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EL CRONISTA Y LA HISTORIA

Julio María Sanguinetti

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Fragmento

POR QUÉ ESTE LIBRO

En las lejanas noches en que mi padre me leía capítulos de la historia griega y romana de Victor Duruy nació mi vocación por la historia. Aquellos relatos apasionantes de quien fuera Ministro de Napoleón III encendían mi imaginación infantil. Eran tiempos de guerra en el mundo y nuestra familia los vivía apasionadamente. La historia, cercana y lejana, asomaba por todos lados. El primer recuerdo de lo que podríamos llamar nuestra vida civil, a punto de llegar a nuestros cuatro años, es el acorazado Graff Spee en el puerto, una enorme masa gris, una multitud agolpada, el retorno a casa y luego, a las carreras, la salida hacia la rambla para ver las llamaradas que lanzaba el barco alemán incendiado por su capitán. Mi padre, escribano, era soldado voluntario del 14° de Infantería y no sólo llegó a cabo sino a abanderado, lo que alimentaba nuestra convicción de que podía ir a la guerra.

Agreguemos que mis dos familias, paterna y materna, eran raigalmente políticas, aquella colorada y esta blanca, lo que poblaba las conversaciones de anécdotas e historias personales. Mi abuelo paterno era militar, soldado gubernista de 1897 y 1904; mi abuelo materno, un apacible ciudadano, casado nada menos que con una hija de Chiquito Saravia, y que también sirvió a su partido. Ambos, uno de cada lado, habían participado de la batalla de Tupambaé, en aquellas dos sangrientas jornadas de junio de 1904.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Naturalmente, los profesores del liceo Rodó y el Instituto Alfredo Vásquez Acevedo fueron fundamentales. César Coelho de Oliveira, Edmundo Narancio, Evangelio Bonilla, Alfredo Beraza y Lincoln Machado Ribas profundizaron la afición, con lecturas inolvidables de historia griega y romana que configuraron una estructura de pensamiento que moldeaba nuestras curiosidades.

No bien ingresé al periodismo, mi mirada histórica fue la que definió mi identidad. De ella nació mi coloradismo. Tenía 17 años cuando comencé a trabajar en el semanario Canelones, bajo la dirección de Maneco Flores Mora, y mi primer artículo firmado fue sobre Joaquín Suárez.

Por ese entonces me encontré con Marta y desde hace sesenta años estamos hablando –y discutiendo– sobre temas históricos, que en feliz legado se han trasmitido a nuestros hijos. A ella le debo fundamentos teóricos y lecturas recomendadas, que no me han transformado en un historiador profesional como ella, pero que sí le han dado, al periodista que soy, los elementos para que la crónica responda a la procurada intención de verdad.

Mi amistad con Don Juan Pivel Devoto dejó también su rastro, al punto que fue el inspirador de que escribiera la biografía de Don Pedro Figari. Flavio García, por su parte, con quien compartí redacción en nuestro diario Acción, me aportó documentos apasionantes de nuestra historia republicana. Luego han venido algunos trabajos de tesis y dos textos de la llamada historia reciente, La agonía de una democracia y La reconquista, que cubren períodos en que intenté hacer realmente “historia”, pese a mi condición de protagonista de esos tiempos.

Esta recopilación de artículos que presentamos, tomados de un medio o de otro a lo largo de tantos años, pretende ofrecer una mirada en perspectiva sobre el mundo que nos ha tocado vivir y la historia que tenemos incorporada a nuestro espíritu. Naturalmente, muchos de ellos son artículos de combate, porque hemos sentido como un deber ético enfrentar el uso abusivo de la historia que, desgraciadamente, sufrimos en estos tiempos, en que tanto se mira al pasado para legitimar actos del presente. En homenaje a su autenticidad, no le hemos quitado ni mitigado a esos textos alguna pasión del momento, ya que las más de las veces protagonizamos polémicas que nunca hubiéramos deseado tener pero que sirven también para alumbrar los claroscuros del pasado. Por eso los hemos situado en cada contexto y creemos habernos preservado de la confusión tan habitual e interesada entre hechos y opiniones.

En el debatir de esos años, preservo como un indeleble recuerdo mi amistad con Lincoln Maiztegui, formidable historiador que decía no serlo, apasionado blanco con el que coincidíamos y discrepábamos, aunque siempre desde el valor de la mirada democrática. A Oscar Padrón Favre, a su vez, debo agradecerle sus investigaciones, fundamentales, sobre nuestro mundo indígena y la construcción de la fantasiosa leyenda charruista, asentada en la ignorancia de los guaraníes.

No puedo dejar de recordar las redacciones periodísticas tan diversas que integré y de las que conservo una mirada nostálgica. No la tengo de mis despachos ministeriales o de las salas parlamentarias. Aquellas redacciones no sólo fueron momentos de nuestra vida sino ambientes intransferibles que se asocian, en el transcurrir del tiempo, a los mejores recuerdos.

El semanario Canelones, donde empecé, lo hacíamos e imprimíamos en Acción. Maneco no sólo era nuestro director sino un periodista ya consagrado en las páginas de Marcha. Allí compartimos la actividad con Zelmar Michelini, Fernando Torres Ponce, Teófilo Collazo y un grupo de jóvenes estudiantes: Luis Barrios Tassano, Welington Melogno, Alberto Pérez Pérez, Luis Alberto Solé, mi primo Norberto Sanguinetti, más algunos incipientes dirigentes que serían luego históricos en el departamento canario, como Tabaré Hackenbruch, tres veces Intendente.

En Acción, me encontré –para indeleble marca– con el magisterio de Francisco Llano, legendario periodista argentino, jefe de redacción de la Crítica de Botana y del Clarín inaugural, fundado por Roberto Noble. Allí fueron mis directores, en momentos distintos, don Luis Batlle Berres, su hijo Jorge, Fernando Fariña y Amílcar Vasconcellos. A mi vez, ejercí la Subdirección hasta 1973, en que fue cerrado por la dictadura. Esa redacción, bullente e imaginativa, esquivando la siempre presente precariedad económica, hacía periodismo desde la jerarquía de un Ángel Rama o de un Juan Carlos Onetti, de un Carlos Maggi o un Luis Hierro Gambardella, de un Mario César Fernández o un Roberto Andreón, un Edgardo Sajón o un Mario César Zanocchi, hasta artistas como María Freire, Menchi Sábat o Leopoldo Nóvoa.

Al cerrarse Acción, María Antonia Batlle y Jorge Otero Menéndez me ofrecieron escribir en El Día y allí, desde una sección titulada “En la Cresta de la Ola”, hacía malabarismos para cuestionar al régimen sin violar la proscripción que me impedía escribir de política. Fueron años duros pero esperanzados que compartí con directores como Arturo Leonardo Guzmán, Enrique Tarigo y José Lorenzo Batlle Cherviere. Al esbozarse los primeros celajes de la apertura política, fundamos Correo de los Viernes, en 1981, bajo la dirección de Luis Alberto Solé (nuestra condición de “proscripto” nos impedía figurar). Fue un hermoso tiempo, que llega hasta hoy, en que mantenemos nuestro Correo digital, al tiempo que colaboramos en El País de Montevideo, El País de Madrid y La Nación de Buenos Aires, donde hemos publicado varios de los artículos que se recogen aquí.

De tan largo recorrido periodístico, cuya copiosa producción desbordaría toda razonabilidad editorial, recogemos en esta obra algunos testimonios a los que atribuimos connotación histórica, sea por su materia o porque el correr del tiempo les ha atribuido esa condición. Ha sido para mí una razón de ser, porque no me entendería a mí mismo sin mi vocación por escribir, por combatir falacias e injusticias e identificarme con el aún misterioso liderazgo de Artigas, el caudillismo sin par de Don Frutos, el liberalismo progresista de Don Pepe y Don Luis Batlle y, por sobre todo, con ese núcleo esencial de la identidad nacional, construido en dos siglos de batalla por los valores republicanos.

No nos detenemos demasiado en la historia reciente; apenas recogemos una crónica sobre el golpe de Estado por el valor de ser inédita y escrita sobre la marcha de los acontecimientos. Más bien nos interesa entrar en aquellos temas que, desde lejanos días, siguen pesando en los nuestros. Por eso incluimos algunas crónicas del mundo, que en su tiempo fueron actualidad y hoy ya son historia: las de Checoslovaquia cuando la “primavera” de Praga, las de Cuba en 1959, las de Corea del Norte en los tiempos de Kim Il Sung y de la Unión Soviética cuando comenzaba a soplar el viento de los cambios.

Si de toda esta lectura queda instalada, especialmente en algunos jóvenes, la sana curiosidad que inspira la mirada histórica y la comprensión de que el hoy no se entiende sin mirar el ayer, nos sentiremos colmados en nuestro propósito.

J. M. S.

SECCIÓN I
Historia y memoria

En esta sección recogemos artículos que abarcan casi medio siglo. Con audacia, podríamos titularlos como Lucien Febvre, “Combates por la historia”, su célebre recopilación de artículos que marcaron un hito en la comprensión de la disciplina histórica. Quien no es un historiador profesional se atreve a hacerlo, sin embargo, porque desde sus primeros años de ejercicio periodístico ha tenido que combatir por la historia y con la historia, desde la política. Mirar al mundo y al país con la perspectiva del pasado es un obligado ejercicio de comprensión, sin el cual los hechos suelen no tener relación ni carnadura. Usar ese pasado como herramienta dialéctica del presente, abusar de él con frecuencia y confundir la reconstrucción histórica con memorias siempre parciales, nos llevó a ese debatir que no cesa. En algunos momentos la discusión fue ideológica, las más de las veces entre marxistas y liberales; en otros fue política, luego de que la guerrilla sesentista y la dictadura posterior dividieron la sociedad. Son cientos de artículos. Basten los que siguen para que se entienda la razón profunda de esa lucha.

DE ROMA A NUESTROS DÍAS

El Día, Montevideo, 12 de junio de 1975.

LOS ESTUDIOS HISTÓRICOS EN LA “CRISIS DE LA VERDAD”

Para los romanos, la Historia no era una fuente de conocimiento ni una disciplina científica; poseía un sentido pedagógico ajeno a la búsqueda de la verdad. Del pasado se tomaban los hechos que abonaban la tesis que se pretendía ejemplificar y se desechaban los otros. Tácito, uno de los más grandes historiadores romanos, lo explícita claramente: “No he tomado por asunto el referir los pareceres de todos sino de los más excelentes por su honestidad, o los más notables por su infamia: cuidado y ocupación preciosa de quien se encarga de escribir anales, para que no se pasen en silencio los actos virtuosos y sea temida por los venideros la deshonra de los hechos y dichos infames”.

El propósito entonces era extrahistórico y tenía que ver con la política o la moral, pero muy poco con la búsqueda de la verdad que caracteriza a cualquier disciplina científica. Esta actitud, superada en el plano intelectual por una historia más científica, sigue actuando, sin embargo, como elemento deformador, que priva a la disciplina de su real naturaleza y jerarquía.

HISTORIA Y PROPAGANDA

Giannabatista Vico decía en el siglo XVII que, entre otras, una de las principales fuentes del error histórico radicaba en la tendencia a glorificar la antigüedad y satisfacer un amor propio nacional que se alimentaba con esas glorias del pasado. La Historia, sin embargo, fue usada así en Roma como instrumento político y modernamente los Estados totalitarios han desarrollado monstruosamente esa tendencia hasta transformarla en un método de dominación.

Como dice magistralmente Marrou, se usa para aprovechar “las almas inocentes de los futuros ciudadanos” y políticamente domesticarlos. La célebre frase de Hitler en Mein Kampf una vez más debe ser repetida como testimonio insuperado de esa modalidad: “Una mentira colosal lleva en sí una fuerza que aleja la duda [...] Una propaganda hábil y perseverante acaba de meter en los pueblos la convicción de que el cielo no es en el fondo sino un infierno y que, por el contrario, la más miserable de las existencias es un paraíso [...] Porque la mentira más vergonzante deja siempre huellas, aun cuando se la haya reducido a la nada”.

Esa misma metodología se ha desarrollado en el mundo comunista, pese a la pretensión científica que ha exhibido el materialismo histórico como ideología. La ubicación y reubicación del período estalinista en la historia de la URSS –sin ir más lejos en el tiempo– muestra hasta qué punto no estamos realmente ante una Historia sino ante la utilización organizada de ciertos hechos del pasado como materia prima propagandística.

LA CRISIS DE LA VERDAD

Un César, un Cromwell, un Luis XIV o un Napoleón podían dictar –y así lo hacían– disposiciones que abarcaban todos los campos de la existencia individual y social. Carecían, sin embargo, de los medios que hoy posee un Estado moderno para imponer la obediencia universal a esos decretos y machacar sobre la conciencia de los ciudadanos a fin de impedirles un razonamiento lúcido. Se cuenta con una burocracia organizada, con una enseñanza generalizada a todos los niveles (a la que se imprime un sello u orientación predeterminada), con medios de difusión poderosos (radio, televisión, cine, diarios), con eficaces métodos de acción sicológica –liminal y subliminal– así como con servicios de policía política altamente tecnificados, que pueden inspeccionar la vida del ciudadano hasta el último confín.

En los Estados totalitarios el hombre pierde su vida privada sin adquirir una vida pública. La Historia aparece entonces en ellos utilizada al servicio de intereses políticos y puesta siempre como juez y gendarme de la verdad. El “Tribunal de la historia” vive impartiendo sentencias, absolviendo y condenando, glorificando y apostrofando. La Historia se convierte –como dice el citado Marrou– “en juego de máscaras en el almacén donde amontonan instrumentos los comediantes de la propaganda. Felices de nosotros cuando su desfachatez no les mueve a montar con todo detalle una historia que ellos saben falsa y se contentan con sólo ver en el conocimiento del pasado un repertorio de anécdotas pintorescas, de parangones o de precedentes cuya invocación resulta provechosa”.

Estos métodos son los que han configurado lo que Halevy llama la “crisis de la verdad” que sufre nuestro tiempo; crisis tan dramáticamente grave y paralela –además– a la “crisis de la libertad”.

LA HISTORIA, HECHO CULTURAL

Pese a todo, la historiografía ha seguido su camino y desarrollando su metodología. Obviamente, es imposible una objetividad absoluta, pues siempre es el historiador quien realiza la recreación de los hechos del pasado, quien los ordena, quien busca entre ellos relaciones y naturalmente esa tarea se impregna de su espíritu, de su formación. Pero esa circunstancia no impide que la averiguación de los hechos sea minuciosamente realizada y que su ordenamiento y análisis crítico se pueda formular con el apoyo de los medios científicos que la sociología, la economía, la politología, la psicología, la arqueología, la antropología, ponen hoy al alcance del historiador.

La Historia, dice Huizinga, es la fórmula de cómo una cultura rinde cuentas de su pasado. Ello implica una responsabilidad que excluye el panfleto, el intento propagandístico, la deformación utilitaria que transforma ese gran hecho de una civilización en una caricatura. La Historia no puede reducirse entonces a un instrumento publicitario o a un simplismo folclórico de anécdotas con moraleja del que se pretende extraer enseñanzas pedagógicas. Mucho más allá, es una toma de conciencia del desarrollo humano. No es maestra de la vida en el sentido menor en que la usaron los romanos; lo es en la medida que le da al hombre de hoy los medios para conocer al hombre de todos los tiempos, los medios también para ejercitar el razonamiento y la voluntad; los caminos para entender muchos de los problemas del acontecer contemporáneo, que están impregnados de corrientes que les vienen de antiguas raíces. La Historia. y sólo la Historia, da perspectiva para mirar los hechos de los que somos hoy prisioneros por la urgencia con que se nos plantean; de esa sola manera podrá el hombre actuar con libertad de juicio y no ser un fácil instrumento de pasiones de momento o visiones deformadas por requerimientos pasajeros, que no atienden la sustancia de las cosas.

La Nación, Buenos Aires, 22 de diciembre de 2006.

MEMORIA Y POLÍTICA

“La memoria de nuestros duelos nos impide

prestar atención a los sufrimientos de los demás,

justificando nuestros actos de ahora

en nombre de los pasados sufrimientos”.

De la novela de Serge Rezvani,

La travesía de los Montes Negros.

Siempre difícil es la relación con el pasado. “Los muertos gobiernan a los vivos”, decía Comte en su conocida sentencia. Y así se vive, tratando de construir futuros desde el presente, sometidos al peso de un pasado que está allí, y frente al que sentimos deberes, deberes de memoria, pero también los deberes de olvido de que nos hablaba Renán, para no seguir instalados en el odio de “las Noches de San Bartolomé”. Eterna tarea de la sociedad humana, cada tiempo y cada lugar ha vivido de un modo u otro ese vínculo, amenazada siempre por su mal uso, por su abuso, por el empleo oportunista del recuerdo, por la selección de aquel hecho que conviene evocar hoy y relegar al mismo tiempo aquel otro que no sirve al discurso de momento.

Estamos hoy, de pronto, asaltados por ese esfuerzo. Los grandes enfrentamientos entre la libertad y el comunismo en el mundo, entre la democracia y las dictaduras en nuestra América Latina, han desaparecido. No subsiste ni el debate entre la economía planificada que nos daría a cada uno lo justo, cuando se ha desfondado frente a la abrumadora eficacia de la economía de mercado. Ni Lula se atreve a decir que guarda ideas “izquierdistas”. No hay grandes causas convocantes, que nos envuelvan y nos quiten de toda especulación. Reaparece, entonces, el debate del ser, el cuestionamiento de la identidad… y comenzamos a mezclar nuestra visión histórica con nuestra realidad de hoy, la historia con la política, la justicia con la venganza. El intelectual discurre sobre el pasado, arrastrado ya por una marea en que el político lo usa para sus fines de hoy.

España discute una ley de memoria histórica, que abrió una ya polvorienta caja de Pandora sobre los tiempos de Franco y ahora ha dejado en solitario al partido de gobierno que, inicialmente, la planteó para seducir a la izquierda, intentó luego –dada su naturaleza– alcanzar un acuerdo nacional y ahora se estrella con la paradoja de que ninguno le reconoce su mérito. Desde la derecha, la encuentran revanchista y divisoria de España. Desde la izquierda, tímida frente a la reparación a las víctimas del franquismo. Sin embargo, la historia como disciplina, la historiografía, ha ido a fondo en el tema de la República y el franquismo, con una mirada cada día más dirigida a comprender aquella inmensa tragedia. No ha faltado, entonces, la visión histórica, que se sigue construyendo. El problema nace por otro lado: cuando el Estado quiere tomar ese pasado, celebrarlo desde su mirada particular e instaurarlo en canon oficial. Allí se reabren pasiones, reemergen heridas y lo que el tiempo había permitido mirar con más calma, se trae al presente como conflicto y no como conciliación, como problema y no simplemente como respuesta a la pregunta legítima de saber qué pasó.

Un extremo muy diferente es lo que se observa en Chile. Allí no estamos ante un pasado a evocar desde la bruma memoriosa, sino que está vivo y latente en el presente. La muerte de Pinochet ha mostrado una sociedad aún dividida, que claramente no desearía volver a los tiempos de la dictadura, pero que tampoco procuraría el retorno a una situación anterior, caótica y confusa, superada, justamente, bajo un autoritarismo implacable que cambió el rumbo de la sociedad. Allí no estamos en un real ejercicio de memoria sino en la política en estado puro. El muerto cierra un capítulo de odios y amores sobrevivientes que suenan a extraños y son muy difíciles de entender desde afuera de Chile. La democracia funciona, las instituciones se respetan. Allí están las heridas, pero seguramente no se reabrirán al doblarse la última hoja de este capítulo histórico. Apenas se habrá demorado la cicatrización de algunas, pero no más.

Argentina, en cambio, hace rato que viene discutiendo con su pasado, con el reciente y con el fundacional, de la mano de programas mediáticos de divulgación popular inscriptos siempre dentro de la teoría conspirativa: hay que rescatar “la historia que nos escamotearon”, hay que revelar “lo que nunca se contó”, y de paso arramblar con íconos venerados, las más de las veces en nombre de oportunismos del presente. Mucho más cerca en el tiempo, resurge la historia más reciente, no ya la que controvertimos en libros sino en la pasión de hoy. Las leyes de “punto final” de los tiempos de Alfonsín, votadas en una turbulenta transición que reconstruyó la democracia, han cedido paso a juicios en cadena a militares sobre los delitos de los tiempos de la dictadura. ¿Es bueno derogar leyes de efecto ya consumado? ¿No es peligrosísimo relegar el Estado de Derecho al Estado de Justicia que dicta el Estado de hoy? ¿Es una respuesta a los desafíos de nuestro mundo anclarnos en ese punto?

En Uruguay nos hemos sumergido también en el debate de la historia contemporánea. El gobierno pretende contar en escuelas y liceos lo ocurrido antes del golpe de Estado, durante él y en la salida democrática. La aspiración sería normal, si no fuera que la mayoría de los protagonistas de esos episodios están tan vivos como vivas las controversias. En conclusión, nos instalamos en la arena política y muy lejos del espacio del pasado en que transcurre la historia. Se atropella así el principio de laicidad, pues el gobierno pretende instalar solamente una versión de ese pasado, la suya. El gobierno ve sólo el crimen militar, amparado en la teoría de que solamente es terrorismo el del Estado. Mientras los partidos fundacionales registramos los crímenes militares, que combatimos en primera línea, pero también los crímenes guerrilleros, que trajeron la violencia al país y desestabilizaron las instituciones, creando el marco propicio al exceso militar.

Por un lado se han abierto grietas a las sabias leyes de amnistía y se está enjuiciando al expresidente Bordaberry y a su Canciller Juan Carlos Blanco, así como a seis militares. Paralelamente, se produce ese aleccionamiento educativo en que se olvida que la izquierda se subió al golpe militar en febrero de 1973, pensando que predominaría el sector entonces llamado “peruanista” (inspirado en el régimen populista del general Velasco Alvarado), cuando la báscula se inclinó hacia el otro lado y militares de derecha le reprimieron abusivamente. La transición democrática, ejemplar y pacífica, construyó una verdadera paz. ¿Basada en el olvido? No, en el perdón. Y en el perdón general; porque las amnistías son para todos –cancelando una etapa, como hizo España en su tiempo– o no son nada, si perdonamos a unos y condenamos a otros.

Mientras tanto, los pobres siguen pobres, la desocupación persiste, el mundo capitalista vive la expansión mayor de su historia y el Asia se lleva inversiones que nos permitirían entrar al banquete de la prosperidad. Como escribió no hace mucho Abel Posse, “la violencia de los muertos acecha la paz de los vivos”. ¿Que una cosa no excluye la otra? Puede ser. Pero cuando la pasión está volcada a juzgar hacia atrás, cuando cotidianamente vemos el dedo acusador en la pantalla televisiva que nos gobierna a todos, lo dudamos. La madurez es un debate sobre el hacer, que deja atrás la duda adolescente sobre el ser. Da la impresión de que nuestros interrogantes se deslizan más sobre este escenario, lleno de emociones y de dudas, mientras el horizonte dibuja los edificios que otras manos construyen.

La Nación, Buenos Aires, 29 de abril de 2006.

USO Y ABUSO DE LA MEMORIA

Los grandes historiadores y pensadores europeos contemporáneos han vivido de modo muy profundo la relación entre la memoria y la historia. Aquella como proceso subjetivo de evocación del pasado y matriz de esta otra, la historia, que nos trae el relato de los hechos evocados por las muchas memorias, su encadenamiento inteligente hecho desde la perspectiva del tiempo para entender lo que ya pasó.

La memoria del fascismo, el franquismo, el nazismo y el comunismo, con sus horribles crímenes, ha llevado a reflexiones trascendentes sobre el “deber de la memoria”, el “uso de la memoria” y el “abuso” de ella.

Los debates han sido muchas veces apasionados, no sólo adentro de cada país, sino aun en el seno de la Iglesia, que en 1998 publicó un documento de reflexión sobre el Holocausto judío, condenatorio del antisemitismo y sus horrores, a la vez que “explicativo” de la distante actitud del Vaticano en aquellos tiempos terribles.

Paul Ricœur nos habla de una memoria obligada. Es la que se sustenta “en el deber de hacer justicia, mediante el recuerdo, a otro distinto de sí”. Supone, a la vez, una deuda: “Debemos a los que nos precedieron una parte de lo que somos”. Sin embargo, nos previene, al mismo tiempo, de su posible abuso, cuando se impone “una dirección de conciencia que se proclama a sí misma portavoz de la demanda de justicia de las víctimas. Es esta captación de la palabra muda de las víctimas la que hace cambiar el uso en abuso”.

Las sociedades tienen ese deber de memoria, asumido responsablemente como una obligación colectiva pero no como un alegato propagandístico, que pone al que lo usa en una presunta superioridad moral sobre aquel otro que, aun compartiendo la misma obligada evocación, no se asume como dueño de la verdad, pretende narrar los hechos con la mayor honestidad y nunca erigirse en el heredero exclusivo del derecho de la víctima al reclamo.

Todorov, en su luminoso trabajo “El abuso de la memoria”, nos previene también de aquel abuso, al señalar que el control de la memoria no es sólo propio de los regímenes totalitarios sino que es patrimonio de todos “los celosos de la gloria”. De allí que, cuando el discurso oficial se apropia del discurso de la víctima y pone a todo el resto en actitud deudora, está abusando del pasado.

Bien legítima es la asociación de la idea de justicia con el pasado. “Es la justicia la que –prosigue Ricœur– al extraer de los recuerdos traumatizantes su valor ejemplar, transforma la memoria en proyecto; y este mismo proyecto de justicia es el que da al deber de memoria la forma del futuro y del imperativo”. La manipulación viene cuando esta asociación no está al servicio de un proyecto de futuro compartido sino de una justificación del presente, de una presunta legitimación que ubica al titular del discurso por encima de todo aquel que le escucha.

Un buen ejemplo de manipulación nos aporta Giovanni Levi, un autor italiano, que comenta una obra histórica sobre la participación de dos compatriotas suyos en la guerra española, uno que abandonó el Frente Republicano en 1937 por sus excesos, y otro que se enroló con Franco en 1938 por su enfrentamiento al comunismo. Del uso de los hechos, resulta que la guerra pasa de ser una lucha entre un frente fascista y otro antifascista a una confrontación entre fascismo y comunismo, que provoca un mar de dudas en que ya no se sabe dónde queda la razón moral. Debate en pequeño de otro muy grande, que generó el historiador alemán Nolte cuando explicó la aparición del nazismo como una réplica al comunismo más que como una ideología totalitaria y racista que repugnaba de la democracia liberal.

De todo esto resulta que el pasado, cuando se lleva a las aulas por el Estado educador, debe formularse con el rigor máximo de la historiografía, lo que viene muy a cuento cuando se proclama en estos días, en nuestros países, la necesidad de enseñar a la nueva generación los hechos recientes de la historia contemporánea. Ella, por tan cercana, por falta de perspectiva, muy fácilmente puede caer en la crónica interesada, el panfleto o “el abuso” de memoria del que venimos hablando. Podría decirse que es una lección de política –con toda su carga de debate parcializado– más que de historia.

¿Es bueno que los jóvenes argentinos conozcan los excesos que cometió el régimen militar que en 1976 dio el golpe de Estado contra Isabel Perón? Parece saludable, pero no estoy seguro si es el Estado quien deba asumir la tarea, por su difícil imparcialidad. Pero si lo hace, debe reconocer que nada tiene sentido si no se narra también la situación preexistente, con una violencia desatada desde el gobierno mismo con grupos paramilitares y desde la clandestinidad por las organizaciones guerrilleras. Quienquiera que haya vivido aquella plomiza época –aun desde mi condición de uruguayo– recordará aquel 1975 como algo irrespirable, con asesinatos, el ominoso final de López Rega, una inflación galopante (del orden del 800%), la matanza en la víspera de la Navidad… ¿Esto justifica el golpe de Estado? No, pero explica cómo se llegó a él, pese a la lucha denodada y solitaria de los demócratas, náufragos en aquel mar tormentoso. Esa explicación, a su vez, jamás puede validar la espantosa represión que produjo miles de desaparecidos. Es un pasado muy difícil de narrar, pero si se evoca, debe mostrarse en toda su complejidad, para que el proyecto de futuro sea que nunca más a los golpes como nunca más a las guerrillas y, sobre todo, nunca más al desprecio a las formas del Estado de Derecho que tanto se deleznaron en aquel tiempo, en que bastaba la invocación a la justicia para estar por encima de la ley.

Algo parecido digo de mi país, donde también se está proyectando la enseñanza del pasado reciente, para que se asuma el repudio al golpe militar de 1973 y sus consecuencias. La cuestión es que ese condenable acto resulta inexplicable si no se expone que antes hubo una guerrilla marxista que, por medio de la violencia, intentó quebrantar la larga tradición democrática del país, alterando su paz con secuestros, asaltos y asesinatos. Nada excusa a quienes dieron el golpe, pero tampoco nada excusa a quienes sacaron a los militares de los cuarteles después de casi un siglo de paz y libertad. Contar una historia sin la otra, es falsear la comprensión histórica y abusar de la memoria. Cuando los actores estamos vivos y cada uno tiene su relato distinto, ¿por dónde pasa la frontera de la imparcialidad? A la memoria le corresponde el reconocimiento de los hechos del pasado; a la historia la mirada más amplia en el espacio y en el tiempo, el análisis racional de las fuentes y, sobre todo, el deber de equidad en el relato frente a visiones confrontadas y a memorias heridas, ciegas muchas veces a la desgracia de los otros. Lo único que no puede quedar en la confusión es que tan antidemocrático fue quien abusó con uniforme como quien pretendió quedarse con el poder por la bomba y no el voto; que los únicos inocentes son los que siguieron al pie del Estado de Derecho y que todo el resto, que despreció la legalidad, fue tan antidemocrático así se llamara a sí mismo antifascista o anticomunista.

El País, Montevideo, 18 de abril de 2010.

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