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EL MOTEL DEL VOYEUR

Gay Talese

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Fragmento

Uno

Conozco a un hombre casado y con dos hijos que hace muchos años se compró un motel de veintiuna habitaciones cerca de Denver a fin de convertirse en su voyeur residente.

Con la ayuda de su esposa, practicó unos agujeros de forma rectangular en los techos de una docena de habitaciones; cada uno medía quince por treinta y cinco centímetros. A continuación, cubrió las aberturas con unas lamas de aluminio de celosía que simulaban rejillas de ventilación, pero que en realidad eran conductos de observación que le permitían, mientras estaba arrodillado o de pie en el suelo del desván cubierto por una gruesa moqueta, bajo el tejado a dos aguas del motel, ver a los huéspedes de las habitaciones de abajo. Estuvo observándolos durante décadas, al tiempo que llevaba un diario en el que anotaba casi cada día lo que veía y oía. Y durante todos esos años, nunca lo pillaron.

No había oído hablar de ese individuo hasta el día en que recibí una carta escrita a mano, enviada por correo exprés y sin firma, fechada el 7 de enero de 1980 y remitida a mi casa de Nueva York. Comenzaba así:

Recibe antes que nadie historias como ésta

Querido señor Talese:

Tras enterarme de la publicación de su muy esperado estudio sobre el sexo a lo largo y ancho del país, que se incluirá en su libro de próxima aparición La mujer de tu prójimo, me considero poseedor de una importante información que podría formar parte de ese libro o de otro futuro.

Seré más concreto. Desde hace quince años soy el propietario de un pequeño motel de veintiuna unidades situado en el área metropolitana de Denver, y al tratarse de un establecimiento de clase media, ha atraído a gente de lo más variopinto y ha tenido como huéspedes a una muestra enormemente representativa de la población estadounidense. Compré este motel para satisfacer mis tendencias de voyeur y mi irresistible interés por todas las fases de la vida de la gente, tanto social como sexualmente, y para responder a la antiquísima pregunta de «cómo la gente se comporta sexualmente en la intimidad de su dormitorio».

La carta anónima original de Gerald Foos dirigida a Gay Talese, fechada el 7 de enero de 1980.

A fin de lograr ese objetivo, compré este motel y lo dirigí yo mismo, desarrollando un método infalible para poder observar y escuchar las interacciones de las vidas de diferentes personas sin que se enteraran de que eran observadas. Lo hice tan solo por mi ilimitada curiosidad acerca de la gente, y no únicamente como si fuera un voyeur perturbado. Es algo que he hecho durante los últimos quince años, y he llevado un diario escrupuloso de la mayoría de individuos que he observado, compilando interesantes estadísticas sobre cada uno: qué hacían, qué decían, sus características individuales; edad y complexión; región de procedencia, y comportamiento sexual. Estos individuos eran de condiciones sociales y profesiones diversas. El hombre de negocios que lleva a su secretaria a un motel a mediodía, algo que generalmente se clasifica como «de casquete rápido» en el gremio de moteleros. Parejas casadas que viajaban de un estado a otro, ya fuera por negocios o vacaciones. Parejas que no estaban casadas pero vivían juntas. Mujeres que engañaban a su marido y viceversa. Lesbianismo, del que llevé a cabo un estudio personal debido a que cerca del motel se encuentra un hospital del ejército de los Estados Unidos en el que trabajan numerosas enfermeras y miembros femeninos del ejército. Homosexualidad, que no me interesaba mucho pero que observé para determinar su motivación y procedimiento. Los años setenta, sobre todo su parte final, trajeron otra desviación sexual llamada «sexo en grupo», que observé con gran interés.

Casi todo el mundo clasifica las prácticas precedentes como desviaciones sexuales, pero puesto que hay una gran proporción de gente que las practica de manera habitual, deberían reclasificarse como inclinaciones sexuales. Si los investigadores sexuales y la gente en general poseyeran la capacidad de indagar en las vidas privadas de los demás y ver cómo practican y llevan a cabo estas actividades, y pudieran determinar con exactitud el elevado porcentaje de personas normales que se entrega a estas así llamadas desviaciones, su opinión cambiaría de inmediato.

He visto expresarse casi todas las emociones humanas, con toda su tragedia y humor. Sexualmente hablando, durante estos últimos quince años he presenciado, observado y estudiado de primera mano el mejor sexo entre parejas, espontáneo, no de laboratorio, y casi todas las demás desviaciones concebibles.

El principal objetivo a la hora de proporcionarle esta información confidencial es la creencia de que podría ser muy valiosa para la gente en general y para los investigadores del sexo en particular.

Además, durante mucho tiempo he querido contar esta historia, pero no tengo talento suficiente, y me da miedo que me descubran. Espero que esta fuente de información pueda ayudarle a añadir una perspectiva adicional a sus otras fuentes en la elaboración de su libro o libros futuros. Si no le interesa esta información, quizá podría ponerme en contacto con alguien que pudiera utilizarla. Si está interesado en obtener más datos o le gustaría inspeccionar mi motel y sus actividades, por favor escríbame al apartado de correos que adjunto o notifíqueme cómo debo ponerme en contacto con usted. De momento no puedo revelar mi identidad a causa de mi negocio, pero se la revelaré cuando me asegure que esta información será completamente confidencial.

Espero que me responda. Gracias.

Atentamente,

A/A del Titular del Apartado

Apartado 31450

Aurora, Colorado

80041

Tras recibir esa carta, la dejé en reserva unos cuantos días, sin saber muy bien cómo responder, ni si debería hacerlo. Me inquietaba profundamente que ese hombre hubiera violado la confianza de sus clientes e invadido su intimidad. Y al ser un escritor de no ficción que insiste en utilizar nombres auténticos en mis libros y artículos, supe enseguida que no aceptaría esa condición de anonimato, aun cuando, tal como sugería su carta, el remitente tuviera poca elección. Para evitar la cárcel, además de las probables demandas que podrían llevarle a la bancarrota, debía proteger la intimidad que había negado a sus huéspedes. Y alguien así, ¿podía ser una fuente fiable?

Sin embargo, mientras releía algunas de sus frases escritas a mano —«Lo hice tan solo por mi ilimitada curiosidad acerca de la gente, y no únicamente como si fuera un voyeur perturbado» y «he llevado un diario escrupuloso de la mayoría de individuos que he observado»—, tuve que admitir que sus métodos de investigación y sus motivaciones se asemejaban a los míos en La mujer de tu prójimo. Por ejemplo, yo había tomado notas en privado mientras trabajaba como encargado en salones de masajes de Nueva York y me mezclaba con gente que practicaba el intercambio de parejas en la comunidad nudista de Sandstone Retreat, en el sur de California; y la primera frase de mi libro de 1969 sobre el New York Times, El reino y el poder, decía: «Casi todos los periodistas son incansables voyeurs que ven los defectos del mundo, las imperfecciones de la gente y los lugares». Pero la gente que yo observaba y de la que hablaba me había dado su consentimiento.

Cuando en 1980 recibí esta carta, faltaban seis meses para la publicación de La mujer de tu prójimo, pero ya se había hecho muchísima publicidad del libro. El New York Times había publicado un artículo en su edición del 9 de octubre de 1979, y la compañía cinematográfica United Artists había adquirido los derechos para el cine por 2,5 millones de dólares, superando la cifra más alta pagada hasta entonces por los derechos de un libro para la gran pantalla: Tiburón, que se había vendido por 2,15 millones.

Unos años antes, la revista Esquire había publicado un fragmento de La mujer de tu prójimo, y el libro se había comentado en docenas de revistas y periódicos. Era mi método de investigación lo que había atraído la atención de los periodistas: regentar salones de masajes en Nueva York, estudiar el negocio del sexo en poblaciones grandes y pequeñas a lo largo y ancho del Medio Oeste, el Suroeste y el Sur profundo, y también experimentar de primera mano los datos que había recopilado mientras pasaba varios meses en una comunidad nudista de intercambio de parejas, Sandstone Retreat, en Topanga Canyon, Los Ángeles. En cuanto se publicó, el libro encabezó la lista de los más vendidos del Times; permaneció en el número uno durante nueve semanas seguidas, y vendió millones de ejemplares en los Estados Unidos y el extranjero.

En cuanto al hecho de si mi corresponsal en Colorado era, en sus propias palabras, «un voyeur perturbado» —si recordaba al propietario del motel Bates en la película de Alfred Hitchcock Psicosis, o al cineasta asesino de la película de Michael Powell El fotógrafo del pánico; o si por contra se trataba tan solo de un hombre inofensivo de «curiosidad ilimitada», como el que encarnaba Jimmy Stewart en su papel de fotoperiodista postrado en una silla de ruedas en La ventana indiscreta de Hitchcock, o si no era más que un farsante—, solo podía saberlo si aceptaba la invitación del hombre de Colorado y le conocía en persona.

Puesto que tenía planeado viajar a Phoenix ese mismo mes, decidí mandarle una nota con mi número de teléfono, y le propuse hacer una parada en el aeropuerto de Denver de vuelta a Nueva York, donde podríamos encontrarnos en la recogida de equipajes a las cuatro de la tarde del 23 de enero. Unos días más tarde me dejó un mensaje en el contestador afirmando que allí estaría…, y ahí estaba; apareció entre la multitud de gente que esperaba y se acercó a mí mientras yo me dirigía a la cinta transportadora.

—Bienvenido a Denver —dijo sonriendo mientras con la mano izquierda sostenía en alto la nota que yo le había enviado—. Me llamo Gerald Foos.

Mi primera impresión fue que ese afable desconocido se parecía al menos a la mitad de los hombres con los que había viajado en clase preferente. Gerald Foos debía de rondar los cuarenta y cinco, era un tipo de piel clara, ojos color avellana, de una estatura quizá de metro ochenta y con algo de sobrepeso. Llevaba una chaqueta de lana color tabaco sin abrochar y una camisa con el cuello abierto que parecía demasiado pequeña para su pescuezo grueso y musculado. Perfectamente afeitado, poseía una buena mata de pelo oscuro cortado con esmero, con la raya a un lado; y detrás de la gruesa montura de sus gafas de concha proyectaba una expresión invariablemente amistosa digna de un posadero.

Tras estrechar su mano e intercambiar palabras de cortesía mientras esperaba mi equipaje, acepté su invitación de alojarme en su hotel durante unos cuantos días.

—Le pondremos en una de las habitaciones que escapan al privilegio de mi observación —dijo con una sonrisa desenfadada.

—Muy bien —dije—, pero ¿podré acompañarle mientras observa a la gente?

—Sí —respondió—. A lo mejor esta noche. Pero solo después de que Viola, mi suegra, se haya ido a la cama. Es viuda y trabaja con nosotros, y se aloja en una de las habitaciones de nuestro apartamento, detrás de la oficina. Mi esposa y yo siempre hemos procurado que no se enterara de nuestro secreto, ni tampoco nuestros hijos, como es natural. El desván donde se encuentran los conductos de observación está siempre cerrado con llave. Solo mi esposa y yo poseemos esa llave. Como ya le mencioné en la carta, durante los últimos quince años ningún huésped ha sospechado jamás que se le estuviera observando.

A continuación, sacó un papel de carta doblado del bolsillo de la pechera y me lo entregó.

—Espero que no le moleste leer y firmar este papel —dijo—. Me permitirá ser totalmente franco con usted, y podré enseñarle el motel con total libertad.

Se trataba de un documento de una página, perfectamente mecanografiado, en el que se decía que jamás mencionaría su nombre en lo que escribiera, y que tampoco asociaría su motel con la información que decidiera compartir conmigo hasta que no me firmara un documento autorizándolo. En esencia repetía las preocupaciones que ya había expresado en su carta introductoria. Tras leer el documento, lo firmé. ¿Qué más daba? Ya había decidido que no pensaba escribir acerca de Gerald Foos bajo esa restricción. Había ido a Denver tan solo para conocer a ese hombre de «ilimitada curiosidad acerca de la gente» y para satisfacer la ilimitada curiosidad que también despertaba en mí.

Cuando llegó mi equipaje, insistió en llevarlo, y lo seguí a través de la terminal hasta el aparcamiento, y finalmente en dirección a un Cadillac sedán negro de un lustre deslumbrante. Tras colocar el equipaje en el maletero e indicarme que me sentara a su lado, puso el motor en marcha. Reaccionó a mi comentario favorable sobre su coche afirmando que también poseía un Lincoln Continental Mark V, pero que sobre todo estaba orgulloso de sus tres viejos Thunderbird, su descapotable de 1955 y sus no descapotables del 56 y el 57. Añadió que su esposa, Donna, conducía un sedán Mercedes-Benz 220S rojo de 1957.

—Donna y yo llevamos casados desde 1960 —dijo, mientras nos dirigíamos hacia la salida del aeropuerto antes de entrar en la autopista que nos llevaría hasta el motel, situado en la población de Aurora, en el extrarradio de Denver—. Donna y yo fuimos al mismo instituto en una población llamada Ault, a unos cien kilómetros al norte de aquí. Tenía unos mil trescientos habitantes, casi todos granjeros y rancheros.

Los padres de Gerald Foos poseían una granja de sesenta y cuatro hectáreas, y eran germano-americanos. Dijo que eran dos personas trabajadoras, de fiar y de buen corazón que harían cualquier cosa por él…, «excepto hablar de sexo». Cada mañana, su madre se vestía en el vestidor de su dormitorio, y él jamás había visto que ninguno de los dos mostrara interés por el sexo.

—Por lo que, como el tema del sexo despertó en mí una gran curiosidad desde el inicio de mi adolescencia (con todos los animales que hay en una granja, ¿cómo se puede evitar pensar en el sexo?), tuve que buscar fuera de casa para aprender lo que pudiera acerca de la vida privada de los demás.

No tuvo que buscar muy lejos, dijo, mientras el coche avanzaba lentamente a través del tráfico de la hora punta. Una de las hermanas menores de su madre, Katheryn, también casada, ocupaba una granja situada cerca de la de sus padres, a unos setenta metros de distancia. Cuando comenzó a observar a su tía Katheryn, esta probablemente rondaba los treinta, y la describió como una mujer de «pechos grandes, cuerpo delgado y atlético, y un pelo rojo fuego». Por las noches, a menudo se paseaba desnuda por el dormitorio con las luces encendidas y los postigos abiertos, y Gerald echaba un vistazo escondido bajo el alféizar —«una polilla atraída por su llama»— y tranquilamente se pasaba escondido allí una hora, mirando y masturbándose.

—Fue la razón por la que empecé a masturbarme.

Estuvo mirando durante cinco o seis años, y nunca lo pillaron.

—Mi madre a veces me veía salir a hurtadillas y me preguntaba: «¿Adónde vas a estas horas?», y yo ponía cualquier excusa, como que iba a ver cómo estaban los perros porque me había parecido oír a un grupo de coyotes.

A continuación se acercaba a hurtadillas a la ventana de su tía Katheryn con la esperanza de verla paseándose o sentada desnuda, quizá en su tocador, ordenando su colección de muñecas de porcelana en miniatura traídas de Alemania, o su valiosa colección de dedales, que guardaba en una vitrina de madera para curiosidades que colgaba de la pared del dormitorio.

—A veces también estaba su marido, mi tío Charlie, que por lo general dormía profundamente. Bebía mucho, y podía contar con que no se despertaría. En una ocasión vi cómo mantenían relaciones sexuales, cosa que me molestó. Estaba celoso. Ella era mía, me decía yo. Había visto su cuerpo más que él, al que siempre había considerado un personaje desabrido que no la trataba bien. Yo estaba enamorado de ella.

Seguí escuchando sin emitir ningún comentario, aunque me sorprendía la franqueza de Gerald Foos. Hacía apenas media hora que lo conocía y ya me estaba desvelando sus fijaciones masturbatorias y sus orígenes como voyeur. Como periodista guiado por mi propia curiosidad, no recuerdo a nadie que me exigiera menos esfuerzo a la hora de arrancarle sus secretos. Me había llevado años ganarme la confianza del lugarteniente de la mafia Bill Bonanno, el protagonista de mi libro Honrarás a tu padre, años escribiéndole cartas, visitando a su abogado y cenando con él off the record. Con el tiempo me gané su confianza, le convencí para que rompiera el código de silencio de la mafia y llegué a conocer a su mujer y a sus hijos. Pero Gerald Foos no mostró vacilación alguna. Fue el único que habló mientras yo, que había firmado un documento de confidencialidad, le escuchaba sentado en el coche. El coche era su confesionario.

—En el instituto no me acosté con ninguna chica —añadió—, aunque en aquella época casi nadie lo conseguía. Como ya he dicho, allí conocí a mi futura esposa, pero Donna y yo aún no salíamos. Ella era dos años menor que yo. Era una muchacha estudiosa, tranquila y bastante guapa, pero a mí me interesaba una de las animadoras de nuestro equipo de fútbol. Yo era una de las estrellas de la delantera. Durante unos dos años estuve saliendo con esa animadora, una hermosa muchacha llamada Barbara White. Sus padres eran propietarios de una cafetería en la calle Mayor. No teníamos relaciones sexuales, como ya he dicho, pero después de las clases nos besábamos y nos abrazábamos mucho en el asiento delantero de mi camioneta Ford del 48. Una noche estábamos aparcados detrás de la estación de bombeo, en el extremo norte del pueblo, y yo intenté quitarle los zapatos. Quería verle los pies. Tenía las manos preciosas, y un cuerpo esbelto (aún vestía su uniforme de animadora), y simplemente quería verle los pies, tenerlos entre mis manos. A ella no le gustó. Y cuando insistí, se puso hecha una auténtica furia y saltó de la camioneta. A continuación se arrancó la cadena que llevaba al cuello, de la que colgaba mi anillo, y me lo arrojó.

»No la seguí hasta su casa —dijo—. Sabía que todo había terminado. Al día siguiente me vio en el instituto e intentó decir algo, pero ya no importaba. Había perdido su confianza. Ya no pude recuperarla. Nuestro romance había terminado. Yo estaba triste, confuso y un poco frustrado. Terminaba ya mi último año. Necesitaba marcharme. No sabía nada de la gente. Decidí alistarme en la Marina.

Gerald Foos me contó que pasó los cuatro años siguientes destinado en el Mediterráneo y en ...