más fuerte posible».4 El lector podrá comprobar esa práctica cuando analizo, por ejemplo, la asamblea del 13 de diciembre de 1913.

Tanto como peñarolense como en mis demás pasiones y pertenencias, me interesa la búsqueda y el diálogo con los hechos y las razones. No creo en los mitos, en el autoengaño ni en las falsificaciones para justificar una posición ideológica o una simple pasión deportiva.

Procurando compartir esta postura, este libro está dirigido a todos aquellos interesados en revisar la historia, las tradiciones y los relatos relativos a los principios del fútbol en Uruguay y particularmente Peñarol.

3.

El centro del trabajo es el proceso de transición culminado en 1914, mediante el cual Peñarol se separa de la empresa que lo fundó. En el curso de la investigación salieron a luz otros temas, que en última instancia me parecen más interesantes que la minucia sobre el proceso reglamentario de la transición o la cuestión del decanato. Me parece particularmente relevante observar cómo las instituciones originalmente recreativas y cerradas enfrentaron los procesos de democratización y el desafío de lo competitivo, con la consecuente sustitución de los deportistas con énfasis recreativo por jugadores con dedicación preferencial a la competencia deportiva, base de lo que sería el profesionalismo. El lector podrá encontrar algunas referencias a este tema, que obviamente merecería un desarrollo autónomo.

Como se deduce de lo que acabo de decir, atribuyo una importancia subsidiaria a la cuestión del decanato, aunque ella no puede ser obviada por cuanto Nacional, en defensa de su pretensión, sostiene, nada menos, que Peñarol habría sido fundado recién en 1913. Es por ello que me veo obligado a discutir la tesis nacionalófila; no porque me interese particularmente reivindicar o probar que Peñarol es el decano de los clubes afiliados a la Liga.

Por otro lado, el Club Nacional de Football se ha involucrado paulatinamente en una estrategia de acusaciones graves y sin pruebas a quienes protagonizaron los hechos históricos de referencia, la tergiversación de esos hechos y el consecuente agravio a todos los peñarolenses. Este estilo adquiere rasgos particularmente agresivos, cuando no lisa y llanamente insultantes, en la pluma del redactor responsable de su actual tesis oficial, Enrique Tarigo.5

Sinceramente, no creo que el decanato, ni ningún otro bien simbólico, constituya un valor histórico tan preciado que merezca los desenfoques e injusticias en los que ha caído Nacional. El propio Club Atlético Peñarol se ha encargado de relativizarlo cuando sostiene: «[…] había fútbol y clubes veinte años antes de nacer Peñarol; algunos subsisten o han renacido (Montevideo Cricket, Montevideo Rowing, Albion).»6

Al identificar el decanato, en su versión vulgar, prácticamente con la introducción misma del fútbol en el Uruguay, se ha dejado en un cono de sombra la interesantísima peripecia histórica de su evolución y el aporte de las primeras instituciones que lo practicaron: el Montevideo Cricket Club, el Montevideo Rowing y el Albion, el primer grande.

4.

El decanato es un bien de relativa importancia que, para peor, se ha convertido en un valor de exclusivo uso interno de Nacional y Peñarol, que impide reconocer una historia inevitablemente recíproca, además de tener otras consecuencias desagradables. Por ejemplo, el centenario de ambos clubes fue opacado por la polémica, tanto en 1991 como en 1999, cuando fueron grandes oportunidades para el mutuo reconocimiento.

El 15 de julio de 2000 se perdió otra oportunidad de realizar un acto de civilización, cuando se cumplía un siglo del primer partido entre Peñarol y Nacional, que inauguró uno de los clásicos más antiguos del mundo y seguramente el má ...