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AUNQUE ELLA ESTé

Cecilia Curbelo

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Fragmento

Las personas que se victimizan y se quejan la cansan. Como Tamara, su madre. Morgana creció escuchándola quejarse de su padre, «Un reverendo inútil», de lo que engordó durante el embarazo, «Quedé como una vaquillona», del trabajo en la peluquería, «Barrés y pelos, barrés y pelos», de las humedades de la casa, «Esta pocilga da asco», de los hombres en general, «Toditos iguales a tu progenitor», del país, «Acá nunca se sale adelante», de la familia que la abandonó de recién nacida, «Manga de perros asquerosos»…

Tamara es como una bolsa cargada de resentimiento que va dejando escapar aire contaminado con cada palabra que sale de su boca.

Morgana siente que se intoxica lentamente. Espera no ser así de grande. Por eso actúa diferente: no se queja aunque sienta una rabia que la quema por dentro, aunque le gane la impotencia o experimente dolor. Se incorpora cada vez que flaquea, porque aprendió a convivir aceptando su realidad. Y porque sabe que nadie estará para levantarla si tropieza.

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¿Era diferente su vida cuando era una bebé? ¿O siempre, siempre fue así su realidad? ¿Cuándo, exactamente, tomó conciencia de su soledad?

Suspira, y revuelve el último cajón de la cómoda de su dormitorio. Ahí guarda varias fotografías de cuando era pequeña. Se las quitó a su madre una de las noches difíciles, cuando —bajo los efectos de litros de cerveza y la depresión de una ruptura con su pareja de ese momento— se le dio por quemar los cuadernos escolares que Morgana guardaba de recuerdo.

Pasa una a una cada fotografía y se asombra. ¡Aparece sonriendo en tantas!

¿De verdad era capaz de sonreír? ¿Significa eso que en algún momento fue feliz? ¿Pudo experimentar ese sentimiento? ¿O es que todos los bebés sonríen por instinto?

Ordena las fotos, las deposita con cuidado otra vez en el cajón, y lo cierra. Que se queden ahí, como testigo mudo de un período que no puede recordar. De un tiempo que no reconoce, que le es ajeno. De un rostro de bebé que su madre afirma es ella: Morgana Segovia.

Internet está lleno de artículos de psicólogos que afirman que un bebé feliz será un adulto feliz. ¡Qué estupidez más grande!

Porque de ser así ¿es ella la excepción a la regla? ¿Es la única chica que de bebé sonreía —supuestamente contenta— y ahora de adolescente en lo único que se centra es en intentar contener la angustia que le oprime el pecho noche tras noche? ¿En aliviar con movimientos circulares los músculos tensos del cuello? ¿En respirar lentamente para que el sofoco de la amargura no le gane?

Se tira sobre la cama, a lo largo, y cruza las piernas. Coloca las manos bajo la cabeza y cierra los ojos. Exhala despacio en un vano intento de deshacer ese nudo que no se va, que la aprieta por dentro, que parece estrangularla. De alejar esa sensación de desamparo, de desprotección, de que ya nada importa y de que el mundo no cambiaría sin ella: los ómnibus seguirían haciendo el mismo recorrido, la publicidad de champú continuaría prometiendo terminar con la caída de cabello, la emisora radial mantendría el ránking de los temas más escuchados… Simples bobadas que hacen al día a día tal como lo conocemos. Con o sin ella.

El planeta sigue girando estés o no estés ahí, razona.

Este pensamiento la hace tiritar unas milésimas de segundo, en los que es consciente, de verdad consciente, de su poca relevancia.

Se gira en la cama y cambia de posición, incómoda. Tiene frío, pero sabe que si se abriga, si cubre esas necesidades básicas de su cuerpo, la mente se vuelve más poderosa. Cuando estás abrigado y sin hambre, pensás más y más inteligentemente.

Ella no quiere pensar. No quiere teorizar y llegar a conclusiones que la atormenten.

En cambio, si uno se niega a cubrir las necesidades básicas del organismo, tiene un poder extra sobre el pensamiento. Es decir, si tenés mucho calor o mucho frío, la mente solo se centrará en encontrar una solución a aliviar el exceso de calor o de frío. A regular la temperatura corporal. La mente se centrará en hallar una solución a lo básico de la existencia. A lo más primitivo. ¿Calor? Abrigo. ¿Hambre? Alimento. Un ciclo que no falla a la hora de evitar pensar.

Aprieta los dientes y resiste. 

Ella puede hacerlo. Es dura. 

Sí. Es dura la mayoría de las veces. Otras, es una completa cobarde.

Y aunque se conoce poco, o es lo que cree, sí sabe algo más aparte de estar cansada de la soledad: sabe cuándo está por sumirse en el abismo.

En este instante está al borde. 

Lo nota en su propia respiración. 

Lo exuda cada poro de su piel.

Un olor particular se instala en la atmósfera cuando está por sucumbir a la angustia.

Debe actuar. Ponerse en marcha para evitarlo. 

Esta vez, soportar el frío no está funcionando.

Se levanta y se mira al espejo. Está hecha un desastre. El cabello enmarañado. La vista vidriada. Ojeras. La piel de gallina por el frío.

Pero también observa su vientre plano, las caderas bien formadas, los pechos firmes… y si se coloca de costado, las suaves curvas de sus muslos.

Toma el labial rojo. El más rojo que tiene. Se pinta los labios con trazos firmes. Con cuidado. Respetando el contorno de su boca carnosa.

Hace muecas frente al espejo. Se pone bizca. Frunce los labios. Arruga la nariz…

Pasa en segundos de mujer a niña. De niña a mujer. 

No hay un límite claro. Es difuso: ahora es chica, ahora es grande…

Se coloca una base más clara que la del tono de su piel y disimula la oscuridad bajo sus ojos grandes, redondos. Los delinea de negro con rayas largas, pronunciadas, llevadas hasta los extremos de los párpados.

Falta máscara de pestañas. Sí. También dos capas gruesas. 

Y rubor. Mucho rubor a las mejillas pálidas.

Enchufa el secador de pelo y toma el cepillo. Lo desliza por su cabello y le da forma fácilmente. Aprendió de tantas horas que pasó en las diferentes peluquerías donde su madre trabajó.

En un minuto su pelo brilla con un movimiento increíblemente natural.

Se vuelve a mirar en el espejo, y asiente. Está presentable. Al fin parece quien no es. Pudo, por enésima vez, esconder la realidad y lucir despreocupada.

Hurga en el tercer cajón de su cómoda y encuentra lo que busca: aquel bikini turquesa que usó en verano. Ese, de tiritas en los costados.

Le entra más frío de solo pensar en quitarse la ropa…, pero no hay alternativa.

Salta unos segundos para entrar en calor. 

Se desviste y se pone el bikini.

Acomoda el corpiño, que no logra cubrir del todo sus generosos pechos, y posa frente al espejo.

Conforme con lo que observa, toma el celular y se saca una foto. 

Dos. Tres. Cinco.

Clic. Clic. Clic. 

Cambia de pose. 

Clic. Clic. Clic. 

Arquea la espalda. 

Clic. Clic. Clic.

Se sienta en la cama y estudia cada fotografía detenidamente, por un largo rato.

Elige la que considera mejor: la que está de perfil con el rostro girado hacia la cámara. Esa que parece estar enviando un beso con los ojos semicerrados.

La sube a su Instagram, donde la siguen más de doce mil personas.

—¡Morgana! —grita Tamara desde la cocina.

Escucha a su madre como si la tuviese al lado. La pared que separa la cocina del dormitorio es de yeso, así que los sonidos la atraviesan sin dificultad. Se la instaló José, cuando vivía con ellas. Morgana lo quería mucho. Fue él quien se ofreció a cambiarle la pared de corcho, que ya estaba arqueada por el tiempo, la humedad y la mala colocación, por esa de yeso, más firme y duradera.

José fue la pareja que más tiempo estuvo con Tamara, y muchas veces lo extraña. Más ahora, que el novio de su madre es ese repugnante de Román.

—¡Voooy! —le contesta, mientras se viste a toda velocidad, dejándose el bikini turquesa debajo.

No es que quiera ocultarle a su mamá lo que hace: está segura de que no le importaría. Pero no quiere ni seguir pasando frío ni —sobre todo— correr el riesgo de que el novio de Tamara la vea, si es que está en la casa. ¡A veces es tan sigiloso!

Se asoma a la cocina y advierte, aliviada, que su madre está sola. De espaldas a ella, la observa: una mujer joven, de calzas imitación jean rasgado que no le había visto antes y que sería una prenda más acorde para ella que para su madre. El cabello por los hombros le cae en mechones desparejos, decolorados en las puntas…, el porte algo encorvado, la cintura pequeña, las caderas anchas.

A pesar de que Tamara se vive quejando de su cuerpo, de que tiene grasa, de que ya no es la de antes, de que le están saliendo arrugas alrededor de los ojos, de esto y lo otro, Morgana la ve muy linda.

El penetrante olor a tabaco se le mete por las fosas nasales en un segundo. El cenicero, al lado de su mamá, rebosa de colillas.

Cuando Tamara se da vuelta, con un cigarro en la boca que se quita para exhalar, el brillo del piercing en la nariz acapara la mirada de la hija, que vuelve a pensar en la belleza de ese rostro de mandíbula firme y rasgos armoniosos.

—¿Cuándo me puedo hacer uno yo?

Tamara arquea las cejas y vuelve a inhalar de su cigarro, ahuecando las mejillas. Luego pregunta, con esa voz ronca que la caracteriza, dejando salir el humo de su boca por un costado:

—¿De qué hablás?

Morgana señala el piercing de su madre. Tamara se encoge de hombros.

—Esa no es una respuesta —protesta. 

Su madre se acoda a la mesada, y cruza una pierna delante de la otra:

—No es asunto mío. Es de tu padre.

Se da la vuelta hacia la pileta de la cocina, y agrega dándole la espalda a su hija:

—Es él el botón, no yo.

—¿Y si me lo hago igual?

—Te dijo que no te pagaba más la tarjeta del celular, ¿no? —pregunta, girando levemente la cabeza para mirar a su hija—. Así que por mí hacé lo que quieras. Si no querés tener celular…

—¡Es injusto! ¡Todavía me faltan cuatro años para cumplir los dieciocho!

Entonces Tamara se enfrenta a Morgana, girando todo su cuerpo y apuntándola con el cigarrillo a medio consumir, como si fuese una varita, remarcando cada palabra con movimientos de la mano.

—Es un manipulador, que es distinto. Un prepotente que quiere manejarte como hizo conmigo.

—Pero…

—Pero vos caés siempre en defenderlo, así que a llorar al cuartito. 

Morgana aprieta los labios. No quiere seguir hablando de su papá.

—¿Para qué me llamaste? —pregunta, con voz crispada.

Los ojos chispeantes de su mamá y el tono de burla con el que dijo las siguientes palabras, la alertaron de una posible pelea.

—¿Qué? ¿No puedo decir nada de tu papito que cambiás de tema? 

Decide no enfrentarla.

—Mamá, estoy cansada de escuchar lo mismo… Es mi padre.

—Cuando le conviene es tu padre, sí.

—Bueno, está bien. Lo que digas. ¿Para qué me llamaste?

Tamara apaga el cigarro en el cenicero. Se toma un tiempo antes de decir:

—Estaba pensando en salir esta noche. 

Morgana levanta las cejas, interrogativa:

—¿Y? Es viernes. Salís todos los viernes, y los sábados. ¿Qué hay de distinto?

—No hay nada de distinto. Bueno, sí. Necesito tener algo de… privacidad hoy. Vos te vas recién mañana a lo de tu padre.

—No te sigo, mamá.

—Salgo con Román.

—Hace semanas que salís con él. Dos o tres, por lo menos, ¿no? ¿Y qué?

Tamara hace un gesto con los brazos:

—Esta casa es tan chica que… No sé si está bueno que así, al inicio de una relación, estemos conviviendo tanto los tres.

—No estamos conviviendo.

—Vos siempre andás en la vuelta. Para una pareja es difícil, sobre todo al principio… Él no tiene por qué lidiar con mis responsabilidades —dijo Tamara, despeinándose la nuca en un gesto nervioso.

Su hija asesta el golpe, que le duele como tantos otros, pero no demuestra nada. Es directa:

—¿Te referís a mí?

—Bueno, sí, Morgana. ¡Me refiero a vos! Tengo derecho a hacer mi vida, ¿no? Digo, fui yo la que te crio sola y…

Morgana aprieta los puños, cargada de furia:

—¡Porque no dejaste que papá se acercara más que lo imprescindible! ¡No te quejes ahora!

—¿Estás de su lado, vos?

—¡No estoy de ningún la…!

—¡Malagradecida! —la corta Tamara, colérica, tirando un repasador al suelo.

Morgana cierra los ojos unos segundos y respira hondo. Después, habla pausado:

—A ver, mamá… ¿Me estás diciendo que busque dónde dormir hoy? 

Tamara no contesta.

—¿Es eso? ¿Qué pasó? Hasta ahora se arreglaron bien afuera… ¿Estás pensando en que el tipo ese venga a casa a pasar dos noches seguidas? ¿Va en serio la cosa?

—¿Cómo «el tipo ese»? ¡No le faltes el respeto! ¡Es mi pareja!

—No me gusta. 

Ella ríe, con sorna.

—No te tiene que gustar a vos. Me tiene que gustar a mí —afirma, apuntándose el pecho con el dedo pulgar—. Y además, no te pregunté nada.

—Tiene una mirada rara. 

Tamara pone los ojos en blanco:

—Vos siempre, pero siempre coartando mi felicidad, ¿no? Desde que me embaracé, ¡chau!

Morgana hace un último esfuerzo por mantener la paz:

—Quedate tranquila. Voy a llamar a papá, a ver si puedo ir con él. Si es que él no tiene planes, claro. Y si no…, ya veré.

—Uy, la pobrecita… Mirá que la sacrificada acá soy yo, que laburo todo el santo día para que no te falte nada, porque la miseria que pasa tu papi no da ni para…

Morgana levanta las palmas de las manos, y dice, con firmeza, antes de dar la vuelta y salir de la cocina viciada de humo:

—Gracias por todo lo que hacés por mí. En serio.

Tamara vio alejarse a su hija. ¡Lo que daría ella por tener ese cuerpazo otra vez! El embarazo la había destrozado. Su esencia verdadera se escondía detrás de esos pequeños pero insistentes rollos de grasa que se acumulaban en sus caderas.

Cuando conoció a Sergio, el padre de Morgana, sabía que lo tenía en la palma de una mano. En ese entonces, tenía el poder de seducir con la mirada y el cuerpo. Nadie se lo había enseñado, por supuesto. Bueno, eso no era del todo cierto. En el orfanato compartió la niñez y la adolescencia con otras chicas. Algunas entraron de más grandes y venían con experiencias, que compartían a la noche, cuando las luces se apagaban.

Contaban historias de amores prohibidos y Tamara escuchaba con atención desde su cama con sábanas casi transparentes de tanto uso. Se acomodaba el camisón heredado de alguien y se acodaba en la almohada a escuchar y soñar con la vida fuera de esas paredes que la contuvieron hasta entonces.

Odiaba la ropa heredada. Odiaba esas bolsas gigantes de prendas y zapatos que la gente, en su afán de expiar culpas, donaban a la institución. Ropa vieja y fea. Gastadísima. A veces, incluso sin lavar siquiera.

A varios de esos los vio, claro. Y a otros no. Los donantes anónimos, les llamaban. Se los imaginaba bien vestidos, con la cabeza gacha, en un gesto de falsa modestia diciéndoles a sus amigos: «Es lo mínimo que podemos hacer, ayudar a esas desgraciadas», «Son cosas que si bien no son caras tienen un significado para nosotros, pero ellas las necesitan más», «Mis hijos crecen tan rápido que es una pena que alguien no aproveche estas prendas que están tan sanas».

Y se suponía que ellas, las destinatarias, debían estar agradecidas. Besar los pies de los atentos colaboradores que se habían apartado una hora de su valioso tiempo para «sacrificar» las sobras y enviarlas al orfanato. ¡Gracias, gracias!

También se tenían que bancar a otra gente de ese tipo, con grandes necesidades de seguir expiando culpas, en fechas clave: el Día del Niño o en la Navidad, se aparecían con regalos que, a simple vista, todos sabían que eran juguetes usados. Y además hacían un chocolate o una merienda compartida para sacarse fotos y mostrarlas en los trabajos o a sus familias como el gran acto de sus espíritus bondadosos. Daban asco.

Algunas de sus compañeras soñaban con familias perfectas. A muchas las adoptaron. Nadie nunca la quiso a ella. Así que el interés de Tamara fue variando. A medida que se hacía mayor, más soñaba con vivir la vida, y eso para ella significaba salir a bailar, divertirse, comprarse ropa y estrenarla. ¿Qué se sentiría ponerse una prenda por primera vez? ¿Saber que fuiste vos quien la usó antes que nadie?

Esas cosas quería. En eso pensaba. Con aquello soñaba. Y podía hacerlo. Podría hacer lo que quisiera, porque, como le dijo una compañera mayor que ella una vez, ninguna de ellas tenía a quien esperar.

Cuando fuese libre se compraría ropa nueva, sí. Tendría un baño para ella sola que olería a lavanda. Evitaría limpiar con lejía. Ese olor apestoso la transportaba automáticamente a las duchas y baños del orfanato. Todo ahí olía a eso.

A los diecisiete años las chicas del orfanato debían aprender un oficio. Tamara optó por peluquería. Probó cortes, tintas y laciados con sus compañeras. Luego, se animó con técnicas más complejas.

—Esta chica es sobresaliente —dijo la profesora del curso.

Al año siguiente, Tamara empezó a trabajar en una peluquería con horario completo y excelentes referencias. Al fin iba a comenzar a cumplir sus sueños.

Y así fue en los inicios. Vivió en un apartamento compartiendo alquiler con varias chicas. El baño no era para ella sola, pero estaba mejor, mucho mejor que el del orfanato.

Con su primer sueldo se compró ropa. La sensación de deslizar las prendas suaves y vírgenes por su cuerpo la hacía delirar de alegría. Era como probar un gusto de helado por primera vez y detenerlo por varios instantes en el paladar. Saborearlo lentamente. Gozarlo.

Comenzó a salir a la noche, a experimentar distintos tragos, a divertirse con algún chico ocasional. Se hizo de amigas que estaban en la misma. Siempre tenía con quien pasarla bien.

Una tarde, hizo lo que hacía un tiempo anhelaba: se tatuó un par de alas en el hombro. Libertad, significaban. La libertad que ahora disfrutaba.

Al tiempo, una de sus compañeras de apartamento se puso de novia, y se fue a vivir con el hombre. Tamara pensó que era una imbécil. Arruinarse la vida así. ¡Con qué necesidad! Ya veía el futuro de la tonta esa: se casaría, tendría hijos, y transitaría una existencia idéntica a la de miles de personas en el mundo. Predecible. Aburrida.

Ella jamás se dejó envolver por esos sentimientos. Tuvo compañía, claro. Nunca faltaban los varones. Se divertía, pero nada más.

Así tenía planeado seguir. Libre. Sin horarios. Sin ataduras. Sin obligaciones más allá de las indispensables. Sin nadie a quien esperar, y sin que nadie esperase nada de ella. Se lo había ganado cada día que había pasado en el orfanato, bajo la mirada cansada e indiferente de las diversas cuidadoras.

No contó con que una mañana lluviosa se enamorase como una estúpida y terminara de golpe cortando voluntariamente esas alas que la iban a hacer volar por esa vida que esperó por tanto tiempo.

Aquella mañana llovía sin parar. Tamara se apresuró a la parada, corriendo en sus tacones altos bajo el paraguas. Extendió el brazo y detuvo el ómnibus que se aproximaba. Se trasladaba en el mismo todos los días para ir a su trabajo. Mientras cerraba el paraguas para subir, un señor mayor la empujó y pasó antes. Ella trastabilló y metió un pie en un pozo de barro. Su zapato arruinado le molestó más que la actitud del hombre.

Furiosa, se subió al transporte y lo buscó entre las filas de pasajeros sentados. Lo vio. Ese viejo ordinario. Se dirigió hacia él, con pasos decididos, taconeando con estruendo, haciendo valer su presencia, y se detuvo mirándolo a la cara:

—Espero sus disculpas.

El hombre siguió mirando hacia delante, como si frente a sí solo hubiera aire. Como ella no se movía, el señor hizo un gesto de desdén, apenas perceptible, pero que terminó de crispar a Tamara que no dudó en actuar: se sacó el zapato embarrado, lo levantó y, con determinación, lo frotó por toda la campera del pasajero, mientras este, atónito, apenas pudo comenzar a protestar, tartamudeando y levantando las manos en un gesto de súplica.

Los pasajeros, incrédulos ante la situación, reaccionaron de diferentes formas: uno se levantó a ayudar al hombre, otro largó una risa contenida que contagió a varios más, y un tercero inició un aplauso que se extendió por todo el vehículo. Ella se calzó el zapato y le dijo:

—Ahora estamos en igualdad de condiciones. Buen día.

Y tomó asiento, cruzando las piernas. Fue entonces cuando, por el espejo del chofer encontró la mirada de Sergio, frente al volante. Ella sintió por primera vez cómo se le encogía el estómago y se le cortaba la respiración ante la presencia de ese hombre bastante mayor que ella, corpulento, fornido, de tez oscura y sonrisa amplia. ¿Cuántos años tendría él? Más de cuarenta, seguro. Probablemente unos cuarenta y cinco, pensó.

Sabía lo que se decía por ahí: que las huérfanas buscaban una figura paternal. Que era frecuente que en algunos casos las parejas fuesen mayores por ese motivo. Que bla, bla, bla. Ella no caería, no. Pero se sorprendió a sí misma, cada mañana, ...