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LA REVOLUCIóN CEIBAL

Ana Solari

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Fragmento

1 EN VILLA CARDAL: ALFA Y OMEGA DEL PLAN CEIBAL

¿Dónde empieza y dónde finaliza un proceso, en caso de que finalice? Creo que los procesos se transforman y, queriendo comprender el proceso Ceibal, comenzó este periplo en las escuelas de contexto crítico, los niños con su ceibalita, las familias y la comunidad. Y empezó por el principio, en villa Cardal, diez años después de aquella experiencia piloto.

Con Germán

«La computadora es como un cuaderno, pero con tecnología»

Había hablado por teléfono con él un par de veces, hasta que nos pusimos de acuerdo en día y hora, porque estaba terminando el año y tenía parciales. Quedamos en que cuando estuviera en Cardal, lo llamaría. Le ofrezco ir hasta su casa, pero dice que no, que él viene a la escuela, donde empezó todo. «¿Le queda muy a trasmano?». Se ríe: vive a media cuadra. «Acá todos vivimos cerca», dice, y me da un poco de no sé qué haber hecho una pregunta tan tonta.

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Unos minutos después, aparece un adolescente alto y erguido que sonríe. «¿Vamos?», le digo. Y entramos. Caminamos hasta la oficina del director, Galain, y golpeo. Germán lo saluda con calidez y el director dice que podemos quedarnos en su oficina. No deja de ser linda la escena. Estoy segura de que cuando Galain ve a aquellos niños que ahora son jóvenes, en parte sigue viendo a unos gurises de túnica que recibieron la ceibalita hace tantos años.

—¿Cuántos años tenés ahora, Germán?

—Diecisiete.

Tiene la voz grave y habla en forma pausada y clara; podría ser locutor.

—¿En qué año estás?

—Terminé sexto de liceo. Las clases terminaron el 4, el 16 me entregan las notas y ya está.

—¿Aprobaste todo?

—Sí, creo que sí. Sí, terminó esa etapa.

—¿Vacaciones y universidad?

—Sí, es lo que se viene el año próximo.

—Cuando entrábamos a la escuela, me dijiste que cuando tú viniste era diferente a esta, antes de esta reforma.

—Sí, la escuela siempre fue linda, pero en los últimos años, cuando yo estaba en sexto, estaba como demasiado anticuada, porque tiene más de cien años. Creo que hace dos o tres años que la remodelaron y quedó preciosa. Cambiaron todo, desde el patio de atrás hasta el patio de adelante, la cambiaron entera. Ahora hay una cancha que está preciosa, nosotros venimos a jugar todos los días, tiene iluminación y todo. La escuela quedó colorida y para los niños hay varios patios de juego, está buenísima.

Se lo ve entusiasmado y como si la escuela le perteneciera. Me hace gracia pensar que estos muchachotes vienen a jugar al fútbol a la cancha de la escuela de su infancia.

—¿Te acordás del día que recibiste la ceibalita?

—Sí, claro que me acuerdo. Fue allí, en aquel salón; el salón que está en la esquina; era el salón de jardinera. Yo estaba en tercero y la maestra dijo que, llegado el momento, cada uno tenía que ir al salón a buscar una computadora y elegir el color, el color que más nos gustara. No, eso fue después… En aquel momento eran todas blancas, con el símbolo verde. Las primeras tenían una cinta con el nombre de cada uno de nosotros. Eran todas iguales.

—¿El nombre de cada niño?

—Sí, eran todas iguales, pero cada una tenía algo especial, no sé, era como que vos la tocabas y se hacía esa conexión.

—¿Quién inventó eso? ¿La escuela?

—No lo sé, pero era lindo. Así que cada una ya venía con un papelito y el nombre de nosotros. Después nos dejaron en esa actividad, porque no íbamos a aguantar a llegar a nuestras casas para usarlas. La verdad es que fue divino.

—Los dejaron usarla ahí mismo, en ese momento.

—Sí, fue buenísimo.

—¿Ya habías visto o tenido una computadora, o fue la primera?

—Portátil no había tenido; tenía una de escritorio, la que había en mi casa. Me acuerdo de que los días previos a la entrega, las maestras nos preguntaban cómo esperábamos que fueran, qué esperábamos que tuvieran y todos queríamos que tuvieran juegos, que fueran divertidas. Pero sí, fue algo muy bueno.

—¿Y fue lo que te imaginaste?

—La verdad es que sí; incluso más de lo que me imaginaba. Pensé que iba a ser algo más como «para niños», pero si la sabías utilizar, era una herramienta muy buena para todo, para trabajar, para muchas cosas.

—¿Qué es «como para niños»?

—Más orientada a la parte de juegos, más herramientas para el aula, pero tenía pila de herramientas.

—¿Como cuáles?

—Por ejemplo, el uso de internet. La madre de Eugenia, la que está conmigo, descargaba puntos de tejido, porque ella teje, y los puntos de tejido los miraba en internet. O sea, aparte de la robótica, de la programación, había otro mundo. Había un programa, Tool to go, que no sabíamos usar, pero que estaba y, claro, los gurises de tercero no nos dábamos tanta idea para eso, pero después empezó y estaba bueno.

—¿Y cambió el modo de relación con los maestros con la ceibalita en el aula?

—Sí, al principio, sí, pero una de las cosas que pienso es que los maestros deberían instruirse más para sacarle todo el jugo a la computadora.

—¿Qué te imaginás que es instruirse más para sacarle más el jugo?

—Que sepan usarlas más, porque, por ejemplo, ahora no se usan mucho.

—¿No?

—O sea, los chicos sí saben todo, pero los maestros no, están un poco más atrás que los chiquilines. Entonces, claro, no se genera ese ambiente en que el maestro y el chiquilín están en constante aprendizaje, que los niños les enseñan a los maestros y los maestros a los niños, no hay intercambio, no se genera un uso, no se aprovecha la herramienta.

—Pero tú, ahora que tenés más experiencia y que estás más cerca de los niños que de los maestros, si fueras maestro, ¿qué se te ocurre hacer aunque no sepas de la disciplina? ¿Cómo la usarías tú en clase?

—No sé cómo son las bases de la enseñanza.

—No importa eso, me refiero a qué harías con una computadora en el aula.

—Por ejemplo, a los más chicos les enseñaría lo que es el arte, que lo compartan como juego; y, en los niveles más avanzados, las cuentas las enseñaría con la computadora. No me refiero a darles la calculadora, sino a enseñarles cómo se hacen las cuentas y por qué son así, por qué pasa de esa forma. Después la usaría para enseñar escritura, por ejemplo, hay programas para escribir y otro que sirve para hacer esquemas, que me encantaría conocer, porque estoy en sexto de liceo y te juro que me cuesta muchísimo hacer esquemas, el mapa conceptual, todo eso.

—¿Y no usás ese programa?

—No, porque todavía no entiendo cómo se hace un esquema.

—Buscá algún tutorial. No es difícil… Sigo… Dijiste que tenías una computadora de escritorio.

—Sí, tenía un manejo previo cuando nos dieron la ceibalita.

—¿Y la integraste rápidamente a tu vida?

—No solo yo, para todos los chiquilines fue una cosa muy rápida, porque si bien era muy útil, también era muy sencilla. No era compleja de usar ni tenías que saber demasiado para hacerlo. Por eso creo que para la mayoría de los chiquilines el proceso fue rápido.

—Que fuera sencilla ¿te parece que estuvo bien?

—Sí, claro, las del liceo son más avanzadas, más complejas, y para los niños hubieran sido más difíciles.

—Tú sos de la generación que recibió una en el liceo.

—Tengo la azul; la primera que tuve fue la blanca. Después tuve la verde, que era igual, pero el logo era de colores diferentes. Las que después nos llevaron a elegir según el color que más nos gustara.

—¿Y qué elegiste?

—Azul con amarillo; la X azul y la O amarilla.

—El Barça.

—No —se ríe—, el cuadro de fútbol de acá es Sureño, es azul y amarillo, pero no sé si fue por eso o porque la vi y me gustó. Además, fui el primero, porque en la lista van primero los varones, y como es por apellido, siempre estoy entre los primeros. Así que había muchas entre las que elegir. En el liceo seguía teniendo la verde con el logo de colores, después me dieron la azul; después hubo otro cambio, las Magallanes, que eran más avanzadas, con algo tirando como a Windows, que ya no tengo más.

—A medida que las vas cambiando, ¿devolvés la anterior?

—Sí, claro, y me dan una nueva. Ahora hay unas azules que también son impresionantes. Pedí una prestada y me dieron una, súper finita, livianita.

—Y ahora que terminaste el liceo, ¿la tenés que devolver?

—No sé, la verdad es que no sé. No me dijeron nada. Además, si voy a estudiar a Montevideo, me viene bien, y me imagino que allá la conexión Ceibal tiene que estar en casi todas partes.

—En relación con las familias, ¿cómo se vinculó tu familia con la ceibalita?

—No sé si fue un gran cambio, porque en mi casa había una. Pero sí, algo cambió, y seguro que a otros niños, que no tenían, les cambió. A mí me cambió.

—¿En qué?

—Siempre la estaba investigando; descubriendo cosas nuevas, siempre me gustó llegar al fondo de las cosas, sacarles todo el jugo y tratar de aprovechar. A mamá creo que no le cambió mucho y papá intentaba entrar a internet, para averiguar las entradas y salidas de los tambos, porque la computadora que me habían dado era muy rápida y la que había en casa era muy lenta, creo que era una Pentium III. La conexión me queda a una cuadra, entonces la ceibalita anda rapidísimo.

—¿Tenés hermanos?

—Sí, uno más chico, está en la escuela, tiene nueve años. Pero ahora usan tablets, no tienen computadora. Están buenas.

—Era chico cuando tú empezaste con la ceibalita…

—En tercero, yo tenía ocho años y él era recién nacido. Después creció, me veía jugar y quería jugar también. Yo al principio no jugaba mucho con él, pero después sí, se la empecé a prestar un poco más, como todo… si me la pedían mamá o papá, y de a poquito se la iba dando. Después sí, se la prestaba.

—Me interesa tu opinión sobre un aspecto. El Plan Ceibal tiene diversos objetivos, en realidad: el educativo, el cambio de determinadas conductas en el aula; la motivación. Hay otros que trascienden a la herramienta en sí y que tienen más que ver con lo social. En tu experiencia, lo que viste acá en tu comunidad, ¿es una herramienta inclusiva, en el sentido de que achica diferencias y brechas tecnológicas? Me refiero a que antes había niños que no tenían acceso a esta herramienta y ahora sí lo tienen.

—Sí, la verdad es que sí. Aunque ahora los niños pueden acceder a cosas, por ejemplo, a notebooks y computadoras que son más avanzadas, más rápidas y sin restricciones. Pero sí, la verdad es que sí acorta muchísimo esa brecha, porque niños que antes no tenían acceso a internet o que no sabían lo que era una computadora, la tienen y pueden acceder. Si la usás bien, si sabés usarla o le das el uso adecuado, llegás a salir un poco y a meterte más en lo que sería un terreno, no quiero decir avanzado, pero sí algo más avanzado. Porque hay niños que ni siquiera saben lo que es fuera de Cardal y en internet hay de todo.

—Y eso te parece que acá fue un impacto positivo.

—Sí, impresionante, sí. Abrió cabezas. Ese fue el cambio social más grande, creo que sí, el cambio social fue enorme, que fue lo mejor o lo que más se vio. Y siempre me viene la misma imagen a la cabeza, que es pasar por la escuela y ver a todos los niños sentados ahí afuera; recién habían salido de la escuela, no se habían quitado la túnica ni nada, pasabas una hora más tarde, una hora y media, dos horas más tarde, y seguían ahí con la computadora. Creo que eso como que los lleva a otro mundo, los hace salir un poco de lo que es toda la realidad de Cardal. Muchos quizá no conocieron o conocen otro lugar fuera de acá y eso les abre muchas puertas. Es impresionante, los une con los otros niños, porque vos antes no veías ahí niños de baja condición… ¡Ahí llegó mi hermano! —sonríe con cariño.

—¿Cuál es?

—Aquel rubio de short.

—Qué gracioso, tiene todos los pelos parados —sonríe nuevamente.

—Como te decía, antes no veías niños, no me gusta usar la palabra, pero no veías niños de clase baja.

—De bajos recursos.

—De bajos recursos, sí. Veías a todos los niños por igual, y cuando no había computadoras, ni los niños de más recursos tenían. Y ver a los de menos recursos compartiendo con los de más recursos… sí, la verdad es que cambió muchísimo todo.

—Es lindo lo que contás.

—Esa es la imagen que siempre tengo. Siempre la digo. Dos horas después del timbre, ver a todos los chiquilines con la computadora fuera de la escuela. Me acuerdo de que antes el muro no era tan alto ni había banquitos como hay ahora; era un muro de piedra con ladrillo por encima, y ahí estaban todos los niños sentados. Y todos: «mirá este juego, qué bueno que está» y «mirá lo que encontré». Todos compartiendo.

—¿Y en el ámbito de los padres? ¿Creés que hubo más interacción con los gurises?

—Sí, los padres con los niños y los padres con los padres.

—La última pregunta, Germán, porque me parece que te estoy robando tiempo de almuerzo…

Se ríe y niega con la cabeza. Me da la impresión de que se siente a gusto con la charla, si no, es un gran actor.

—¿Qué les agregarías a las máquinas? Para tu gusto, ¿qué les falta? Suponete que tuvieras toda la plata del mundo, todos los programadores así, para alguien de tu edad, con tus inquietudes de estudio.

Se queda pensando unos segundos. ¡Quién pudiera estar en la mente del interlocutor!

—Mirá, yo creo que no cambiaría nada interno de la computadora. Lo que sí cambiaría sería instruir más a los maestros en el manejo de las máquinas. Para, como te decía antes, aprovecharles todo el jugo, porque son completísimas y los niños aprenden enseguida, como aprendimos nosotros. Para muchos era el primer contacto con la computadora y fue cuestión de días saber manejarla.

—Así que el problema para ti son los maestros.

—No es un problema, pero es lo que cambiaría. Tampoco es un cambio muy grande ni muy difícil de hacer, instruir un poco más a los maestros y motivarlos, porque yo creo… no sé cómo es ser maestro…

—Es muy lindo.

—Entonces, creo que no sería difícil y es mucho más fácil con la computadora. Y que se le dé un uso equitativo, que todos la lleven, que se acostumbren a usarla, porque es una herramienta, es como un cuaderno, pero con tecnología. Si vos te ponés a pensar, sería como llevar lo tradicional y avanzarlo un poquito. Porque ya los maestros aprendieron a usar lo tradicional, que es el lápiz, el cuaderno y el pizarrón, y ahora aprenden a usar lo nuevo. Eso sería mejor, mucho mejor para los niños, para el aprendizaje y para las maestras. Ese sería el cambio y haría cambiar totalmente todo porque es la base. Los maestros son la base.

Sinceramente, lo escucho con respeto y con atención. Lo plantea con una sencillez prístina, pero es evidente que ha pensado el asunto, en algún momento, vaya a uno a saber por qué. Cuando converso con él, aún no he conocido a la pandilla de Harry Potter; hay algo que los conecta, pensaré después. La naturalidad con que entienden la herramienta que es la tecnología. Suena muy fácil cuando lo expone.

—A medida que vayan avanzando de grado en la escuela, de año, van a ir avanzando las cosas, y los niños van a saber mucho y más. Después en el liceo, como te decía que me pasa a mí con los esquemas… Quiero decir, para los niños sería mucho más fácil el estudio, la búsqueda en internet, porque yo veo a muchos compañeros que no saben buscar. Yo veo que ponen una pregunta y en internet hay filtros de búsqueda. Algunos copian la pregunta así, textual. Y no, es más fácil encontrarlo por plataforma. Entonces eso: enseñar a buscar en internet, saber hacer esquemas… o sea, abrir un poco el conocimiento. Ya se puede enseñar un poco más de robótica, que es bueno para los niños; la programación es lindísima y es muy entretenida. Me acuerdo de que pasábamos horas en el Scratch programando juegos, hacíamos Pac-Man. Lo más avanzado que hice fue un Pac-Man que comía cositas, te ponía puntaje y todo, y si tocabas a los fantasmitas, te morías.

—¿Lo programaste vos?

—Sí, lo hice en segundo año de liceo. Fue uno de los mejores juegos que hice, el más completo.

Que me perdonen mis amigas feministas por la siguiente pregunta, pero no había cómo no plantearla.

—Como varón… ¿pensás que las niñas, las mujeres, tienen otra aproximación a las computadoras?

—¿En qué sentido?

Mis amigas feministas me harían burla: «viste, viste».

—No sé. Tus compañeras de clase ¿también le agarraron rápido la mano, como ustedes?

—Sí, yo creo que fue parejo, fue igual, o sea, somos iguales.

—¡Por supuesto!, pero…

—Quizá los varones juegan más jueguitos de varones y las nenas, más de nenas: moda, vestir muñecas…

—Pero la aproximación a la herramienta es igual.

—Sí, porque la enseñanza es igual, es lo mismo.

—Germán, esto ha sido todo. Me gustó mucho conocerte y te agradezco todo este tiempo.

—La verdad es que a mí también me gustó.

Mientras salimos —voy a encontrarme con María Eugenia en el mismo banco, bajo el árbol donde me encontré con él—, me cuenta que tiene mucho tiempo libre y que se puso a estudiar alemán online, en un curso que da la Deutsche Welle. Que aprendió solo inglés, cree que gracias a los jueguitos y las canciones, porque nunca tomó clases particulares. Dice que cree tener facilidad para los idiomas y que hay un jueguito en el celular, Preguntados, que lo pone en todos los idiomas, incluido el catalán. Para reafirmar cuánto le interesa el asunto, aclara que tiene unos tatuajes en esa lengua. Me muestra uno y dice que significa libertad. Es una pluma. «¿En qué sentido significa libertad la pluma?». Sonríe. «En todos los sentidos posibles». Me deja pensando.

En el banco, una jovencita sonriente me espera. Saluda con alegría a Germán. Él se despide. Un lindo gurí, pienso. Los padres han de estar orgullosos de él.

Con María Eugenia

«Estábamos todos alrededor de la máquina y, como yo era muy chiquita y era la "dueña", no dejaba que nadie la tocara»

Es de mi estatura, de pelo oscuro, piel trigueña, ojos castaños y brillantes; una sonrisa fácil. Me pregunto si se recordará a sí misma como una niña; si tendrá conciencia del paso del tiempo. Tiene dieciocho años y una conversación ágil y cálida.

—Terminaste bachillerato.

—Sí, terminé sexto.

—¿Y qué vas a hacer?

—Voy a ser profesora de Sociología.

—¿Tenés que irte a Montevideo?

—No, en Florida hay un centro de profesores, con muchas materias que podés cursar.

—Y te gusta Sociología.

—Sí; tuve el año pasado, un solo año, pero me gusta eso de Ciencias Sociales, me gusta. Son cuatro años, vamos a ver si sale.

Le digo que capaz que después se entusiasma y decide hacer la licenciatura y, en cuanto me mira un poco sorprendida, recuerdo que, a esa edad, el futuro, si tiene un año, es mucho.

—Tú recibiste la ceibalita; fuiste como la segunda tanda, ¿no? ¿En qué año fue?

—Fue en 2007; fue de las primeras que recibimos. Germán era mi compañero, somos de la misma edad y las recibimos ahí, juntos.

—¿Te acordás del día que la recibiste?

—¡Claro! Pero igual, antes hubo, como quien dice, un proceso con la computadora y todo lo de ir aprendiendo, pero me acuerdo del día que la recibimos. Después, iban por clase; por ejemplo, hacían grupitos con cuatro o cinco computadoras y te explicaban cada una de las actividades que podías hacer.

—¿Quién hacía eso?

—Las maestras y alguno que dirigía, como quien dice, que vinieron de Montevideo. Yo tenía ocho años y era chiquita, éramos todos rechiquititos, y viste, cuando son todos chicos, es otra cosa, era algo nuevo.

—Estabas emocionada.

—¡Sí, obvio!

—Cuando les dijeron que les iban a dar una computadora, ¿qué te imaginaste?

—Uy, fue todo un apronte. Porque además venía gente importante a entregar las computadoras y había ese apronte para recibirlas; apronte por la gente importante; apronte porque todo el pueblo estaba entusiasmado. Entonces, todo era como muy innovador.

—¿Participó todo el pueblo?

—Sí, el día que las entregaron… imaginate… ¡la escuela estaba llena! La gente, los padres, todo lo que te puedas imaginar, en realidad fue como un acto que se hizo.

—Después te fuiste a tu casa con la computadora… ¿Y?

—Estábamos todos alrededor de la máquina y, como yo era muy chiquita y era la «dueña», no dejaba que nadie la tocara. Creo que en todas las casas pasó algo así. En mi casa nadie la tocaba sin mi permiso.

—¿En serio? ¿Y lo respetaban?

—Sí, ¡obvio!

—Pero eso debe de haber sido algo nuevo para ti.

—Sí, pero aparte ellos necesitaban ayuda de otro.

—¿Y cómo hiciste? La tenías ahí y no la tocaban.

—No, la tocaba solamente yo; a otra persona, mi hermana, ponele, o mi madre, no la dejaba. Tengo dos hermanas mayores.

—¿Y ellas?

—Mis hermanas no la tocaban si no era con mi permiso o con mis ojos arriba; si no, no. Después eso fue cesando.

—¿Y tu madre?

—Mamá tampoco, porque no tenía mucha práctica. Yo tenía la práctica de la escuela, lo que habíamos visto los días previos a recibirlas.

—Y después les enseñaste a ellas…

—Sí… O sea, en la escuela nos hacían, por ejemplo, buscar una actividad y después veníamos todos con esa información, después iba a casa y les mostraba todo lo que se podía hacer.

—A ti que te gusta la Sociología… empezaste a tener una especie de poder…

—Sí. Pero en la escuela, no sé, todo era lindo. Porque para la maestra también era algo nuevo; para ellos, como quien dice, es distinto. Porque los niños empiezan a buscar y encuentran cosas, así que le mostraban a la maestra, más que la maestra a nosotros. Así que ese era otro poder, también.

—Es interesante.

—Pero las maestras decían que cada uno aprende y que aprendían de nosotros, y sí, claro, si nosotros vivíamos todo el día con la computadora, ¡como para no descubrir cosas nuevas! Si empezás de chico con eso, y estás todo el día, aprendés.

—¿Te imaginaste que tener una máquina tuya te iba a cambiar la vida o que ibas a descubrir el mundo?

—Claro, porque antes se usaba el libro, y ahora es como tener la información al alcance de la mano. Porque vos ponés cualquier palabra en el buscador y te aparece todo, es más accesible. Te facilita todo. También es cierto que se pierde toda esa costumbre de buscar y, yo qué sé, capaz que tenés que hacer un resumen, ponele, y capaz que el adolescente, hoy en día, no sabe hacer uno. Entonces, vos ibas y sacabas un resumen y aprendías a hacerlo; en la computadora ya está todo sistematizado, es obvio que te facilita las cosas, pero por otro lado, se pierden cosas esenciales.

—Pero ahora que te diste cuenta, ¿tratás de compensar eso de algún modo?

—Sí, ¡obvio!, y ahora más. Porque, viste, en el liceo te dicen que tenés que complementar con otras cosas. En la escuela no es tan así, pero en el liceo, sí. Tenés que complementar y para eso hay libros, hay bibliotecas, y lo hacés.

—En internet hay un montón de libros, así que cuando hablamos de libros no es la cuestión del «papel».

—No, claro. Está todo muy actualizado.

—¿Te dio trabajo agarrarle la mano a la máquina, integrarla a ti?

—No; todos los días estaba con la computadora, entonces era como que cada vez le daba más uso, tenía más conocimientos; así que se podría decir que no me costó tanto aprender. Aparte, ¡la curiosidad!

—¿Te sentabas con tus amigas, todas con las máquinas, y compartían cosas?

—Sí, éramos chiquititas, entonces imaginate: era todo jueguito y todo eso. Cuando éramos chicos compartíamos mucho o, cuando recién llegó la computadora, en los recreos. Era como que nadie jugaba, estábamos todos con la computadora. Todos buscábamos algo o, ponele, los últimos cinco minutos antes de que terminara una clase, podíamos hacer lo que quisiéramos y nos poníamos a buscar. Estábamos así —hace el gesto con la mano— todos pegaditos, buscando y comentando.

—¿Te acordás de lo que buscabas tú?

—No me acuerdo, pero mucho tiempo después aparecieron las redes sociales y entonces, sí, buscábamos familiares: familiares aquí y familiares allá y qué se decía. O sea, cuando éramos chiquitas, no teníamos Facebook, pero después, de más grande, sí, tenía una cuenta. Por ejemplo, mi madre se hizo una mucho más tarde. Yo le decía: «Mirá, mamá, a quién encontré»; había una foto, y cosas así, e iba a casa con toda esa información.

—Así que la computadora acercó vínculos.

—Sí, obvio. La cuenta la abrí creo que a los diez años. Hoy en día, cualquiera tiene una cuenta, pero aquellos que éramos chiquitos y que teníamos una decíamos: «ah, mirá el primo; mirá la tía de España». Porque antes comunicación por teléfono: nada. No había.

—Ahora, que terminaste el bachillerato, ¿tenés que devolver la máquina?

—No, para nada. Además creo que allí, en el centro donde voy a estudiar, te la cambian, la van renovando. Esta me la quedo yo; y las tablets que les dieron a los niños se las quedan. Además de que es un ahorro, después de que un niño se acostumbra a usarla… ¡andá a sacársela! Y acá la conectividad es buena; Cardal es chiquito, viene cualquiera, se sienta ahí nomás, hay gente que pasa la tarde acá.

—¿Pensás que la ceibalita de alguna manera te cambió algo la vida o la manera de pensar, de mirar, de buscar?

—Sí, porque vos buscás algo y te abre, como quien dice, estás abriendo la cabeza.

—¿Te hizo sentir que estabas más cerca del mundo?

—Sí, porque la computadora te acerca a todo, y tener conectividad más aún; por más que te acerca a las personas, te acerca a la actualidad, a las noticias del día y, entonces, obvio que te cambia, te cambia muchas cosas.

—¿Ahora que terminaste el bachillerato, seguís buscando cosas, usás la computadora para algo más que chatear en las redes?

Se ríe con picardía; tiene una frescura y una mezcla de madurez e ingenuidad propia de la edad.

—Sí, claro. La otra vez estuvimos buscando con mi madre un curso en el que me tengo que anotar previamente por web. Estuvimos indagando la página y eso te ayuda mucho. Hoy en día lo necesitás, porque todo se hace por internet. Y para la gente que vive lejos todo es más fácil. Te facilita todo.

—¿Y tu familia se vinculó bien con la ceibalita?

—Sí, aparte, como quien dice, era la primera ceibalita, no solo en mi familia, sino en la familia más grande, tíos, abuelos. Me acuerdo de que ese día todos fueron a casa.

—¿A verla?

—¡Claro! Mi tío, que es mucho más grande, obviamente, pero menor que mamá, me miraba… y claro, él le agarró la mano más rápido que yo, y eso que yo tenía esa curiosidad… pero le agarró la mano más rápido. Después eran mi primo, mi tío, todos. ¡Todos querían ver!

Pienso qué escena que se perdió el neorrealismo italiano… ya no la familia en torno a una radio a válvula, sino a una ceibalita. Aprendiendo de ver, tocar y probar.

—Tú hablaste de curiosidad y Germán también, ¿pensás que la ceibalita incentiva la curiosidad del niño?

—Sí. Creo que todo objeto nuevo le incentiva la curiosidad al niño, y aquello, en aquel tiempo, 2007, era ver algo nuevo, no solo para nosotros, sino para el pueblo. Entonces, no fue solo la curiosidad de los niños, sino de los padres, de los hermanos, de los vecinos, ¡de todos! Y sí, la curiosidad te lleva a indagar e indagar lleva al uso, como quien dice. Así, que sí.

—Así que te parece que fue algo bueno que la ceibalita «aterrizara» en Cardal.

—Sí, además en Cardal… porque podría haber tocado en tantos lados. Después, cuando pasaron cinco años, se hizo una fiesta. Claro, con Germán ya éramos más grandes y fuimos los presentadores. Se hizo en el liceo.

—¿Y? Contá.

—Pasaron fotos de cuando éramos chiquititos. Éramos todos chiquitos, curiosos, nerviosos y todo eso. Ahora, como quien dice, es algo nuevo, pero ya tienen computadoras, y ahora tienen una tablet, capaz que le prestan más atención a la tablet. Los niños las usan para jugar o para hacer cosas, andan en la calle, viste que andan sacando fotos, o las nenas, que son las que sacan más fotos. Yo tengo una prima de ocho años que saca fotos con la cámara. La computadora la usa más para ir a la escuela.

—Te pregunto lo mismo que le pregunté a Germán. Más allá del objetivo pedagógico, educativo de la ceibalita, como herramienta inclusiva, como herramienta para acortar la brecha tecnológica, ¿te parece que se cumplió eso como objetivo?

—Sí, se cumplió, y me parece que en un plazo más corto al esperado.

—¿Sí? ¿Por qué más corto?

—Yo creo que no se esperaba incluir tanto la tecnología; que llegara la computadora y después la conectividad en un pueblo chico, porque somos 2500 personas. Todo se acortó. Capaz que esperaba las redes sociales en cinco años, pero no en dos años. ¿Quién dijo que a los diez años ibas a tener una red social y comunicarte con gente de otro país?

—¿Te parece que la ceibalita niveló un poco la diferencia entre las personas de diferentes recursos? Al menos, en el plano de los niños.

—Claro, la igualdad, como quien dice. Sí, acá, en realidad, hay gente de diferentes niveles, hay gente que puede tener la conectividad y cuatro o cinco computadoras en su casa, como puede haber una familia con tres niños y dos computadoras y para la conectividad tienen que venir a la escuela. Pero que haya conectividad y computadoras igualó todo en la sociedad. Acá en Cardal lo ves claro, porque en aquel tiempo ponele que había conectividad, wifi, pero no en el liceo de Cardal, sino en el privado.

—O sea, hay que pagarlo.

—Hay familias que pueden y otras que no. Entonces, llegan las computadoras y la conectividad. A mí me parece que acá en Cardal la igualdad se dio.

—¿Esa igualdad cambió las relaciones entre ustedes?

—Sí. Capaz que hay gente que no piensa igual, pero en mi generación me parece que sí, porque no había tantas cosas materiales. Cuando no había internet, vos venías a la escuela, dos o tres traían el trabajo y cinco no. Entonces, claro, en la escuela después se igualaron las cosas y la relación con los amigos también. Hoy en día, capaz que es más fácil, pero en aquel momento, en 2007, no.

—¿Y la gente mayor?

—¿En el 2007 u hoy?

—En aquel 2007.

—Y, lo primero que piensa la gente mayor es algo negativo, como que va a ser algo malo, que se va a perder el libro y el hábito de la lectura. Pero después, cuando ven los resultados, van cambiando la cabeza.

—¿Para ti los resultados son buenos?

—Sí. Capaz que hay excepciones, pero no tienen que ver con la computadora, sino con el niño que la usa y en lo que busca. La computadora es una herramienta; vos ves para qué la usás.

—Claro, puedo robar en bicicleta o ir a trabajar en bicicleta.

—Sí, cada uno tiene su herramienta y ve qué hace con ella. Las personas mayores en aquel entonces decían: no la vayas a tocar. Pero después eso cambió, cambia la relación con el nieto, porque le muestra la computadora, las cosas nuevas y ¿cómo no le va a gustar? A mi abuela, que es jubilada, le dieron la tablet.

—Ibirapitá.

—Sí, pero no la he visto usarla; pero su hija tiene una tablet; su nieta tiene una tablet, o sea, ya es algo común.

—Si tuvieras todos los recursos necesarios, ¿qué le agregarías o le cambiarías a la computadora que les dan a ustedes?

—Si se pudiera, me parece que estaría bueno que no solo haya conectividad en un lado, sino que cada computadora tuviera conectividad. Capaz que no tan grande o limitada, pero la gente que vive en el campo dice «no puedo; los niños tienen computadora pero no pueden hacer el trabajo», por la conectividad. Acercarles a ellos esa posibilidad, no a los que viven a dos cuadras de la escuela. Porque al que vive en el campo, si no tiene wifi, no creo que el de la escuela le llegue.

—¿Y en relación con la computadora? Porque lo que decís es wifi libre.

—Capaz que agregaría una herramienta que la máquina no traiga. Pero me parece que tiene todo. Buscás las cosas por Google, podés descargarlas, tiene cámara, tenés todo como quien dice. Buscamos información.

—¿Aprendiste sola a buscar o los maestros les enseñaron un poco?

—Aprendí a buscar sola. Lo que más te enseñaban los profesores era lo que la computadora traía, por ejemplo, el Scratch; el del «gatito». Nos enseñaron a programar, en el liceo también. Tuvimos robótica en el liceo, y a Germán y a un montón de compañeros nos gustaba mucho. Nos enseñaban más eso, a buscar… cada uno buscaba lo que quería.

—¿Te acordás de algo que te haya pasado con la ceibalita, al principio?

—Me acuerdo de buscar con mi madre. Ella teje y me hacía diferentes prendas. Entonces buscábamos por internet, ella decía lo que quería hacer. Antes no se podía buscar, no había con qué, pero con internet, sí. Veía algo que le gustaba y decía: «ay, qué lindo», después buscábamos cómo se hacía el punto. Cosas así.

—Tutoriales.

—Claro, con mamá era así, porque era lo que a ella le gustaba y en lo que gastaba su tiempo. Con mis amigos eran los juegos. Volvías de la escuela y estabas hasta acá —se toca la cabeza— de la escuela, querías distraerte, entonces buscabas juegos. No me iba a juntar con los varones, que juegan a los autitos chocadores. Yo jugaba a juegos de nena, como vestir, así que me juntaba con las nenas.

—¿Te imaginás cómo estarías hoy si no hubiera aparecido la ceibalita en Cardal?

—Capaz que eso que hablábamos de la igualdad no existiría. Tampoco que pensáramos en comunicarnos con personas de otro país y eso de que la computadora te abre la cabeza. Éramos personas con la cabeza cerrada, no sé qué hubiera pasado si no hubiera aparecido acá.

—Le pregunté al director de la escuela si, viendo el proceso de estos años, volvería diez años atrás y volvería a aceptarlo. Dijo que sí.

—Sí, y eso que yo era una nena. Pero me parece que a los grandes, yo lo veo hoy con mi prima, lo que es buscar en una computadora tuya, algo que te da la educación, te lleva a un objetivo. Cuando las recibimos no sabíamos ni escribir «hola», pero estábamos contentos de tenerlas. La felicidad iba con nosotros y la gente mayor estaba feliz de ver a los niños felices; la gente mayor se pone feliz. Fue en todo el pueblo, tampoco esperábamos todo lo que pasó, que se hiciera una fiesta a los cinco años ni que nos vendrían a entrevistar. Imaginate, vino Mujica con la esposa. Fue algo…

—Cuando te gradúes vas a ser de las primeras generaciones que salen de la ceibalita, por decirlo de alguna manera, y eso los hace un poco distintos a generaciones previas, en que había gente que tenía computadora y otra que no.

—Claro, obviamente corrés con ventaja. El año que viene, mis compañeros que vayan a la facultad… hace diez años esas personas que entraban a la facultad capaz que no tenían todo el conocimiento ni la herramienta. Es importante.

—Germán decía que le parecía que no todos los docentes le sacaron el jugo a la herramienta.

—Capaz que a nosotros no nos tocaron las maestras que no sacaron el jugo. Porque nos tocó una maestra que te hacía hacer trabajos con la computadora, te hacía buscar, te hacía investigar. O capaz que nos llamaba la atención porque éramos chicos y a los que ya estaban en sexto nos les llamaba tanto la atención, o no hacían lo que la profesora les decía. Yo creo que los maestros jóvenes buscan otra forma de enseñar; capaz que los mayores usan la misma, algo que ya tienen sistematizado. Además, con tantas herramientas… tienen que buscar diferentes formas, porque el niño se aburre.

Vamos llegando al final de la charla y pronto conoceré al resto de su familia, el núcleo familiar. Antes de despedirme, le pregunto si quiere agregar algo, si hay algo que debió ser dicho.

—Dejame pensar —dice, y baja un poco la cabeza.

Después sonríe.

—Yo creo que hoy en día va a seguir siendo cada vez mejor. A los niños les van a seguir entregando máquinas más nuevas, la herramienta va a ir mejorando y los niños quizá la usen más, o quizá no, es algo que lo vas a ver más adelante. Pero siempre se va a buscar lo mejor. Me parece eso.

Después abandonamos la sombra del árbol y el banco y el portón de la escuela y me acompaña a su casa, a conversar con su madre, Gladys. A la vuelta de la escuela; todo parece estar a la vuelta de la escuela, o la escuela es el centro de todo.

Con Gladys

«Nunca habíamos pensado que iba a llegar a Cardal, un pueblo. Porque siempre se piensa que Montevideo es el centro»

Habíamos hablado por teléfono, cuando intentaba ubicar a María Eugenia. Al teléfono había sido simpática y conversadora y le pregunté si podría entrevistarla a ella también.

—¿A mí?

—Sí, me interesa su opinión, su experiencia.

Como dije, la casita queda a la vuelta de la escuela, en un terreno con árboles frondosos, algunos perros que ladran y mueven la cola a la vez; es una casa humilde, con fachada de color azul oscuro.

—Pase, pase —dice María Eugenia, y me hace entrar a una sala atiborrada de cosas, con un televisor enorme, que está encendido y permanecerá así durante toda la conversación.

Gladys, que estaba sentada en un sillón, se levanta y sonríe de oreja a oreja. Me da un sonoro beso y después me dice que me siente a su lado. Es redondita, por decirlo de algún modo, muy joven o parece muy joven, con el pelo oscuro y enormemente simpática y charlatana. A su lado, está la hermana mayor de Eugenia, Ana, con un bebé dormido en los brazos. Nos saludamos en voz baja; no quisiera despertar al niño y me parece que invado algo íntimo. No me imagino a Gladys con una computadora y me quedo pensando en eso. El concepto de equidad interpela.

—Hace diez años que a ustedes les «cayó» la ceibalita.

—Sí, diez años, sí. De golpe y porrazo, como dicen.

—¿Usted se acuerda de cuando María Eugenia contó? ¿O cómo se enteraron los padres?

—Lo habían dicho en la escuela y María Eugenia nos contó acá. Yo chocha, claro, ¡tener una computadora en la casa! Yo había visto una, habían dado unas clases en la escuela para saber más o menos, pero nunca habíamos pensado que iba a llegar a Cardal, un pueblo. Porque siempre se piensa que Montevideo es el centro.

—Vio que Montevideo fue uno de los últimos.

—Sí, fueron los últimos, y llegó al pueblo, acá. Había que enseñarle al maestro, había que enseñarles todo para que los maestros enseñaran a los alumnos.

—Usted como madre, cuando veía a María Eugenia con la computadora, ¿cómo se sentía?

—Ah, lindo, lindísimo. Un día se puede juntar material, se pueden bajar materiales y andábamos todos para arriba y para abajo, no solo Eugenia. También era el lío con la hermana.

—Ah, ¿se la «robaban»?

—No, qué se la íbamos a robar. Me iba a acostar y Eugenia estaba con todo, prendida a la máquina. Bajamos material, música, películas, todo. Lo que pasa es que era algo nuevo, porque más de ir a un cyber acá en el pueblo… pero viste que el cyber cuesta plata y solo íbamos cuando precisábamos, porque todas estudiaban. No era fácil.

—Así que de la ceibalita de María Eugenia se beneficiaron todos.

—Sí, porque a la hermana, a Ana, no le tocó nunca.

—No, porque soy de la generación anterior —dice Ana—, de mucho antes, y no nos dieron, ni en la escuela ni en el liceo.

—Claro, ella salió de cuarto, es esa generación que no recibió. Después a la otra hermana sí, la otra que también es mayor que María Eugenia. Y se la dieron porque estudiaba profesorado. Así que fue a la más chica a la que le tocó.

—Usted le pidió ayuda a Eugenia, fue aprendiendo con su hija… ¿o se las ingenió?

—Me ayudó. ¡Si no sabía ni prenderla ni apagarla! Y no me dejaba ni tocarla «¿ya estás metiendo dedo?», me decía.

María Eugenia se ríe, seguro que más de una vez deben de haber peleado por la máquina.

...