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BULLYING & MOBBING

Silvana Giachero

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Fragmento

FRANCISCO, uruguayo, 13 años

Soy un adolescente que pasó por una situación que, en verdad, no le deseo a nadie. Durante nueve años concurrí a un colegio-liceo privado, esperando terminar allí mis estudios, pero la situación que viví en ese lugar hizo que mis padres me cambiaran de institución. Aunque parezca raro, yo no quería irme porque pasé toda mi infancia allí y porque no me daba cuenta de lo grave que era la situación que estaba viviendo.

Espero que mi experiencia pueda ayudar a niños, adolescentes, padres y al entorno familiar de quienes están pasando por situaciones humillantes y dolorosas. Quiero transmitirles que la vida sigue, que tenemos que hacernos respetar y defendernos de aquellas personas que no le hacen bien a la sociedad, decirles que sí se puede salir adelante, compartiendo lo que nos pasa diariamente.

A continuación, les contaré mi historia.

Un compañero de clase, sin ningún tipo de motivos comenzó a acosarme en clase tocándome mis partes íntimas; obviamente, yo no estaba de acuerdo, pero él me amenazaba diciéndome que si no accedía me iba a lastimar. Eso me asustó mucho e hizo que me callara durante tres meses y no se lo contara a nadie; entonces, guardé silencio absoluto, hasta un día en que estábamos en clase y nos tocó realizar un trabajo en grupo; él me propuso hacerlo juntos, cosa que acepté. Durante los días en que organizamos cuándo nos íbamos a reunir, yo le ofrecí mi casa, porque iba a estar mi hermana, y él accedió a venir.

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Un día antes de que viniera a mi casa, yo estaba esperando al profesor que le estaba dando clases a mi hermana; con el correr de las horas me dormí y, cuando llegó mi hermana me desperté raro, con ganas de nada; le decía que no tenía ganas de que mi profesor me diera clase y ella insistía. Mi profesor subió a animarme sin saber nada (mi hermana tampoco lo sabía) y, cuando el profesor bajó, yo me levanté y le pegué en la cara a mi hermana porque me molestaba su insistencia, algo de lo que me arrepiento hasta el día de hoy. Ella sangraba y yo, viendo la escena que había provocado, entré en pánico y me encerré en el baño llorando por lo sucedido. Después de unas horas le pedí disculpas y ella me las aceptó. Me fui a dormir triste por lo que pasó.

Al día siguiente también me desperté raro, pero esta vez fue para concurrir al liceo. Cuando llegué, me encontré con mi “compañero” y hablamos sobre lo que íbamos a hacer para el trabajo. Al llegar a mi casa, mi hermana me avisó que se iría a las tres de la tarde. Nosotros habíamos llegado a las dos y, entre que hacíamos la comida y almorzamos se hicieron las tres. Mi hermana se fue y en ese momento empezamos a hacer el trabajo, que duró unos cuarenta minutos. Al finalizar la tarea, él tomó su celular y me dijo que quería subir a jugar al X-Box, algo que me extrañó porque a él no le gustaban ese tipo de juegos, pero accedí.

Después de unos minutos fui al baño a hacer mis necesidades, pero él me siguió sin que yo me diera cuenta. Entré al baño solo, cerré la puerta, y, cuando empecé a orinar él abrió la puerta. Yo no podía hacer nada porque estaba de espaldas y se quedó mirándome; yo le dije que se fuera pero él no emitió ningún tipo de sonido. Cuando terminé de orinar me di vuelta y vi que él estaba mirándome y masturbándose; lo miré y le pregunté qué estaba haciendo. Él me pidió que yo le hiciera sexo oral, a lo que le dije que no, pero él seguía insistiendo con tonos cada vez más fuertes hasta que suspiró y me dijo: “¿y si yo te hago sexo oral?” Volví a decirle que no pero seguía insistiendo, hasta que él comenzó a hacerme sexo oral. Yo quedé paralizado, sin poder mover ninguna parte del cuerpo. Cuando terminó, me dijo: “yo ya te hice sexo oral, ahora te toca a vos”, a lo que respondí que yo no le había pedido que él me lo hiciera a mí. Entonces me dijo; “no me importa: chupame la pija porque si no te lastimo”. Me asusté mucho y accedí. Cuando terminó todo, él se fue. Dejé pasar unos minutos para que se alejara de mi casa y me fui al trabajo de mi madre para contarle a ella lo que me había sucedido. Como es de suponer, lo que le conté le afectó mucho y lo único que pudo hacer en ese momento fue abrazarme fuerte y contenerme.

Cuando llegamos a mi casa me dormí.

Luego de unos meses, mi padre se contactó con la psicóloga que es autora de este libro. Estuve trabajando con ella durante tres meses y me realizó un tratamiento llamado EMDR1
que me ayudó mucho. Y no sólo me ayudó el tratamiento, sino también el apoyo de mi familia y de mi psicóloga; en verdad, sin su ayuda no podría haber logrado olvidar este hecho que, aunque parezca mentira, me sucedió en realidad; y no sólo eso sino que, además, conseguí poder hablar del mismo como algo que hoy significa para mí nada más ni nada menos que un mal recuerdo.

El caso de Francisco es uno de los innumerables casos de bullying que día a día se repiten en diferentes centros de estudio, tanto en nuestro país como en el mundo entero. Durante nueve años los papás de Francisco depositaron toda su confianza en una institución a la que consideraron como la más apropiada a nivel educativo y psicoemocional. Afortunadamente, se dieron cuenta a tiempo de que se habían equivocado, a pesar de haber pasado por experiencias muy tristes y humillantes. La mamá de Francisco está convencida de que nunca es tarde para volver a empezar y levantarse con la frente bien en alto, de volver a ser felices, aceptando que lo que les sucedió los fortaleció como familia y están felices porque su hijo, luego de haber transitado ese camino devastador a nivel psicoemocional, pudo superar lo ocurrido con el apoyo incondicional de la familia y de profesionales expertos en el tema.

Francisco continuó yendo a clase y sus padres realizaron la denuncia en el colegio pidiendo que lo cambiaran de grupo, cosa que no sucedió, entre confusiones y la excusa de que faltaba poco para terminar el año. Cada día que concurría a clase sentía que estaba viviendo el peor infierno de su corta vida. Su acosador contó la versión al revés y todos comenzaron a burlarse de él; lo catalogaron de homosexual, le pusieron apodos y le hicieron el vacío. Al terminar el año sus padres lo cambiaron de colegio luego de constatar que, a pesar de tener evidencias concretas de lo sucedido, nadie puso freno a su situación y, menos aún, aplicó sanciones al hostigador.

Hoy, junto a su familia han iniciado juicios penales tanto contra su acosador como contra la institución a la que asistía. El director del colegio, que siempre estuvo al tanto de lo sucedido, no hizo nada al respecto mientras continuaron las burlas, las humillaciones y las amenazas sin que se tomara ningún tipo de medida. La única respuesta que obtuvieron fue que “a esta altura del año no se iba a hacer ningún interrogatorio a los alumnos”, a pesar de que sus nombres estaban perfectamente identificados.

Afortunadamente, ellos pudieron hacer frente a su problema y consiguieron superarlo, aunque no ha sido fácil. Pero muchos casos más permanecen ocultos, tanto por temor como por indiferencia. A aquellos niños, adolescentes y sus familias que estén transitando por una experiencia similar: no se den por vencidos y convénzanse de que sí se puede salir adelante, y que incluso pueden salir más fortalecidos como seres humanos.

La tarea no es sencilla, pero a través de estas páginas intentaremos ayudarles a conocer esta realidad tan difícil, a detectar las situaciones donde el acoso esté presente y a encontrar una solución definitiva que les permita seguir viviendo libres de esta epidemia. Es hora de cambiar esta realidad. Conseguirlo depende de todos y cada uno de nosotros.

1 Sigla en inglés, Desensibilización y Reprocesamiento por medio de Movimientos Oculares para tratar dificultades emocionales causadas por experiencias traumáticas. La terapia EMDR ha sido designada por la Organización Mundial de la Salud y la American Psychiatric Association como un tratamiento eficaz para pacientes con trastornos por estrés agudo y trastorno por estrés postraumático.

MARISA, uruguaya, 49 años

Este testimonio surge como un renacer, tras un profundo tratamiento, luego de soportar largos años de sometimiento y acoso. Comentarlo hoy es una de las tantas facetas de mi recuperación de “aquello” que configuró para mí y mis afectos la experiencia más desgarradora e inexplicable de mi vida, después de haber tolerado tanto maltrato y sufrimiento psíquicos.

Esta es mi historia real, de haber sufrido en carne propia más de seis años, de soportar un ambiente de trabajo insano y agresivo, con relaciones interpersonales de grave hostilidad, por no llamarles de locura.

Hoy he logrado reparar aquel daño, pero lo más importante es poder trasmitir una voz de aliento y esperanza hacia quienes lo sufren y no pueden encontrar la salida; mi aspiración estará cumplida si les resulta alentador a las personas comunes, de carne y hueso. Pacientes, colegas y otros profesionales de la salud viven situaciones de dolor que les son negadas, por temor, por ignorancia o por miedo de comprometerse ante el hostigador y su entorno.

Esos años fueron vividos por mí como si hubiese sido un viajante que conduce su vehículo con el objetivo de realizar un largo recorrido a una velocidad prudente, desconociendo la ruta, sin contar con un mapa que me orientara sobre las características del trayecto o los posibles atajos en el camino.

Así, como una mancha de aceite, se fueron sucediendo distintos sucesos que socavaron mi vida de tal manera que llegó a correr serios riesgos; hoy no me sería posible admitir nuevamente un sufrimiento como aquel.

En este, mi viaje, mi ser mujer, madre, profesional, trabajadora, militante de la vida, con público compromiso social y los derechos humanos esenciales, me encontré en “el cruce de camino”, un cartel de PARE, un gran alerta que me hizo dudar ante la posibilidad de detenerme, continuar o, lo que aún es peor, abandonar el viaje.

Antecedentes. Cuento hoy con más de 30 años de desarrollo personal y profesional, en una institución estatal a la que ingresé con tan sólo 18 años y, desde entonces, me desempeño en diversas áreas. Mi historia de trabajo comenzó en el sector de servicios, para luego cumplir tareas en el área administrativa, posteriormente concursé para cumplir tareas en el área técnica en gestión de recursos humanos. En otras palabras, recogí un hermoso caudal de afectos y experiencias junto a otros trabajadores, hombres y mujeres, tanto de sectores obreros como de administrativos y profesionales. Mis años de trabajo han transcurrido en el área de capacitación, desarrollo y selección de personal. Mi formación académica es del mundo “Psi”, profesión que elegí y abrazo con amor desde muy joven. Jamás escatimé tiempo en formarme o actualizar conocimientos académicos, siempre involucrándome en procesos grupales que permitieran promover a las personas, mejorar su trabajo ofreciendo oportunidades de cambios en pos de la transformación personal y de la institución. En todo lo que emprendí hasta hoy me ha orientado la convicción de que “nada de lo humano me es ajeno”. Este ha sido el legado de mis analistas, docentes, colegas, compañeros de trabajo y, lo más importante de todo, lo que aprendo junto a los pacientes.

Sin ánimo de arrogancia ni falsedades, estoy convencida de que en mi labor cotidiana siempre he sentido una profunda inquietud por aprender y por asumir compromisos éticos desde un punto de vista profesional y humano. Mi desempeño se ha caracterizado por intentar intervenir siempre buscando generar nuevos conocimientos y compartirlos, aprendiendo de lo que no se sabe y, algo que creo fundamental, sistematizar experiencias, bregando siempre a favor de la solvencia técnica y humana.

El lugar de la escena. Hasta ahora todo parece “color de rosas”, más aún teniendo en cuenta que el relato que leerán a continuación transcurre dentro de un escenario y/o contexto esperanzador. Cuando surgió la oportunidad de seguir profundizando mi tarea dentro de la gestión estatal, en un contexto político favorable gracias a los vientos de cambio que soplaron en nuestro país, busqué nuevos horizontes colaborando en la fundación de una nueva cartera social, involucrándome en el desafío de lo que fue “el buque insignia” de un desafío político dentro de la campaña que permitió a la izquierda lograr la conquista del gobierno. Mi decisión tomó por sorpresa a la mayoría de mis compañeros de trabajo, quienes no lograban explicarse tal decisión, que fue interpretada por muchos como un abandono de responsabilidad dentro de la gestión, “justo” en el momento en que desde mi cargo estaría promoviendo el conocimiento y la capacitación del personal del área en que me desempeñaba.

La decisión de involucrarme en el desafío y en la oportunidad de “hacer” por y con la gente dentro de la implantación del Plan Nacional de Emergencia, me permitió vivir experiencias imborrables que determinaron también mi crecimiento personal. Consciente de los riesgos, opté por involucrarme con alma y vida en el mencionado reto; esta oportunidad me permitió conocer a seres humanos increíbles, personas comprometidas y convencidas del trabajo por la causa, y conocí de primera mano los rostros de la pobreza, y la miseria.

Transcurrido un año, tuve la intención de volver a cumplir tareas en la institución que había dejado, teniendo plena conciencia de que ya no regresaría al puesto de responsabilidad en el área que tenía antes, debido a que, como es natural, otra persona ocupaba mi puesto. A pesar de que esta situación implicaba un alto costo desde el punto de vista económico, estaba plenamente convencida de afrontar el desafío, contando con el apoyo de mi familia, que aceptó compartir la causa.

Un camino tortuoso. Había comunicado mi retorno a quienes eran mis superiores, a la espera de la asignación de un lugar de trabajo y de las tareas correspondientes. Para mi sorpresa, se me otorgó la responsabilidad de hacerme cargo del sector, fundamentalmente porque en mi persona se depositaba tanto la confianza como el reconocimiento de mi experiencia y capacidad para trabajar con grupos de personas.

Al asumir la tarea se fueron dando situaciones en las que se me presionaba en los tiempos de respuesta de diferentes tareas, todas complejas y desafiantes. A pesar de los pocos recursos logísticos disponibles, se me exigía más y más. Llegué a trabajar los fines de semana e, incluso, mi superior invadía mi vida realizando llamadas a mi teléfono particular con tratos despectivos. A medida que pasó el tiempo la situación fue empeorando, hasta que llegué a vivir un auténtico calvario. Angustia, nerviosismo, insomnio: mis superiores dudaban de mis capacidades, y yo en un momento llegué a pensar que estaba enloqueciendo.

El ambiente de trabajo era desastroso: cuando volvía de alguna licencia médica, el equipo de trabajo ponía en duda la veracidad de mi padecimiento. Entonces ya habían formado alianza con mi acosador. No solamente me destrataban mis superiores, sino que también era motivo de burlas o dudas por parte de mis compañeros de trabajo.

Padecí diversas enfermedades del tracto digestivo que implicaron intervenciones quirúrgicas, llegué a pesar 43 kilos en el peor momento. Los últimos seis meses fueron realmente tortuosos, sintiéndome absolutamente impotente, presa de una enorme angustia. Mi vida estuvo pendiente de un hilo. Después de una internación en CTI con 10 días de inconsciencia total, durante ocho meses tuve que someterme a un tratamiento médico, psiquiátrico y terapéutico. Transité una depresión demoledora.

Cuando me fue posible abandonar el rol, con todas los perjuicios económicos que ello implicaba, como tributo a tanto dolor se me declararon enfermedades autoinmunes que me implicaron la indicación de tratamientos de por vida.

Estando en tratamiento psicoterapéutico, mi terapeuta me derivó a otro, especializado en acoso laboral. Allí pude entender de qué se trataba el mobbing.

En el proceso de EMDR tuve que tener la valentía de enfrentarme otra vez al dolor, poniendo en duda la posibilidad de una recuperación.

La salida. Hablar de aquellas heridas me hace mirar el pasado desde otra perspectiva, la de una “nueva vida” que se construyó gracias a mi deseo de sanar y al compromiso terapéutico. Esta conquista fue alcanzada gracias a mi psicoanalista Lic. Iliana Menini y a mi terapeuta en EMDR, Silvana Giachero.

El hecho de trabajar con el dolor psíquico y moral de las víctimas implica la necesidad de continuar con una labor de responsabilidad de formación, la investigación y el trabajo sistemático que requiere abordar este flagelo, que parecería aparentemente nuevo en el mundo del trabajo.

Día a día son cada vez más las personas que se animan a hablar o denunciar esos padecimientos. Para quienes los desconocen podrá generar sorpresa, para otros podrá motivarles en trabajar y mancomunar esfuerzos desde distintas disciplinas o el lugar que les toque ocupar.

Para pacientes y terapeutas servirá como aliciente el comprender que buscar ayuda no admite ninguna demora.

Afortunadamente, gracias a la terapia realizada como consecuencia de su padecimiento, Marisa tuvo la oportunidad de recuperarse y de vivir esa experiencia como un amargo recuerdo. Sin embargo, su caso solamente es uno de los millones de experiencias de mobbing o acoso laboral que se viven dentro del ambiente de trabajo público o privado, y que puede producirse en cualquier ámbito o tarea en la que una persona pueda desempeñarse.

Muchas veces estas situaciones se viven como si fueran normales, como si por cobrar un salario los trabajadores pudieran ser sometidos a toda clase de situaciones denigrantes desde el punto de vista moral, físico o psicológico.

Debemos estar muy atentos para poder detectar estos casos, para rescatar a quienes estén siendo víctimas de mobbing o para rescatarnos a nosotros mismos, tomando conciencia de esta realidad antes de que sea demasiado tarde.

INTRODUCCIÓN

Durante el Primer Congreso Internacional de Mobbing y Bullying, que fue creado en Uruguay y se llevó a cabo en mayo de 2013, esta realidad –que involucra a muchas más personas que las que en principio se creía– fue puesta de manifiesto por primera vez de forma generalizada.

Sólo con ánimo de dar contexto, debo decir que la concreción de este congreso –primero en el mundo en su género– tuvo como antesala la experiencia con pacientes víctimas de bullying y mobbing y la sensación de impotencia por no poder ayudarlos eficazmente. Las terapias tradicionales no daban resultados para curar el daño, no había conocimiento del tema en Uruguay y verdaderamente no encontrábamos una salida a su dolor. Me propuse entonces generar una “movida” con el fin de poner el tema en el tapete haciendo visible esta violencia, sacándole el velo. Una mañana desperté con esa idea bien clara en la cabeza, busqué ayuda de colegas y expertos y armamos este prim ...