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LA CALESITA DE DOñA ROSA

Mauricio Rosencof

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Fragmento

A los banquitos, siempre, siempre, se los veía juntos. Era muy difícil que alguno se quedara en el taller del frente y los otros dos en el patiecillo del fondo, entre la cocina y la pieza que contenía lo que no entraba en el taller y la cama del hijo con unos estantes para libros. Antes él dormía en el cuarto de los padres, que daba al patio grande, del frente. Como hasta los doce o trece años. Había heredado la cama de elásticos del hermano muerto, que tenía en la cabecera dos ángeles alados, en antimonio, que sostenían no sé qué y estaban descalzos. El traslado a la pieza del resto del taller se produjo cuando Isaac se dio cuenta de que el muchacho hacía ruido.

Los banquitos se acurrucaban en torno a Rosa cuando encendía el braserito de carbón y ponía la caldera con agua. Se acomodaba en uno, el más pequeño, y desplegaba un repasador limpio sobre el grande. Luego instalaba con orgullo el lujo de aquel artilugio de aluminio que tenía a sus lados dos cilindros anchos, con tapa, unidos entre sí, y en la panza de uno se leía «yerba» y en la del otro «azúcar», de comodísimo transporte porque un metal vertical salía del centro, terminando a poco en una oreja donde se podía enganchar cualquier dedo para llevarlo de un sitio a otro, y era la modernidad que venía avanzando.

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Los bizcochitos, esta vez unas galletitas, eran de semillas de amapola que Isaac traía del Mercado del Puerto, donde iba a buscar sabores del pueblito: pepinos salados, arenques, esas cosas. Semillas de amapolas que habían dejado pensando a doña Rosa cuando se le subieron a la calesita, estando ella sobre el casillero negro, dudando y dudando sobre a quién le iba a dejar la receta: cuánto de semillas, cebolla picadita —la roja, mejor—, cuándo debía reposar la masa y con qué copa pequeña se debían retirar los redondeles que iban al horno, que si se hace con vaso la galletita es galleta y no concentra el sabor.

Entonces Isaac dejó el taller, pero con un saco a medio terminar y el centímetro colgado al cuello. Rosa lo había llamado y se vino con un huso de marfil para, una vez en el banco grande, quitarle los hilvanes al saco, que solía dejar en la pieza del taller chico, donde había una mesa larga, maciza, fuerte, de sastre, un maniquí de prueba para sacos, una tijera enorme, de cortador, y por ahí, a un lado, contra la pared, la plancha de bronce en desuso que Rosa trajo cuando se vino del pueblito con el hijo mayor, que por entonces era único, de cinco años.

La plancha fue, en sus comienzos, un lujo para sastres finos, en los días en que la corriente eléctrica era una lotería, escasa, y se suponía que en esa tierra de nombre indígena que la aguardaba, más que escasa, la corriente sería nula. Las planchas de hierro, abundantes, se cargaban con brasas encendidas de carbón. Pero una chispa sobre un traje nuevo de medida era algo hecatómbico. Por eso era mejor la plancha de bronce, estéticamente una nave dorada, con una puertecilla atrás donde con una pinza se retiraba una horma de hierro que cubría todo el vientre de la plancha, para que ese hierro se calentara en el fuego, lejos del traje en su sesión de planchado.

La joya de la sastrería de Lublin yacía varada al fondo, en el lejano borde de la segunda mesa, mientras Isaac y Rosa tomaban mate dulce con galletitas de amapola, deshilvanando Isaac, cebando Rosa. Entonces sonó el timbre y un grito: «¡Carterooo!». Isaac y Rosa se miraron, el mate ofrecido en el aire.

Fue Isaac.

Las cartas habían muerto antes de que muriera la guerra. Y eso fue hacía unos meses, cinco, seis tal vez.

Hubo un gran silencio y en el silencio ni un gemido.

Isaac abrió la cancel, el cartero le pidió que firmara.

—Acá, don Isaac —dijo, respetuoso, serio.

Isaac volvió con la carta.

—Es de París.

Llevó el saco de los hilvanes a la mesa grande del frente y volvió a su sitio.

Allí estaban todos. Los banquitos, Rosa, Isaac. Se miraron.

Los banquitos tuvieron en el patio de antes, donde se colgaba la ropa, un banco grande, más alto, más largo, como los que venden en ferreterías, ferias, en algún bazar. Era para el latón. El latón grande, de dos orejas, donde Rosa lavaba la ropa que frotaba en la tabla. Esta tenía la silueta de un hombrecito: la panza y el tórax todo ondulados, y en la parte de arriba un rectangulito de tres palitos, sin cierre superior, donde descansaba el jabón Bao mientras Rosa fregaba sábanas, fundas, calzoncillos. Sin embargo, ese banco no tenía vínculo sanguíneo con los banquitos; era de trabajo y temblequeaba.

Rosa recordó el banco de lavar —no sabía por qué— el día que llegó la carta de París con el nombre de una institución que recuperaba y daba destino a los cuerpos sobrevivientes, rastreando, como en este caso, a algún familiar por las Américas.

Isaac golpeó el sobre en posición vertical contra el banquito del mate para que la carta se corriera hacia el fondo del sobre. Entonces, con la tijera de hacer ojales, pequeña y filosa, cortó un milímetro en toda la línea. La carta salió del sobre. Respiraron. Isaac la desdobló, sereno, tenso.

Tenía el membrete impreso de la entidad que atendía a los refugiados. Ni Isaac ni Rosa tenían refugiado alguno del pueblito. Por eso las manos de Rosa dejaron de cebar y se apoyaron, extendidas, sobre sus piernas.

Isaac leyó, aunque no había mucho para leer. Lo buscaba su hermana Jana, que había sobrevivido con tifus al campo de Auschwitz.

Los labios de Isaac lloraron en un suspiro hacia adentro cuando Rosa preguntó:

—¿Y para mí no hay nada?

Cuando Isaac y Darío el hojalatero comenzaron a mover y desplazar la pajarera con armonía de ballet, Isaac sintió que se le desplumaba el alma. Entonces hicieron un alto en el zaguán, luego de atravesar las dos hojas abiertas de la puerta cancel. No era por cansancio. Era por pena.

Sin embargo, con los labios fruncidos Isaac les transmitía un chistidito a los canarios, el casal de dorados, un jilguerito. Era un lenguaje compartido. El pajarerío se alborotó en paz. Isaac les contaba ...